Poesía: Uriconium, Oda

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Traducción de un poema de Wilfred Owen por Roger Guzmán

Este poema fue escrito por Wilfred Owen (Oswestry, Shropshire, Inglaterra; 18 de marzo de 1893 – Ors, Francia; 4 de noviembre de 1918) debido a su fascinación por las Ruinas de Uriconium, una ciudad romana de Wroxeter, en el Severn, al este de Shrewsbury, que fue destruida junto con sus habitantes, a fuerza de fuego y espada 400 años A.C.

Hoy, mi fascinación por la poesía de este ser humano que quiso transmitir los horrores de la Primera Guerra Mundial o de cualquier guerra, me motiva a intentar una traducción de sus textos, comenzando por “Uriconium, an Ode”.

Sé que me arriesgo al sacrilegio puesto que no tengo experiencia como traductor y el poema está plagado de arcaísmos, pero mis esperanzas están puestas en el privilegio. También sé que ya existe un libro con su obra poética, titulado Poemas de Guerra, en una versión completamente bilingüe, pero no he podido encontrarlo en mi país.

 

Roger Guzmán

 

 

Uriconium

Oda

 

Escondida cerca del alegre corazón de Inglaterra

como un pecado hace mucho tiempo enterrado,

el hombre inglés olvida que sus sementales

también forman parte de su muerte.

Y como un pecado la desnuda de nuevo

para hablar de razas agraviadas

y de antiguas glorias tragadas por la niebla

y de tesoros arrojados al fuego y a la rabia de la gente vulgar.

 

Y si alguna vez anhelaste

levantar las oscuras cortinas del Pasado

y espiar los secretos del Hades,

echa un vistazo aquí mismo

a través de las grietas del suelo:

el polvo que cayó inadvertido

como gota de rocío,

cubrió el rostro de la ciudad que yace

como a una momia la cubren sus paños.

Todo es lo que fue,

excepto por los gusanos,

excepto por la polilla.

 

Desde que Júpiter fue adorado bajo la sombra de Wrekin

o fue escrita una frase en latín en la roca de Shropshire;

desde que los druidas cantan abatidos en este claro

o desde que un general toscano declaró suyas estas tierras

¿Cuánto tiempo ya? ¿Cuánto tiempo?

¿Cuánto tiempo desde que unos vagabundos en la colina de Stretton

se encontraron con unos hombres de cabellos revueltos y mandíbulas salvajes,

con puntas de cobre y pedernal

que apuntaban detrás de sus diques y rejas espinosas?

¡Ay! Esos fueron los días antes del hacha y la sierra,

esas fueron las noches cuando este pueblo en medio del bosque

contenía la respiración al escuchar el aullido de los lobos

y los enormes osos posaban sus patas a lo largo del Severn

y acariciaban jabalíes que corrían gruñendo a través de los matorrales.

 

¡Ay de mí! Saciado mil quinientas veces por el trigo

que se ha sembrado para cosechar, segar y trillar para la voracidad humana

desde que la era de los imperios existe.

Y la luna ha envejecido y vuelto a nacer

estas dieciocho mil veces

sin un santuario para encontrarnos con la suavidad de su luz;

pero otros templos se han levantado para adorar al Poder y a la Codicia

y para doblar campanas centenarias

hasta que sus propias campanas se desmoronan,

mientras que rey tras rey yace frío y sepultado

y una guerra termina para comenzar otra

y muchos Marnions caen

y la escasez y la plaga llevan al padre y al hijo al infierno

y la vejez tornó dureza aquella alegría de los duendes

y el corazón de muchos poetas se desangra en sí mismo.

 

Había olvidado aquella edad tan remota,

más allá del horizonte de nuestra limitada vista,

tan lejos de nosotros como la innumerable distancia

que hay entre el día y la noche sucediendo a la noche y al día,

hasta que vi tu fantasma en sus vestiduras de cuidad muerta.

 

Pero incluso cuando podemos caminar por tus campos

y por el seto que te protege hasta el mar allá inmerso

en la ruta cotidiana del amanecer y el anochecer,

viajamos a través de la historia hasta sus más remotos rincones;

sí, cuando tomé mi camino por tus antiguas calles

y rememoré mil años como si fueran ayer,

me pareció que la sabia fantasía

forjaba un sacrilegio para robar por mí

un privilegio tan piadoso.

 

Porque aquí quedan los restos de un banquete:

ostras y tuétanos, y semillas de uva.

La declaración de cuya edad debe brotar una fábula,

y tarros samios de impecable brillo y forma

que parecen recién salidos del molde del alfarero;

y yesos con huellas romanas impresas en ellos;

y brazaletes que en el tibio brazo italiano pudieron estar escasamente fríos;

y las mismas lanzas que empujaron al pueblo galés hacia el oeste,

todavía afiladas; y herramientas para forjar y cultivar abandonadas

como si los hombres apoderados por el miedo las hubieran soltado

en su repentina necesidad de salir corriendo,

porque repentina fue la huida de Roma y salvaje la alarma,

porque fue el shock sajón como el estremecimiento del Vesubio.

 

Ah ustedes que parlotean acerca del arte moderno y de las artesanías,

clasifiquen bien ese broche galo y ese tornillo.

En un tallo antiguo fueron injertos los capullos más hermosos del arte.

No hay nada completamente nuevo bajo el sol.

Hoy en Viricon el yunque del pueblo descansa

sobre una base romana; y en sus jardines

se puede ver una enramada con pilares para su estancia,

que antiguamente tenían lugar en la basílica.

La fuente de la iglesia no es más que una dote pagana:

una columna hueca en el templo.

Así es la gloria de nuestro artificio,

de nuestro placer y adoración,

pero también la flor de la costumbre romana y de su poder.

 

Ah ustedes que ríen y viven como si el tiempo

fuera solamente esas doce horas que giran en el reloj,

y que pasan demasiado rápido, observen por un momento

el sublime y lento registro de las épocas, que son la antigüedad.

Ah ustedes que lloran y dicen que sus vidas son demasiado largas, y gimen:

¿Existió alguna vez un dolor como el mío?

Musa de la memoria,

que prolongas la tristeza de las rocas sepulcrales y las ruinas,

aquí los hombres podrían beber la maravilla como si fuera un vino fuerte

y sentir que los problemas efímeros se alivian y refrenan.

Sin embargo,

los campesinos, enfurecidos porque sus leyes fueron perturbadas,

se levantan más temprano por una ligera pérdida de pinos,

pero nosotros somos movidos por grandes males desde hace mucho.

 

Sobre esta tierra venerada ¿Qué viajeros se detuvieron,

aun cuando ciudades como estas alguna vez engendraron

visiones apocalípticas de naufragios globales?

Que el hombre sajón regrese a sí mismo y preste atención:

mataron y quemaron,

y después apreciaron el regalo de Roma:

su fuerza y prosperidad.

¿Será que ya aprendieron

la destilada verdad de la decadencia romana?

¡Ruinas! ¡En el corazón de Inglaterra! ¡Presiona con fuerza!

Porque Roma no nos dejó más que palabras y muros.

Lo peor es que se fueron y en lugar de manadas, tierras u oro,

nos dejaron a los celtas

y a la Sangre que hace cantar al bardo

y ver a los profetas.

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