Cualquiera que desee comprender la vida no como una serie de accidentes  sin sentido ni como una rutina irreflexiva debe ocuparse de la filosofía,  esto es, del pensamiento a un nivel superior al de los problemas inmediatos de la vida cotidiana. Tan sólo de esta forma nos elevamos a una altura  desde la que comenzamos a realizar nuestro potencial como seres  humanos conscientes, dispuestos y capaces de tomar las riendas de nuestro destino. Este trabajo fue escrito como una parte del libro Razón y Revolución, publicado en el 1995, pero por su amplitud el autor decidió sacarlo del libro y publicarlo aparte. Publicamos por primera vez en castellano los capítulos I y II de Historia de la Filosofia.


 

1. ¿Necesitamos una filosofía?
2. Los primeros dialécticos
3. Aristóteles y el final de la filosofía griega clásica
4. El Renacimiento
5. Descartes, Spinoza y Leibniz
6. La filosofía del siglo XX
7. Apéndice: La filosofía islámica e hindú

Capítulo I. ¿Necesitamos una filosofía?

Antes de empezar, uno podría preguntarse: ¿Es realmente necesario preocuparnos de complicadas cuestiones científicas y filosóficas? Semejante pregunta admite dos respuestas.

Si lo que se quiere decir es si hace falta saber estas cosas para la vida cotidiana, la respuesta es, evidentemente, no. Pero si aspiramos a lograr una comprensión racional del mundo en que vivimos y de los procesos fundamentales en la naturaleza, la sociedad y nuestra propia forma de pensar, entonces la cosa se presenta de una forma totalmente distinta.

Aunque parezca extraño, todos tenemos una filosofía. Una filosofía es una manera de interpretar el mundo. Todos creemos que sabemos distinguir entre el bien y el mal. Sin embargo, es una cuestión harto complicada que ha ocupado la atención de las grandes mentes a lo largo de la historia. Cuando nos vemos enfrentados con hechos tan terribles como la guerra fratricida en la ex Yugoslavia, el resurgimiento del desempleo o las masacres en Ruanda, muchos confesarán que no entienden de esas cosas y, a menudo, recurrirán a vagas referencias a la “naturaleza humana”. Pero, ¿en qué consiste esa misteriosa naturaleza humana que se presenta como la fuente de todos nuestros males y se alega que es eternamente inmutable? Esta es una cuestión profundamente filosófica que pocos intentarían contestar, a no ser que tuvieran inclinaciones religiosas, en cuyo caso dirían que Dios, en su sabiduría, nos creó así. Por qué a alguien se le ocurriría adorar a un Ser que crea a los hombres sólo para gastarles tales faenas es otro asunto.

Los que mantienen con obstinación que ellos no tienen ninguna filosofía se equivocan. La naturaleza aborrece el vacío. Las personas que carecen de un punto de vista filosófico elaborado y coherente reflejarán inevitablemente las ideas y los prejuicios de la sociedad y el entorno en que viven. Esto significa, en este contexto dado, que sus cabezas estarán repletas de las ideas que absorben de la prensa, la televisión, el púlpito y el aula, las cuales reflejan fielmente los intereses y la moral de la clase dominante.
Por lo común, la mayoría de la gente logra “ir tirando”, hasta que algún gran evento les obliga a reconsiderar las ideas y valores a que están acostumbrados  desde su infancia. La crisis de la sociedad les obliga a cuestionar muchas cosas  que daban por supuestas, haciendo que ideas  aparentemente remotas  se vuelvan de repente tremendamente relevantes.

Cualquiera que desee comprender la vida no como una serie de accidentes  sin sentido ni como una rutina irreflexiva debe ocuparse de la filosofía,  esto es, del pensamiento a un nivel superior al de los problemas inmediatos de la vida cotidiana. Tan sólo de esta forma nos elevamos a una altura  desde la que comenzamos a realizar nuestro potencial como seres  humanos conscientes, dispuestos y capaces de tomar las riendas de nuestro destino.

En general se comprende que cualquier empresa que merezca la pena en la vida requiere esfuerzo. La propia naturaleza de la filosofía implica ciertas dificultades para su estudio, ya que trata de cosas muy alejadas del mundo de la experiencia normal. Incluso los términos utilizados presentan dificultades porque su significado puede ser diferente al común, aunque esto también es verdad para cualquier materia especializada, desde el psicoanálisis hasta la mecánica.

El segundo obstáculo es más grave. En el siglo pasado, cuando Marx y Engels publicaron por primera vez sus escritos sobre materialismo dialéctico, podían dar por supuesto que muchos de sus lectores tenían por lo menos unos conocimientos básicos de filosofía clásica, incluido Hegel. Actualmente no es posible hacer semejante suposición. La filosofía ya no ocupa el lugar del pasado, puesto que la especulación sobre la naturaleza del universo y la vida fue asumida hace tiempo por las ciencias naturales. La posesión de potentes radiotelescopios y naves espaciales vuelve innecesarias las conjeturas sobre la naturaleza y la extensión de nuestro sistema solar. Incluso los misterios del alma humana se están poniendo paulatinamente al descubierto mediante el progreso de la neurobiología y la psicología.

La situación en el terreno de las ciencias sociales es mucho menos satisfactoria, debido sobre todo a que el deseo de conseguir conocimientos exactos a menudo decrece en la medida en que la ciencia toca los enormes intereses materiales que dominan la vida de la gente. Los grandes avances realizados por Marx y Engels en el terreno del análisis socio-histórico y económico quedan fuera del ámbito de este libro. Baste con señalar que, a pesar de los ataques constantes y frecuentemente maliciosos a que estuvieron sometidas desde el primer momento, las teorías del marxismo en la esfera social han sido el factor decisivo en el desarrollo de las ciencias sociales modernas. En cuanto a su vitalidad, está demostrada por el hecho de que los ataques no sólo continúan, sino que tienden a arreciar con el paso del tiempo.

En épocas pasadas, el desarrollo de la ciencia, que siempre ha estado estrechamente vinculado al de las fuerzas productivas, no había alcanzado un nivel suficientemente alto como para permitir que las personas entendiesen el mundo en que vivían. En ausencia de un conocimiento científico o de los medios materiales para obtenerlo, se vieron obligados a depender del único instrumento que poseían para interpretar el mundo y, así, conquistarlo: la mente humana. La lucha para comprender el mundo se identificaba con la lucha de la humanidad para elevarse sobre una existencia meramente animal, ganar el control sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza y liberarse (en el sentido real, no legalista, de la palabra). Esta lucha es como un hilo conductor rojo que recorre toda la historia de la humanidad.

El papel de la religión
"El hombre está totalmente loco. No sabría cómo crear un gusano, y crea dioses por docenas". (Montaigne.)

"Toda mitología supera, domina y transforma las fuerzas de la naturaleza en la imaginación y mediante la imaginación; por lo tanto desaparece con la llegada de la auténtica dominación sobre ellas". (Marx.)

Los animales no tienen religión, y en el pasado se decía que ésa era la principal diferencia entre hombres y bestias. Pero ésta es sólo otra forma de decir que únicamente los seres humanos poseen conciencia en el sentido pleno de la palabra. En los últimos años ha habido una reacción contra la idea del Hombre como Creación única y especial. Al fin y al cabo, el ser humano evolucionó de los animales y en muchos aspectos sigue siendo animal. No solamente compartimos con otros animales muchas de las funciones corporales, sino que la diferencia genética entre humanos y chimpancés es menor del dos por ciento. He aquí una respuesta devastadora a las tonterías de los creacionistas.

Las últimas investigaciones con chimpancés bonobos (los primates más afines a los humanos) han demostrado fuera de toda duda que son capaces de un nivel de actividad mental similar en algunos aspectos al de un niño. Esto prueba claramente el parentesco entre los seres humanos y los primates superiores, pero aquí la analogía empieza a resquebrajarse. Pese a todos los esfuerzos de los experimentadores, los bonobos cautivos no han sido capaces de hablar ni de labrar una herramienta de piedra remotamente similar a los utensilios más simples creados por los homínidos primitivos. Esa diferencia genética del dos por ciento que separa a los humanos de los chimpancés marca el salto cualitativo del animal al humano. Esto se logró no por obra y gracia de un Creador, sino por el desarrollo del cerebro a través del trabajo manual.

La destreza para hacer incluso las herramientas de piedra más simples implica un nivel muy alto de habilidad mental y pensamiento abstracto. El seleccionar la piedra adecuada, elegir el ángulo correcto para golpear y usar la cantidad de fuerza precisa son acciones intelectuales muy complejas. Requieren un grado de planificación y previsión que no se encuentra ni en los primates más avanzados. No obstante, el uso y la manufactura de herramientas de piedra no fueron resultado de una planificación consciente, sino una imposición de la necesidad. No fue la conciencia la que creó la humanidad, sino que las condiciones necesarias para la existencia humana condujeron a un cerebro más grande, al habla y a la cultura, incluida la religión.

La necesidad de entender el mundo estaba estrechamente vinculada a la necesidad de sobrevivir. Aquellos homínidos primitivos que descubrieron el uso de raspadores de piedra para descuartizar cadáveres de animales de piel gruesa obtuvieron una considerable ventaja sobre aquellos que no tuvieron acceso a esta fuente abundante de grasas y proteínas. Los que perfeccionaron sus herramientas de piedra y descubrieron los mejores yacimientos tuvieron más posibilidades de sobrevivir que los que no lo hicieron. Con el desarrollo de la técnica vino la expansión de la mente y la necesidad de explicar los fenómenos naturales que gobernaban sus vidas. A través de millones de años, mediante aproximaciones sucesivas, nuestros antepasados comenzaron a establecer ciertas relaciones entre las cosas. Empezaron a hacer abstracciones, esto es, a generalizar a partir de la experiencia y la práctica.

Durante siglos, la cuestión central de la filosofía ha sido la relación entre el pensamiento y el ser. La mayoría de las personas pasan sus vidas sin siquiera contemplar este problema. Piensan y actúan, hablan y trabajan sin la menor dificultad. Es más, ni se les ocurriría considerar incompatibles las dos actividades humanas más básicas, que en la práctica son inseparables. Si excluimos reacciones simples condicionadas fisiológicamente, como los actos reflejos, incluso la acción más elemental exige un cierto grado de pensamiento.

En cierto modo, esto es verdad no sólo para los humanos, sino también para los animales (pensemos en un gato apostado a la espera de un ratón). No obstante, la planificación y el pensamiento humanos tienen un carácter cualitativamente superior a cualquier actividad mental de incluso el simio más avanzado.
Este hecho está estrechamente vinculado a la capacidad del pensamiento abstracto, que permite a los seres humanos ir mucho más allá de la situación inmediata dada por nuestros sentidos. Podemos imaginar situaciones no sólo en el pasado (los animales también tienen memoria, como el perro, que tiembla a la vista de un garrote), sino también en el futuro. Podemos predecir situaciones complejas, planificar, y así determinar el resultado y hasta cierto punto controlar nuestros destinos.

Aunque normalmente no pensamos en ello, esto representa una conquista colosal que separa a la humanidad del resto de la naturaleza. “Lo típico del razonamiento humano”, dice el profesor Gordon Childe, “es que puede ir muchísimo más lejos de la situación actual, presente, que el razonamiento de cualquier otro animal”.6 De esta capacidad nacen las múltiples creaciones de la civilización: la cultura, el arte, la música, la literatura, la ciencia, la filosofía, la religión. También damos por supuesto que todo esto no cae del cielo, sino que es el producto de millones de años de desarrollo.

El filósofo griego Anaxágoras (500-428 a.C.), en una deducción brillante, afirmó que el desarrollo mental del hombre dependía de la emancipación de las manos. Engels, en su importante artículo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, explicó la forma exacta en que se logró dicha transformación. Demostró que la postura vertical, la liberación de las manos para el trabajo, la forma de la mano, con el pulgar opuesto a los otros dedos de forma que permitía agarrar, fueron los requisitos fisiológicos para la manufactura de herramientas, que a su vez fue el principal estímulo para el desarrollo del cerebro. Incluso el habla, que es inseparable del pensamiento, surge de las exigencias de la producción social, de la necesidad de cooperar para realizar funciones complejas. Estas teorías de Engels se han visto confirmadas brillantemente por los últimos descubrimientos de la paleontología, que demuestran que los simios homínidos aparecieron en África bastante antes de lo que se pensaba y que tenían cerebros no más grandes que los de un chimpancé actual. Es decir, el desarrollo del cerebro vino después de la producción de herramientas y a consecuencia de ésta. Así, no es verdad que “En el principio, era la Palabra”, sino, en frase del poeta alemán Goethe, “En el principio, era el Hecho”.

La capacidad de manejar pensamientos abstractos es inseparable del habla. El célebre prehistoriador Gordon Childe comenta:

“El razonamiento y todo lo que podemos llamar pensamiento, inclusive el del chimpancé, hace intervenir en las operaciones mentales lo que los psicólogos llaman imágenes. Una imagen visual, la representación mental de una banana, por ejemplo, ha de ser siempre la representación de una banana determinada en un conjunto determinado. Una palabra, por el contrario, según lo explicado, es más general y abstracta, pues ha eliminado precisamente esos rasgos accidentales que dan individualidad a cualquier banana real. Las imágenes mentales de las palabras (representaciones del sonido o de los movimientos musculares que intervienen en su pronunciación) constituyen ‘fichas’ muy cómodas en el proceso del pensamiento. El pensar con su ayuda posee necesariamente esa cualidad de abstracción y generalidad que parece faltar en el pensamiento animal. Los hombres pueden pensar, lo mismo que hablar, sobre la clase de objetos llamados ‘bananas’; el chimpancé nunca va más allá de ‘esa banana en ese tubo’. De tal suerte el instrumento social denominado lenguaje ha contribuido a lo que se denomina grandilocuentemente ‘la emancipación del hombre de la esclavitud de lo concreto”. G. Childe, Qué sucedió en la historia. Editorial Pléyade, Buenos Aires, 1975, pp. 25-6)

Los humanos primitivos, después de largo tiempo, formaron la idea general de, por ejemplo, una planta o un animal. Esto surgió de la observación concreta de muchas plantas y animales particulares. Pero cuando llegamos al concepto general de “planta”, ya no vemos delante de nosotros esta o aquella flor o arbusto, sino lo que es común a todas ellas. Comprendemos la esencia de una planta, su ser interior. Comparado con esto, los rasgos peculiares de las plantas individuales parecen secundarios e inestables. Lo que es permanente y universal está contenido en el concepto general. Jamás podemos ver una planta como tal, opuesta a flores y arbustos particulares. Es una abstracción de la mente.

Sin embargo, es una expresión más profunda y verdadera de lo que es esencial a la naturaleza de la planta cuando se la despoja de todos los rasgos secundarios.
No obstante, las abstracciones de los humanos primitivos distan mucho de tener un carácter científico. Eran exploraciones tentativas, como las impresiones de un niño: suposiciones e hipótesis a veces incorrectas, pero siempre audaces e imaginativas. Para nuestros antepasados remotos, el Sol era un ser supremo que unas veces les calentaba y otras les quemaba. La Tierra era un gigante adormecido. El fuego era un animal feroz que les mordía cuando lo tocaban.

Los humanos primitivos conocieron los truenos y los relámpagos, les asustarían, como todavía hoy asustan a los animales y a algunas personas. Pero, a diferencia de los animales, los humanos buscaron una explicación general del fenómeno. Dada la ausencia de cualquier conocimiento científico, la explicación sólo podía ser sobrenatural: algún dios golpeando un yunque con su martillo.

Para nosotros, semejantes explicaciones resultan simplemente divertidas, como las explicaciones ingenuas de los niños. No obstante, en ese período eran hipótesis extraordinariamente importantes, un intento de encontrar una causa racional para el fenómeno distinguiendo entre la experiencia inmediata y lo que había tras ella.

La forma más característica de las religiones primitivas es el animismo — la noción de que todo objeto, animado o inanimado, posee un espíritu—. Vemos el mismo tipo de reacción en un niño cuando pega a una mesa contra la que se ha golpeado la cabeza. De la misma manera, los humanos primitivos y ciertas tribus actuales piden perdón a un árbol antes de talarlo. El animismo pertenece a un período en el que la humanidad aún no se había separado plenamente del mundo animal y de la naturaleza. La proximidad de los humanos al mundo de los animales está demostrada por la frescura y belleza del arte rupestre, donde los caballos, ciervos y bisontes están pintados con una naturalidad que ningún artista moderno es capaz de lograr. Se trata de la infancia del género humano, que ha desaparecido y nunca volverá. Tan sólo podemos imaginar la psicología de nuestros antepasados remotos. Pero mediante una combinación de los descubrimientos de la paleontología y la antropología es posible reconstruir, por lo menos a grandes rasgos, el mundo del que hemos surgido.

En su estudio antropológico clásico de los orígenes de la magia y la religión, James G. Frazer escribe:
“El salvaje concibe con dificultad la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya más avanzados.
Para él, el mundo está funcionando en gran parte merced a ciertos agentes sobrenaturales  que son seres personales que actúan por impulsos y motivos semejantes a los suyos propios y, como él, propensos a modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos y temores.

En un mundo así concebido no ve limitaciones a su poder de influir sobre el curso de los acontecimientos en beneficio propio. Las oraciones, promesas o amenazas a los dioses pueden asegurarle buen tiempo y abundantes cosechas; y si aconteciera, como muchas veces se ha creído, que un dios llegase a encarnar en su misma persona, ya no necesitaría apelar a seres más altos. Él, el propio salvaje, posee en sí mismo todos los poderes necesarios para acrecentar su propio bienestar y el de su prójimo”. (Sir James Frazer, La rama dorada. Magia y religión. Fondo de Cultura Económica. Madrid. 1981, p. 33)

La noción de que el alma existe separada y aparte del cuerpo viene directamente de los tiempos más remotos. El origen de esta idea es evidente.
Cuando dormimos, el alma parece abandonar el cuerpo y vagar en nuestros sueños. Por extensión, la similitud entre la muerte y el sueño —“gemelo de la muerte”, como lo llamó Shakespeare— sugiere la idea de que el alma podría seguir existiendo después de la muerte. Así fue cómo los humanos primitivos concluyeron que el interior de sus cuerpos albergaba algo, el alma, que mandaba sobre el cuerpo y podía hacer todo tipo de cosas increíbles, incluso cuando el cuerpo estaba dormido.

También observaron cómo palabras llenas de sabiduría manaban de las bocas de los ancianos y concluyeron que, mientras que el cuerpo perece, el alma sigue viviendo. Para gente acostumbrada a los desplazamientos, la muerte era vista como una migración del alma, que necesitaba comida y utensilios para el viaje.

Al principio estos espíritus no tenían una morada fija. Simplemente erraban, la mayoría de las veces causando molestias y obligando a los vivos a hacer todo lo que podían por deshacerse de ellos. He aquí el origen de las ceremonias religiosas. Finalmente surgió la idea de que mediante la oración podría conseguirse la ayuda de estos espíritus. En esta etapa, la religión (magia), el arte y la ciencia no se diferenciaban. No teniendo los medios para conseguir un auténtico poder sobre el medio ambiente, los humanos primitivos intentaron obtener sus fines por medio de una relación mágica con la naturaleza, y así someterla a su voluntad.

La actitud de los humanos primitivos hacia sus dioses-espíritus y fetiches era bastante práctica. La intención de los rezos era obtener resultados. Un hombre haría una imagen con sus propias manos y se postraría ante ella. Pero si no conseguía el resultado deseado, la maldecía y la golpeaba para obtener mediante la violencia lo que no había conseguido con súplicas. En ese mundo extraño de sueños y fantasmas, un mundo de religión, la mente primitiva veía cada acontecimiento como la obra de espíritus invisibles. Cada arbusto o cada riachuelo eran una criatura viviente, amistosa u hostil. Cada suceso fortuito, cada sueño, dolor o sensación estaba causado por un espíritu. Las explicaciones religiosas llenaban el vacío que dejaba la falta de conocimiento de las leyes de la naturaleza. Incluso la muerte no era vista como un evento natural, sino como el resultado de alguna ofensa causada a los dioses.

Durante casi toda la existencia del género humano, la mente ha estado llena de este tipo de cosas. Y no sólo en lo que a la gente le gusta considerar como sociedades primitivas. Las creencias supersticiosas continúan existiendo hoy, aunque con diferente disfraz. Bajo el fino barniz de civilización se esconden tendencias e ideas irracionales primitivas que tienen su raíz en un pasado remoto que ha sido en parte olvidado, pero que no está todavía superado. No serán desarraigadas definitivamente de la conciencia humana hasta que hombres y mujeres no establezcan un firme control sobre sus condiciones de existencia.

La división del trabajo
Frazer señala que la división entre trabajo manual y trabajo intelectual en la sociedad primitiva está invariablemente vinculada a la formación de una casta de sacerdotes, hechiceros o magos:

“El progreso social, según creemos, consiste principalmente en una diferenciación progresiva de funciones; dicho más sencillamente, en una división del trabajo. La obra que en la sociedad primitiva se hace por todos igual y por todos igualmente mal o muy cerca de ello, se distribuye gradualmente entre las diferentes clases de trabajadores, que la ejecutan cada vez con mayor perfección; y así, tanto más cuanto que los productos materiales o inmateriales de esta labor especializada van siendo gozados por todos, la sociedad en conjunto se beneficia de la especialización creciente. Ahora, ya, los magos o curanderos aparecen constituyendo la clase profesional o artificial más antigua en la evolución de la sociedad, pues hechiceros se encuentran en cada una de las tribus salvajes conocidas por nosotros, y entre los más incultos salvajes, como los australianos aborígenes, es la única clase profesional que existe”. (Ibíd. pp 137-8)

El dualismo, que separa el alma del cuerpo, la mente de la materia, el pensamiento del hecho, recibió un fuerte impulso con el desarrollo de la división del trabajo en una etapa dada de la evolución social. La separación entre trabajo manual y trabajo intelectual coincidió con la división de la sociedad en clases y marcó un gran avance en el desarrollo humano. Por primera vez, una minoría de la sociedad se vio liberada de la necesidad de trabajar para obtener su sustento. La posesión de la mercancía más preciada, el ocio, significó que los hombres podían dedicar sus vidas al estudio de las estrellas. Como el filósofo materialista alemán Ludwig Feuerbach explica, la ciencia teórica auténtica comienza con la cosmología:

“El animal es sólo sensible al rayo de luz que inmediatamente afecta a la vida; mientras que el hombre percibe la luz, para él físicamente indiferente, de la estrella más remota. Tan sólo el hombre posee pasiones y alegrías desinteresadas y puramente intelectuales; sólo el ojo del hombre mantiene festivales teóricos. El ojo que contempla los cielos estrellados, que medita sobre aquella luz al mismo tiempo inútil e inocua que no tiene nada en común con la Tierra y sus necesidades; este ojo ve en aquella luz su propia naturaleza, sus propios orígenes. El ojo es celestial por su propia naturaleza. De aquí que el hombre se eleve por encima de la tierra sólo con el ojo; de aquí que la teoría comience con la contemplación de los cielos.
Los primeros filósofos eran astrónomos”. (Ludwig Feuerbach. The essence of Christianity. p. 5)

Aunque en esta etapa temprana esto todavía estaba mezclado con la religión y los requerimientos e intereses de una casta sacerdotal, también significó el nacimiento de la civilización humana. Aristóteles ya lo había entendido cuando escribió: “Además, estas artes teóricas evolucionaron en lugares donde los hombres tenían un superávit de tiempo libre: por ejemplo, las matemáticas tienen su origen en Egipto, donde una casta sacerdotal gozaba del ocio necesario”.11

El conocimiento es una fuente de poder. En cualquier sociedad en que el arte, la ciencia y el gobierno son el monopolio de unos pocos, esa minoría usará y abusará de su poder en su propio beneficio. La inundación anual del Nilo era un asunto de vida o muerte para los egipcios, cuyas cosechas dependían de ello.
La pericia de los sacerdotes egipcios para predecir, apoyándose en observaciones astronómicas, cuándo se desbordaría el Nilo debió de haber incrementado enormemente su prestigio y poder sobre la sociedad. El arte de escribir, una invención muy poderosa, era un secreto celosamente guardado por la casta sacerdotal:

“Sumeria descubrió la escritura; los sacerdotes sumerios hicieron conjeturas acerca de que el futuro pudiera estar escrito por algún procedimiento oculto en los acontecimientos presentes que tenían lugar a nuestro alrededor. Hasta llegaron a sistematizar esta creencia, mezclando elementos mágicos y racionales”.(I. Prigogine e I. Stengers. Order Out of Chaos, Man’s New Dialogue with Nature. p. 4)

La posterior profundización de la división del trabajo hizo surgir un abismo insalvable entre la élite intelectual y la mayoría de la humanidad, condenada a trabajar con sus propias manos. El intelectual, sea sacerdote babilónico o físico teórico moderno, sólo conoce un tipo de trabajo: el mental.

En el curso de milenios, la superioridad de este último sobre el trabajo manual “puro y duro” ha echado raíces profundas y adquirido la fuerza de un prejuicio. Lenguaje, palabras y pensamientos se han revestido de poderes místicos. La cultura se ha vuelto el monopolio de una élite privilegiada que guarda celosamente sus secretos, usando y abusando de su posición en su propio interés.

En la antigüedad, la aristocracia intelectual no hizo ningún intento de ocultar su desprecio por el trabajo físico. El siguiente extracto de un texto egipcio conocido como La sátira sobre los oficios, escrito alrededor de 2000 a.C., se cree que es la exhortación de un padre a su hijo, al que quiere enviar a la escuela para formarse como escriba:

La misma actitud prevalecía entre los griegos:“He visto cómo se maltrata al hombre que trabaja —deberías poner tu corazón en la búsqueda de la escritura—. He observado cómo uno podría ser rescatado de sus deberes —¡presta atención! No hay nada que supere a la escritura— . (…)

“He visto al metalúrgico trabajando en la boca del horno. Sus dedos eran similares a cocodrilos; olía peor que una hueva de pescado. (…)

“El pequeño constructor lleva barro. (…) Está más sucio que las viñas o los cerdos de tanto pisotear el barro. Su ropa está tiesa de la arcilla. (…)

“El fabricante de flechas es muy infeliz cuando entra en el desierto [en busca de pedernal]. Más grande es lo que da a su burro que lo que posteriormente [vale] su trabajo. (…)

“El lavandero que lava ropa en la orilla [del río] es el vecino del cocodrilo. (…)

“¡Presta atención! No hay ninguna profesión sin patrón, excepto para el escriba: él es el patrón. (…)

“¡Presta atención! No hay ningún escriba al que le falte comida de la propiedad de la Casa del Rey —¡vida, prosperidad, salud!—. (…) Su padre y su madre alaban a dios, puesto que él está en el sendero de los vivientes. ¡Contempla estas cosas! Yo [las he puesto] ante ti y ante los hijos de tus hijos”. (Citado por Margret Donaldson, Children’s Minds. p. 84)

“Las llamadas artes mecánicas”, dice Jenofonte, “llevan un estigma social y con razón son despreciadas en nuestras ciudades, puesto que estas artes dañan los cuerpos de los que trabajan en ellas o de los que actúan como capataces, condenándoles a una vida sedentaria de puertas adentro y, en algunos casos, a pasar todo el día al lado de la chimenea. Esta degeneración física asimismo da pie a un deterioro del alma. Además, los que trabajan en estos oficios simplemente no tienen tiempo para dedicarse a los deberes de la amistad o de la ciudadanía. En consecuencia, son considerados como malos amigos y malos patriotas, y en algunas ciudades, sobre todo las más guerreras, no es legal que un ciudadano se dedique al trabajo manual”. (Oeconomicusm iv, 203, citado en B. Farrington, Greek Science, pp. 28-9)

El divorcio radical entre trabajo intelectual y manual profundiza la ilusión de una existencia independiente de las ideas, los pensamientos y las palabras.

Este concepto erróneo es el meollo de toda religión e idealismo filosófico.

No fue Dios quien creó el hombre a su propia imagen y semejanza, sino, por el contrario, fue el hombre quien creó dioses a imagen y semejanza suya.
Ludwig Feuerbach dijo que si los pájaros tuviesen una religión, su dios tendría alas. “La religión es un sueño en el que nuestras propias concepciones y emociones se nos presentan como existencias separadas, como seres al margen de nosotros mismos. La mente religiosa no distingue entre lo subjetivo y lo objetivo, no tiene dudas; tiene la capacidad no de discernir cosas diferentes a ella misma, sino de ver sus propias concepciones fuera de sí misma, como seres independientes”. Esto era algo que hombres como Jenófanes de Colofón (565- hacia 470 a. C.) entendió cuando escribió: “Homero y Hesíodo han atribuido a los dioses cada acción vergonzosa y deshonesta entre los hombres: el robo, el adulterio, el engaño (…) Los etíopes hacen sus dioses negros y con nariz chata, y los tracios hacen los suyos con ojos grises y pelo rojo (…) Si los animales pudieran pintar y hacer cosas como los hombres, los caballos y los bueyes también harían dioses a su propia imagen”.
Los mitos de la creación, que existen en casi todas las religiones, inevitablemente toman sus imágenes de la vida real, por ejemplo, la imagen del alfarero que da forma a la arcilla amorfa. En opinión de Gordon Childe, la historia de la Creación en el primer libro del Génesis refleja que en Mesopotamia la tierra fue separada de las aguas “en el Principio”, pero no mediante la intervención divina:

“La tierra sobre la cual las grandes ciudades de Babilonia se alzarían tenía que crearse en el sentido literal de la palabra; el antepasado prehistórico de la Erech bíblica fue construido encima de una especie de plataforma de juncos entrecruzados sobre el barro aluvial. El libro hebreo del Génesis nos ha familiarizado con una tradición bastante más antigua de la condición prístina de Sumeria —un ‘caos’ en el cual las fronteras entre el agua y la tierra todavía eran fluidas—. Un incidente esencial en ‘la Creación’ es la separación de estos elementos. Sin embargo, no fue ningún dios, sino los propios protosumerios quienes crearon la tierra: cavaron canales para irrigar los campos y drenar la marisma, construyeron diques y plataformas elevadas por encima del nivel de inundación para proteger a los hombres y al ganado de las aguas, despejaron las extensiones de juncos y exploraron los canales que las cruzaban. La persistencia tenaz del recuerdo de esta lucha es un indicio del grado de esfuerzo que supuso para los antiguos sumerios. Su recompensa era una fuente garantizada de nutritivos dátiles, una abundante cosecha de los campos que habían drenado y pastos permanentes para sus rebaños”. (Gordon Childe. Man Makes himself, pp. 107-8)

Los intentos más ancestrales del hombre de explicar el mundo y su lugar en él estaban mezclados con la mitología. Los babilonios creían que el dios del caos, Marduc, había creado el Orden, separando la tierra del agua y el cielo de la tierra. Los judíos tomaron de los babilonios el mito bíblico de la Creación y más tarde lo transmitieron a la cultura cristiana. La auténtica historia del pensamiento científico empieza cuando el hombre aprende a prescindir de la mitología e intenta comprender racionalmente la naturaleza, sin la intervención de los dioses. En ese momento comienza la auténtica lucha por la emancipación de la humanidad de la esclavitud material y espiritual.

El advenimiento de la filosofía representó una auténtica revolución en el pensamiento humano. Al igual que tantos otros elementos de la civilización moderna, la filosofía se lo debemos a la Grecia antigua. Si bien es verdad que los indios, los chinos, y más tarde los árabes, también hicieron importantes avances, fueron los griegos quienes llevaron la filosofía y la ciencia a su punto álgido antes del Renacimiento. La historia del pensamiento griego durante el período de 400 años que arranca en la mitad del siglo VII a. de C., constituye una de las páginas más impresionantes en los anales de la historia humana.

En este período aparecen una larga serie de héroes, pioneros en el desarrollo del pensamiento. Los griegos, antes que Colón, descubrieron que la tierra era redonda. Antes que Darwin, afirmaron que los humanos habían evolucionado de los peces. Hicieron extraordinarios descubrimientos en matemáticas, especialmente en geometría, y para superarlos fueron necesarios más de mil años. Fue uno de los momentos más decisivos de la historia del pensamiento humano, el inicio de la verdadera ciencia.

El nacimiento de la filosofía
La filosofía occidental nació bajo el cielo azul del Egeo. Los siglos VII y VIII a. C. fueron años agitados y de rápida expansión económica del Mediterráneo oriental. Los griegos de las islas Jonias que residían en la costa de Turquía, mantenían una próspera relación comercial con Egipto, Babilonia y Lidia. El dinero -una invención lidia-, fue introducido en Europa a través del Egeo, aproximadamente en el 625 a. C., y estimuló enormemente el comercio y como consecuencia, mientras unos acumulaban grandes riquezas, otros, sólo obtenían miseria y esclavitud.

Los primeros filósofos griegos representan el verdadero punto de partida de la filosofía. El primer intento de luchar y liberarse de los antiguos límites de la superstición y el mito, de prescindir de dioses y divinidades, por primera vez el ser humano se enfrentaba cara a cara con la naturaleza.

La revolución económica provocó nuevas contradicciones sociales. El colapso de la vieja sociedad patriarcal provocó el choque entre ricos y pobres.

La vieja aristocracia se enfrentó al descontento de las masas y a la oposición de los tiranos, a menudo, eran los propios nobles disidentes siempre dispuestos a ponerse a la cabeza de las insurrecciones populares. Fue un período de gran inestabilidad, en el que hombres y mujeres empezaron a poner en tela de juicio las viejas creencias. El siguiente pasaje describe la situación en Atenas en aquella época:

“En los años malos (los campesinos) tenían que pedir prestado a sus ricos vecinos; con la aparición del dinero en vez de pedir prestado un saco de grano, al viejo estilo de buena vecindad, tenían que pedir prestado el grano necesario antes de la cosecha, cuando aún estaba barato, sino tendrían que pagar elevados intereses, lo que provocó una gran indignación en Megara. En el año 600, mientras los ricos exportaban a los mercados del Egeo o Corinto, los pobres permanecían hambrientos.
Muchos, demasiados, perdían su tierra o se empeñaban como prenda de sus deudas, e incluso perdían su libertad; al acreedor, como último recurso ante al deudor insolvente le quedaba la posibilidad de entregarse él y su familia como esclavos… La ley era muy severa, era la ley del rico”. (A. R. Burn; The Pelican History of Greece, p. 119).

Draco recopiló estas leyes en un código, de ahí procede la expresión “condiciones draconianas”.

El siglo VI a. C. fue un período turbulento y también el del declive de las repúblicas Jonias de Asia Menor, un siglo caracterizado por la crisis social y por una feroz lucha de clases entre ricos y pobres, entre dominadores y esclavos.

“En Mileto”, escribe Rostovtzeff, “el pueblo resultó primero victorioso, asesinando a las esposas e hijos de los aristócratas; después dominaron los aristócratas que quemaron vivos a sus enemigos y alumbraron las plazas de la ciudad con antorchas vivientes”. (Citado por Bertrand Russel, Historia de la filosofía occidental. Madrid. Editorial Espasa, 1997. p. 62).

En aquella época, estas condiciones sociales eran las normales en la mayoría de las ciudades griegas de Asia Menor. Los héroes de esa época nada tenían en común con la idea posterior del filósofo, aislado del resto de la humanidad en su torre de marfil. Estos “hombres sabios” no eran sólo pensadores, eran escritores, no sólo eran teóricos, eran también hombres prácticos. Del primero de ellos, Tales de Mileto (640-546 a. C.), no sabemos prácticamente nada, salvo que fue al final de su vida cuando se aproximó a la filosofía, se dedicó al comercio, a la ingeniería, a la geometría y a la astronomía (se dice que predijo un eclipse, que según los astrónomos ocurrió en el año 585 a. C.).

No se puede negar que los primeros filósofos griegos eran materialistas. Dieron la espalda a la mitología, se dedicaron a buscar el principio general del funcionamiento de la naturaleza, a partir de la observación de la propia naturaleza. Los griegos posteriores les llamaron hilozoístas, que se podría traducir por: los que piensan que la materia está animada. Esta concepción de la materia en movimiento es sorprendentemente moderna y muy superior a la concepción de los físicos mecanicistas del siglo XVIII. Debido a la ausencia de modernos instrumentos científicos, con frecuencia sus teorías tuvieron el carácter de inspiradas conjeturas. A pesar de todo, teniendo en cuenta la ausencia de recursos, es realmente asombroso lo que llegaron a aproximarse a la comprensión del auténtico funcionamiento de la naturaleza. El filósofo Anaximandro (610-545 a. C.), afirmó que tanto el hombre como el resto de los demás animales habían evolucionado de un pez que abandonó el agua para salir a la tierra.

Sería un error pensar que estos filósofos eran religiosos porque utilizasen la palabra “dios” (theos) para referirse a la sustancia primaria. J. Burnet dice que esta palabra era similar a los antiguos epítetos homéricos: “eterno”, “inmortal”, etc. Incluso Homero, utiliza la palabra en diferentes sentidos. Desde Hesiodo a la teogenia está claro que muchos de los “dioses” nunca fueron adorados, eran meras personificaciones apropiadas para los fenómenos naturales o incluso para las pasiones humanas.

Las religiones primitivas miraban al cielo como algo divino y lo separaban de la tierra. Los filósofos jonios rompieron radicalmente con esta concepción. Se basaron en la multitud de descubrimientos de la cosmología babilónica y egipcia, rechazaron el elemento mítico que confundía la astronomía con la astrología. La tendencia general de la filosofía griega antes de Sócrates era la búsqueda de los principios fundamentales de la naturaleza:

“La naturaleza es lo que está más cerca de nosotros, se encuentra más cerca del ojo, es lo más palpable, es lo que primero que atrae el espíritu de investigación. En sus distintas formas, en su multiplicidad, el pensamiento debe encontrar el inicio de un principio fundamental permanente. ¿Cuál es este principio? ¿Cuál es exactamente el elemento básico natural?”. (Schwgler, History of Philosophy. En la edición inglesa).

Los filósofos dieron explicaciones diferentes a esta cuestión. Por ejemplo, Tales sostenía que la base de todas las cosas era el agua, esta afirmación fue un gran paso adelante del pensamiento humano. Ya hacía tiempo que los babilonios anticiparon la idea de que todas las cosas procedían del agua. Su mito de la creación fue el modelo que siguió la historia de la creación hebrea del primer libro del Génesis. “Todas las tierras eran mar hasta que Marduk, el creador babilonio, separó la tierra del mar”. La diferencia es que no hay Marduk, ni creador divino externo a la naturaleza, por primera vez se explica la naturaleza en términos puramente materialistas, es decir, en términos de la propia naturaleza.

La idea de la naturaleza reducida al agua no es tan inverosímil como podría parecer. Aparte de que la gran mayoría de la superficie de la tierra está formada por agua, los jonios se dieron cuenta que el agua es algo esencial para todas las formas de vida. La mayor parte del volumen de nuestro cuerpo es agua, moriríamos rápidamente si nos privamos de ella. Además el agua cambia de forma, pasa de líquido a sólido o vapor.

“No es difícil suponer que los fenómenos meteorológicos influyeron en Tales a la hora de formular sus teorías. De todas las cosas que conocemos, el agua es la que parece tener las formas más variadas. Nos son familiares sus formas, sólido, líquido y vapor. Tales pudo haberse dado cuenta de ello observando como ante sus ojos el agua regresaba de nuevo al agua. La evaporación sugiere de manera natural que el fuego de los cuerpos celestiales se conserva gracias a la humedad que extraen del mar. El agua cae de nuevo en forma de lluvia, y al final, como pensaban los primeros cosmólogos, regresa a la tierra. Este proceso era algo natural para aquellos hombres familiarizados con los ríos de Egipto que formaban el Delta, y los torrentes de Asia Menor que bajaban por los largos depósitos aluviales”. (O. J. Burnet; Los primeros filósofos griegos).

Anaximandro
A Tales le siguieron otros filósofos que postularon diferentes teorías sobre la estructura básica de la materia. Anaximandro nació en Samos, donde vivió también el famoso Pitágoras. Dicen que escribió sobre la naturaleza, las estrellas fijas, la esfera de la tierra y otros temas. Elaboró algo parecido a un mapa que mostraba el límite de la tierra y el mar, creó varios inventos matemáticos, incluyendo un cuadrante solar y una carta de navegación astronómica. Al igual que Tales, Anaximandro consideraba que la naturaleza era real.

De igual manera se aproximó al tema desde un punto de vista estrictamente materialista, sin recurrir a los dioses o cualquier otro elemento sobrenatural. Pero a diferencia de su contemporáneo, Tales no encontró la respuesta en una forma concreta de materia como el agua. Según relata Diógenes, “Recurrió al Infinito (lo indeterminado) como elemento principal; no lo concretaba en el agua u otra materia”. (Hegel. Filosofía de la Historia, Vol. I). “Es el principio de todo, transformándose continuamente; a través de mundos infinitos o dioses que salen de él y que al mismo tiempo desaparecen”. (Ibíd.).

Estas idean situaron por primera vez el estudio del universo en el camino de la ciencia, permitió a los primeros filósofos griegos hacer descubrimientos excepcionales, muy avanzados para su tiempo. Primero descubrieron que el mundo era redondo y que no descansaba sobre nada, la tierra no era el centro del universo y giraba junto a los otros planetas alrededor del centro. De acuerdo con otro contemporáneo, Hipólito, Anaximandro pensaba que la tierra se movía libremente y nada la podía detener porque era equidistante a todo, tenía forma redonda y era hueca como una columna, así unos nos encontramos en una cara de la tierra mientras los demás están en la otra. También descubrió la teoría de los eclipses lunar y solar.

Con todas sus carencias y deficiencias, estas ideas representaban una concepción audaz de la naturaleza y el universo, sorprendente y original, más cerca de la realidad que el ciego misticismo de la Edad Media, un período en el que de nuevo, el pensamiento humano caería aprisionado bajo el dogma religioso. Estos importantes avances no fueron sólo resultado de sus conjeturas, fueron también consecuencia del pensamiento, la investigación y la experimentación minuciosa. Dos mil años antes que Darwin, Anaximandro se adelantó a la teoría de la evolución gracias a sus sorprendentes descubrimientos en biología marina.

El historiador A. E. Burn cree que esto no fue accidental, sino el resultado de la investigación científica. “Hicieron observaciones de embriones y también de fósiles, como hicieron algunos de sus sucesores, aunque no podemos afirmarlo con certeza”. (A. R. Burn, The Pelican History of Greece).

Anaximandro revolucionó el pensamiento humano. En lugar de limitarse a una forma concreta de la materia se ocupó del concepto de materia en general, como si se tratara de un concepto filosófico. Esta sustancia universal es eterna e infinita que se encuentra en constante evolución y cambio. Toda la miríada de formas de seres distintos que percibimos a través de nuestros sentidos, son diferentes expresiones de la misma sustancia básica. Esta idea era tan insólita que para muchos resultaba incomprensible. Plutarco se quejó de que Anaximandro no concretó si uno de los elementos de su infinito era agua, tierra, aire o fuego. Pero precisamente este carácter de la teoría fue lo que hizo época.

Anaxímenes
El último del gran trío de materialistas jonios fue Anaxímenes (585-528 a. C.). Se dice que nació cuando Tales “florecía” y “floreció” cuando Tales moría.

Más joven que Anaximandro, a diferencia de este último e igual que Tales, tomó un solo elemento -el aire- como la sustancia absoluta, de la que todo procedía y a la que todo se reducía. El uso de la palabra “aire” (aer) por Anaxímenes, difiere sustancialmente del uso moderno de la palabra. Anaxímenes incluía el vapor, la bruma e incluso la oscuridad. Muchos traductores prefieren utilizar la palabra “bruma”.

A primera vista esta idea podría parecer un paso atrás en comparación con la concepción general de la materia propuesta por Anaximandro, pero su visión de la materia dio un paso adelante más.

Anaxímenes intentó demostrar que el “aire” era la sustancia universal que se transformaba mediante un proceso al que denominó enrarificación o condensación.

Cuando el aire se enrarece se convierte en fuego y cuando se condensa se convierte en viento. Una nueva condensación producirá las nubes, la tierra y las piedras. Si comparamos su concepción del universo con la de Anaximandro, ésta es inferior (por ejemplo pensaba que el mundo tenía forma de tabla), sin embargo su filosofía representaba un paso adelante por que intentaba ir más allá de la afirmación general de la naturaleza de la materia.

Intentó dar una determinación más precisa, no sólo cualitativa, también cuantitativamente, a través del proceso de enrarificación y condensación:
“Observad esta sucesión de pensadores, con su lógica, el aluvión de ideas, el poder de abstracción, la forma en que se enfrentan a los problemas. Cuando Tales redujo las distintas apariencias de las cosas a un Primer Principio, fue un gran paso adelante en el pensamiento humano.

Otro gran avance fue la elección de Anaximandro, no eligió como Primer Principio una forma visible como el agua, eligió un concepto: lo Indeterminado. Pero esta teoría no satisfacía a Anaxímenes. Anaximandro para explicar la forma en que emergían todas las cosas a partir de lo Indeterminado, utilizó una sencilla metáfora. Se trataba de un proceso de ‘clasificación’. Anaxímenes creía que era necesario algo más y fue más allá con las ideas complementarias de enrarificación y condensación, porque éstas podían explicar la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos”. (B. Farrington, op. cit. p. 39).

Debido al nivel tecnológico de la época era imposible para Anaxímenes caracterizar con más precisión el fenómeno en cuestión. Es fácil señalar ahora los fallos e incluso los puntos absurdos de sus ideas, pero hacerlo sería un error.

No se puede culpar a los primeros filósofos griegos de no esbozar con más detalle el mundo, para ello hubo que esperar dos mil años y todo gracias al avance económico, tecnológico y científico. Estos grandes pioneros del pensamiento humano prestaron un servicio inestimable a la humanidad, la permitieron escapar de las antiguas costumbres de la superstición religiosa y de esta forma, crear las bases sin las que habría sido impensable todo el avance científico y cultural de la humanidad.

La visión general del universo y la naturaleza, elaborada por estos grandes y revolucionarios pensadores, en muchos aspectos se acercaban a la realidad. El problema residía en que debido al nivel de desarrollo de la producción y la tecnología, no tenían los medios necesarios para demostrar sus hipótesis y dotarlas de una base sólida. Se adelantaron a muchas cosas que sólo la pudo demostrar la ciencia moderna, porque requerían un mayor desarrollo de la ciencia y la técnica. Para Anaxímenes el “aire”, es sólo la taquigrafía de la materia, su forma más simple y básica. Como señala Erwin Schrsdinger, uno de los fundadores de la física moderna:

“El dijo que había conseguido disociar el gas hidrógeno y no estaría muy alejado de nuestra visión actual”. (A. R. Burn, p. 131).

Los primeros filósofos jonios de la naturaleza con total seguridad llegaron tan lejos como pudieron en su explicación del funcionamiento de la naturaleza, y lo hicieron a través de la razón especulativa. Hicieron grandes generalizaciones, encaminadas en la dirección correcta. Pero para seguir avanzando era necesario examinar las cosas con mas detalle, analizar la naturaleza trozo a trozo. Aristóteles y los pensadores griegos alejandrinos lo hicieron más tarde. Una parte importante de su tarea fue considerar la naturaleza desde un punto de vista cuantitativo, y aquí, los filósofos Pitagóricos jugaron sin duda un papel decisivo.

Anaxímenes ya se había encaminado en esta dirección, intentó explicar la relación entre los cambios de cantidad a calidad en el seno de la naturaleza (enrarificación y condensación). Pero este método ya había alcanzado y agotado sus límites:

“El triunfo de la escuela Jónica original consistió en que llegó a trazar un cuadro de cómo había llegado a existir el universo y, de su funcionamiento, sin la intervención de los dioses o el destino. Su debilidad básica fue su vaguedad y carácter puramente descriptivo y cualitativo. No podía conducir por sí mismo a ninguna parte ni podía hacerse con él nada concreto. Para ello era necesario la introducción del número y la cantidad”. (J. D. Bernal. Historia Social de la Ciencia. Barcelona. Ediciones península, 1989. p. 149).

Del materialismo al idealismo

El período de auge de la antigua filosofía griega se caracterizó por una profunda crisis en la sociedad, y se destacó por el cuestionamiento general de las antiguas creencias, incluida la religión. La crisis de las creencias religiosas provocó el auge de las tendencias ateas, y el surgimiento de un punto de vista genuinamente científico basado en el materialismo. Sin embargo, como siempre ocurre en la sociedad, el proceso tuvo un carácter contradictorio. Junto a las tendencias racionalistas y científicas coexistía la tendencia contraria, una tendencia hacia el misticismo y la irracionalidad. En los tiempos de crisis de la sociedad romana ocurrió un fenómeno similar, durante el último período de la República se diseminaron rápidamente las religiones orientales, y una entre muchas fue el cristianismo.

Las masas de campesinos y esclavos vivían tiempos de crisis social y los dioses del Olimpo parecían algo lejanos. Esta era una religión para las clases superiores. En la otra vida no existía perspectiva de una recompensa futura al sufrimiento terrenal. El inframundo griego era un lugar triste, habitado por almas muertas. Los nuevos cultos, con su mimético baile y su canción coral (el origen real de la tragedia griega), sus misterios (el verbo “myo” significaba mantener la boca cerrada), la promesa de vida después de la muerte, todo esto era más atractivo para las masas. El culto a Dionisio era muy popular, era el dios del vino (Baco para los romanos) y su culto incluía orgías de bebida, evidentemente resultaba más atractivo que los antiguos dioses de Olimpia.

Como ocurrió en el período de declive del Imperio Romano, y como ocurre en el período actual de declive capitalista, se extendieron todo tipo de cultos misteriosos, mezclados con los nuevos ritos exóticos importados de Tracia, Asia Menor y probablemente de Egipto. El culto a Orfeo adquirió bastante importancia, era un culto más sofisticado que Dionisio, con muchos puntos en común con el movimiento pitagórico, ambos creían en la transmigración de las almas. Tenían ritos de purificación, incluyendo el ayuno excepto para propósitos sacramentales. Su visión del hombre era dualista: “el desdoblamiento del cuerpo y del alma”, creían que el hombre se dividía en cielo y tierra.

Estas ideas eran tan similares a las doctrinas pitagóricas que algunos autores como Bury, mantienen que los pitagóricos en realidad eran una rama del movimiento órfico. Sin duda es una exageración. A pesar de sus elementos místicos, la escuela pitagórica contribuyó de manera importante al desarrollo del pensamiento humano, en especial a las matemáticas. No se puede descartar que fueran una secta religiosa, sin embargo, es imposible oponerse a la conclusión de que las concepciones idealistas del pitagorismo no son sólo eco de una perspectiva religiosa del mundo, sino que son consecuencia de ella.
Bertrand Russell esboza el desarrollo del idealismo y respalda el misticismo de la religión órfica.

“El pitagorismo fue un movimiento de reforma dentro del orfismo, el orfismo a su vez, una reforma de la adoración a Dionisio. Los elementos órficos de Pitágoras entraron en la filosofía de Platón, y después de Platón entraron en la filosofía con un grado religioso”. (B. Russell. Op. Cit.).

La división entre el trabajo mental y manual alcanza su extrema expresión con la extensión de la esclavitud. Este fenómeno estaba relacionado directamente con la expansión del orfismo. La esclavitud es una forma extrema de alienación, bajo el capitalismo, el trabajador “libre” se aliena de su fuerza de trabajo, y ante él existía una fuerza separada y hostil -el Capital-. Sin embargo, en la esclavitud el esclavo pierde su propia existencia como ser humano. No es nada, no es persona, sólo una “herramienta sin voz”. El producto de su trabajo, cuerpo, mente y alma son propiedad de otro que dispone de él sin tener en cuenta sus deseos. Los deseos insatisfechos del esclavo, su extrema alienación del mundo y de él mismo, hacen que aparezca un sentimiento de rechazo hacia el mundo y todos sus mecanismos. El mundo material es malo. La vida es un valle de lágrimas, la felicidad y la liberación del duro trabajo sólo se encuentran en la muerte. El alma se libera de su prisión corporal y se libera.

En todos los períodos de declive social, los hombres y las mujeres tienen dos opciones: se enfrentan a la realidad y luchan por transformarla o aceptan que no hay salida y se resignan ante su destino. Estas dos perspectivas contrapuestas son el reflejo inevitable de dos filosofías antagónicas: el materialismo y el idealismo. Si deseamos cambiar el mundo, es necesario comprenderlo. Debemos mirar a la realidad, el alegre optimismo de los primeros materialistas griegos era característico de esta visión del mundo.

Primero querían conocer para después transformarlo todo. La ruptura del viejo orden, el surgimiento de la esclavitud y un sentido general de inseguridad llevaron al pesimismo y la introversión. Ante la ausencia de una alternativa clara, ganó terreno la tendencia a buscar una salida fuera de la realidad y a buscar la salvación individual en el misticismo. Las clases más bajas fijaron la vista en los cultos misteriosos, Demeter, dios del trigo, Dionisio, dios del vino, y más tarde el culto a Orfeo. Las clases superiores tampoco eran inmunes a los problemas de la época. Eran períodos agitados, las ciudades prósperas se podían ver reducidas a cenizas de la noche a la mañana y sus ciudadanos asesinados o vendidos como esclavos.

La ciudad de Síbaris era una poderosa rival comercial de Crotona y era reconocida por su lujo y abundancia. Las clases más altas poseían tanta riqueza que se narraban todo tipo grandes historias sobre el estilo de vida de los “sibaritas”. Un ejemplo típico era aquel joven sibarita que al acostarse se quejó porque un pétalo de rosa le arrugaba la cama. Se decía que conducían el vino desde el muelle a través de cañerías. Dejando a un lado el elemento de exageración, está claro que era una ciudad muy próspera donde los ricos vivían una vida de gran lujo. Sin embargo, el aumento de las desigualdades sociales provocó una feroz lucha de clases.

Fue un período en el que se intensificó enormemente la división del trabajo, acompañada por el rápido crecimiento de la esclavitud y el abismo cada vez mayor entre ricos y pobres. Los barrios industriales y residenciales estaban separados. Pero los altos muros y los guardas no salvaron a los ricos ciudadanos de Síbaris. Como en otras ciudades-estado, estalló una revolución, el “tirano” Telys, llegó al poder con el apoyo de las masas. Esto daría a Crotona la excusa para declarar la guerra a su rival, en un momento en que ésta se encontraba debilitada por las divisiones internas, después de setenta días de campañas la ciudad cayó en sus manos. “La destruyeron totalmente, cambiando el curso del río, mientras los supervivientes se dispersaban, en su mayor parte hacia la costa oriental. La barbarie de esta guerra es más fácil comprenderla cuando se ve como una guerra de clases”. (A. R. Burn. Op. cit.).

Es en este contexto, donde debemos situar el ascenso de la escuela pitagórica de filosofía. Como en el período de declive del Imperio Romano, un sector de la clase dominante era presa de un sentimiento de ansiedad, temor y perplejidad. Los antiguos dioses no ofrecían consuelo o esperanza de distribución, tanto al rico como al pobre. Incluso las cosas buenas de la vida perdían parte de su atractivo para los hombres y mujeres que se veían sentados al borde del abismo. En estas condiciones de inseguridad general, donde los estados más fuertes y prósperos podían caer derrocados en un breve espacio de tiempo, las doctrinas de Pitágoras sintonizaron con un sector de la clase dominante, a pesar de su carácter ascético o quizá debido al mismo. La naturaleza esotérica o intelectual de este movimiento no tenía atractivo para las masas que seguían ampliamente el culto Orfico.

La escuela de Pitágoras
Es más acertado hablar de la escuela antes que de su fundador, porque es difícil desenmarañar la filosofía de Pitágoras de los mitos y oscurantismo de sus seguidores. No han perdurado fragmentos escritos por él, incluso se duda de la propia existencia de Pitágoras. A pesar de todo su escuela caló profundamente en el pensamiento griego.

Se dice que Pitágoras era originario de la isla de Samos, una próspera potencia comercial similar a Miletos. Polícrates, su dictador local (“tirano”), derrocó a la aristocracia agrícola y gobernaba con el apoyo de la clase comercial.

El historiador Herodotos decía de él que robaba indiscriminadamente a todos los hombres y que sus amigos le estaban muy agradecido si les devolvía la propiedad que les había robado. Parece ser que en su juventud Pitágoras trabajó como un Ohilo-Sophos (amante de la sabiduría) bajo el mecenazgo de Polícrates. Viajó a Egipto, donde parece ser se inició en una casta sacerdotal egipcia. En el año 530 a. C., huyó a Crotona, en el sur de Italia, para escapar de la lucha civil y la amenaza de los persas en Jonia.

La exuberancia del mito y la fábula hacen casi imposible decir con certeza algo sobre el hombre. Su escuela fue una extraordinaria mezcla de investigación matemática y científica, y de secta religioso-monástica. La comunidad se regía con normas monásticas, con estrictas reglas que incluían entre otras cosas no comer alubias; no recoger lo que se había caído; no remover el fuego con hierro; no pasar sobre un travesaño, etc., La meta era escapar del mundo, buscar la salvación en una vida pacífica dedicada a la contemplación basada en las matemáticas, a éstas últimas los pitagóricos las atribuían cualidades místicas. Probablemente tuviesen influencias orientales ya que los pitagóricos también creían en la transmigración de las almas.

En contraste con la alegre mundanería de los materialistas jonios, en los pitagóricos encontramos todos los elementos de la visión idealista del mundo que posteriormente desarrolló Platón, posteriormente apropiada por la Cristiandad y que paralizó durante muchos siglos el desarrollo del espíritu de investigación científica.

El espíritu de esta ideología lo expresa acertadamente B. Russell:

“Somos extraños en este mundo, el cuerpo es la tumba del alma, y sin embargo, no debemos intentar escaparnos por el suicidio: porque somos rebaño de Dios que es nuestro pastor, y sin su mandato no tenemos derecho a desaparecer. En esta vida, hay tres clases de hombres, lo mismo que hay tres clases de personas que van a los Juegos Olímpicos. La más baja es la que va a comprar y vender, la segunda la que va a tomar parte de la competencia. Pero los mejores son los que solamente van a contemplar. La mas grande purificación es por tanto la ciencia desinteresada, y el hombre que se dedica a ella, el verdadero filósofo, el que se libera más eficazmente de la “rueda del nacimiento”. (Russell, op. Cit. P. 70).

Esta filosofía, con sus fuertes tonos elitistas y monásticos, tuvo mucha influencia entre las clases ricas de Crotona, aunque no renunciaron a comer alubias u otras cosas. El hilo común es la separación radical del alma y el cuerpo. Esta idea hunde sus raíces en una concepción prehistórica del lugar que ocupa el hombre en la naturaleza, y a lo largo de la historia ha presentado diferentes formas. Volvió a resurgir en uno los tratados hipocráticos:

“Cuando el cuerpo está despierto, el alma no es su propia señora, sino que sirve al cuerpo, su atención se divide entre los diferentes sentidos corporales, ‘vista, oído, tacto, despertar y todas las acciones corporales’, que privan a la mente de su independencia. Pero cuando el cuerpo está en reposo, el alma despierta, se agita y mantiene su propia casa y realiza por sí misma todas las actividades del cuerpo. En el sueño, el cuerpo no siente, pero el alma despierta sabe todo, ve lo que tiene que ser visto, oye lo que tiene que ser oído, anda, toca, se aflige, recuerda, en una palabra, todas las funciones del cuerpo y del alma, del mismo modo que el alma las interpreta en el sueño. Por lo tanto, aquel que sabe interpretarlo es muy sabio”.

En contraste con los filósofos materialistas jonios que volvieron la espalda, deliberadamente, a la religión y la mitología, los pitagóricos tomaron la idea del misterioso culto órfico, éste creía que el alma podría liberarse del cuerpo a través del “éxtasis” (la palabra ektasis significa “apartarse”). Sólo cuando el alma deja la prisión corporal puede expresar su verdadera naturaleza. La muerte era vida y la vida era muerte. Desde su principio el idealismo filosófico, junto con su gemela, la religión, representó una retroversión de la verdadera relación entre el pensamiento y el ser, el hombre y la naturaleza, las personas y las cosas, retroversión que ha persistido hasta la actualidad, de una forma u otra, con resultados muy perniciosos.

La doctrina pitagórica
A pesar de su carácter místico, la doctrina pitagórica supone un paso adelante en el desarrollo de la filosofía. No nos debe extrañar. En la evolución del pensamiento humano hay muchos ejemplos de la búsqueda de metas irracionales y acientíficas que han hecho avanzar la causa de la ciencia. Durante siglos los alquimistas se esforzaron, infructuosamente, en descubrir la “piedra filosofal”. Esta busqueda terminó en fracaso, sin embargo, en este proceso consiguieron hacer descubrimientos muy importantes, sobre todo en el terreno de la experimentación, sentarían las bases para el posterior desarrollo de la ciencia moderna y, en especial, la química.

La tendencia filosófica jonia estuvo caracterizada por el intento de generalizar a partir de la experiencia del mundo real. Pitágoras y sus seguidores intentaron comprender la naturaleza de las cosas a través de un camino diferente. Schwegler lo relata de la siguiente forma:

“Nos encontramos ante la misma abstracción, pero a un nivel superior, cuando se aparta la mirada de la concreción sensorial de la materia; cuando la atención ya no está en el aspecto cualitativo de la materia, como el agua, aire, etc., sino en su medida y relaciones cuantitativas; cuando la reflexión no se dirige a lo material, sino la forma y el orden que ocupan las cosas en el espacio”. (Schwegler, History of Philosophy. P. 11).

El progreso del pensamiento humano está estrechamente ligado a la capacidad de hacer abstracciones de la realidad, a la capacidad de extraer conclusiones a partir de una multitud de detalles. La realidad tiene muchas caras, y por tanto es posible interpretarla de muchas formas diferentes, reflejando éste o aquél elemento de la verdad. En la historia de la filosofía hemos visto con mucha frecuencia a grandes pensadores que se han aferrado a un solo aspecto de la realidad, lo han elevado al rango de verdad absoluta y final y sólo consigue desaparecer con la siguiente generación de pensadores, quienes a su vez repiten el mismo proceso. Sin embargo, el auge o declive de las grandes escuelas filosóficas y teorías científicas representa el desarrollo y enriquecimiento del pensamiento humano a través de un proceso interminable de aproximaciones sucesivas.

Los pitagóricos se acercaban al mundo desde el punto de vista del número y de las relaciones cuantitativas. Para Pitágoras “todas las cosas son números”. Esta idea estaba ligada a la búsqueda de la armonía subyacente del universo.

Creían que el número era el elemento a través del cual se desarrollaban todas las cosas. A pesar del elemento místico, lograron descubrimientos importantes que estimularon el desarrollo de las matemáticas, y en especial, el desarrollo de la geometría. Inventaron el término impar, los números impares podían incluso ser masculinos y femeninos. Las mujeres no eran admitidas en la comunidad, debido a la naturaleza de los números impares les confirieron un carácter divino e incluso existían número ¡terrenales! De los pitagóricos también proceden el cuadrado y el cubo de los números, descubrieron la progresión armónica de la escala musical, el largo de una cuerda y el tono de su nota vibrante.

Los pitagóricos no pusieron en práctica sus ideas, sólo estaban interesados en lo puramente geométrico, abstracto y místico. Aún así, tuvieron una gran influencia en el pensamiento filosófico posterior. La mística de las matemáticas es similar a una materia esotérica, inaccesible para los mortales corrientes, y ha perdurado hasta nuestros días. Se transmitió a través de la filosofía de Platón, quien a la entrada de su escuela puso la siguiente inscripción: “Nadie que ignore la geometría puede entrar aquí”.

“’La cosmología de los Pitagóricos’, escribe el profesor Farrington, ‘es muy curiosa e importante. Al contrario que los jonios, trataron de describir el universo en términos del comportamiento de determinados elementos materiales y procesos físicos. Lo describieron casi exclusivamente en términos numéricos. Los números constituían la parte fundamental de la que estaba compuesta su mundo. Llamaron al punto Uno, a la línea Dos, a la superficie Tres y al sólido Cuatro, según el número mínimo de puntos necesario para definir cada una de estas dimensiones”.

“Incluso en las matemáticas es muy evidente el elemento místico. Los pitagóricos relacionaban la inmortalidad del alma con las eternas formas de los números, atribuyéndole particularmente al número 10 = 1 + 2 + 3 + 4. El universo, según ellos, está hecho solamente de números. Esta forma de idealismo extremado se relaciona con la magia cabalística de los números, invocada todavía en la trinidad, los cuatro evangelistas, los siete pecados capitales y el número de la bestia apocalíptica. También está patente en la moderna física matemática cuando sus adeptos intentan hacer de Dios el matemático supremo” (J. D. Bernal, Op. Cit.pág. 151).

La historia de la ciencia se caracteriza por un feroz partidismo que a veces raya el fanatismo, en muchas ocasiones se ha visto en la defensa de escuelas de pensamiento, a las que se presentan como portadoras de la verdad absoluta y la cima del conocimiento humano hasta ese momento. Sólo el desarrollo de la propia ciencia puede revelar las limitaciones y contradicciones internas de una teoría determinada, negada después por su contraria, a su vez negada otra vez, y así en una sucesión infinita. Este proceso es precisamente la dialéctica de la historia de la ciencia, que durante siglos caminó al unísono con la historia de la filosofía, y al principio, en la práctica, a penas se diferenciaban.

Todas las cosas son números
El desarrollo del aspecto cuantitativo de la investigación natural tuvo sin duda una importancia crucial. Sin él, la ciencia habría seguido hundida en meras generalidades y no habría podido avanzar más. Cada vez que consigue dar un paso adelante aparece una tendencia inevitable a lanzar proclamas exageradas en nombre de ella. Sobre todo allí donde la ciencia aún se entremezclaba con la religión.

Los pitagóricos veían en el número “relaciones cuantitativas” y la esencia de todas las cosas. “Todas las cosas son números”. Es verdad que es posible explicar muchos fenómenos naturales en términos matemáticos. Pero incluso los modelos matemáticos más avanzados son sólo aproximaciones al mundo real. Ya hace tiempo que es evidente la insuficiencia de este tipo de aproximación cuantitativa. Hegel era un idealista convencido y un matemático formidable, por lo tanto, se podría haber esperado de él entusiasmo hacia la escuela pitagórica, pero ocurrió todo lo contrario. Hegel despreciaba el hecho de reducir el mundo a simples relaciones cuantitativas.

Desde los tiempos de Pitágoras se han hecho las afirmaciones más extravagantes en nombre de las matemáticas, se las presentan como la reina de las ciencias, la llave mágica que abre todas las puertas del universo. Liberadas de todo contacto con la tosca realidad material, las matemáticas parece que se elevaran a los cielos y allí adquirieran una existencia cuasi divina, sin obedecer a ninguna regla, salvo a sí mismas. El gran matemático Henri Poincar, en los primeros años de este siglo, decía que las leyes de la ciencia no guardaban relación con el mundo real, que representaban convenciones arbitrarias destinadas a describir un fenómeno determinado de la forma más conveniente y “útil”. Ahora muchos físicos afirman abiertamente que la validez de sus modelos matemáticos no dependen de la verificación empírica, sino de las cualidades estéticas de sus ecuaciones.

Las teorías matemáticas, por un lado, fueron fuente de tremendos avances científicos y por otro, origen de numerosos errores y malinterpretaciones que han tenido, y tienen, consecuencias profundamente negativas. El error fundamental es intentar reducir el funcionamiento complejo, dinámico y contradictorio de la naturaleza a algo estático, a simples y ordenadas fórmulas cuantitativas. Empezando por los pitagóricos, se presenta a la naturaleza de una manera formalista, como un punto unidimensional que se convierte en línea, que se convierte en un plano, un cubo, una esfera, etc. A simple vista, el mundo de las matemáticas puras es un pensamiento absoluto, sin ningún contacto con las cosas materiales. Pero como señaló Engels, esta presunción está muy alejada de la realidad. Utilizamos el sistema decimal, no por una deducción lógica o por la “libre voluntad”, sino porque tenemos diez dedos. La palabra “digital” proviene de la palabra latina que designa a los dedos. Hoy en día, un escolar contará en secreto con sus dedos materiales por debajo del pupitre, antes de llegar a la respuesta de un problema matemático abstracto. El niño inconscientemente refleja la forma en que los primeros humanos aprendieron a contar.

Los orígenes materiales de las abstracciones matemáticas no eran un secreto para Aristóteles:

“Los matemáticos investigan abstracciones. Eliminan todas las cualidades razonables como el peso, la densidad, la temperatura, etc., dejan sólo las cualidades cuantitativas (una, dos ó tres dimensiones) y sus atributos esenciales (…) Los objetos matemáticos no pueden existir aparte de las cosas sensibles (por ejemplo lo material) (…). No tenemos experiencia de nada que consista en líneas, planos o puntos, y deberíamos tenerlas si estas cosas fueran sustancias materiales, líneas, etc., Podría ser importante una definición para el cuerpo, pero no tan importante como para la sustancia”. (Aristóteles. Metafísica. Madrid. Espasa Calpe. 1979. p. 120-251-253)

El desarrollo de las matemáticas es el resultado de las propias necesidades materiales humanas. El primer hombre al principio tenía sólo diez números, precisamente porque contaba, como lo hace un niño pequeño con sus dedos. La excepción fueron los mayas de América Central que tenían un sistema numérico basado en el veinte y no en el diez, con toda probabilidad esto se debía a que contaban con los dedos del pie y la mano. El primer hombre, vivía en una sociedad cazadora y recolectora, sin dinero o propiedad privada, no tenía necesidad de grandes números. Para expresar un número mayor que diez, simplemente combinaba algunos de los diez sonidos relacionados con sus dedos. De esta forma, uno más que diez es expresado por “uno-diez”, (undécimo en Latín o ein-lifon en teutónico), se convierte en once en el inglés moderno. Los demás números son sólo combinaciones de los diez sonidos originales, con la excepción de cinco añadidos: cien, mil, millón, billón y trillón.

El gran filósofo materialista inglés del siglo XVII, Thomas Hobbes, comprendió el auténtico origen de los números: “Hubo un tiempo en que no se utilizaban los nombres de los números, y los hombres utilizaban los dedos de una o de ambas manos para contar aquellas cosas de las que deseaban llevar la cuenta, ahora en cualquier país nuestras palabras numerales son diez y en algunos cinco”. (Hobbes. Del ciudadano y Leviatán. Madrid. Editorial Tecnos. 1999. p. 14. ).

“Sólo porque el hombre primitivo inventó el mismo número de sonidos numerales como dedos tenía su mano, hoy nuestra escala numeral es decimal, es decir, una escala basada en diez, y que consiste en repeticiones interminables de los primeros diez sonidos básicos numerales. Si los hombres hubieran tenido doce dedos, en vez de diez, sin duda tendríamos hoy una escala numeral dúodecimal, basada en el doce, y consistente en repeticiones interminables de los doce sonidos numerales básicos”. (A. Hooper. Makers of Mathematics. p. 4- 5. En la edición inglesa). El sistema duodecimal tiene ciertas ventajas en comparación con el decimal, ya que diez sólo puede ser dividido exactamente entre dos y cinco, mientras el doce puede ser dividido exactamente entre dos, tres, cuatro y seis.

Los números romanos son representaciones pictóricas de los dedos. Probablemente el símbolo del cinco represente el hueco entre el pulgar y el resto de los dedos. La palabra “cálculo” (de la que deriva “calcular”) significa en latín, “guijarro”, está relacionada con el método de contar abalorios de piedra en un ábaco. Estos y otros incontables ejemplos sirven para ilustrar que las matemáticas no derivan de una operación de la mente humana, sino que es el producto de un largo proceso de evolución social -tantear, observar y experimentar-, que poco a poco se va separando como un cuerpo independiente del conocimiento y adquiere un carácter abstracto.

Del mismo modo, nuestros sistemas actuales de peso y medida derivan de objetos materiales. El origen de la unidad inglesa de medida, “pie”, es evidente, igual que la palabra española “pulgada”, que significa un pulgar. El origen de los símbolos matemáticos más básicos + y – no tienen nada que ver con las matemáticas, eran los signos utilizados en la Edad Media por los comerciantes para calcular el exceso o defecto de cantidades de mercancías en los almacenes.

La necesidad de construir viviendas para protegerse de los elementos obligó al hombre primitivo a encontrar la manera mejor y más práctica de cortar madera, y con ello el descubrimiento del ángulo recto y la escuadra de carpintero. La necesidad de construir una casa a nivel del suelo llevó a la invención de todo tipo de instrumentos de nivelado y que se han encontrado en las tumbas egipcias y romanas, y que consistían en tres piezas de madera unidas en un triángulo isósceles con una cuerda atada al vértice. Estas simples herramientas fueron utilizadas en la construcción de las pirámides. Los sacerdotes egipcios acumularon una gran cantidad de conocimiento derivado de la práctica.

La palabra “geometría” delata también sus orígenes prácticos. Significa “medida de la tierra”. La virtud de los griegos fue proporcionar una expresión teórica a estos descubrimientos. Pero al presentar sus teoremas como un producto puro de la deducción lógica, se engañaron a sí mismos y también a las futuras generaciones.

Las matemáticas surgen de la realidad material, y si éste no fuera el caso no tendrían aplicación. Incluso el famoso teorema de Pitágoras, conocido por cualquier escolar, en el triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de los dos catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa, este teorema fue puesto en práctica por los egipcios.

Los pitagóricos rompieron con la tradición materialista jonia que generalizaba a partir de la experiencia del mundo real, los pitagóricos afirmaban que las más altas verdades de las matemáticas no podían derivar del mundo de la experiencia sensorial, sino sólo del trabajo de la razón pura, a través de la deducción. Empezando por ciertos puntos fundamentales, que hay que tomarlos por verdad, el filósofo razonaba a través de una serie de etapas lógicas hasta llegar a una conclusión, utilizando sólo hechos que están de acuerdo con los primeros principios, o que se deriven de ellos. Esto era conocido como razonamiento a priori, de la frase latina que significa: “lo que viene primero”.

Utilizando la deducción y el razonamiento a priori, los pitagóricos intentaron establecer un modelo de universo basado en las formas perfectas y gobernado por la armonía divina. El problema es que las formas del mundo real son cualquier cosa menos perfectas. Por ejemplo, pensaban que los cuerpos celestiales eran esferas perfectas que se movían en círculos perfectos. Esto fue un avance revolucionario para su tiempo, pero ninguna de estas afirmaciones era correcta. El intento de imponer una armonía perfecta al universo, y de esta forma liberarlo de la contradicción, colapsó incluso en términos matemáticos. Las contradicciones internas comenzaron a salir a la superficie y llevaron la escuela pitagórica a la crisis.

A mediados del siglo V, Hipio de Metapontum, descubrió que las relaciones cuantitativas entre el lado y la diagonal de figuras simples, como el cuadrado y el pentágono regular no se podían medir, es decir, no se pueden expresar como una razón de un número, no importa lo grande que sea. La raíz cuadrada de dos no se puede expresar en ningún número. Es lo que los matemáticos llaman número irracional. Este descubrimiento hundió la teoría en la confusión. Hiterto, el pitagórico, pensaba que el mundo estaba construido por puntos con magnitud. Aunque no era posible decir de cuantos puntos constaba una línea determinada, si suponía que era un número finito. Ahora bien, si la diagonal y el lado son inconmensurables, entonces las líneas son divisibles infinitamente y los pequeños puntos de los que está formado el universo no existen.

Desde este momento, la escuela pitagórica entró en declive. Se dividió en dos facciones rivales, uno de las cuales se hundió en las especulaciones matemáticas más oscuras, la otra intentó superar la contradicción mediante ingeniosas innovaciones matemáticas que establecieron las bases para el desarrollo de las ciencias cuantitativas.

Capítulo II. Los primeros dialécticos

Hoy, más de cien años después de Darwin, en general, se acepta la idea de que todo cambia. Pero no siempre fue así. La teoría de la evolución y de la selección natural tuvo que librar una larga y amarga batalla contra los defensores de la concepción bíblica, que sostenía que todas las especies fueron creadas por Dios en siete días, y que éstas eran fijas e inmutables. Durante muchos siglos la Iglesia dominó la ciencia e impuso la idea de que la tierra era el centro del universo. Aquellos que no estaban de acuerdo eran quemados en la hoguera.

Incluso hoy en día, la idea del cambio se entiende de una forma superficial y parcial. Se interpreta la evolución como un cambio lento y gradual que excluye los saltos repentinos. Se presupone que en la naturaleza no existen las contradicciones y allí donde surgen, el pensamiento humano las atribuye a un error subjetivo. Pero las contradicciones abundan en todos los niveles de la naturaleza y conforman la base del movimiento y el cambio. Los primeros pensadores sí comprendieron este proceso que ya se puede encontrar en la filosofía budista. También es el eje central de la antigua noción china del ying y el yang. En el siglo IV a. C, Hui Shih escribió las siguientes líneas:

“El cielo está al mismo nivel que la tierra; las montañas están al mismo nivel que los pantanos. El sol está exactamente en el mediodía; todas las criaturas están moribundas”. (G. Thomshon. The First Philosophers. P. 69).

Veamos también los siguientes fragmentos escritos por el fundador de la filosofía dialéctica griega, Heráclito (544-484 a. C.):

“El fuego vive de la muerte del aire y el aire vive de la muerte del fuego; El agua vive de la muerte de la tierra y la tierra vive de la muerte del agua”.
Para nosotros es vivir y morir, dormir y despertar, ser joven y viejo; a todo cambio le sucede otro”. “Paramos y no pasamos el mismo río; estamos y no estamos”.
Con Heráclito las contradictorias afirmaciones de los filósofos jonios adquieren una expresión dialéctica. “Aquí vemos tierra. No hay proposición de Heráclito que no haya adoptado en mi Lógica” (Hegel. History of Philosophy. Vol. I. p. 279. En la edición inglesa).

Pese a su importancia sólo han llegado a nosotros 130 fragmentos de la filosofía de Heráclito, escritos además con un estilo aforístico bastante difíciles de leer. A Heráclito se le conocía por “el oscuro”, debido a la oscuridad de sus escritos. Parece que eligiera deliberadamente que su filosofía fuera inaccesible. Sócrates comentó irónicamente: “en todo lo que comprendía era excelente, en lo que no creía lo era igualmente, pero el libro requería un nadador resistente”. (Schwegler, op. cit. p.20).
Engels, en el Anti-Dühring hace la siguiente apreciación de la perspectiva dialéctica que tiene Heráclito del mundo:

“Cuando sometemos a la consideración del pensamiento la naturaleza o la historia humana, o nuestra propia actividad espiritual, se nos ofrece por de pronto la estampa de un infinito entrelazamiento de conexiones e interacciones, en el cual nada permanece siendo lo que era, ni como era ni donde era, sino que todo se mueve, se transforma, deviene y perece.

Esta concepción del mundo, primaria e ingenua, pero correcta en cuanto a la causa, es la de la antigua filosofía griega, y ha sido claramente formulada por vez primera por Heráclito: todo esto y no es, pues todo fluye, se encuentra en constante modificación, sumido en constante devenir y perecer” (Engels. Anti-Dühring; Barcelona. Editorial Crítica.1977. p. 20).

Heráclito vivió en Efeso, en medio del violento siglo V a. C., un período de guerra y lucha civil. Se sabe poco de su vida, excepto que procedía de una familia aristocrática.

La naturaleza del período en el que vivió se refleja en uno de sus fragmentos: “La guerra es el padre de todo y el rey de todas las cosas; a algunos ha hecho Dioses y a otros hombres; a algunos esclavos y a otros libres”. (Los fragmentos que aquí se citan proceden de la edición Baywater, reproducida en Early greek philosophers de Burnet). Heráclito aquí no hace referencia a la guerra en la sociedad humana, sino al papel de la contradicción interna en todos los niveles de la naturaleza, por eso la mejor traducción es “lucha”. Según Heráclito “debemos darnos cuenta que la guerra es común a todos, la lucha es justicia, que todas las cosas nacen y mueren a través de la lucha”. Todas las cosas contienen la contradicción que impulsa su desarrollo. Sin contradicción no existiría movimiento ni vida.

Heráclito fue el primero en plantear la unidad de contrarios. Los pitagóricos elaboraron una tabla de diez antítesis:

1) Los finito y lo infinito
2) Lo impar y lo par
3) El uno y lo mucho
4) La derecha y la izquierda
5) Lo masculino y lo femenino
6) Lo móvil y lo inmóvil
7) Lo recto y lo tortuoso
8) Luz y oscuridad
9) Bueno y malo
10) El cuadrado y el paralelogramo

Estos conceptos son importantes pero los pitagóricos no los desarrollaron, se conformaban con su simple enumeración. Los pitagóricos defendían la unión de contrarios a través de un “significado” y así se eliminaba la contradicción, buscaban el término medio. Para responder a la interpretación pitagórica Heráclito utiliza una imagen aún más asombrosa y bella.

“El hombre no sabe lo que concuerda con sí mismo. Es una serie de armoniosas tensiones contradictorias entre sí, como el arco y la lira. En la contradicción se encuentra el fundamento de todo. El deseo de eliminar la contradicción en realidad presupondría la eliminación de todo movimiento y vida, por eso ‘Homero se equivocó al afirmar: ‘¡Si la lucha entre dioses y hombres pereciera!’. No comprendía que estaba rezando por la destrucción del universo; porque si se hubiera escuchado su rezo, todas las cosas habrían perecido…”.

Estos pensamientos eran profundos pero chocaban con la experiencia cotidiana y con el “sentido común”. ¿Cómo una cosa puede ser y no ser al mismo tiempo? ¿Cómo puede una cosa vivir y morir al mismo tiempo? Heráclito se burlaba de estos argumentos:

“De sabios es escuchar, no a mi, sino a mi Palabra, y confesar que todas las cosas son una”… “Aunque esta Palabra es verdad eternamente, todavía el hombre es incapaz de comprenderla cuando la escucha por primera vez”… “Aunque todas las cosas llegan a pasar según esta palabra, el hombre parece que no tuviera experiencia en ella, cuando hacen juicios de palabras y escritura como yo hago, dividen cada cosa según su clase y muestran fielmente lo que es”… “Pero otros hombres no saben lo que hacen cuando despiertan y olvidan que estaban dormidos”… “Locos cuando escuchan como los sordos; de ellos se dice son testigos por que están ausentes cuando están presentes”… “Los ojos y los oídos son malos testigos para los hombres si tienen almas que comprenden su lenguaje”…

¿Qué quieren decir estas palabras?. En griego palabra se dice “logos” y de ella deriva la lógica. A pesar de su apariencia mística, el comentario de Heráclito es un llamamiento a la objetividad racional. No me escuchen a mí, dice Heráclito, sino a las leyes objetivas de la naturaleza que él describe. Este es el significado esencial: Y “¿todas las cosas son una?”. En la historia de la filosofía hay dos formas de interpretar la realidad: como una única sustancia que se expresa de formas diferentes (monismo, de la palabra griega que significa simple); o como dos sustancias totalmente diferentes, espíritu y materia (conocido como dualismo). Los primeros filósofos griegos eran materialistas monistas. Posteriormente, los pitagóricos adoptaron el dualismo, que supuestamente se basaba en la existencia de un abismo insalvable entre la mente (el espíritu) y la materia. Este es el sello de todo idealismo y hunde sus raíces en las supersticiones primitivas de los salvajes que creían que durante el sueño el alma abandonaba el cuerpo.

El pasaje de arriba es una polémica contra el dualismo filosófico de los pitagóricos, Heráclito defendía la visión del antiguo monismo jonio -existe una unidad material subyacente a la naturaleza-. El universo no se creó, siempre ha existido, a través de un continuo proceso de flujo y cambio, a través de él las cosas se transforman en su contrario, la causa se convierte en efecto y el efecto en causa. La contradicción es la base de todo. Para alcanzar la verdad es necesario ir más allá de las apariencias y tener en cuenta las tendencias contradictorias internas de un fenómeno concreto y así poder comprender sus fuerzas motrices internas.

La inteligencia común, por su parte, se conforma con la realidad que le muestra el sentido de percepción y acepta los “hechos” sin más. Pero esta percepción, en el mejor de los casos, es limitada y puede ser una fuente de interminables errores. Por ejemplo, “para el ‘sentido común’ el mundo es plano y el sol gira alrededor de la tierra. La verdadera naturaleza de las cosas no siempre es evidente. Como señala Heráclito “a la naturaleza le gusta ocultarse”.

Para alcanzar la verdad es necesario saber como interpretar la información que llega a nuestros sentidos. “Si no esperas lo inesperado no lo encontrarás”. “Los que buscan oro para encontrar un poco tendrán que remover mucha arena”.

La filosofía de Heráclito se basa en la idea de que “todo fluye”. “No puedes pasar dos veces el mismo río; sus aguas frescas están pasando siempre ante tí”. Esta visión del universo era dinámica, todo lo contrario a la concepción idealista y estática de los pitagóricos. Heráclito busca la sustancia material que sustenta el universo, sigue los pasos de Tales y Anaxímenes y elige el elemento más fugaz y esquivo, el fuego.

Para la mente común es difícil aceptar que todo se encuentra en un estado de constante flujo, que no hay nada fijo y permanente, excepto, el movimiento y el cambio. El pensamiento humano, en general, es innatamente conservador. El deseo de asirse a algo sólido, concreto y seguro se encuentra arraigado en un instinto profundo, similar al instinto de conservación. La esperanza de encontrar una vida después de la muerte, la creencia en un alma inmortal, es fruto del rechazo a creer que todas las cosas tienen un: “panda rhei” (todo fluye). El hombre, tercamente, busca alcanzar la libertad negando las leyes de la naturaleza, inventándose privilegios imaginarios. La verdadera libertad –como explicó Hegel-, consiste en la comprensión correcta de estas leyes y actuar en consecuencia. La gran aportación de Heráclito fue que por primera vez elaboró una perspectiva dialéctica del mundo.

La filosofía de Heráclito, incluso en vida, fue recibida con gran incredulidad y hostilidad. Heráclito cambió la concepción, no sólo de la religión y de la tradición, también de la mentalidad y el “sentido común” que no ve más allá de sus narices. En los 2.500 años siguientes, se ha intentado refutarla una y otra vez:

“La ciencia como la filosofía, ha intentado evadirse de la doctrina del flujo perpetuo, encontrando un substrato permanente en medio de los fenómenos cambiantes. La química parecía cumplir este deseo. Se vio que el fuego, aparentemente destructor, solamente transforma: los elementos se combinan nuevamente, pero cada átomo que existía antes de la combustión existe aún cuando el proceso se realiza. Por consiguiente, se supuso que los átomos eran indestructibles y que todo cambio en el mundo físico consiste meramente en una nueva disposición de elementos persistentes. Esta idea predominó hasta que el descubrimiento de la radiactividad hizo ver que los átomos podían desintegrarse.

Sin darse por vencidos, los físicos inventaron unidades nuevas, más pequeñas, llamadas electrones y protones, de los cuales se componen los átomos, y durante años se supuso que estas unidades poseían la indestructibilidad antes atribuida a los átomos. Desgraciadamente, parecía que los protones y electrones podían chocar y estallar, formando no una sustancia nueva sino una onda de energía que se extiende por el universo con la velocidad de la luz.

La energía tenía que sustituir a la sustancia respecto a la permanencia. Pero la energía distinta a la sustancia, no representa el refinamiento de la noción vulgar de una cosa, es meramente una característica de procesos físicos. Puede arbitrariamente identificarse con el fuego de Heráclito, pero se trata de la acción de arder, no de la que arde. “Lo que arde” ha desaparecido en la física moderna.

Pasando de lo pequeño a lo grande, la astronomía ya no admite que se consideren los astros como duraderos. Los planetas proceden del Sol y el Sol de una nebulosa. Ha durado y durará aún más, pero más pronto o más tarde, probablemente dentro de un millón de millones de años, estallará, destruyendo todos los planetas. Por lo menos así lo afirman los astrónomos. Acaso, mientras se acerca el día fatal, encontrarán algún error en sus cálculos”. (B. Russell. Op. Cit. p. 84-85)

Los eléatas
En la antigüedad se creía que la filosofía de Heráclito era una reacción contra las ideas de Parménides (540-470 a. C.). Ahora la opinión predominante es la contraria, la escuela eléata fue una reacción contra la filosofía de Heráclito.

Los eléatas intentaron refutar la idea de que “todo fluye” y afirmaron lo contrario: nada cambia, el movimiento es sólo una ilusión. Estamos ante un buen ejemplo del carácter dialéctico de la evolución del pensamiento humano y de la historia de la filosofía en particular. Su desarrollo no sigue una línea recta, se desarrolla a través de la contradicción, se propone una teoría y ésta a su vez es negada por su contraria, hasta que de nuevo otra teoría la niega, y a veces, el proceso regresa al punto de partida.

Sin embargo, esta aparente regresión a las viejas ideas no significa que el desarrollo intelectual sea un círculo cerrado.

Todo lo contrario, el proceso dialéctico nunca se repite de la misma forma, el proceso científico de controversia, discusión y constante revisión de postulados, a través de la observación y experimentación, ayudan a profundizar nuestra comprensión y nos acercan a la verdad.

Elia (o Velia) era una colonia griega del sur de Italia fundada en el año 540 a. C. por emigrantes procedentes de la invasión persa de Jonia. Según la tradición, la escuela eléata fue fundada por Xenófenes. Sin embargo, no está clara su relación con la escuela, su contribución se vio eclipsada por sus más destacados representantes, Parménides y Zenón (460 a. C.). Mientras que los pitagóricos abstraían de la materia todas las cualidades excepto el número, los eléatas dieron un paso más, llevaron el proceso a su extremo, establecieron una concepción completamente abstracta del ser, lo despojaron de todas las manifestaciones concretas, excepto su existencia desnuda. “Sólo es el ser; el no ser (se convierte) no es”. Un ser puro, limitado, inmutable, sin características distintivas, ésta es la esencia del pensamiento eléata.

Esta visión del universo está diseñada para eliminar todas las contradicciones, toda la mutabilidad y todo el movimiento. Dentro de su marco de referencia, es una filosofía consistente, sólo hay un problema, que entra directamente en contradicción con toda la experiencia humana. Nada de esto preocupó a Parménides. Si el entendimiento humano no puede comprender esta idea, pues peor para el entendimiento humano. Zenón elaboró una famosa serie de paradojas con la intención de demostrar la imposibilidad del movimiento.

Según la leyenda, Diógenes rebatió las ideas de Zenón sencillamente andando por una habitación. Pero cuantas generaciones de lógicos se han formado en las ideas de Zenón, ideas difíciles de resolver en términos teóricos.
Hegel afirma que la intención real de Zenón no era negar la realidad del movimiento, sino extraer la contradicción presente en el movimiento y la forma en que se refleja en el pensamiento. En este sentido, paradójicamente, los eléatas también eran filósofos dialécticos. Hegel intenta defender a Zenón de la crítica de Aristóteles con las siguientes palabras:

“La cuestión no es que exista el movimiento; la existencia del movimiento es sensorialmente tan cierta como que hay elefantes; Zenón no niega el movimiento en este sentido. Zenón hace referencia a su realidad. El movimiento, se considera incierto porque su concepción supone una contradicción; lo que quiere decir es que no se puede predecir el Ser verdadero” (Hegel. History of Philosophy. Vol. 1. p. 266. En la edición inglesa).

Para contrarrestar el argumento de Zenón no basta demostrar la existencia del movimiento como lo hizo Diógenes. Es necesario partir de sus premisas, agotar el análisis del movimiento y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, hasta el punto en que se transforme en su contrario. Ese es el auténtico método de razonamiento dialéctico, no basta con afirmar lo contrario y menos aún recurrir a la caricatura. La realidad es que las paradojas de Zenón tienen bases racionales y no se pueden resolver con el método de la lógica formal, sólo se pueden resolver de una forma dialéctica.

“Aquiles el rápido”
Zenón “rechazaba” el movimiento. Decía que un cuerpo en movimiento antes de alcanzar un punto concreto, debe primero haber recorrido la mitad de la distancia. Y antes debería recorrer la mitad de esa mitad y así infinitamente.

De esta forma, cuando dos cuerpos están moviéndose en la misma dirección y el de detrás se encuentra a una distancia fija del primero y se mueve a mayor velocidad, se supone que este último superará al primero. Pero Zenón decía que “el más rápido nunca podrá alcanzar al más lento”. Esta idea la expresó en la famosa paradoja de ‘Aquiles el rápido’.

Imaginemos una carrera entre Aquiles y una tortuga. Supongamos que Aquiles puede correr diez veces más rápido que la tortuga que lleva una ventaja de mil metros. En el tiempo que Aquiles recorre mil metros, la tortuga se encontrará cien metros delante de Aquiles; cuando éste haya recorrido otros cien metros, la tortuga estará un metro por delante; cuando él haya cubierto esa distancia, la tortuga estará a una décima parte de un metro por delante y así infinitamente. Desde el punto de vista del sentido común cotidiano esto parece absurdo.

Es evidente que ¡Aquiles alcanzará a la tortuga! Aristóteles comentaba al respecto que “esta prueba afirma la divisibilidad interminable, pero esto es falso, el cuerpo rápido alcanzará al lento sí los límites establecidos lo permiten”. Hegel cita estas palabras y comenta:

“Esta respuesta es correcta y contiene todo lo que se puede decir. En esta representación hay dos períodos de tiempo y dos distancias, separadas una de la otra: limitadas en relación la una a la otra” y después añade: “cuando admitimos que ese tiempo y ese espacio están relacionados uno con el otro como algo continuo, son dos, pero no dos distintos sino idénticos”. (Hegel, op. Cit. p. 273).

Las paradojas de Zenón no demuestran que el movimiento sea una ilusión o que Aquiles no alcance a la tortuga, pero sí revelan brillantemente los límites del pensamiento conocido como lógica formal. El intento de eliminar toda la contradicción de la realidad, como hicieron los eléatas, inevitablemente conduce a esta clase de paradojas insolubles, o antimonio, como más tarde las denominó Kant. Para demostrar que una línea no estaba formada por un número infinito de puntos, Zenón decía que si esto fuera así, entonces Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga. Como explica Alfred Hooper:

“Esta paradoja todavía deja perplejo incluso a aquel que sabe que es posible encontrar la suma de una serie infinita de números, con la formación de una progresión geométrica con una razón menor a 1 y cuyos términos se van haciendo más y más pequeños para “converger” en un valor limitado”. (A. Hooper. Makers of Mathematics. P. 237. En la edición inglesa).

Zenón descubrió una contradicción del pensamiento matemático y habría que esperar aún dos mil años más para encontrar la solución. La contradicción está relacionada con el uso del infinito. Desde Pitágoras al descubrimiento del cálculo diferencial e integral en el siglo XVII, los matemáticos realizaron grandes malabarismos para evitar el uso del concepto de infinito. Sólo el genial Arquímedes se aproximó a la cuestión y lo evitó con la utilización de métodos indirectos.

Los pitagóricos tropezaron con la raíz cuadrada de dos porque no podía expresarse como un número perfecto. Inventaron formas ingeniosas para realizar aproximaciones sucesivas. No importa lo lejos que llegue el proceso porque nunca habrá una respuesta exacta. El resultado siempre es el camino intermedio entre dos números. Según se va descendiendo en la lista, más cerca se está del valor de la raíz cuadrada de dos. Pero este proceso de aproximaciones sucesivas podría continuar indefinidamente, y no llegaríamos a un resultado exacto que se pueda expresar como un número entero.

Los pitagóricos tuvieron que abandonar la concepción de una línea formada por un número finito de puntos muy pequeños, y aceptaron la existencia de una línea formada por un número infinito de puntos sin dimensión. Parménides trató el tema desde una perspectiva diferente, propuso que la línea era indivisible. Para demostrarlo Zenón intentó demostrar las consecuencias absurdas que se derivan del concepto de divisibilidad infinita.

Siglos después, los matemáticos trabajaron con una idea más clara del infinito -a partir de Kepler en el siglo XVII-, simplemente dejaron a un lado las objeciones lógicas, utilizaron el infinito en sus cálculos y consiguieron resultados extraordinarios. Estas paradojas surgían cuando se trataba el problema de la continuidad.

Todos los intentos de resolver este problema a través de teoremas matemáticos, como fue la teoría de series convergentes, sólo consiguieron crear nuevas contradicciones. Al final, no se han podido refutar los argumentos de Zenón, porque éstos se basan en una contradicción real que, desde el punto de vista de la lógica formal, no se puede resolver. “Incluso los oscuros argumentos presentados por Dedekind (1831-1916), Cantor (1845-1918) y Russell  (1872-1970) en su gran esfuerzo por resolver los problemas paradójicos del infinito  guiados por nuestro concepto de “números”-, sólo han tenido como resultado la creación de nuevas paradojas”. (Hooper, op.cit). El paso adelante llegó en los siglos XVII y XVIII, cuando hombres como Kepler, Cavalieri, Pascal, Wallis, Newton y Leibniz decidieron ignorar las numerosas dificultades suscitadas por la lógica formal y se ocuparon de las cantidades infinitesimales. Sin el uso del infinito la matemática moderna y la física, no existirían.

El problema esencial, el eje de las paradojas de Zenón, es la incapacidad de la lógica formal de comprender el movimiento. La paradoja de Zenón de ‘la flecha’, parte de la parábola trazada por una flecha en movimiento. En un cada uno de los puntos concretos de su trayectoria, Zenón considera que la flecha está quieta y por consiguiente se encuentra en reposo; pero la flecha llega a la meta, por lo tanto sí está en movimiento. Pero una línea es formada por una serie de puntos y en cada uno de estos puntos se encuentra la flecha, por lo tanto el movimiento es una ilusión. Hegel dio la respuesta a esta paradoja.

La noción de movimiento necesariamente implica una contradicción. Si se considera el movimiento de un cuerpo, por ejemplo la flecha de Zenón, desde un punto a otro, una vez la flecha comienza a moverse ya no se encuentra en un punto A, y al mismo tiempo, ya no se encuentra en el punto B. Entonces ¿Dónde está? Afirmar que la flecha está “en el medio” es no decir nada, porque después se encontrará en otro punto. “El movimiento implica estar y no estar en un lugar y al mismo tiempo, estar en ambos lugares a la vez; es precisamente la continuidad del espacio y el tiempo lo que en primer lugar permite la existencia del movimiento”. (Hegel, op. Cit). Como acertadamente señaló Aristóteles:

“Esta idea surge del hecho de dar por sentado que el tiempo consiste en el ahora; y por esta razón no se corresponden las conclusiones”.

Pero, ¿qué es el ahora? Si decimos que la flecha está “aquí”, “ahora” y se ha ido. Engels escribe:

“El movimiento en sí es una contradicción: incluso un simple cambio mecánico de lugar sólo se puede suceder gracias a que un cuerpo está tanto en un lugar como en otro y al mismo tiempo, estar y no estar en el mismo lugar. Y precisamente el movimiento es la continua afirmación y la solución simultánea de esta contradicción”. (Engels. Ibíd.)

Los primeros atomistas
Anaxágoras de Clazomenios, nació en el 500 a. C. en Asia Menor, en el período de las guerras con los medos y el auge de Atenas al mando de Pericles. Anaxágoras se trasladó a Atenas, allí fue contemporáneo de Esquilos, Sofocles, Aristófanes, Diógenes y Protágoras. Anaxágoras fue más que un profundo y original pensador, provocó un gran impacto en la filosofía de Atenas. Aristóteles dijo de él que era “un hombre sobrio entre borrachos”. Anaxágoras continuó la mejor tradición Jonia, creía en la experimentación y la observación.

“No hay ninguna duda”, dice Farrington, “lo que él consideraba sentido de la evidencia es indispensable para la investigación de la naturaleza, igual que a Empedocles, le preocupaba demostrar la existencia de aquellos procesos físicos que son demasiados sutiles para ser percibidos directamente por nuestros sentidos”. (B. Farrington. Greek Science. p. 62. En la edición inglesa).

Realizó descubrimientos científicos de primer orden. Creía que el sol era una masa de elementos fundidos, como las estrellas, aunque éstas estaban demasiado lejos para sentir su calor. La luna se encontraba más cerca, estaba formada por el mismo material que la tierra. La luz de la luna era el reflejo del sol y los eclipses se producían cuando la luna tapaba la luz del sol. Como le ocurrió más tarde a Sócrates, fue acusado de ateísmo a pesar de que apenas mencionó la religión en su cosmología. Estas ideas revolucionarias escandalizaron a los conservadores atenienses y fue desterrado.

Al contrario que Parménides, Anaxágoras defendía que todo es infinitamente divisible, incluso la cantidad más pequeña de materia contiene alguna otra clase de elemento. Consideraba que la materia estaba formada por muchas clases de partículas. Se preguntaba porque al comer el pan éste se convierte en huesos, carne, sangre, piel y demás materia. La única explicación debía ser que las partículas de harina contenían, en algún tipo de forma oculta, todos los elementos necesarios para formar el cuerpo y éstos se reorganizaban en el proceso digestivo.

Creía que existían un número infinito de elementos o “gérmenes”. Pero debía existir uno que tuviese un papel especial. Este elemento era el nous, normalmente se traduce como “espíritu”. Más ligero que el resto de elementos, es distinto a los demás, no se puede mezclar con nada y tiene la capacidad de penetrar en toda la materia, como un principio organizado y animado. Por esta razón normalmente se considera idealista a Anaxágoras.

Pero está afirmación está muy lejos de la realidad. El archi-idealista Hegel consideraba que, mientras el nous era un paso importante en dirección al idealismo, “no era precisamente el caso de Anaxágoras” (Hegel. Op. Cit. Vol I. p. 330. En la edición inglesa). El nous de Anaxágoras también puede tener una interpretación materialista: el primer espíritu en movimiento de la materia o para expresarlo más correctamente, la energía. Hegel entendía que esto no implicaba una inteligencia externa, sino el proceso objetivo que tiene lugar dentro de la naturaleza y que la dado forma y definición.

La concepción de la materia formada por un número infinito de minúsculas partículas, invisibles ante los sentidos, es una generalización importante y representa la transición a la teoría atómica -teoría que representó una extraordinaria anticipación de la ciencia moderna- los primeros que la plantearon fueron Leucipo (500-440 a. C.) y Demócrito (460-370 a. C.).

Este paso adelante es aún más asombroso si tenemos en cuenta que estos pensadores no tenían acceso a los actuales microscopios  electrónicos o cualquier otro tipo de ayuda tecnológica. No contaban con ningún medio que les permitiera corroborar la teoría. Sufrieron la ira religiosa, el desprecio de los idealistas y su teoría fue sepultada por la noche negra de la Edad Media, hasta que como tantas ideas de la antigüedad, fue de nuevo descubierta por los pensadores del Renacimiento, por ejemplo Gassendi, y jugó un papel importante en el estímulo de una nueva visión científica.

De Leucipo se conoce tan poco que incluso se llegó a dudar de su existencia hasta que se descubrió un papiro en Hercalaneum. La mayoría de sus palabras llegaron a nosotros a través de los escritos de otros filósofos. Leucipo realizó hipótesis nuevas y asombrosas, dijo que todo el universo estaba formado por dos cosas: átomos y vacío, un vacío absoluto.

También fue el primero que formuló la que más tarde fue conocida como la ley de la causalidad y la ley de la razón suficiente. El único fragmento que sobrevivió dice lo siguiente: “Cero es nada, pero todo tiene un motivo y una necesidad” (Burnet. Early Greek Philosophers. P. 340. En la edición inglesa). Los primeros atomistas eran deterministas. Para ellos la causalidad era el centro de todos los procesos naturales, aunque lo aplicaban de una forma inflexible, recuerdo del posterior determinismo mecánico de Laplace. Epicuro después corregiría esta inflexibilidad de los primeros atomistas y formuló la idea de los átomos al caer en el vacío se desvían ligeramente, de esta forma introducía el accidente en el marco de la necesidad.

Para los atomistas todas las cosas derivaban de un número infinito de partículas fundamentales: el “átomo” (“que no puede ser dividido”). Estos átomos eran iguales en calidad pero distintos en cantidad, diferenciándose sólo en el tamaño, forma y peso, aunque era imposible ver los átomos más pequeños. En esencia era una idea correcta. Todo el mundo físico, desde el carbón a los diamantes, desde el cuerpo humano al olor de las rosas, está formado por átomos de diferentes tamaños y pesos, agrupados en moléculas.

En la actualidad, la ciencia puede dar una expresión cuantitativa a esta afirmación. Los atomistas griegos no podían hacerlo por el escaso desarrollo de la tecnología, inherente al modo esclavista de producción que impedía llevar a la práctica los brillantes inventos de su tiempo, incluida la máquina de vapor que permaneció en la categoría de un juguete curioso. Lo más impresionante es la forma en que estos pensadores anticiparon los principios más importantes de la ciencia del siglo XX.

El famoso físico americano Richard P. Feynman destaca el lugar de la teoría atómica en la ciencia actual:

“Si por algún cataclismo, todo el conocimiento quedara destruido y sólo una sentencia pasara a las siguientes generaciones de criaturas, ¿qué enunciado contendría la máxima información en menos palabras?. Yo creo que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o como quiera que ustedes deseen llamarlo) según la cual todas las cosas están hechas de átomos: pequeñas partículas que se mueven en movimiento perpetuo, atrayéndose mutuamente cuando están a poca distancia, pero repeliéndose al ser apretadas unas contra otras. Verán ustedes que en esa simple sentencia hay una enorme cantidad de información acerca del mundo, con tal de que se aplique un poco de imaginación y reflexión”. (Richard P. Feynman Seis piezas fáciles; Barcelona. Editorial Crítica. 1998. p. 34. El subrayado en el original)

“Todo está hecho de átomos. Esta es la hipótesis clave. La hipótesis más importante de toda la biología, por ejemplo, es que todo lo que hacen los animales lo hacen los átomos. En otras palabras, no hay nada que hagan los seres vivos que no pueda ser comprendido desde el punto de vista de que están hechos de átomos que actúan de acuerdo con las leyes de la física. Esto no era conocido desde el principio: se necesitó alguna experimentación y teorización para sugerir esta hipótesis, pero ahora se acepta, y es la teoría más útil para producir nuevas ideas en el campo de la biología.

Si un pedazo de acero o de sal, que consiste en átomos colocados uno detrás de otro, puede tener propiedades tan interesantes; si el agua -que no es otra cosa que estos pequeños borrones, un kilómetro tras otro de la misma cosa sobre la tierra- puede formar olas y espuma y hacer ruidos estruendosos y figuras extrañas cuando corre sobre el cemento; si todo esto, toda la vida de una corriente de agua, no es otra cosa que un montón de átomos, ¿cuánto más es posible?. Si en lugar de disponer los átomos siguiendo una pauta definida, repetida una y otra vez, aquí y allí, o incluso formando pequeños fragmentos de complejidad como los que dan lugar al olor de las violetas, construimos una disposición que es siempre diferente de un lugar a otro, con diferentes tipos de átomos compuestos de muchas formas, con cambios continuos y sin repetirse, ¿cuánto más maravilloso podrá ser el comportamiento de este objeto?. ¿Es posible que este “objeto” que se pasea de un lado a otro delante de ustedes, hablándoles a ustedes, sea un gran montón de estos átomos en una disposición muy compleja, tal que su enorme complejidad sorprenda a la imaginación con lo que puede hacer?. Cuando decimos que somos un montón de átomos no queremos decir que somos meramente un montón de átomos, porque un montón de átomos que no se repiten de un lugar a otro muy bien podría tener las posibilidades que ustedes ven ante sí en el espejo”. (Ibid, pág.: 52-53. El subrayado en el original)

La visión del mundo de los atomistas griegos era materialista por naturaleza, eso les acarreó el odio de los idealistas y la religión. Durante siglos, se falsearon y distorsionaron las ideas filosóficas de Epicuro, convirtiéndolas en su contrario. Los atomistas se confesaban ateos, en su concepción del universo no había lugar para Dios. Demócrito ve el origen del cambio en la naturaleza de los átomos y sus diferentes formas, en su caída al vacío (el “void”) y sus interrelaciones mutuas.
A través de interminables y diferentes combinaciones se producen cambios constantes y visibles en cualquier parte de la naturaleza, y dotan a las cosas mundanas de transitoriedad. Existen infinitos mundos “naciendo y agonizando”, no son creados por Dios, nacen y mueren por la necesidad, este proceso se produce de acuerdo con las leyes naturales. El conocimiento de estas leyes y procesos procede principalmente de la percepción sensorial, que sólo nos proporciona una comprensión “débil” de la naturaleza. Pero se debe completar y superar con la “brillante” razón, que nos lleva al conocimiento de la esencia de las cosas, los átomos y el vacío. Los elementos fundamentales de la perspectiva materialista y científica del mundo están presentes en estas pocas líneas.

Epicuro profundizó y desarrolló la filosofía de Demócrito. Al igual que su mentor, negó la interferencia de los dioses en los asuntos terrenales, se basó en la eternidad de la material y en un estado de movimiento continúo. Sin embargo, rechazó el determinismo mecanicista de Leucipo y Demócrito, introdujo la idea de la “desviación” espontánea de la trayectoria de los átomos, para explicar la posibilidad de colisiones entre los átomos que se mueven a igual velocidad en el espacio y en el vacío. Fue un gran paso adelante que sacó a la luz la relación dialéctica entre la necesidad y la casualidad, una de las cuestiones teóricas clave sobre la que los físicos modernos están aún estrujándose el cerebro, a pesar de que hace tiempo Hegel encontró la solución.

La teoría del conocimiento de Epicuro acepta totalmente la información que nos proporciona nuestros sentidos. Los sentidos son “heraldos de la verdad”, no hay nada que pueda rebatirlos. Epicuro parte de una suposición correcta, ‘yo interpreto el mundo a través de mis sentidos’, pero representa un paso atrás con relación a las ideas de Demócrito. Es demasiado parcial. No hay duda de que el sentido de la percepción conforma la base de todo conocimiento, pero también es necesario saber cómo interpretar correctamente la información que nos llega a través de los sentidos.

Heráclito expresó esta idea cuando dijo:

‘los ojos y los oídos son malos testigos para los hombres que tienen almas bárbaras’. La aproximación empírica conduce invariablemente a errores. Según Cicerón, Demócrito pensaba que el sol era inmensamente largo, mientras Epicuro creía que tenía sólo dos pies de diámetro. Epicuro también realizó algunos asombrosos descubrimientos. Gassendi, que podría ser considerado el padre del atomismo moderno, elogió a Epicuro porque a través de sus razonamientos consiguió demostrar un hecho que posteriormente fue demostrado por la experimentación: todos los cuerpos, independientemente de su masa y su peso, caen con la misma velocidad.

Lucrecio y la religión

Epicuro y sus seguidores declararon la guerra a la religión porque alimentaba el temor y la ignorancia de los hombres. El primer libro del gran poema filosófico de Lucrecio, De rerum natura, es todo un manifiesto ateo y materialista:

“Como ante sus ojos lastimosamente la vida de los hombres permaneciera abatida sobre la tierra, agobiada bajo la onerosa religión que mostraba su cabeza desde las regiones del cielo amenazando a los mortales desde arriba con su espantoso ceño, por primera vez en un varón griego se atrevió a dirigirle sus ojos de mortal y a hacerle frente el primero y a él no le frenaron ni las consejas en tornos a los dioses ni los rayos ni el cielo con su amenazador estruendo, sino antes bien le espolean la acelerada entereza de su espíritu hasta desear ser el primero en hacer saltar los firmes cerrojos de las puertas de la naturaleza. En consecuencia, prevaleció la vivida energía de su alma y fue más allá lejos de las llameantes murallas del mundo y recorrió la inmensidad entera con su alma y su mente de donde nos trae, vencedor, a nosotros qué es lo que puede nacer, qué es lo que no, en virtud de qué proporción le está conferida a cada cosa una entidad determinada y su bien fijado término.
Por esto la regiligión, humillada bajo sus pies, en desquite queda aplastada y a nosotros la victoria de él nos iguala al cielo”. (Lucrecio.De rerum natura. Extraido de Lucrecio. Madrid. Ediciones del Orto. 2000. p.62)

La filosofía materialista de Epicuro provocó un gran impacto en el joven Carlos Marx, quien lo eligió como el tema de su tesis doctoral en la universidad. Marx consideraba que el poeta y filósofo romano Lucrecio fue “el único de todos los antiguos que comprendió la física de Epicuro”. (Marx y Engels. Obras Escogidas. Vol 1. p. 48. p. 48. En la edición inglesa).

Con un lenguaje poético impactante, Lucrecio defiende la indestructibilidad de la materia,  la idea correcta de que la materia no se crea ni se destruye:

“Este espanto y oscuridad del alma, ciertamente necesario es que no los rayos del sol ni los luminosos dardos de la luz los disipen, sino mostrarse de la naturaleza y su explicación. A partir de aquí su primer principio se resumiría para nosotros en los siguientes extremos: que ninguna cosa de la nada proviene sobrenaturalmente jamás. A decir verdad de esta forma el miedo se apodera de los mortales todos, dado que contemplan acaecer muchas cosas en las tierras y en el cielo, de los cuales fenómenos sus causas de ninguna manera son capaces de ver y piensan suceden por un designio divino. En cuando a ello, una vez que veamos que nada puede ser creado de la nada, entonces lo que perseguimos, de ahí lo captaremos ya más derechamente al igual que de dónde pueda ser creada cada cosa y de qué forma las cosas todas se hacen sin la intervención de los dioses”. (Lucrecio. Ibíd.).

La ley de la conservación de la energía, demostrada por Mayer, Joule, Helmholz y otros en la mitad del siglo XIX, demuestra que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esta ley dotó de una base inquebrantable a la idea materialista cuando afirma que la materia no se puede crear ni destruir, esta idea también la expresó brillantemente Lucrecio:

“El segundo gran principio es este: la naturaleza resuelve todo en sus átomos componentes y nunca reduce nada a la nada. Si todo fuera perecedero en todas sus partes, repentinamente, todo perecería y desaparecería. No sería necesaria la fuerza para separar sus partes y perder sus vínculos. Como todo está formado por gérmenes indestructibles, la naturaleza, obviamente, no deja que nada perezca, hasta que ha encontrado una fuerza que con un golpe lo destruye”. (Ibíd. p. 33 En la edición inglesa).

La concepción epicurea del mundo señala que el universo es infinito y que la materia no tiene límite, tanto externa como internamente:

“Si no existieran estas partes más pequeñas, incluso los cuerpos más pequeños estarían formados por un número infinito de partes y que podremos partir por la mitad sin ningún límite. ¿Cuál es la diferencia entre el conjunto del universo y el resto de las cosas? Ninguna en absoluto, en un universo infinito incluso las más pequeñas cosas consisten igualmente en un número infinito de partes”. (Ibíd. p. 45. En la edición inglesa).

“El universo no tiene límite en ninguna dirección. De ser así, necesariamente tendría que existir un límite en alguna parte. Pero una cosa no puede tener límite a menos que exista algo fuera de ella, es decir, que el ojo puede seguuirla hasta un determinado punto pero no más allá. Deberéis admitir que no existe nada fuera del universo, no puede tener límite y por lo tanto, tampoco final o medida”. (Ibid. p. 55. En la edición inglesa).

Si los científicos de nuestro siglo hubieran tenido una base filosófica firme, nos habríamos ahorrado los errores de método más notorios: la búsqueda de “los ladrillos de la materia”, “el big bang” y su universo finito, el “nacimiento del tiempo”, la igualmente absurda “creación continua de la materia” y otras teorías similares. Con relación al tiempo Demócrito afirmó que el tiempo no tenía origen, que por sí mismo, no existe al margen del movimiento de las cosas. Esta idea es infinitamente más científica que las ideas de ciertos físicos actuales que hablan del supuesto “nacimiento del tiempo” ¡hace 20.000 millones de años! Sus aparatos están más avanzados pero su forma de pensar está a años luz de retraso de los primeros materialistas.

La postura materialista de Epicuro desde el principio mereció los ataques más venenosos por parte de la Iglesia. El apóstol Pablo le menciona en los Actos de los Apóstoles, xvii, 18. En los tiempos de Dante, la acusación de epicureísmo significaba negar el Espíritu Santo y la inmortalidad del alma. En general, a Epicuro se le ha asociado con una filosofía amoral, hedonística y licenciosa, en la que estaban permitidas todas las formas de gula. Todo es calumnia contra Epicuro y su filosofía.

En términos de moralidad y ética, la filosofía epicurea es uno de los productos más nobles del espíritu humano. Parecida al famoso Dictum de Spinoza: “Ni reír ni llorar, sino comprender”. Epicuro pretendía liberar a la humanidad del miedo, a través de una comprensión absoluta de la naturaleza y el lugar del hombre en ella. Epicuro se preguntó en qué se basa el miedo y respondió, en el miedo a la muerte. Su principal intención fue eliminar este miedo, y para ello, explicó que la muerte en el presente para mí no es nada y, no será nada en el futuro porque sé que después de la muerte no puedo saber nada sobre ella. Animó a los hombres a que dejaran de lado el miedo a la muerte y que vivieran plenamente la vida. Esta filosofía maravillosa y humana, siempre ha sido un pecado para aquellos que desean que los hombres y mujeres aparten la vista de los problemas del mundo real y miren a un teórico mundo que existe después de la muerte, y donde se nos recompensará o castigará según nuestros méritos.

La acusación de hedonismo contra Epicuro es consecuencia de la actitud vegetativa de los apologistas del cristianismo, contrarios a una filosofía alegre que ensalza la vida. Y para ello no dudan en sepultar a su enemigo bajo un montón de calumnias. Epicuro, igual que Espinoza, identificaba lo bueno con el placer o la ausencia de pena. Trataba las relaciones humanas desde el punto de vista de la utilidad, que encuentra su más elevada expresión en la amistad. En medio de un período de gran turbulencia social e incertidumbre, predicaba la retirada del mundo y una vida pacífica de meditación. Recomendaba a los hombres reducir al mínimo sus necesidades, alejados de un mundo de lucha, competencia y guerra. Era, naturalmente, una idea utópica, pero nada tiene que ver con la fea y malévola caricatura que los contrarios al materialismo han puesto en circulación. Epicuro siguió fiel a sus ideales hasta el lecho de muerte, donde escribió: “Hoy cuando escribo es un día feliz… los dolores que ahora siento… ya no podrán ir a más. Todo esto se opone a la felicidad que el alma experimenta, al recordar nuestras conversaciones de un tiempo pasado”.

El ascenso del Idealismo
La palabra “dialéctica” procede del griego “dialektike”, que deriva de “dialegomai”, discutir o conversar. Originariamente significaba el arte de la discusión, en los diálogos socráticos de Platón se puede encontrar su forma más elevada. Este significado no es casualidad, procede de la propia naturaleza de la democracia ateniense, basada en la amplia libertad de oratoria y debate que existía en las asambleas públicas. En aquella época surgió una nueva capa de figuras públicas, profesores profesionales y oradores de todo tipo, desde valientes librepensadores y filósofos profundos hasta demagogos sin escrúpulos.

Las palabras “sofista” y “sofistería” para nuestros oídos modernos tiene un toque de mala reputación, sugiriéndonos deshonestidad intelectual, engaños, y mentiras enmascaradas con frases hábiles. Realmente, el sofismo terminó de esta forma pero no siempre fue así. En ciertos aspectos a los sofistas se les podría comparar con los filósofos de la Ilustración Francesa del siglo XVIII. Había racionalistas y librepensadores, contrarios a todos los dogmas y la ortodoxia existente. Su máxima era “dudar de todo”. Había que someter a la crítica más exhaustiva todas las ideas y cosas existentes en la naturaleza. No hay duda de que estas ideas tenían un germen dialéctico y revolucionario. “En este nuevo campo los sofistas disfrutaban con juvenil exuberancia el ejercicio del poder de la subjetividad y destruían con el uso de la dialéctica subjetiva todo lo objetivamente establecido. (Schwegler. History of Philosophy. P. 30. En la edición inglesa).

Las actividades de los sofistas reflejaron la vida de Atenas durante el período de la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Eran tanto eruditos como prácticos, y fueron los primeros en cobrar honorarios por la enseñanza.

Platón en La República señala que las doctrinas de los sofistas sólo expresan los mismos principios que guiaban las costumbres de la multitud en sus relaciones sociales y civiles. El odio con el que fueron perseguidos por los estadistas, demostraba los celos que éstos últimos tenían de los sofistas. Se les atacó por afirmar que la moralidad y la verdad eran conceptos subjetivos y que cualquier persona podía determinarlos según sus preferencias e intereses personales. Lo único que hicieron fue decir en voz alta lo que, en la práctica, era norma establecida. Hoy nos encontramos en la misma situación, vemos a políticos profesionales que no les gusta que les recuerden el código moral que funciona en realidad en los pasillos del poder.

“La vida pública se convirtió en una lucha pasional interesante. Las disputas partidistas que agitaban Atenas durante la guerra del Peloponeso, habían adormecido y ahogado el sentimiento moral; cada uno acostumbraba a mirar sólo por su propio interés antes que por el interés del estado y el bien común, se buscaba la autocomplacencia. El axioma de Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas, en la práctica se seguía fielmente, era excesiva la influencia de la retórica en las asambleas públicas y en la toma de decisiones, los puntos débiles eran la codicia, la vanidad y el espíritu partidista que delataban al astuto y se presentaban demasiadas ocasiones para su ejercicio”.

“Lo que estaba establecido y se había derrumbado, perdió autoridad, la regulación política parecía una restricción arbitraria, un principio moral fruto del entrenamiento político calculado, la fe en los dioses era una invención humana para intimidar la libre actividad, la piedad era una ley de origen humano que cada hombre tenía derecho a modificar a través del arte de la persuasión. Esta reducción de la necesidad, la universalidad de la naturaleza y razón de la eventualidad del compromiso humano, es el punto principal a través del cual los sofistas entran en contacto con la conciencia general de las clases ilustradas de la época; es imposible decir que parte de teoría y qué parte de práctica hay, si los sofistas sólo encontraban la práctica de la vida en una fórmula teórica o si la corrupción social era consecuencia de la influencia destructiva que ejercieron los sofistas sobre las ideas de sus contemporáneos”. (Schwegler. Ibíd. p. 31. En la edición inglesa)

Estos tiempos turbulentos, de constantes cambios, guerras, destrucción e inquietud, encuentran su en el espíritu inquieto de la contradicción dialéctica. El movimiento perturbador del pensamiento, las turbulentas ideas existentes reflejaban las condiciones de Grecia durante la guerra del Peloponeso. De igual manera, la necesidad de ganar en la asamblea o en la corte de justicia con la utilización de argumentos inteligentes, crearon la base material para el surgimiento de toda una generación de oradores profesionales y dialécticos.

Pero esto no quiere decir que el contenido inicial del sofismo estuviera determinado por consideraciones tales como conseguir ventajas personales u objetivos pecuniarios, en cualquier caso no lo fue más que el calvinismo. Las condiciones sociales existentes permitían determinar por adelantado el desarrollo posterior del sofismo.

La primera generación de sofistas eran auténticos filósofos, con frecuencia se les ha identificado con los políticos democráticos y la comprensión materialista de la naturaleza. Eran racionalistas y enciclopedistas como sus sucesores franceses en las décadas previas a 1789. Igualmente, eran hábiles e ingeniosos y tenían la habilidad de tener en consideración todos los aspectos que podía tener un problema. Protágoras fue célebre como profesor de moral, Gorgias como retórico y político, Prodicus como gramático y etimólogo e Hipias como matemático. Se les podía encontrar en todas las profesiones y esferas del conocimiento. Paulatinamente, el movimiento -nunca constituyó una auténtica escuela-, comenzó a degenerar. El “hombre sabio” vagaba de ciudad en ciudad buscando un buen salario y un rico patrón, y se convirtió en una figura despreciable y ridícula.

La característica común a todas las escuelas anteriores de pensamiento que hemos examinado hasta ahora es la objetividad, la presunción de que la validez de nuestras ideas dependía de en que medida reflejaban la realidad objetiva y el mundo que nos rodea. El sofismo rompió totalmente con esto y se presentó como una alternativa de la subjetividad filosófica. Esta idea está resumida perfectamente en la frase célebre de Protágoras (481-411 a. C.): “El hombre es la medida de todas las cosas; de lo que es en tanto es y de lo que no es en tanto no es”.

Hay discrepancias en torno al significado exacto de esta frase, también se podría decir que significaba: “la causa principal (“logoses”) de todas las cosas se encuentra en la materia”. Pero no hay duda de que la tendencia general del sofismo iba en dirección al subjetivismo extremo. Debido a sus fulminantes ataques contra las creencias y prejuicios existentes, en los círculos conservadores se les consideró subversivos. A Protágoras se le expulsó de Atenas acusado de ateo y quemaron su libro Sobre los Dioses.

La convicción religiosa y su homóloga filosófica, el dogmatismo, no son cultura. Incluso el propio Heráclito, a pesar de su gran sabiduría, no quedó libre del dogmatismo. Por este camino es imposible alcanzar el auténtico progreso. El sofismo, al menos en su primer período, jugó un papel positivo, dividió los antiguos dogmas universales en sus partes componentes y confrontó entre sí cada una de las partes. También tenía un aspecto negativo, deformaba los elementos aislados y los sacaba fuera de contexto, de una forma típicamente  “sofista”. Como dice Hegel, “un hombre de cultura, sabe como decir algo de todo y capaz de opinar de todo”. (Hegel. History of Philosophy. Vol. 1. p. 356. En la edición inglesa). Hegel creía que los argumentos de Protágoras en el diálogo de Platón que lleva ese nombre eran superiores a los de Sócrates.

Esta clase de espíritu es totalmente ajeno a la tradición y mentalidad anglosajonas, que aborda todo con sospecha y hastío. Hegel afirma que el sofismo marca el comienzo de la cultura en el sentido moderno de la palabra. Por cultura se presupone la consideración racional de las cosas y la posibilidad de elección.

“En realidad, lo que más impacta en un hombre o persona de cultura es el arte de hablar bien o de dar vueltas a los temas y considerarlos desde diferentes aspectos. El hombre no cultivado encuentra poco placentero reunirse con gente que sabe comprender y expresar sus opiniones con facilidad. Los franceses son buenos oradores en este sentido y los alemanes los llaman charlatanes; pero no es la simple charla lo que provoca este resultado, también hay que buscar la cultura. Podremos aprender a fondo un discurso en su totalidad, pero si no tenemos cultura no somos buenos oradores. Los hombres que aprenden francés no sólo pueden hablar bien francés, también adquieren cultura francesa. Lo que se puede obtener de los sofistas es el poder de mantener los múltiples puntos de vista que se encuentran presentes en la mente, y de esta forma, obtienen inmediatamente la riqueza de categorías que se pueden aplicar a un objeto”. (Ibíd. p. 359. En la edición inglesa)

Pese al descrédito actual que sufre el sofismo, es el auténtico padre de los actuales abogados, diplomáticos y políticos profesionales. Podemos observar con bastante y aburrida asiduidad a los políticos burgueses dispuestos siempre a defender, con una convicción totalmente aparente, unas ideas ahora y defender exactamente después lo contrario, y en todos los casos defiende argumentos morales y prácticos impresionantes. El mismo comportamiento se puede ver a diario en los tribunales. ¿Por qué molestar al lector con una lista de los ejemplos de las mentiras consumadas, maniobras y practicas engañosas que utiliza cualquier cuerpo diplomático en el mundo? ¡Todas estas personas tienen los mismos defectos que los sofistas ¡pero ninguna de sus virtudes!

Los sofistas se ganaban la vida con su diestra inteligencia y habilidad para argumentar a favor o en contra de casi todo, de la misma forma que los abogados pueden razonar tanto para la defensa como para la acusación, sin tener en cuenta los derechos intrínsecos o los errores del caso (el verbo “sophizesthai” significa “hacer carrera gracias a la habilidad”). Los sofistas eran el prototipo del abogado o del político profesional actual, aunque fueron mucho más que eso. Incluso en las actividades morales más cuestionables de los sofistas estaba implícito un verdadero principio filosófico. Como Hegel observa ingeniosamente:

“En la peor de las acciones existe un punto de vista que es auténtico en esencia; si se le quitan las apariencias, los hombres disculpan y justifican la acción… Un hombre no requiere tener una gran educación para encontrar buenas razones que justifiquen sus peores acciones; todo lo que ha ocurrido en el mundo desde Adán ha estado justificado por una buena razón”. (Ibid. p. 369)

En la dialéctica sofista destaca la idea de que la verdad tiene muchas caras. Y esta verdad es muy importante y fundamental para el método dialéctico. La diferencia estriba en el uso que se le da. La dialéctica objetiva y científica se esfuerza en comprender todos los fenómenos de una forma amplia [completa].

La dialéctica subjetiva, la dialéctica del sofismo, toma uno u otro aspecto del conjunto y lo confronta con todo lo demás. De esta forma, se puede negar todo sólo con insistir en un aspecto, que por otra parte, por sí mismo, es perfectamente razonable. Este es el método utilizado por el charlatán legal, el ecléctico y también, de una manera más tosca, la forma que adopta el “sentido común” cuando se hacen suposiciones arbitrarias basadas sólo en particularidades.

Los sofistas intentaron utilizar los argumentos de Zenón y Heráclito para justificar sus opiniones, pero lo hicieron de una forma parcial y negativa. Por ejemplo, Heráclito dijo que es imposible pasar dos veces por el mismo río. Uno de sus discípulos llegaría aún más lejos y afirmaría que no se puede pasar por el río nunca. Esta idea es completamente incorrecta. Heráclito decía que todo es y no es, porque todo está en constante flujo y cambio. La segunda proposición sólo toma la mitad de la ecuación, todo no es. Nada que ver con lo que decía Heráclito. El mundo objetivo existe, pero está en un proceso permanente de movimiento, desarrollo y cambio, en el que nada permanece como era antes.

Los sofistas eran escépticos. “Como los dioses”, escribía Protágoras, “soy incapaz de decir si existen o no; porque existen demasiadas cosas que me impiden este conocimiento tanto en la oscuridad de la materia, como en la vida tan corta del hombre”. Esta sentencia le costó el destierro de Atenas. La diferencia fundamental con la filosofía anterior es el subjetivismo sofista. “El hombre es la medida de todas las cosas”. Esta afirmación se podría interpretar de dos formas, una práctica y otra teórica.

En la primera, perfectamente puede ser una defensa del egoísmo y del propio interés. En la segunda, representa la teoría del conocimiento (epistemología) que es subjetiva. El hombre se antepone al mundo objetivo, y al menos en su imaginación, lo somete a sí mismo. Su propia razón es la que decide la verdad de lo que está pasando, lo esencial no es lo qué es, sino cómo lo veo. Esta es la base de todas las formas de idealismo subjetivo, desde Protágoras al Obispo Berkeley, desde Kant a Werner Heisenberg.

El idealista subjetivo, en el fondo, pretende convencernos de que el mundo es incognoscible. Realmente, no podemos comprender la verdad, sólo podemos tener opiniones basadas en un criterio subjetivo. “La verdad”, preguntaba irónicamente Poncio Pilatos, “¿qué es la verdad?”. Es el lenguaje del burócrata y político cínico, que ocultan sus propios intereses detrás de un ligero barniz de “culta” sofistería. Para expresarlo en términos filosóficos, es una expresión del idealismo subjetivo que niega la posibilidad de conocer realmente el mundo que nos rodea. Uno de los sofistas más famosos, Gorgias de Leontini (483-375 a. C.), expresó este punto de vista con mayor claridad en un libro titulado: Sobre la naturaleza o sobre lo que no existe”. El título lo dice todo, Gorgias se basaba en tres tesis: a) nada existe, b) pero aunque existiera algo, sería incognoscible y c) aunque fuera cognoscible, sería incomunicable.

Estas ideas que nos parecen absurdas se encuentran presentes, en diferentes formas, en la historia de la filosofía, incluso en nuestra época, respetables científicos llegan a afirmar que los humanos son incapaces de comprender el mundo cuántico de las partículas subatómicas, porque los fotones y los electrones se materializan en un lugar concreto sólo cuando alguien los observa; es decir, el observador, a través de la observación subjetiva, crea su resultado. De nuevo nos apartamos del mundo de la objetividad para regresar, gracias al idealismo subjetivo, a la esfera del misticismo religioso.

A los científicos que hoy en día defienden estas ideas, no se les puede disculpar igual que a los sofistas quienes eran los niños de su tiempo. Los primeros intentos de encontrar una explicación racional al proceso de la naturaleza llegaron a un punto donde ya no se podía ir más allá sólo con el pensamiento. Los pensadores de ese período llegaron a toda una serie de brillantes generalizaciones acerca de la naturaleza del universo. Pero para demostrarlas y desarrollarlas, se requería un examen detallado, descomponerlas en sus partes componentes y analizarlas una a una. Los sofistas iniciaron este trabajo y posteriormente, con más rigurosidad, lo hizo Aristóteles.

El heroico período de grandes generalizaciones, poco a poco abrió el camino a una lenta y concienzuda acumulación de hechos, a la experimentación y la observación. Sólo por este camino se podía demostrar la validez o la falsedad de una hipótesis. Antes de alcanzar esta etapa, llegaremos al punto álgido del idealismo filosófico clásico.

Sócrates y Platón

Al subordinar el mundo objetivo a la subjetividad, los sofistas le despojaron de toda ley inherente y de la necesidad. La única fuente de orden, racionalidad y causalidad era el sujeto percibido. Todo era relativo. Por ejemplo, defendían que la moralidad y la conducta social estaban determinadas por la conveniencia (un visión similar a la defendida por los pragmáticos, una filosofía que encontró un gran apoyo en EEUU y que coincide con la necesidad de compatibilizar la moralidad con la ética de la “libre empresa”). Trasímaco de Calcedón a finales del siglo V a. C., afirmaba que “lo correcto es aquello que es beneficioso para el más fuerte o para el mejor”.

De nuevo llegó otro período de guerra, revolución y contrarrevolución. En el 411 a. C., después de cien años de democracia y sistema esclavista, estalló una revolución en Atenas y dos años más tarde otra contrarrevolución. Después llegó otra guerra desastrosa contra Esparta que inició el dominio de los “treinta tiranos”, en este período el partido aristocrático perpetró numerosas atrocidades. En el 399 a. C., los treinta fueron derrocados y Sócrates, que tuvo la desgracia de haber tenido en su momento a varios de ellos como pupilos y amigos, fue juzgado y sentenciado a muerte.

A Sócrates (469-399 a. C.) sus contemporáneos le consideraron un sofista, a pesar de no enseñar por dinero. No escribió nada, pero sus ideas han llegado a nosotros a través de los escritos de Platón y Aristóteles, y ejerció una gran influencia en el desarrollo de la filosofía. Sus orígenes fueron humildes; hijo de un picapedrero y una matrona. La fuerza motriz de su vida era el ferviente deseo de alcanzar la verdad, romper todos los fingimientos y la sofistería mediante un proceso implacable de preguntas y repuestas. Se dice que en su intento de hacer pensar a la gente sobre los principios universales, acudía tanto a los centros de trabajo de los artesanos y comerciantes como a los centros sofistas para someter a todos al mismo procedimiento.

El método era siempre el mismo: proponía una idea u opinión determinada relacionada con las experiencias concretas y los problemas de la vida de la persona, después, paso a paso, a través de un proceso riguroso de argumentación, sacaría a la luz las contradicciones internas que contenía la proposición original, mostraría sus limitaciones y elevaría el nivel de la discusión, hasta llegar a una proposición completamente diferente. Esta es la forma clásica de la dialéctica de la discusión. Se propone una idea inicial (tesis), a la que después se responde con una idea contraria (antítesis) y por último, después de examinar la cuestión a fondo, diseccionándola, revelando sus contradicciones internas, llegaremos a una conclusión con un nivel más elevado (síntesis). Esto puede significar o no que ambas partes lleguen a un acuerdo. Pero en el desarrollo de la propia discusión se profundizará en la comprensión de ambos aspectos y la discusión pasará de un nivel inferior a otro superior.

El proceso dialéctico de desarrollo del pensamiento a través de la contradicción, se puede observar en la historia de la ciencia y la filosofía. Hegel lo demuestra gráficamente en el prefacio de su obra pionera Fenomenología de la mente:

“Cuando la flor brota, el capullo desaparece, podríamos decir que la flor niega al capullo; igualmente, cuando aparece el fruto, se podría explicar la flor como una falsa forma de la existencia de la planta, el fruto, en lugar de la flor, aparece como la verdadera naturaleza. A primera vista, estas etapas no se diferencian; una reemplaza a la otra como seres incompatibles entre sí. Pero la actividad incesante de su propia naturaleza inherente, hace de ellas, en algunos momentos, una unidad orgánica donde no sólo no se contradicen entre sí, sino que se necesitan mutuamente y esta misma necesidad de todos los momentos constituye sólo y así, la semejanza del conjunto. (Hegel. The Phenomenology of Mind. P. 68. En la edición inglesa).

Se puede decir que en los diálogos socráticos no encontraremos una exposición elaborada de la dialéctica, pero sí encontraremos muchos ejemplos importantes del método dialéctico. La célebre ironía socrática, no es un truco estilístico, es el reflejo de la propia dialéctica. Sócrates deseaba hacer a las personas conscientes de las contradicciones subyacentes que tenían sus propias ideas, creencias y prejuicios. A partir de una proposición concreta, deducía exactamente lo contrario de lo afirmado en la proposición original. En lugar de limitarse a atacar las ideas de sus contrincantes, a éstos les colocaba en una situación en la que ellos mismos llegaban la conclusión contraria. Esta es la base de la ironía en general.

Sócrates perfeccionó el arte de la dialéctica de la discusión. Lo vinculaba al arte de la partería que irónicamente, decía haber aprendido de su madre. Por citar a Hegel: “La ayuda en el mundo del pensamiento que está contenida en la conciencia de los individuos, la proyección de lo concreto, de la conciencia no reflejada, la universalidad de lo concreto o de lo postulado universalmente, lo contrario que está implícito en él”. (Hegel. History of Philosphy. p. 402).

De la misma manera, la tarea de los marxistas no es introducir en la clase obrera una conciencia socialista “desde fuera”, como algunos imaginan, la tarea es partir de la situación que existe en ese momento en la conciencia de la clase y demostrar de manera concreta, paso a paso, que los problemas a los que se enfrentan los trabajadores sólo se pueden solucionar a través de la transformación radical de la sociedad. No se trata de predicar desde fuera, se trata de dar consciencia a la aspiración inconsciente que tiene la clase obrera de cambiar la sociedad. La diferencia está en que este proceso no sólo es fruto del debate en la sala, también es fruto de la actividad práctica, la lucha y la experiencia de la propia clase. El problema esencialmente es el mismo: cómo romper los prejuicios existentes y hacer ver a las personas las contradicciones presentes, no sólo en su cabeza, sino en el mundo en elque viven -conseguir que vean las cosas como realmente son y no como imaginan que son-.

Sócrates empezaría con lo más evidente, con lo cotidiano, incluso con los hechos triviales que vemos a través de nuestros sentidos. Después los compararía con otros, pasaría de un detalle a otro, y así, de forma gradual, eliminaría todos los aspectos accidentales y secundarios y al final, nos encontraríamos cara a cara con la esencia de la cuestión. Este es el método inductivo, proceder de lo particular a lo universal, es el método más importante para el desarrollo de la ciencia. Concretamente, Aristóteles concede a Sócrates la invención (o al menos la perfección) del método inductivo y las definiciones lógicas tan relacionadas con este método.

La búsqueda de lo general que se encuentra oculto en lo particular, es uno de los aspectos más importantes del desarrollo del pensamiento humano. Se parte del sentido elemental de la percepción que registra hechos y circunstancias individuales, la mente humana comienza lenta y afanosamente a abstraer estas particularidades, descarta lo no esencial, hasta que, finalmente, llega a una serie de generalizaciones más o menos abstractas. Aunque las “universales” no tienen una existencia separada y aparte de las cosas particulares que las expresan, sin embargo, representan la esencia de las cosas, expresan una verdad más auténtica y profunda que lo particular. El avance del pensamiento humano está estrechamente vinculado a la capacidad de generalizar a través de la experiencia y llegar a ideas abstractas que se corresponden con la naturaleza de la realidad. En su autobiografía, Trotsky trata esta cuestión:

“El sentimiento de superioridad del todo sobre el detalle había de ser, corriendo el tiempo, uno de los elementos más constantes de mi actividad de escritor y de mi credo político. Nada me era más odioso que el estúpido empirismo y la adoración del hecho, muchas veces puramente imaginario o mal comprendido. Mi preocupación era buscar las leyes de los hechos. Esto me llevaba muchas veces, naturalmente, a generalizaciones prematuras y equivocadas sobre todo en aquellos años en que me faltaban todavía la cultura y la experiencia necesarias. Pero no había absolutamente ningún campo en el que supiera moverme con más soltura si no era guiado por el hilo de una visión de conjunto”. (Trotsky. Colombia. Editorial Pluma. 1979. p. 75)

El objetivo de Sócrates era proceder, por medio de la argumentación lógica, de lo particular a lo general, para llegar a lo “universal”. Para él no se trataba de alcanzar las leyes más generales que gobiernan la naturaleza, como era el caso de los primeros filósofos griegos, se trataba de ir más allá de la propia investigación humana, su naturaleza, su pensamiento y sus acciones. La filosofía de Sócrates no es la filosofía de la naturaleza, es la filosofía de la sociedad, y sobre todo, de la ética y la moralidad. Su tema favorito es “¿Qué es lo bueno?”. A esta cuestión sólo se puede responder de una forma concreta con relación al desarrollo histórico de la sociedad, porque no existe la moralidad supra-histórica. Se puede ver con claridad en el caso de la antigua Grecia donde el propio lenguaje delata la relatividad histórica de la moralidad. La palabra griega areté significa bondad, su equivalente latina es virtus (de la que procede la palabra inglesa virtue), originalmente quería decir algo parecido a una virtud viril y combativa.“Por lo tanto, hubo de pasar mucho tiempo antes de que esa virtud se incorporara al ideal del ciudadano, y más aún para que se convirtiera en la sumisión cristiana” (J. D. Bernal. Op. Cit. p. 161)

Lo importante no es el contenido de estos diálogos, sino el método. Representa el nacimiento de la lógica, que originalmente significaba la utilización de las palabras (del griego logoi). Al principio, la lógica y la dialéctica eran lo mismo, una técnica para llegar a la verdad. El método implicaba descomponer conceptos en sus partes constituyentes, revelar sus contradicciones internas y volverlas a unir de nuevo. Era un proceso dinámico, con cierto elemento de dramatismo y sorpresa. La primera reacción que se tiene al descubrir una contradicción importante en ideas previamente establecidas es de sorpresa, por ejemplo, la idea de que el movimiento implica estar y no estar en un mismo lugar y al mismo tiempo. La dialéctica cambia constantemente lo que a primera vista parece ser incuestionable. Demuestra las limitaciones del pensamiento prosaico, del “sentido común” y las apelaciones superficiales a los “hechos”, que, como señaló correctamente Trotsky, “a menudo son imaginarios e interpretados erróneamente”.

La tarea de ir más allá de lo particular, de desmenuzar la información que nuestros ojos y oídos nos proporcionan y llegar a generalizaciones abstractas, nos lleva hasta la raíz del desarrollo y el avance del pensamiento humano, no sólo en un sentido histórico, sino en la evolución de cada individuo en su ardua lucha en el tránsito de la infancia a la madurez consciente. En los escritos de Platón (428-348 a. de C.), la búsqueda de lo general, lo “universal”, se convertiría en el tema central de la filosofía y se descarta todo lo demás, casi se puede decir que se convertiría en una obsesión. En estas obras podemos encontrar pensamientos profundos, un estilo brillante y ejemplos magistrales de la dialéctica de la discusión, mezclados con el idealismo más descarado y desconcertante que puede elaborar la mente humana.

Para Platón, los universales del pensamiento, por ejemplo la idea de un círculo, tienen una existencia independiente, separada de los objetos particulares que los rodean. Desde un punto de vista materialista, como ya hemos visto, la idea de un círculo originalmente procede de la observación de objetos redondos durante un largo período de tiempo. Platón decía que si miramos un objeto redondo, por ejemplo un plato, lo veremos imperfecto. Es sólo una copia de mala calidad del círculo perfecto que existía antes de que el mundo comenzara. Para una clase de intelectuales ricos que trabajaban sólo con pensamientos y palabras, era lógico que estas ideas para ellos estuvieran dotadas de vida y una fuerza propia.

“El énfasis de la discusión de palabras y sus verdaderos sentidos tendía a dar a éstas una realidad independiente de las cosas o acciones a las que se referían. Puesto que hay una palabra para expresar la belleza, la belleza misma debe ser una entidad real. De hecho ha de ser más real que cualquier objeto bello. Ningún objeto bello es siempre bello, pues que lo sea o no es cuestión de opinión, en tanto que la belleza no se contiene más que a sí misma y tiene que existir independientemente de las cosas cambiantes e imperfectas del mundo material. La misma lógica se aplica a las cosas concretas: la piedra en general debe ser más real que cualquiera de específica”. (J. D. Bernal. Op. cit. p. 164).

El idealismo de Platón

En su trabajo Fedom, Platón da a esta idea una forma consciente. Si preguntamos el porqué de una cosa, llegaremos a su esencia, la palabra griega eidos puede traducirse por forma o idea, aunque Aristóteles la interpreta como “especie”, que sin duda es preferible desde un punto de vista materialista.
Ahora regresaremos a nuestro plato. ¿Por qué es redondo? o -por utilizar el lenguaje platónico-  ¿Cuál es el porqué de su redondez? Se puede responder que la causa de su redondez se encuentra en el alfarero que hace girar un trozo de arcilla sobre un torno y lo moldea con su mano. Pero para Platón, el plato, como el resto de objetos materiales normales, sólo es una manifestación imperfecta de la idea, que en lenguaje sencillo es Dios.

La teoría del conocimiento de Platón, que según Aristóteles es diferente a la teoría de Sócrates, se basaba en la idea de que el objeto del conocimiento debe ser permanente y eterno, y ya que nada bajo el sol es permanente, entonces debemos buscar el conocimiento estable fuera de este mundo engañoso y fugaz de cosas materiales. Diógenes para ridiculizar la teoría de las ideas dijo que él podía ver la taza pero no la “tacedad”, Platón le respondió que esto se debía a que él tenía ojos para ver, pero no intelecto. Es verdad que no basta con la percepción sensorial, es necesario ir más allá de lo particular, hay que llegar a lo universal. El principal error es pensar que las generalizaciones del intelecto pueden mantenerse por sí mismas, separadas y confrontadas al mundo material del que, en última instancia, derivaban.
Marx y Engels en La Sagrada Familia explicaron que en el idealismo filosófico, las relaciones reales entre el pensamiento y el ser se encuentran al revés:

“Para convertirse en idealista absoluto, el idealista absoluto necesita atravesar constantemente el proceso sofístico, hacer del mundo exterior un mundo aparente, una simple creación de su cerebro, explicar posteriormente esta forma imaginaria dándola por lo que es realmente, a fin de poder proclamar al final de cuenta, su existencia única, exclusiva, a la que nada molesta, incluso la apariencia de un mundo exterior”. (Marx y Engels. La sagrada familia. Madrid. Akal Editores. 1981. p. 159).

En la misma obra se explica el truco sofístico:

“Cuando, operando con realidades, manzanas, peras, fresas, almendras, yo me formo la noción general fruta: uando, yendo más lejos, me imagino que mi noción abstracta, sacada de las frutas reales, es decir, la fruta, es una entidad que existe fuera de mí y constituye hasta la verdadera entidad de la manzana, de la pera, yo declaro, en lenguaje especulativo, que la fruta es la sustancia de la pera, de la manzana, de la almendra, etc., Digo, pues, que lo que hay de esencial en la pera o en la manzana, no es el ser pera o manzana. Lo que les es esencial, no es su ser real, concreto, que cae bajo los sentidos, sino la entidad abstracta que he deducido y que les he sustituido, la entidad de mi representación: la fruta.

Declaro a la manzana la pera, la almendra, etc., simples modos de existencia de la fruta. Mi inteligencia finita, pero obtenida por los sentidos, distingue, es cierto, una manzana de una pera y una pera de una almendra; pero mi razón especulativa declara que esta diferencia sensible es inesencial e indiferente. Ve en la manzana el mismo elemento que en la pera, y en la pera el mismo elemento que en la almendra, es decir, la fruta. Las frutas reales y particulares no son más que frutas aparentes cuya sustancia, la fruta, es la verdadera esencia”. (Ibíd. pp. 71-72).

Lejos de avanzar en la causa del entendimiento humano, el método idealista no da un solo paso adelante. Sólo el estudio de lo real, es decir, el mundo material, puede profundizar nuestra comprensión de la naturaleza y nuestro lugar en ella. Al apartar la vista humana de las “toscas” cosas materiales hacia el reino de la llamada abstracción “pura”, los idealistas, durante siglos, hicieron estragos en el desarrollo de la ciencia.

“De esta manera no se llega a determinar mayormente nada. El mineralogista que se limitara a declarar que todos los minerales son realmente el mineral, no sería mineralogista más que en su imaginación. A cada mineral, el mineralogista especulativo dice, el mineral, y su ciencia se limita a repetir este término tantas veces como hay verdaderos minerales”. (Ibíd).

Al contrario que los primeros filósofos griegos que, en general, fueron materialistas y se proponían estudiar la naturaleza, Platón volvió conscientemente la espalda al mundo de los sentidos. Nada de experimentos ni de observación, el camino a la verdad sólo se encontraba en la pura deducción y las matemáticas. En la puerta de su Academia en Atenas se podía leer la siguiente inscripción: “Nadie que ignore la geometría puede entrar aquí”.

Platón animaba a sus estudiantes a que estudiaran las estrellas, pero no como son sino como deberían ser. Siguiendo los pasos de los pitagóricos, pretendía demostrar la naturaleza divina de los planetas por la existencia de órbitas eternamente fijas, la regularidad perfecta de su movimiento circular era la expresión de la armonía del universo. Esta cosmología, junto con la de Aristóteles, su gran sucesor, hicieron retroceder dos mil años el desarrollo de la astronomía. Fue un retroceso para la ciencia, el regreso al misticismo pitagórico, en un libro de astronomía alejandrino escrito por Geminus, podemos leer lo siguiente:

“Esta es la razón de toda la astronomía… la presunción de que el sol, la luna y los cinco planetas se mueven a igual velocidad y en círculos perfectos en dirección contraria al cosmos. Fueron los pitagóricos los primeros en defender estas teorías que llevarían a la hipótesis del movimiento circular y uniforme del sol, la luna y los planetas. Su idea era que, con relación a los seres divinos y eternos, era inadmisible suponer un desorden tal como que estos cuerpos se movieran más rápida o más lentamente, indistintamente, o que incluso se detuviesen, como ocurre en lo que se llaman las estaciones de los planetas. Incluso en la esfera humana esta irregularidad es incompatible con la forma ordenada de proceder que tiene un caballero. E incluso si las necesidades cotidianas a menudo imponen a los hombres momentos de prisa o vagabundeo, no se puede suponer que estos momentos sean inherentes a la naturaleza incorruptible de las estrellas. Por esta razón definieron su problema como la explicación del fenómeno con la hipótesis del movimiento circular y uniforme”. (Farringtong. Greek Science. Pp. 95-96. En la edición inglesa).

Kepler descubrió que los planteas se movían, pero no en círculos, sino en elipses. Incluso como más tarde demostraría Newton, tampoco esto era del todo cierto. Las elipses no son perfectas. Pero en los dos milenios anteriores, el dibujo idealista del universo impuso el poder de un dogma imposible de desafiar que durante la mayoría de ese tiempo encontró el respaldo del formidable poder de la Iglesia.

Resulta significativo que las ideas de Platón sólo se conocieran en la Edad Media por un solo trabajo, Timeo, su peor libro. Esta obra representa una completa contrarrevolución de la filosofía. Desde Tales, la filosofía griega se caracterizó por el intento de explicar el mundo en términos naturales, sin recurrir a dioses o cualquier otro fenómeno sobrenatural. Timeo no es una obra filosófica sino un folleto religioso. En él resurge el viejo mito de la creación. El artesano supremo creó el mundo. La materia estaba formada por triángulos porque los sólidos están limitados por planos y los planos se pueden reducir a triángulos. El mundo es esférico, se mueve en círculos porque el círculo es la forma más perfecta. Los hombres que llevan una mala vida, en la próxima vida se reencarnan en mujeres.

En uno de los pasajes más impactantes de la obra podemos encontrar algunas afirmaciones similares a las que hoy defienden los defensores del “big bang”, Platón escribe sobre del “principio del tiempo”:

“El tiempo y el cielo empezaron a existir en el mismo instante para que se pudieran crear a la vez, para que no se pudieran separar y sólo pudieran exisitr conjuntamente. Fue diseñado después que se creara el patrón de la naturaleza eterna y se debería parecer a ésta tanto como fuera posible; el patrón existe desde la eternidad y el creador del cielo ha existido, existe y existirá siempre. Esta era la mente y el pensamiento de Dios cuando creó el tiempo”. (Platón. Los diálogos de Platón. En la edición de Jowett. Vol. 3. Timeo. P. 242. En la edición inglesa).

¡No es extraño que la iglesia cristiana lo recibiese con los brazos abiertos! A pesar de su aspecto dialéctico, la filosofía platónica, en esencia, es conservadora y refleja la visión del mundo de una elite aristocrática, que sentía, correctamente, que su mundo se derrumbaba bajo los pies. El deseo de volver la espalda a la realidad, negar la evidencia de los sentidos, asirse a algún tipo de estabilidad en medio de la turbulencia y la agitación, negar el cambio, todo esto corresponde con una profunda necesidad moral y psicológica.

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