Apuntes sobre el levantamiento indigena-campesino de 1932

Como dijo Karl Marx: “la historia de la sociedad es la historia de la lucha de clases”, al estudiar el desarrollo de la clase trabajadora nos damos cuenta que esta ha atravesado periodos de dominación y represión, ante esto, siempre surge una acción revolucionaria como respuesta por parte de los obreros para hacer valer sus derechos o conquistar nuevas reivindicaciones. Y uno de esos episodios es el que se vivió en El Salvador en los días de enero de 1932, y que pasó a la historia del país como una gesta heroica de un pueblo que se negó a continuar soportando las injusticias y penurias de la época, y por lo contrario se armó de coraje y descargó su ira colectiva contra la dominación y la naciente dictadura militar.

Las causas que originaron el levantamiento fueron diversas, y la suma de estas desembocó en la insurrección. Para tener un panorama general de la situación hay que decir que los indígenas y campesinos que la protagonizaron fue la generación descendiente de las comunidades que perdieron sus tierras de propiedad común en 1881, las cuales les fueron arrebatadas y luego entregadas a los nuevos dueños latifundistas y cafetaleros oligárquicos. Este robo legalizado a manos del entonces presidente de la republica Rafael Zaldívar, dejo sin tierras de cultivo a las comunidades indígenas, los cuales se vieron forzados a trabajar como colonos en las nuevas fincas de café por salarios de hambre.

Otra causa estructural fue el conflicto étnico existente entre los ladinos, que eran mestizos hispanizados, contra los indígenas que conservaban rasgos fisiológicos originarios, practicaban la cultura autóctona y muchos de ellos aún hablaban náhuatl. Los ladinos tenían mejores condiciones sociales, generalmente eran comerciantes o hacendados y ejercían discriminación hacia los indígenas, que al igual que en muchos otros países han sido víctima de exclusión y marginación por parte de los gobiernos colonialistas. Los indígenas veían a los ladinos como sus enemigos, explotadores y usurpadores de la tierra.

Por otra parte el grano de café se convirtió en el principal producto de exportación del país durante varias décadas, lo que se convertía en una desventaja para la economía nacional por no tener un margen de maniobra cuando caían los precios del café a nivel internacional, esto implicaba un desplome completo en las ganancias por exportaciones y por consiguiente afectaba las importaciones. Cuando la gran depresión de 1929 hizo tambalear a toda la economía capitalista, las repercusiones no se hicieron esperar para El Salvador, el precio del quintal de café, que en 1926 era de 42.45 colones, descendió en 1930 a 18.76 colones, las ventas totales bajaron en el mismo periodo, de 42.7 millones de colones a 23.9 millones. Esto provocó que el Estado no tuviera suficientes ingresos para pagarles a los empleados públicos, a los cuales se les entregaba un recibo que debían cobrar después, cuando la situación fiscal mejorara, pero la mayoría de trabajadores como una medida desesperada, optaban por venderlos a personajes adinerados por un valor menor del que realmente se reflejaba en el recibo. También fueron afectados los trabajadores agrícolas, y estos en mayor medida, vieron reducidos sus salarios a la mitad y se les redujo la cantidad de comida en las fincas, en ocasiones quedaron hasta desempleados por la decisión de sus patrones de no recoger las cosechas de café en los años menos rentables.

Ante esta situación los obreros buscaron respaldo en las organizaciones de obreros aglutinados en la Federación Regional de Trabajadores salvadoreños (FRTS), constituida por trabajadores de las ciudades más desarrolladas del momento, donde las condiciones laborales también eran pésimas y no se gozaba de mayores prestaciones de ley. Se organizaban los zapateros, los sastres, los panificadores, las vendedoras de los mercados, era una época en la que los trabajadores adquirieron identidad de clase, reconocieron su valor indispensable para la producción. Las ideas de libertad que emanaban del régimen de los soviets en la lejana Rusia llegaban a Latinoamérica como semillas sobre tierra fértil, y es así como en 1930 se funda el Partido Comunista de El Salvador (PCS). Los indígenas que mantenían lazos muy fuertes de unidad en sus comunidades, deciden afiliarse en conjunto al PCS, cofradías enteras fueron a engrosar las filas de los comunistas, sumándose a luchar junto a los obreros de la ciudad. Los trabajadores exigían mejores salarios, libertad sindical y de organización, en las fincas se pedía que las tortillas de su ración de comida fueran más grandes y se les pagara con moneda de curso legal, en lugar de las “fichas de lata” que recibían como pago y que con ellas solo podían comprar en la tienda del patrón al que le trabajaban. La respuesta del gobierno fue represión tras represión. Durante años se trató de socavar cualquier tipo de organización obrera, se ametrallaban las casas en el momento en que se realizaban reuniones organizativas con los trabajadores dentro, se perseguía y se encarcelaba a los líderes comunistas, sin embargo los trabajadores seguían organizándose.

Para 1930 estaba en el gobierno de turno Arturo Araujo, quien prometía una reforma agraria en beneficio de la población campesina, propuesta que no fue del agrado de la oligarquía, por lo que es removido de la presidencia a través de un golpe de Estado para instaurar en el poder al militar Maximiliano Hernández Martínez. Fueron años de efervescencia y descontento para la clase trabajadora. Ante esto el PCS decide participar en las elecciones municipales de 1932, las cuales fueron boicoteadas fraudulentamente, esto convertía la vía electoral en un callejón sin salida, la pobreza se veía por doquier, tanto en el campesinado como en los trabajadores de la ciudad, la represión aumentaba para los sindicatos y organizaciones obreras, la insurrección se respiraba en el aire, los trabajadores agitados por el PCS habían tomado una decisión: ¡vencer o morir! En medio de estas luchas sociales y campesinas surgieron líderes importantes para la organización de la clase trabajadores, entre los que destacan: Farabundo Martí, miembro del Socorro Rojo Internacional (SRI), Feliciano Ama, líder indígena, y estudiantes como Alfonzo Luna y Mario Zapata.

En enero de 1992 campesinos e indígenas se lanzaron a las calles armados con machetes y herramientas agrícolas, los  levantamientos se dieron principalmente en el occidente del país, en pueblos como Tacuba, Juayúa, Ataco, Sonsonate, Santa Ana, Ahuachapan, Izalco, Cuhisnahuat, Santo Domingo de Guzmán y Nahuizalco. Se pretendía tomar los cuarteles y que estos se amotinaran con la agitación de soldados comprometidos con la lucha, pero esto no sucedió porque dichos soldados fueron descubiertos y fusilados previamente. La recién fundada Guardia Nacional, estructura represiva del gobierno, junto con elementos del ejército combatieron la insurrección de la cual ya tenían conocimiento de antemano. La lucha fue desigual, los campesinos estaban mal preparados y contaban con muy pocas armas de fuego, el SRI no había respondido satisfactoriamente a la solicitud de apoyo y armamento que hizo la sección salvadoreña, estratégicamente tuvieron problemas de comunicación y coordinación, incluso unos sectores de trabajadores decidieron a último momento no apoyar el levantamiento pero esa noticia no llego a tiempo a los grupos que se alzaron, recordemos que el uso del telégrafo era exclusivo de instituciones gubernamentales, unos estaban decididos a alzarse y otros ya habían desistido de realizar la insurrección, sobre todo cuando se supo de la captura previa y posterior fusilamiento de los principales líderes del PCS y del SRI, dejando sin dirección a los sublevados. El saldo de la insurrección fueron unos cuantos muertos del lado de los militares (menos de cien) y una completa masacre para los campesinos e indígenas, el ejército y demás cuerpos represivos se dieron la tarea en los días siguientes al levantamiento, de ir a los poblados asesinando a toda persona con vestigios de indígena, que a causa de la afiliación colectiva al PCS se vio al indígena como sinónimo de comunista, agravando más esta situación la actitud delatora de los ladinos en contra de las nativos, que veían en los “indios” una población arcaica que debía ser eliminada para lograr el desarrollo el país. Los muertos se estiman de 25,000 a 30,000 entre obreros, campesinos e indígenas, los sobrevivientes de estos últimos se vieron obligados a ocultar su identidad, su idioma y sus costumbres para poder seguir con vida.

A pesar de no tener los resultados esperados, la insurrección de 1932 en El Salvador es un acto heroico conmemorado por la clase obrera, del que podemos sacar importantes lecciones para abonar a las luchas actuales de los trabajadores, que siguen luchando por mejorar los salarios de hambre que marcan la gran desigualdad entre la burguesía oligárquica y la masa de trabajadores que mueve la economía del país. Este legado de lucha revolucionaria en El Salvador ha forjado una clase trabajadora combativa que durante las décadas siguientes a esta masacre, conquistó  reivindicaciones laborales, libertades sindicales y sobre todo nos ha proporcionado un cúmulo de experiencias y métodos de lucha para seguir dando la batalla día con día para erradicar la explotación, la desigualdad y la exclusión que tanto ha sufrido nuestro pueblo y en mayor medida las comunidades indígenas. Como marxistas enarbolamos esta continua lucha y reconocemos que gracias a los esfuerzos de generaciones anteriores, ahora contamos con espacios de participación que estos compañeros no tuvieron. ¡La lucha continúa!

 

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