Irán: la necesidad de un programa revolucionario

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El movimiento contra el régimen iraní continúa en las calles, a pesar de la fuerte represión de las fuerzas del régimen. Tras extenderse a más de 140 ciudades, pueblos y aldeas de todo el país, lo que empezó como una protesta contra el asesinato de una joven kurda se ha convertido en un poderoso movimiento revolucionario de la juventud contra el régimen en su conjunto. Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿hacia dónde va el movimiento?

Tras ser sorprendido inicialmente por la rapidez y el radicalismo del movimiento, el régimen está recurriendo a una mayor represión violenta. A su regreso del Consejo General de la ONU, el presidente iraní, Ebrahim Raisi, advirtió el domingo que las autoridades «tratarán con decisión a quienes se opongan a la seguridad y la tranquilidad del país». Desde el sábado por la noche, decenas de estudiantes han sido detenidos en todo el país y, según algunos informes, el número de muertos en las calles ha alcanzado los 180. Mientras tanto, se ha restringido severamente el acceso a Internet, y todas las clases universitarias presenciales se han sustituido por clases en línea para impedir que los estudiantes se reúnan en mayor número.

Sin embargo, en el momento de escribir este artículo, no está claro si la represión ha tenido éxito. En Teherán, el lunes circuló un vídeo en el que se veía a la multitud coreando desafiantemente: «no volveremos a casa hasta que hayamos hecho una revolución». Debido a las restricciones de Internet, es difícil obtener información fidedigna, por lo que es difícil calibrar la situación real sobre el terreno. Pero siguen circulando vídeos e imágenes de multitudes de jóvenes atacando a las fuerzas de seguridad y quemando sus coches, así como de la quema de oficinas de autoridades religiosas y de seguridad y de carteles de propaganda del régimen.

Tras las redadas en residencias y campus estudiantiles en las que se detuvo a cientos de estudiantes, los sindicatos estudiantiles reaccionaron convocando una huelga nacional de estudiantes, exigiendo la liberación de los presos políticos. Al parecer, la huelga fue secundada por 15 sindicatos estudiantiles, entre ellos los de la Universidad Tecnológica de Sharif, la Universidad de Al-Zahra, la Universidad Khawaja Nasiruddin Tousi, la de Ciencias de la Rehabilitación de Teherán, la de Khwarazmi, la de Sourah, la de Chamran Ahvaz, la de Sahand Tabriz y la de Boali Sinai Hamedan. En Tabriz, todos los estudiantes de odontología, excepto los que trabajan en los servicios de urgencia de la universidad, también han hecho huelga. Entre los llamamientos a la huelga y las protestas de los estudiantes, también se hizo un llamamiento al personal universitario para que se uniera, llamamiento al que se adhirieron algunos profesores de los distintos campus.

El domingo, el Consejo de Coordinación de las Asociaciones de Profesores de Irán también anunció una huelga para el lunes y el miércoles (el martes era festivo), exigiendo el fin de la represión violenta y la liberación de todos los estudiantes detenidos. En Shiraz, Isfahan, Teherán y Khuzestan, los sindicatos de profesores locales llamaron a sus miembros a unirse a las protestas callejeras. Temiendo el impacto de las huelgas, las autoridades de algunas ciudades, como Shiraz y Qazvin, así como de la provincia de Alborz, cerraron preventivamente las escuelas el lunes con la excusa de la «excesiva contaminación del aire».

El Consejo de Organización de las Protestas de los Trabajadores Contratistas del Petróleo, organismo que ha organizado varias huelgas nacionales en los últimos años, también ha amenazado con convocar una huelga si el régimen no pone fin a su violenta represión.

La entrada en escena de grupos de trabajadores organizados es un paso importante. Pero la situación actual exige algo más que amenazas y huelgas limitadas. Lo único que puede detener de forma decisiva la represión es una huelga general total, que puede paralizar el régimen y plantear la cuestión del poder en la sociedad. El llamamiento a dicha huelga ha sido planteado localmente en algunas zonas, así como por un grupo de activistas desconocidos en las redes sociales. Hay que hacerla suya y convertirla en el grito de guerra de todo el movimiento.

Esta huelga debe ser organizada y preparada mediante la creación de comités y consejos de lucha en cada barrio, escuela y lugar de trabajo, que deben estar conectados a nivel local, regional y nacional. Aunque los jóvenes en las calles han demostrado una enorme valentía y voluntad de sacrificio, no pueden derrocar al régimen por sí solos. Para ello, es crucial la entrada en escena de la clase obrera como fuerza organizada. Esa es la única manera de detener al aparato represivo en su camino y recuperar el impulso del movimiento.

Romper el aislamiento

La heroica lucha de la juventud iraní, y en particular de las mujeres de Irán, ha cautivado la imaginación de millones de personas en todo el mundo. Su actitud está en directa contradicción con la de los reformistas liberal-demócratas que lideraron el Movimiento Verde en 2009, y que se presentaron como los campeones de la democracia, pero que han pasado años arrastrándose a los pies de las facciones de línea dura del régimen para obtener escasas migajas. Mientras que los reformistas han sido utilizados por el régimen como medio para encauzar las luchas de las masas por caminos seguros, hoy los jóvenes en las calles han sembrado el terror en los corazones de Jamenei y compañía.

Pero por muy inspirador que sea el movimiento actual, su número en las calles sigue siendo relativamente bajo y aún no ha conseguido el apoyo activo de la masa de trabajadores y pobres, que le permitiría dar pasos decisivos hacia adelante. Aunque la mayoría de los iraníes simpatizan con el movimiento, dudan en apoyarlo porque no creen que les ofrezca una alternativa creíble al sistema actual.

Los últimos cinco años han sido los más turbulentos de la historia de la República Islámica, el régimen que sustituyó a la odiada monarquía en 1979. Desde 2018, hemos asistido a una serie de luchas nacionales y locales sobre una gran variedad de cuestiones, desde la escasez de agua hasta la inflación, la corrupción, el derribo del vuelo 752 de Ukraine International Airlines, la opresión de las minorías nacionales y los ataques a otros derechos democráticos, los ataques a la sanidad y la educación, las pensiones, los salarios, la privatización y mucho más.

En este periodo se han producido las mayores oleadas de huelgas desde la revolución de 1979, y casi semanalmente han estallado nuevas luchas en distintos rincones de la sociedad. Sin embargo, estas luchas han permanecido aisladas unas de otras, aunque no son fenómenos aislados. Lo que todas ellas reflejan y tienen como causa última es el absoluto callejón sin salida del capitalismo en Irán, un sistema que es incapaz de satisfacer las necesidades más básicas de la sociedad. La tarea de los revolucionarios es precisamente extraer esta lección y ponerla en práctica, unificando todas estas luchas en un solo movimiento, golpeando la raíz del problema.

Por un programa revolucionario

El movimiento actual surgió de la lucha por los derechos de las mujeres, los derechos de las minorías nacionales y los derechos democráticos en general. Éstos deben concretarse en la exigencia del fin de toda opresión y de la plena igualdad de derechos ante la ley para todas las personas, independientemente de su género, sexualidad y nacionalidad. A esto hay que añadir la disolución de la policía de la moral, los basij y los grupos paramilitares de la guardia revolucionaria junto con las agencias de inteligencia; la liberación de todos los presos políticos, la plena libertad de expresión y de prensa, la libertad de organización; y la convocatoria de una asamblea constituyente con elecciones libres y justas organizadas por consejos democráticos creados por las propias masas.

La exigencia de igualdad de derechos para las minorías nacionales y religiosas debe ir acompañada también de la exigencia del derecho a recibir educación en su propia lengua si así lo desean, así como de un programa urgente e inmediato de inversión y desarrollo en las zonas marginadas.

Sin embargo, la democracia en sí misma no resolverá las ardientes necesidades y aspiraciones de las masas. No es casualidad que la consigna «pan, trabajo y libertad», uno de los principales lemas de la revolución de 1979, haya resurgido recientemente. El movimiento debe conectar la lucha democrática con la lucha por las reivindicaciones económicas y políticas.

En primer lugar, debe plantearse la exigencia de la erradicación de todos los llamados contratos en blanco, bajo los cuales están empleados más del 90 por ciento de los trabajadores, y su sustitución por contratos indefinidos. Esto debe combinarse con la exigencia de un salario digno, fijado por las propias organizaciones de trabajadores, que compense inmediatamente las décadas de descenso de los salarios y garantice un nivel de vida decente para todos, incluidos los pensionistas. Esto debe ser sobre la base de una escala móvil de salarios, para garantizar que los salarios no sean devorados por la inflación. Al mismo tiempo, la jornada laboral debe reducirse a 30 horas semanales para empezar, permitiendo así el empleo para todos.

Para financiar todo esto, todas las grandes empresas privadas deben ser nacionalizadas y todas las empresas y bancos privatizados deben ser renacionalizados. Todas las empresas estatales también deben ser puestas inmediatamente bajo el control y la gestión de los propios trabajadores. Los beneficios de estas empresas deben utilizarse para desarrollar la sociedad y elevar el nivel de vida, en lugar de llenar los bolsillos de los corruptos del régimen que las controlan ahora. Los libros de estas empresas deben abrirse al público, y la riqueza de todos los que han estado sacando dinero de ellas debe ser confiscada inmediatamente. Lo mismo ocurre con todos aquellos que han construido fortunas astronómicas a base de robar de las arcas del Estado.

La economía nacionalizada debe organizarse sobre la base de un plan económico nacional y democrático, que sea votado y ratificado por las masas trabajadoras a través de sus propias organizaciones. De esta manera, se pueden sentar las bases para un rápido desarrollo e industrialización y para sacar a la mayoría de un estado de miseria desesperada.

Este programa debe desarrollarse, concretarse y modificarse cuando sea necesario a través de las propias organizaciones de lucha de las masas. Sobre esta base, el movimiento podría atraer a la mayoría de los trabajadores, jóvenes y pobres iraníes que sufren bajo el peso muerto del capitalismo, unificar sus luchas para derrocar el régimen e instalar uno nuevo basado en el poder del propio proletariado.

La cuestión de la dirección

En ausencia de una dirección y de un programa revolucionarios, la única alternativa que se ha presentado a las masas es Reza Pahlevi, el hijo de Mohammad Reza Pahlevi, derrocado por la revolución de 1979. La influencia de este aspirante a príncipe ha sido muy exagerada en los medios de comunicación occidentales y apoyados por Arabia Saudí, que lo han presentado como la única esperanza de las masas iraníes. Se ha presentado a sí mismo como un demócrata liberal cuya única preocupación es el bienestar del pueblo iraní, incitándolo a luchar en las calles para derrocar el régimen e instalar una monarquía constitucional.

Sin embargo, esto despierta un nauseabundo hedor a hipocresía. Pahlevi intenta presentar a su padre gobernando una sociedad abierta y liberal, en la que los derechos de las personas estaban garantizados; ignorando el hecho de que el antiguo Sha presidía un régimen notoriamente brutal en el que miles de personas eran encarceladas, torturadas o asesinadas por el más mínimo desacuerdo con su statu quo.

Las supuestas credenciales democráticas del joven Pahlevi también desmienten el hecho de que está apoyado por el régimen saudí, que se basa en la forma más reaccionaria de fundamentalismo islámico, que excluye casi todos los derechos democráticos básicos para la mayoría de la población.

Sin embargo, sus principales apoyos se encuentran en el imperialismo occidental, que durante décadas ha mantenido a Irán como una semicolonia. A sus innumerables crímenes hay que añadir el actual régimen de sanciones, que son las más duras de la historia. En efecto, equivalen a un asedio brutal, cuyos efectos no son menores que los de la guerra, lo que hace a los hombres de Washington responsables de los peores crímenes contra el pueblo iraní. Han destrozado la economía iraní y han arrojado a millones de personas a un estado de pobreza desesperada.

La única respuesta de Reza Pahlevi a estos despiadados ataques económicos ha sido criticar a Occidente por negociar con la República Islámica, ofreciendo un alivio de las sanciones a cambio de frenar sus actividades nucleares. En realidad, el único punto de discordia entre los monárquicos y sus amos occidentales, por un lado, y el régimen actual, por otro, es sobre quién debe recoger los beneficios de la explotación del pueblo trabajador de Irán.

El hecho de que ahora intenten presentarse como los defensores de los derechos humanos y los partidarios de la revolución en Irán sólo sirve para debilitar el movimiento actual, y sembrar la duda entre la población en general sobre si apoyarlo o no. De este modo, hacen el juego al régimen, que durante décadas ha utilizado la idea de una amenaza externa planteada por el imperialismo occidental para azotar a las masas y chantajearlas para que acepten el gobierno del clero.

En una entrevista concedida a Iran International, uno de los varios medios de comunicación iraníes respaldados por Arabia Saudí, Reza Pahlevi hizo un llamamiento a la unidad de todas las fuerzas políticas contra el régimen, afirmando que «el mundo debe saber que existe una alternativa y que ésta es una acción en la que las fuerzas políticas pueden cooperar más allá de las calles». Puede que mañana tengamos diferentes gustos políticos en Irán, pero en este momento debemos unirnos por nuestro objetivo común de unirnos para salvar el país».

Algunos activistas se han hecho eco de estos llamamientos a la unidad de todas las fuerzas políticas, incluidos los monárquicos y los liberales, dentro del movimiento actual. Esa es una exigencia reaccionaria que sólo conducirá a la derrota. Los intereses de las masas y los de los burgueses iraníes respaldados por Occidente son diametralmente opuestos. La unidad sobre esa base significa simplemente la sumisión de los intereses de los trabajadores y los pobres a los de la clase dominante, aunque sea su facción bien afeitada. Además, empujará a algunas capas de las masas a los brazos del régimen, aislando así a la juventud radical. También lo vimos durante la revolución siria, donde la demanda de intervención occidental por parte de algunos de los líderes del movimiento repelió a la clase obrera y fortaleció la mano del régimen de Assad.

En la última semana, en varias protestas se ha coreado «Muerte a los tiranos, ya sea el Sha o el Líder [refiriéndose a Jamenei]». Se trata de una consigna absolutamente correcta, que debe incorporarse al programa del movimiento, junto con la exigencia de lucha contra el imperialismo.

En todo Oriente Medio, los imperialistas y sus títeres reaccionarios han dejado un rastro de caos y barbarie. Los únicos verdaderos aliados de la revolución iraní son los trabajadores y los pobres de la región, que sufren en condiciones similares, así como sus hermanos y hermanas del proletariado occidental que han estado animando el presente movimiento.

Ya hemos visto cómo el actual movimiento ha despertado una amplia simpatía en las zonas kurdas de Irak, Siria y Turquía. Pero el terreno para los movimientos revolucionarios se ha preparado en toda la región. Si se hace un llamamiento a la lucha unida contra los gobernantes, sin duda tendrá un gran eco entre las masas de Oriente Medio.

¿Cuál es la alternativa?

A falta de una clara dirección revolucionaria del movimiento, los monárquicos respaldados por Occidente han podido presentarse como la única alternativa organizada al régimen actual. Esto ha sido utilizado por algunos miembros de la izquierda iraní, en particular los de tradición estalinista, como excusa para no apoyar al movimiento actual. ¿Cuál es la alternativa, preguntan; dónde está el liderazgo? Es una pregunta correcta. Pero siguen sacando conclusiones erróneas.

Es cierto que todavía no existe una alternativa clara y organizada al régimen actual, aparte de los monárquicos. Pero los jóvenes que han salido a la calle, y las masas que los apoyan, no han salido a la llamada de los Pahlevis. Han salido bajo el impacto de las intolerables condiciones en las que viven. Los monárquicos sólo intentan secuestrar el movimiento y convertirlo en su contrario.

Pero al negarse a apoyar la lucha, estos supuestos comunistas e izquierdistas no hacen más que dejar el escenario abierto a los monárquicos para que lleven a cabo su intento de toma del poder, abriendo la puerta al régimen para que aplaste el movimiento. Permaneciendo al margen y denunciando los complots de los monárquicos, lo único que se consigue es alejar al movimiento de la izquierda y empujarlo a los brazos de los reaccionarios apoyados por Occidente. La tarea de los verdaderos comunistas y revolucionarios es precisamente ayudar al movimiento a desarrollar un programa y a construir una dirección donde no existe.

¿No es el mejor momento para construir una dirección precisamente ahora, cuando los elementos más radicales están en las calles ganando experiencia y aprendiendo rápidamente? Pero esto sólo se puede hacer apoyando y siguiendo al movimiento en su desarrollo y, al hacerlo, intentando educar a los mejores elementos. Incluso si no se construye un liderazgo a tiempo, antes de que el movimiento sea derrotado, la cuestión seguirá planteándose hasta que se haya abordado.

Curiosamente, estas mismas señoras y señores han planteado esta posición en el contexto de cada movimiento de protesta en los últimos cinco años, convirtiéndola en una perpetua profecía autocumplida.

Nosotros, los marxistas, damos todo nuestro apoyo a la juventud revolucionaria de Irán. Pero no nos consideramos meros animadores. La tarea de los marxistas es seguir el movimiento a cada paso y sacar las conclusiones que se derivan de él. Este movimiento nos ha permitido vislumbrar el poder de las masas iraníes. Pero sobre la base actual, sin una organización y un programa revolucionario, corre el riesgo de dar tiempo al régimen para reagruparse y contraatacar.

En definitiva, el problema se reduce a la falta de liderazgo revolucionario. Este problema seguirá existiendo tanto si el movimiento consigue avanzar como si es derrotado. Toda la experiencia del último período lo ha dejado muy claro. La principal tarea de los comunistas iraníes es precisamente construir esa dirección, es decir, construir una organización revolucionaria sobre la base de la teoría marxista.

El momento para ello nunca ha sido más oportuno. Cada día, nuevas capas de trabajadores y jóvenes se adentran en el camino de la lucha revolucionaria y buscan ideas que les guíen en ella. El marxismo ofrece el único conjunto de ideas que puede proporcionar esa guía.

Durante cien años, el capitalismo, en todas sus formas y a través de todas sus transformaciones, ha demostrado ser incapaz de llevar adelante la sociedad iraní. Esa fue la base de la revolución contra el antiguo Sha en 1979, y esa es, en última instancia, la base del movimiento actual. Ha llegado el momento de construir una dirección que pueda reunir con decisión a la clase obrera y a los pobres para extirpar este cáncer malicioso y a la clase dirigente que lo defiende.

¡Pan, trabajo y libertad!

¡Muerte al dictador!

¡Construir una dirección revolucionaria!

¡Por una revolución socialista!

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