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Luego de 10 años de gobierno del FMLN, ¿qué opciones tienen la clase trabajadora y sus sindicatos?

Un ciclo de 10 años de gobierno del FMLN se cerró en el mes de junio, hablar de lucha sindical abierta no resulta fácil si nos remitimos al lenguaje de los hechos, fue un ciclo de luchas esporádicas, limitadas y con poco impacto en la conciencia de los trabajadores. Quienes participaron de los eventos de manera directa pueden dar testimonio de que la combatividad de la clase obrera fue, en la mayoría de los casos, cohibida por los dirigentes que estaban a la cabeza de dichos colectivos, o como ha sucedido casi siempre, solo se permitió desatar la presión y frustración acumulada para que al final, se llegase a acuerdos poco satisfactorios para los sindicatos o la clase trabajadora en general.

Diez años que consideramos pudieron haber sido utilizados para cohesionar de gran manera a la clase trabajadora, fuese esta organizada o no, bajo un pliego de demandas y reivindicaciones que tocasen los puntos claves de la acumulación de los grandes capitalistas del país, en su lugar hubo un control casi sofocante de los elementos del partido que servían de enlace para el movimiento social y sindical, y poca apertura para el intercambio de ideas y acuerdos que volcasen el ímpetu de los obreros a las calles y sus centros de trabajo para lograr concesiones más estables y duraderas. No se le apostó a poner en acción la fabulosa maquinaria de lucha de los sindicatos, que como ya sabemos puede acarrear victorias o derrotas, pero que deja fuertes enseñanzas a los trabajadores, aquello que Rosa Luxemburgo llamaba el sedimento intelectual: “el impetuoso desarrollo intelectual y cultural del proletariado, que ofrece una garantía inquebrantable para su imparable avance ulterior tanto en las luchas económicas como en las políticas”[1].

Combates dispersos y poca unidad en la acción

En los dos gobiernos del Frente, la clase trabajadora entró de forma irregular a la escena de las reivindicaciones, para defender derechos ante todo de carácter económico. El sector que se mostró más activo fue el de los trabajadores públicos, y esto como ya se ha mencionado en varias ocasiones, responde a las garantías que ofrece la legislación que rige tanto a los empleados públicos como a los privados, en donde los primeros gozan de mayor libertad sindical y del reconocimiento del Estado como tal. Los gremios de salud, educación, seguridad, recreación y cultura ejercieron presión a las autoridades en momentos específicos de los dos quinquenios de gobierno del FMLN, no sin antes mostrar también división y en varias ocasiones ninguna coordinación en la acción que les permitiera avanzar de manera conjunta.

Hubo hasta cierto punto, una gran expectativa en los dos gobiernos del FMLN por parte de la clase obrera y en el plano sindical no fue la excepción, al tercer año del gobierno de Mauricio Funes, el sindicato con mayor número de afiliados de la educación del país, Andes 21 de Junio amenazaba con entrar en huelga si no se tomaba en cuenta a los maestros para el aumento del 6% al 10% que se otorgó en esa ocasión a los empleados públicos un año antes,  los dirigentes del sindicato aducían que de acuerdo a la Ley de la Carrera Docente, dicho aumento debía ser aplicado también a los docentes según el artículo 34 que establece que los aumentos otorgados al sector público deben reconocérsele también al gremio independientemente si están regidos o no por una ley escalafonaria. El aumento también dejaba sin efecto a los gremios de salud y seguridad. Las críticas de los docentes hacia Salvador Sánchez Cerén que fungía entonces como Ministro de Educación ad honoren no se hicieron esperar. Este fue una primera medición de fuerzas un tanto tímida, pero que podría haber desatado una oleada de huelgas en el magisterio, al final los docentes no necesitaron lanzarse en franca lucha abierta ya que fueron incluidos en el aumento general para los empleados públicos.

Los trabajadores de la salud también participaron de manera activa, en el cuarto año de Funes lograron paralizar alrededor de 14 sedes hospitalarias en todo el país, sus demandas eran en pro de la aprobación de fondos y para que la ley de escalafón se aplicara sin contratiempos. El gobierno se vio en la necesidad de buscar la fuente de financiamiento para cubrir la exigencia en salud, no sin antes pasar por grandes apuros, y pedir una revisión de dicha ley, ya que en la práctica beneficiaba de manera desproporcional a quienes obtenían los salarios más elevados, es decir una buena cantidad de médicos y especialistas que gozaban de jornadas cortas de trabajo y devengaban salarios muy por encima de la media de los trabajadores de la salud. Otros sindicatos del sector salud, como los del seguro social, entre ellos el STISS denunciaron durante el gobierno de Funes, la negligencia y la falta de compromiso de las jefaturas del ISSS para asegurar el contrato colectivo y otros logros en materia de insumos de uso frecuente que demandan los trabajadores para cumplir con sus labores. Una serie de huelgas esporádicas obligaron a las autoridades a sentarse y negociar para evitar que se extendieran los cierres de hospitales a otras sedes.

Un tema ríspido durante ambos gobiernos del Frente fue el de los trabajadores de la seguridad pública o de la PNC, a pesar de que sus elementos cuentan con una serie de beneficios como seguros de vida y salud, programas de becas, canastas básicas, entre otros según sus autoridades, éstos no cuentan con un sindicato que pueda aglutinar a sus trabajadores y colocar sobre la mesa, sus demandas y quejas laborales. El tema se manejó a nivel jurídico o dentro del marco legal, siempre se remitieron al argumento de que nuestra Constitución no permite un sindicato dentro de esa institución. Esa fue y ha sido la muralla para que los trabajadores de la seguridad pública no se organizaran legalmente. En todo caso se debió acompañar esta solicitud legítima por parte de los dirigentes, y cuadros del partido como de la clase trabajadora en general. Acuerpar las movilizaciones y el nivel de organización de los agentes de la PNC, dotarles de un claro sentido clasista y una buena dosis de carga política, presionar por una reforma que permitiera su sindicalización como todos los trabajadores, ganarlos a las fuerzas de la revolución, y no verlos con recelo o como desestabilizadores, tal cual fueron vistos por parte de dirigentes de la talla de Oscar Ortiz, quien afirmó en cierta ocasión “si hay una persona, si hay un policía que le parece que no es correcto el régimen que tiene, simple y sencillamente puede optar a otras condiciones laborales[2]”. Un dirigente de izquierda que afirme que vale más la estabilidad de las instituciones del Estado burgués que los intereses y necesidades de la clase trabajadora, simplemente se ha puesto de rodillas ante el mismo Estado que somete y domina a los trabajadores que un día juraron emancipar.

El arribo de los gobiernos del FMLN y el acceso a ciertos ministerios como el Ministerio de Trabajo y Previsión Social (MTPS) significaba en lenguaje llano y simple, que la burguesía utilizaría todo su poder e influencia para convertir estas instituciones y a los dirigentes de izquierda en mediadores profesionales entre sus intereses y los de los trabajadores. Desde luego la balanza debía inclinarse hacia lo que a los capitalistas les convenia, es una característica genética de los gobiernos reformistas en todo el mundo, poner sus servicios como amortiguadores entre los conflictos acérrimos de las clases en disputa. Su objetivo es reducir al mínimo los inconvenientes que las luchas por el control de la plusvalía conllevan, y mediar para que los acuerdos sean “satisfactorios” para ambas partes.

Los controles de las burocracias sindicales

Un fenómeno que se desarrolló paralelo al arribo de dirigentes de la izquierda y algunos de sus cuadros políticos a posiciones claves dentro del andamiaje institucional y de las estructuras sindicales más representativas, fue el hecho de la influencia directa de estas personas sobre la orientación política y práctica que debía seguirse. Este fenómeno no es nuevo y ha acompañado al desarrollo del movimiento obrero mundial desde sus inicios. Los que están a la cabeza de los sindicatos están sometidos a la presión constante desde muchos ángulos para que jueguen un rol determinado hacia uno u otro bando. Así las cosas, como mencionaba Trotsky, los líderes de estas organizaciones intentan someter el movimiento de los trabajadores al Estado burgués y de atarlos al “arbitraje obligatorio” y demás formas de intervención estatal.

Por otro lado, los sindicatos que rompieron su relación con el FMLN desde hace años han tratado de mantener una postura “independiente” y manejaron un discurso de ataques constantes hacia los dirigentes efemelenistas catalogándolos de “traidores despreciables” y de haberse convertido en los “nuevos burgueses o patronos”. Aunque previo y durante el periodo del ascenso del FMLN a puestos de la Asamblea, alcaldías, ministerios y del Ejecutivo, el fenómeno que se desarrolla fue más de burocratización que de aburguesamiento en la mayoría de los dirigentes rojos. Fueron más inclinados a convertirse en funcionarios profesionales del Estado, en mantener sus privilegios y los de sus familias, el hacer de sus actividades el fin último o eje central de sus vidas, algo que se conoce también como “carrerismo”, el aburguesamiento de los líderes fue mínimo.   Desatinados como casi siempre en sus análisis, estos sindicatos no pueden sacudirse el pecado original del sectarismo. Al mismo tiempo que mantienen una denuncia histérica y altisonante son incapaces de tender un puente hacia las masas obreras con un discurso claro y un programa reivindicativo que los ayude a agitar entre las capas avanzadas de los obreros para convencerlos de la necesidad imperativa de la lucha por las demandas mínimas de carácter económico y poderlas enlazar con las demandas máximas con un claro matiz político.

Los reclamos de algunos sindicatos y sus acciones también fueron vistos por dirigentes de la izquierda como “desestabilizadores” o de agentes serviles que hacían el juego a la derecha, debido a que los gobiernos del Frente eran gobiernos a favor de los trabajadores, por tanto, sus exigencias no tenían mayor sentido o debían usarse los mecanismos o canales establecidos para poder dirimir las diferencias. Es en ese momento en que entran en acción elementos del partido que fueron posicionados en ciertas estructuras del Estado burgués, quienes junto a las direcciones de los sindicatos cercanos al discurso reformista intentan ser los agentes conciliadores entre la burguesía y los trabajadores, limitando todo a lo legal, y respetando el estado de derecho, que se reflejaba en textos como la Constitución y el Código de Trabajo, demostrando su bancarrota ideológica y política. Trotsky preveía esto a finales de los años 30, cuando mencionaba que esto era una cualidad de los sindicatos en la era de la decadencia imperialista: “Hay una característica común, en el desarrollo, o para ser más exactos en la degeneración, de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo; su acercamiento y su vinculación cada vez más estrecha con el poder estatal. Este proceso es igualmente característico de los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y anarquistas. Este solo hecho demuestra que la tendencia a “estrechar vínculos” no es propia de tal o cual doctrina, sino que proviene de condiciones sociales comunes para todos los sindicatos[3]”.

Los capitalistas demandan de los partidos reformistas mantener a raya a los sindicatos, o negociar dentro de los márgenes de lo aceptable, las exigencias de los trabajadores. Para ello utiliza el Estado y sus agentes, quienes muchas veces provienen de las mismas filas de la izquierda y se convierten en los más celosos defensores del orden establecido de las cosas. El diagnóstico que hacia Trotsky por aquellos años no ha variado mayor cosa en la actualidad y mantiene toda su vigencia. “El capitalismo monopolista no se basa en la competencia y en la libre iniciativa privada sino en una dirección centralizada. Las camarillas capitalistas que encabezan los poderosos trusts, monopolios, bancas, etcétera, encaran la vida económica desde la misma perspectiva que lo hace el poder estatal, y a cada paso requieren su colaboración.[4]”. Si la perspectiva de los dirigentes tanto de los sindicatos como de los partidos es la de usar la institucionalidad para fortalecerla y respetar el marco jurídico, la balanza claramente estará inclinada siempre hacia la clase hegemónica. “Deben (los sindicatos) enfrentar un adversario capitalista centralizado, íntimamente ligado al poder estatal. De ahí la necesidad que tienen los sindicatos —mientras se mantengan en una posición reformista, o de adaptación a la propiedad privada— de adaptarse al Estado capitalista y de luchar por su cooperación[5]”.

Los trabajadores pueden estar dispuestos a luchar y a sacrificar su hoy, hasta cierto punto y sólo en la medida que puedan lograr una mejoría para su mañana. Las contradicciones dentro de la sociedad de mercado hacen a los trabajadores cuestionarse cada vez más la validez de dicho sistema. Se suman a sus organizaciones laborales tradicionales o a las nuevas y ejercen presión para que se luche por temas que afectan directamente su vida y de los cuales saben, son originados por la clase capitalista. Pero, tal cual como quedó demostrado en el tema de las AFP y las pensiones, las direcciones de los sindicatos y del partido sirven de freno al ímpeto e iniciativa que puedan desatar los afiliados o los trabajadores en general, o están dispuestos a soltar presión una vez el descontento es incontenible, y son llevados por el sendero del conciliacionismo y la unidad nacional para desembocar en acuerdos pírricos o desfavorables a las masas proletarias. “Esta posición armoniza perfectamente con la posición social de la aristocracia y las burocracias obreras, que luchan por obtener unas migajas de las superganancias del imperialismo capitalista. Los burócratas hacen todo lo posible, en las palabras y en los hechos, por demostrarle al Estado “democrático” hasta qué punto son indispensables y dignos de confianza en tiempos de paz y especialmente en tiempos de guerra[6]”.

Conquistas sin lucha, el aumento al salario mínimo

En el gobierno de Funes, la clase trabajadora tanto del sector público como del privado recibieron aumentos en sus salarios, aunque la diferencia en el aumento y en los ingresos de los dos grandes grupos de trabajadores es alta, se benefició de mejor manera a los trabajadores públicos. Para los trabajadores de la empresa privada no dejó de ser un alivio extremadamente leve a tal grado que no sintieron una mejoría significativa en sus niveles de vida. La forma en cómo estaba estructurado el aumento del 12% otorgado en tres etapas de 4% en un periodo de un año y medio a partir de 1 de julio de 2013, hacia presagiar que el impacto en el sector sería casi nulo, con los precios de los productos de la canasta básica fluctuando hacia el alza continuamente. Esta propuesta fue una imposición de la ANEP representada en el Consejo del Salario Mínimo, y que tuvo el aval de los representantes de los trabajadores en ese momento, demostrando el rol de lacayos que se les había asignado.

Llegado el turno de Sánchez Cerén, nuevamente se puso sobre la mesa la necesidad de aumentar el salario mínimo partiendo de la ley que dicta su revisión cada tres años. Bajo esta administración, el aumento fue mayor comparado con el realizado bajo el gobierno de Funes, a tal grado que fue considerado un aumento histórico: “Hasta el año 2016, el salario en el rubro de comercio y servicios fue de $251. 70, con el incremento del 21% actualmente es de 304.17 dólares. En el rubro de la industria, el incremento fue del 23% después de devengar un salario de 246.60 dólares, actualmente es de 304.17 dólares…en el caso de las maquilas e industria textil el incremento en porcentajes fue del 42%, percibiendo la población trabajadora de dicho rubro la cantidad de $210.90 dólares y actualmente es de 299.30 dólares[7]”.

Otro de los aspectos a recalcar en este aumento es que se logró la eliminación de una clasificación bastante segmentada donde se dividía a los trabajadores de acuerdo con su actividad, esto hacía que se tuvieran 9 tablas salariales donde se reflejaba la precariedad sobre todo de los trabajadores agrícolas; pero con el último aumento quedaron reducidas a 4, dos para el campo y dos para la ciudad. En este periodo, los trabajadores de la industria, del comercio y servicios y del sector azucarero recibieron un incremento hasta llegar a los $304.17 siendo el más alto de todos el recibido por el sector azucarero que pasó de ganar $124.20 a la cifra antes mencionada, lo que equivale a un aumento del 145% de acuerdo con el MTPS.

Desde nuestras posiciones como proletarios y marxistas, recibimos con beneplácito dichos aumentos para nuestra clase, saludamos gustosamente que se pasara al fin a la aprobación de un aumento que había sido una propuesta de nuestra organización por años —el aumento a $300.00 del salario mínimo— más específicamente desde el arribo de Funes al Ejecutivo. También fuimos muy firmes en reconocer que esos aumentos debían ir acompañados por fuertes campañas de organización, educación sindical y movilización de los trabajadores por parte del FMLN. No bastaba con elaborar el decreto y vencer a los representantes de la burguesía en la mesa de negociación del Consejo del Salario Mínimo. La burguesía amenazó con el sabotaje a dicha medida, la reacción del gobierno y del partido fue tibia. Su orientación fue de dar más cobertura a la propaganda del acuerdo que a enfocarse a aglutinar a los trabajadores para ir por más.

Este logro debió acompañarse con otras medidas. El aumento de precios de la canasta básica, aunque el gobierno dijere que la inflación había sido mínima producto de dicho aumento, era latente, y la tendencia fue de ir siempre al alza. Congelar los precios de la canasta básica y perseguir a los grandes especuladores era necesario para que el aumento no se viera disminuido rápidamente. Las amenazas del cierre de centros de trabajo o despidos masivos debieron combatirse con la organización al más alto nivel, con el establecimiento de núcleos de trabajadores aglutinados en sindicatos bajo el auspicio del MTPS controlado por el gobierno del FMLN. Cualquier afrenta a la estabilidad laboral o cierre se le debió de anteponer la consigna de ningún despido y a fábrica cerrada, fábrica tomada y puesta a funcionar por sus trabajadores de manera democrática. La burguesía puede dar el brazo a torcer momentáneamente, en este caso salió derrotada de las negociaciones por el aumento salarial; pero lo que otorgó con la mano izquierda, estaba dispuesta a quitarlo con la derecha. De este modo, a los trabajadores se les comenzó a exigir mayor productividad, a razón de ser despedidos sino alcanzaban las nuevas metas. Los patronos quitaron bonos en algunas empresas argumentando que ya los cubría el aumento salarial, hay que reconocer que en algunos sectores el aumento fue contraproducente obviamente por no poseer el control real de la economía.

Los aumentos al salario mínimo, alcanzados a través de los combates directos, con participación amplia de la clase trabajadora o por meros acuerdos entre representantes de las clases en disputa, son rápidamente destruidos por el mercado, si la demanda en el consumo se aumenta por parte de las masas obreras, la oferta de productos muchas veces puede llegar a variar, produciéndose una escasez artificial, y los precios pueden llegar a subir desproporcionalmente. “El aumento de salarios de una categoría determinada de obreros, arrancado a los patrones al precio de una lucha económica encarnizada, es reducido al día siguiente a cero por el alza del coste de la vida[8]”. La disputa por el aumento salarial debe contar con la participación amplia de la clase trabajadora, incluso bajo la tutela de un gobierno considerado de izquierda, deben sentir que esa victoria ha sido de ella, y deben aprender a defenderla, de lo contrario la inacción y la pasividad pueden ser aprovechados por los grandes capitalistas para pasar de nuevo a la ofensiva. De este aumento se desprendió también una crítica de amplios segmentos de los trabajadores, que la percibieron como una maniobra para lograr congraciarse con ellos durante los últimos meses de la gestión de S. Cerén, algo que se catalogó como una forma de asegurar votantes para las elecciones que se venían encima.

Dispersión y escepticismo, la orfandad del movimiento

El partido llamado a ser el faro que orientara al movimiento revolucionario de los trabajadores hacia un proceso ininterrumpido de lucha de clases se vio reducido en su accionar a un mero administrador de la institucionalidad del Estado de los burgueses y oligarcas. Los programas de gobierno de ambos quinquenios no transgredían en absoluto el sacrosanto derecho de los capitalistas nacionales y extranjeros a hacer uso de su poder sobre los medios de producción y extraer la máxima plusvalía posible de sus asalariados. Las elecciones del 3F dieron un duro revés al FMLN en sus aspiraciones de un tercer mandato, las masas de trabajadores y pobres comenzaron a mostrar signos de cansancio y desesperación a pesar de los beneficios sociales en salud, educación y fomento de la agricultura que brindaban un alivio relativo a cientos de miles de pobres y trabajadores.

El partido de la revolución o el que debería ser el llamado a ocupar su lugar debe tener claro desde el principio que no hay revolución posible si no se trastoca los intereses de los grandes capitalistas y se plantea un combate frontal contra los poderes reales en la sociedad. Tampoco es posible llegar al socialismo por medio del gradualismo, o haciendo pequeñas reformas que más temprano que tarde se verán revertidas en aras de conservar la tasa de ganancia de los empresarios. Los trabajadores percibieron la inconsistencia en el discurso de los líderes del FMLN, que pregonaban por un lado la libertad de la empresa privada a hacer sus negocios en el mejor escenario posible, ser atractivos para la inversión extranjera, y por el otro lado abogaban por el respeto a los derechos de los trabajadores, y la defensa a la libre sindicalización, ambas cuestiones se excluyen mutuamente. El estilo holgado de vida de los líderes farabundistas, fue otro factor que sacudió profundamente la consciencia de miles de obreros acostumbrados a estirar al máximo el ingreso de un mes para no ver pasar hambre a sus familias.

El sindicalismo en el país, a pesar de haber recibido un impulso aceptable, según los gobiernos del Frente, y de que el MTPS tuviera una incidencia muy activa, no se pudo consolidar como un fuerte movimiento sindical que pusiera sobre la mesa demandas que trascendieran el marco jurídico de la legislación laboral creada por los patronos. Los datos proporcionados por este Ministerio no dejan de ser ambiguos y poco fiables, según datos de su página web: “A la fecha, el MTPS cuenta con 332 sindicatos activos, de acuerdo al registro del departamento nacional de organizaciones sociales, es decir con juntas directivas vigentes, de los cuales 103 son del sector público,  17  de empresas,  27  de instituciones oficiales autónomas, 94 de trabajadores independientes, y 53 de industria; con una afiliación de 181,891 personas organizadas en asociaciones sindicales, además en la presente gestión se encuentran inscritos 153 contratos colectivos de trabajo, de los cuales 140 son del sector privado y de instituciones oficiales autónomas y 13 del sector público[9]”.  Estos datos de octubre del 2018 contrastan con los del 2015: “Como reseña histórica antes de junio del año 2009, se tenían inscritos 422 Sindicatos del Sector Privado, sin embargo, a mayo del año 2015, se han inscrito un total de 154 Asociaciones Profesionales más, haciendo un total de 576 Sindicatos Privados inscritos[10]”.

Más allá de las cifras, fue evidente que ambos quinquenios estuvieron marcados por un accionar reducido de la clase trabajadora y sus organizaciones, a excepción quizá por sendas movilizaciones y una efervescencia en la actividad organizativa y de propuestas que se tuvo en el tema de las pensiones, donde se pasó al calor de las luchas, de plantear una reforma elaborada entre diferentes sindicatos, a exigir la eliminación y la salida de las AFP del país, esto no tuvo el desenlace esperado por los trabajadores ya que no fue aceptada la propuesta desde los sindicatos y las AFP tampoco se fueron del país, muy al contrario, salieron fortalecidas del combate y con mejores ganancias ya que la reforma claramente fue una bofetada a la clase obrera y un saqueo más a sus bolsillos. El tema previsional podría decirse que fue de los más sensibles y de los que más hondo caló en el ideario colectivo de las masas, por mucho que el argumento de los diputados y dirigentes del Frente fuese el de evitar que el gobierno de S. Cerén cayera en un impago con los jubilados del INPEP, el desenlace quedaba claro: claudicaron ante el poder del capital financiero y apuñalaron a los trabajadores con una reforma que no los beneficia en absoluto.

Poco a poco la autoridad de los excomandantes, que pasaron a liderar el partido por décadas comenzaba a ser cuestionada por las bases y afiliados de los sindicatos más combativos. El vínculo histórico entre el partido y los sindicatos mostraba ya fisuras desde sus bases proletarias y un descontento en ascenso. La palabra “traidores” resonaba cada vez más entre muchos trabajadores frustrados que una vez creyeron en la autoridad, la integridad y la determinación de sus líderes para no permitir que los capitalistas se aprovecharan de ellos en temas tan delicados como las pensiones. Los dirigentes de los mismos sindicatos no escaparon a la critica punzante de sus afiliados, sobre todo de aquellos que no mostraron nunca un criterio propio y una independencia de clase, y se quedaron a regurgitar fórmulas acabadas vertidas desde el partido como: “es todo lo que podemos hacer”, “sólo tenemos el poder del Ejecutivo” o “nos han bloqueado por todos lados”, y un largo etcétera. Para los trabajadores está claro que, si te apegas a las reglas del juego de la clase dominante, no puedes salir luego a quejarte como un chiquillo.

Luego de la dolorosa derrota del 3F, se ha comenzado a hablar de la necesidad de replantear la táctica y la estrategia para el periodo que recién comienza. Los lideres del partido ya no son escuchados como antes, el peso de su autoridad ha sido disminuida por sus mismo accionar, ya no pueden llegar a pavonearse de su influencia con los trabajadores a los sindicatos y sus federaciones como lo hacían antes. La crítica hacia su pasado conciliacionista y reformista les está pasando factura y entre los alegatos de su defensa está en culpar al mismo movimiento y a los trabajadores por ser poco agradecidos por todo lo que han hecho por ellos y sus familias, algo que desde luego no le ha caído en gracia a los trabajadores. La alternativa en la que coindicen no pocos sindicatos es en la de dar la batalla y salir a pelear por lo poco conseguido a la fecha en materia social y económica, bajo un pliego de demandas muy puntuales, y sacudirse ya sea poco a poco o de una vez por todas, la influencia e injerencia de los líderes reformistas del partido, que desde luego no van por la vía de querer confrontar a aquellos con los que se acostumbraron a dialogar y a pactar por años en el invernadero parlamentarista.

El redespertar del combate ante un nuevo gobierno

Los sindicatos y sus líderes son importantes para la burguesía y su Estado, en la medida en que logren contener el ímpetu y los reclamos de sus afiliados en temas económicos, lo mismo se puede decir que aplica para el partido que se adjudique el apelativo de “revolucionario”, la misión de sus líderes—desde luego divorciados con la revolución y el socialismo—será la de llevar por canales seguros y legales  las demandas de las masas pobres y explotadas que requieren de cambios profundos en la sociedad capitalista. Bajo los dos gobiernos efemelenistas, esa fue la estrategia que prevaleció, entre más se habló de cambios, la gente percibió que las cosas menos cambiaron.

El arribo de un “show man” como Bukele no hubiese sido posible si el partido no se hubiera fundido -para comenzar- con el mismo Bukele, bajo la lógica de la apertura a los sectores de la “burguesía progresista”, error que arrastran los partidos socialdemócratas desde sus orígenes, y por otro lado si hubiese llevado un intenso programa de educación política en los sindicatos y las bases del partido y se hubiera armado de un programa transicional hacia la consecución, con participación directa de las masas, de medidas que comenzaren a restar el poder de la burguesía. Ganarle el pulso a las AFP significaba en la práctica un primer asalto a sus intereses y a la influencia que tiene la clase dominante sobre los trabajadores. Representaba un punto de inflexión importante en la lucha de clases en el país que desencadenaría toda una serie de eventos en los que se pondría de manifiesto el verdadero potencial de la clase trabajadora y sus organizaciones tradicionales.

Aglutinar a la masa de trabajadores en su conjunto, por medio de sus sindicatos primeramente, y luego a su vanguardia en el partido, debió hacerse de manera constante, los líderes del partido no podían llegar a dar instrucciones como grandes iluminados a los sindicatos para que obedecieran “la línea del partido”, en su lugar debieron llegar a explicar y convencer a los afiliados sobre la necesidad de hacer avanzar la lucha hacia medidas  socialistas y de que se debía chocar de manera frontal contra el aparato estatal, su maquinaria jurídica y los grandes capitalistas que lo iban a limitar todo a lo legal o a su estado de derecho. Había que explicar que la lucha económica como la política no están divorciadas ni mecánicamente separadas la una de la otra: “No existen dos distintas luchas de clase del proletariado, una económica y una política, sino que existe una sola lucha de clases, orientada, por igual, tanto a la limitación de la explotación capitalista en el seno de la sociedad burguesa como a la abolición de la explotación junto a la misma sociedad burguesa[11]”. Tanto la una como la otra se complementan y la línea divisoria imaginaria tiende a desaparecer una vez las consignas mínimas se enlazan con las máximas: la lucha por la victoria del socialismo. Tipos como Bukele no tendría el peso y la trayectoria de la que ahora goza si realmente el partido como mínimo fuera fiel a sus estatutos.

El nuevo presidente no ha dado signos, por el momento, de querer endurecer el control y la fiscalización de los sindicatos, se sobreentiende que en la medida que los sindicatos no le sean incómodos o representen un estorbo en sus aspiraciones no girará su mirada hacia ellos. Esto puede dar por el momento el tiempo necesario para la reagrupación de fuerzas, es evidente que tenemos encima a  un gobierno de abierto carácter capitalista que aboga por la libertad de mercado y la injerencia de la Casa Blanca y del capital transnacional en nuestra vida política y económica, ya hemos visto en el pasado reciente cómo estas políticas son de claro posicionamiento anti obrero y anti sindical y que buscan la eliminación del sindicalismo como tal y de aplicar la máxima flexibilización laboral allí donde les sea posible.  Las alarmas de alerta deben encenderse, ante la poca confianza y el desprestigio de los líderes históricos del FMLN y de los nuevos que están salpicados de los mismos vicios que los viejos, la clase obrera y sus sindicatos que ya no tienen como referente político la influencia de éstos, deben comenzar a orientarse hacia el estudio intenso de los fundamentos del socialismo científico, buscar entre sus bases a los líderes naturales de la clase trabajadora que no estén corrompidos por las prácticas que ya hemos mencionado y gocen del reconocimiento, autoridad y respeto de entre las bases. El tiempo apremia y se debe definir una estrategia de defensa y ataque para los próximos años.

El escenario está servido, las reivindicaciones más apremiantes que salen a relucir entre otras tantas son el derecho a la libertad sindical y el respeto a las conquistas ganadas a través de los años de dura represión por parte de anteriores gobiernos; la constante revisión del salario mínimo y que vaya aparejado con el alto coste de la vida, algo que hasta la fecha no se ha logrado conseguir o lo que es igual, una escala móvil de salarios; igualdad de pago para igual trabajo entre hombres y mujeres; el no aumento a las horas laborales, muy al contrario, exigir su reducción a 6 horas diarias de trabajo sin reducción de salarios; el respeto al derecho a la huelga y que se proteja la integridad de los huelguistas; el derecho al pago sin retraso de horas extras o de nocturnidad para los trabajadores que se ven sometidos a desgastantes jornadas de trabajo; recibir una atención médica de calidad y el pago de las incapacidades de acuerdo a lo establecido en la legislación laboral; el respeto al sagrado derecho de los trabajadores de afiliarse al sindicato en su lugar de trabajo o de conformar nuevos donde no los haya.

La formación política constante de la masa proletaria es una necesidad imperativa, no podemos saber a dónde dirigirnos y cómo luchar si tampoco tenemos claro cuál es el rol de un sindicato y de cómo funciona el sistema de libre mercado y de acumulación, y cómo se debe combatir basados en el legado de nuestros referentes nacionales como de aquellos que lograron vencer y se atrevieron a cuestionar y en muchos casos a vencer a sus verdugos. Los acontecimientos pueden tocar tarde o temprano a la puerta, ante la falta de un partido revolucionario que sirva de enlace y guía para enfrentar de nuevo la embestida neoliberalista, los sindicatos deben demostrar un alto nivel de compromiso y sacrificio, una firmeza y coherencia táctica, ejecutar la mayor capacidad posible de acción junto con la mayor unidad posible del conjunto de los trabajadores. Por el momento es prematuro hablar de la extinción total del FMLN como referente y partido tradicional de los trabajadores, pero todo parece indicar su inevitable desarticulación, también es probable que sea muy temprano hablar de la conformación de una nueva fuerza que aglutine a la vanguardia revolucionaria y que se desmarque radicalmente de las desviaciones políticas y organizativas que sufrió el FMLN, tales como el arribismo, carrerismo parlamentario y ministerial, nepotismo, estalinismo, reformismo, verticalismo y todo lo que lo ha llevado al burocratismo es decir, a convertirse en una guarida de funcionarios públicos profesionales en lugar de agentes activos de la revolución proletaria.

Construir un partido que afronte los ya conocidos y actuales retos que conlleva la conquista del poder no será una tarea para nada sencilla, el material con el que se conformará saldrá de la caldera donde se funden al calor de los acontecimientos el nuevo liderazgo que cargará sobre sus hombros, la inevitable tarea de emancipar a los trabajadores del látigo del capital y los colocará a la cabeza de la sociedad para su administración en alianza con las más amplias capas de explotados. Los sindicatos más radicalizados aprenderán de los límites de sus reivindicaciones económicas y pondrán sobre la mesa la cuestión de una organización de vanguardia que guíe los pasos del movimiento obrero y del mismo movimiento social, que contiene una gran cantidad de tendencias y matices, y que por su heterogeneidad y dispersión de sus exigencias no pueden paralizar la sociedad capitalista y asestarle golpes certeros al bolsillo de los empresarios. No hay mejor escenario posible para la reagrupación de fuerzas. Estudiar, organizar y salir a combatir debe ser una guía práctica para la formación y consolidación política de los trabajadores en el contexto actual.

 

San Salvador, 22 de julio de 2019.


[1] Luxemburgo, R. Huelga de Masas Partido y Sindicatos, Fundación Federico Engels, 2003. Pág.44

[2] El Blog, R. . (29 de febrero de 2016). Vicepresidente insta a policías que no estén conformes en la institución a buscar otro empleo. Google Network. Redacción El Blog Recuperado de http://elblog.com/noticias/registro-26241.html

[3] Trotsky L. Los sindicatos y las tareas de los revolucionarios, Ediciones IPS, 2010. Pág. 126

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] Ibíd.

[7] MTPS. (2018). HISTORICO AUMENTO DEL SALARIO MÍNIMO EN EL SALVADOR. julio 18, 2019, de Ministerio de Trabajo y Previsión Social Sitio web: http://www.mtps.gob.sv/noticias/historico-aumento-del-salario-minimo-salvador/

[8] Trotsky L. Los sindicatos y las tareas de los revolucionarios, Ediciones IPS, 2010. Pág. 130

[9] MTPS. (2018). Día del Sindicalismo Salvadoreño. junio 19, 2019, de Ministerio de Trabajo y Previsión Social Sitio web: http://www.mtps.gob.sv/noticias/dia-del-sindicalismo-salvadoreno/

[10] MTPS. (2015). Derecho de Sindicación en El Salvador. julio 19, 2019, de Ministerio de Trabajo y Previsión Social Sitio web: http://www.mtps.gob.sv/temas/derecho-de-sindicacion-en-el-salvador/

[11] Luxemburgo, R. Huelga de Masas Partido y Sindicatos, Fundación Federico Engels, 2003. Pág.87

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