8 diciembre, 2020

Suicidios forzados, la responsabilidad del capitalismo

Por Paulo Samaniego

El suicidio es una problemática de salud mental muy grave, por la que mueren 800.000 personas al año en el mundo, según la OMS.(1) Estas personas, ante un conjunto de eventos estresantes, no ven la posibilidad de afrontarlos o escapar de ellos y llegan a sentir un estado de indefensión en el que el único final que ven a su sufrimiento es el suicidio.

Pero, ¿qué hay de esas personas que se ven forzadas por el sistema a llegar a esa posición? ¿Si sucede después de un desahucio también es un suicidio?

En términos generales el suicidio es una problemática que no tiene una causa única y que se genera por una interacción de factores como variables de personalidad, pensamientos distorsionados, habilidades de gestión emocional, sucesos estresantes, apoyo social… Por ejemplo, si una persona sufre un suceso estresante, como un desahucio o la pérdida de un ser querido, y tiene una buena red social y habilidades de gestión emocional, podrá tener otro tipo de problemas de salud mental como ansiedad o depresión, pero es muy improbable que se suicide.

Por tanto, el suicidio es una problemática de salud mental con entidad propia, igual que sucede bajo el capitalismo seguiría sucediendo bajo el socialismo, ya que en ambos sistemas las personas pueden sufrir acontecimientos negativos, mostrar ciertas características psicológicas, etc. La diferencia está en que un sistema socialista tendría una salud pública mucho más fuerte y capaz de hacer frente a esta problemática, con tareas como la prevención en atención primaria o el seguimiento psicológico estable.

Crisis capitalista y suicidios

Sin embargo, a pesar de esta entidad propia, las cifras tan alarmantes que ofrece la OMS enmascaran una porción del total de suicidios que tiene un fuerte origen económico. De hecho, el 79% de esos 800.000 suicidios sucedieron en países con niveles de ingresos bajos o medios. Los expertos reconocen aspectos como la situación económica, la pérdida de empleo o el nivel socioeconómico como factores de riesgo para la comisión de un suicidio y, yendo un paso más allá, existen artículos científicos que relacionan la crisis económica de 2008 con el aumento del número de suicidios. Un artículo de The Lancet de 2009,(2) asocia cada 1% del aumento del desempleo con un aumento del 0.79% en la tasa de suicidios; mientras que otro estudio,(3) publicado en el British Journal of Psychiatry estima que al menos 10.000 personas más se quitaron la vida por motivos económicos en Europa y América del Norte entre 2008 y 2010.

A estos hechos hay que añadirles además la influencia de los mantras capitalistas de meritocracia y esfuerzo individual. “Si quieres, puedes”. Así que si no encuentras trabajo, si pierdes el trabajo que tenías, si no tienes suficiente dinero para mantener a tu familia… es porque no te has esforzado lo suficiente. No es de extrañar que un pensamiento así, ante una de las crisis endémicas del capitalismo, acabe favoreciendo que una persona se culpe por haber sido despedida y entre en esa perspectiva de pesimismo hacia uno mismo y lo que le rodea que precede al suicidio.

Un análisis dialéctico

El Doctor en Psicología Antoni Talarn defiende un análisis dialéctico de estos 2 hechos, aplicándolo al caso de España. En este país, los suicidios se incrementaron en 2007 y 2008, llegando este último año a ser la primera causa de muerte no natural, pero se vieron reducidos en los años siguientes. Talarn señala que, mientras en los primeros años de la crisis las personas desempleadas se culpaban a sí mismas de la situación que estaban viviendo, derivando en ese aumento de suicidios, en los años siguientes han asociado la responsabilidad de sus problemas económicos a factores como los recortes o el propio capitalismo. Así, la propia conciencia del problema, el pasar de creer aquel famoso discurso de “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” a comprobar que los defensores de “apretarse el cinturón” tenían 150.000 euros y un kilo de oro escondidos en casa, pudo haber sido un importante factor de protección contra el suicidio motivado por problemas económicos.

Y ante esta relación clara entre algunos suicidios y el factor económico, ¿qué pasa cuando un suicidio es precedido por un despido o una situación económica precaria? O en el caso de los desahucios, ¿ningún banco es capaz de prever que dejar sin hogar a una persona puede favorecer su suicidio? ¿No se contempla la necesidad de proporcionar una alternativa habitacional como una forma de prevenir un posible suicidio? Sencillamente no. Este tipo de suicidios se consideran una decisión propia de la persona, como si las condiciones materiales en las que vive no tuviesen ningún tipo de influencia sobre su comportamiento. Genera una pena hipócrita, pero se considera una decisión tan libre como cualquier otra.

El capitalismo, culpable

Claramente, no es una decisión libre ni entra en la categoría de suicidio. Es un asesinato, cometido por el propio banco o la empresa y el Estado, que permite una regulación que sitúa la propiedad privada por encima de la vida humana. Si se han lucrado a costa de proporcionar medios de subsistencia a una persona, como es una vivienda, o a costa de extraer la plusvalía de su trabajo, lo mínimo que deben hacer es valorar el impacto que puede tener su decisión económica en la vida de esa persona y buscar una alternativa que minimice ese impacto. Por su parte, el Estado tendría que crear una regulación y un sistema público que prevengan las situaciones de precariedad.

Existen medios de sobra para prever que este tipo de suicidios puedan acabar sucediendo, pero desgraciadamente, como siempre en este sistema, lo que está fuera de los términos de la rentabilidad económica no tiene suficiente relevancia como para ser afrontado.

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