9 abril, 2020

¿Reforma o revolución? ¿Se puede llegar al socialismo solo a través de reformas?

Sobre la superficie, esta idea suena atractiva. En lugar de las tormentas y el estrés de una revolución, ¿no sería mucho más fácil simplemente conseguir una mayoría en el parlamento y promulgar reformas progresistas para que lentamente podamos transformar el capitalismo en socialismo?

Es cierto que en el pasado, la clase obrera ha conseguido reformas significativas de esta manera. El Estado del Bienestar, las garantías de salud y seguridad en el trabajo, la jornada laboral de 8 horas – todo esto se consiguió mediante la lucha dentro del sistema existente. ¿No es extraño, por lo tanto, plantear los conceptos de reforma y revolución el uno contra el otro, como si solo se pudiera tener uno u otro?

Los marxistas genuinos nunca han rechazado la lucha por las reformas bajo el capitalismo. No decimos “simplemente esperemos hasta que haya una revolución, cuando todos nuestros problemas serán resueltos.” Nosotros vamos a luchar vigorosamente por cualquier reforma genuinamente progresista que beneficie a la clase obrera.

Marx señaló que es a través de la lucha por reformas bajo el capitalismo como la clase obrera llega a darse cuenta de su propia fuerza. Es a través de tales batallas que los trabajadores desarrollan su propia conciencia de clase, así como organizaciones para la lucha – sindicatos y partidos políticos.

También es a través de estas luchas que los trabajadores llegan a conocer de primera mano los límites de las reformas bajo el capitalismo. Esto es particularmente cierto en períodos de crisis como el actual.

En el pasado, bajo la presión desde abajo, la clase dominante estuvo dispuesta a conceder ciertas reformas, aunque siempre bajo la presión de la clase obrera. Particularmente cuando la economía avanzaba, podían permitirse hacer concesiones para mantener la paz social.

De hecho, las reformas más significativas se concedieron desde arriba, precisamente para evitar una revolución desde abajo. Por lo tanto, durante un tiempo, las clases dominantes europeas se resignaron a los «Estados del Bienestar», los cuales también fueron posibles gracias a la expansión masiva de la economía durante el auge de la posguerra a partir de 1945.

El problema es que las concesiones que se ganan a los capitalistas un día, serán eliminadas por ellos al día siguiente. Este es particularmente el caso durante una crisis, cuando, para restaurar la rentabilidad, los capitalistas intentarán arrebatarle a la clase trabajadora las conquistas del pasado. En lugar de gastar dinero en reformas, las contrarreformas están entonces a la orden del día.

Desde la crisis de la década de 1970, hemos visto cómo muchas de las reformas progresistas del período de posguerra han sido atacadas. Las industrias nacionalizadas han sido privatizadas, las pensiones y los sueldos han sido atacados, las viviendas públicas han sido vendidas, y el servicio de salud público se encuentra en una grave crisis. Todo para que los ricos puedan seguir enriqueciéndose a nuestro coste.

Estos ataques pueden revertirse, pero, en un período de crisis mundial, esto requeriría romper con el capitalismo. Son los requisitos del mercado (es decir, los intereses de los banqueros y multimillonarios) los que dictan a los gobiernos; no al revés, como los líderes de SYRIZA en Grecia descubrieron dolorosamente.

Como marxistas, entendemos que problemas como la pobreza, el desempleo, las crisis, y la guerra son productos inevitables del sistema del capitalismo. Esto no cambiará por más que se impongan impuestos a los ricos o por más préstamos que se hagan. Lo que se requiere es tomar el control de las palancas fundamentales de la economía y planificar su uso democráticamente para satisfacer las necesidades de las personas como parte de un plan socialista de producción bajo el control y la gestión de los trabajadores.

Imaginar que un gobierno socialista podría hacer esto gradualmente –nacionalizar esta industria un año, ese banco al año siguiente, etc., es ignorar toda la historia de la lucha de clases. Es como imaginar que podrías ganar una partida de ajedrez donde sólo tus propias piezas pueden moverse. En realidad, el otro lado contraataca, ferozmente si es necesario. Ninguna clase dominante ha renunciado a su poder y privilegios sin luchar.

Es por eso que necesitamos una revolución –es decir, un movimiento masivo de personas en todo el mundo– para finalmente tomar el poder y el control arrebatándoselos a una diminuta minoría de capitalistas y así garantizar reformas profundas y duraderas que transformarán el mundo.