Historia - 9 septiembre, 2019

La producción de herramientas y el origen del lenguaje

“La conciencia […] desde sus orígenes es un producto social y seguirá siéndolo mientras el hombre exista” [Marx y Engels]

El ser humano es la única especie entre los seres vivos que se comunica mediante un lenguaje conceptual, abstracto y expresado en palabras. El lenguaje humano implica una capacidad única de abstracción, de separación mental de aspectos, propiedades y cualidades de los objetos que resultan relevantes en un momento dado del desarrollo social. Universalización que permite expresar el pasado el presente y el futuro, y recrear mentalmente situaciones que no existen, visualizar y sentir los pensamientos propios y ajenos e ir más allá de lo concreto para transformarlo de una forma humana. ¿Cómo surgió y qué significado tiene esta forma única de comunicación?

Para las filosofías posmodernas el lenguaje es el que crea el mundo, pues según esta corriente al conceptualizar damos sentido a un mundo caótico que sólo existe por la subjetividad que ordena a una realidad inaccesible en sí misma. El lenguaje es el límite del mundo más allá del cual no hay nada. Pero esta corriente pone la realidad patas arriba. No es el lenguaje el que da sentido al mundo, sino el mundo el que da sentido al lenguaje a través de la actividad práctica de los seres humanos en sociedad y de los intereses materiales que de ella derivan. Las modas posmodernas están encerradas en el mundo solipsista del lenguaje, hablan de él como de él habla la biblia: “al principio era el verbo, y el verbo era con dios, y el verbo era dios”. Están obsesionados con el lenguaje como los faquires indios con sus ombligos, pero no saben decir nada concreto sobre el lenguaje, su naturaleza y significado pues no salen de él, de los límites del laberinto del idealismo y subjetivismo burgués.

Los conceptos y el lenguaje no son, como supone el subjetivismo, barreras o murallas que nos separan del mundo y de los demás, sino instrumentos con los cuales conocemos la realidad e interactuamos socialmente. Cuando el posmodernismo afirma “los conceptos son los límites del mundo”, el marxismo responde: “los conceptos son el resultado de nuestra vinculación activa y objetiva con el mundo”. Un concepto no tiene sentido alguno sin el conocimiento de las propiedades generales que se abstraen por él, y dicha abstracción comprueba su veracidad mediante la práctica que enlaza al hombre con la realidad; es decir que los conceptos, por su contenido, nos vinculan a la realidad y muestran el desarrollo mismo del conocimiento humano que nace de la práctica social misma.

El lenguaje es un medio de comunicación en el que se expresan las relaciones sociales y objetivas entre los individuos, dichas relaciones están en íntima relación con los medios de producción con los que los seres humanos producen y reproducen su vida, medios de producción con los que el ser humano se enfrenta a la realidad, la conoce y la transforman. Es la producción social de los medios de subsistencia el que ha determinado, a través de la historia, el nacimiento de los conceptos, el pensamiento y el lenguaje, su contenido y desarrollo. Sólo tiene sentido hablar del lenguaje en tanto medio de vinculación entre los hombres, en tanto instrumento para incidir en la realidad y como producto mismo de esa actividad práctica objetiva. Vale decir entonces que es el marxismo la única corriente capaz de explicar al lenguaje y su verdadero significado. Esto es lo que trataremos de mostrar en el presente artículo.

Las primeras herramientas de piedra y las primeras nociones mentales

El Homo habilis, hace unos 2.5 millones de años, fue el primero homínido en fabricar herramientas de piedra, tecnología conocida como olduvayense que puede describirse a groso modo como “sacarle punta a una piedra”. Si bien esta primera tecnología humana no muestra prácticamente variedad o especialización —lo que demuestra que no existía división del trabajo—, vale la pena reflexionar un poco las implicaciones de la elaboración de estas herramientas. Su producción es una tarea más compleja de lo que se cree. Incluso para un productor humano moderno se requiere empeño y precisión: es imposible separar las lajas de la piedra original si no se golpea ésta con el instrumento percutor con una fuerza y ángulo precisos; la transformación de un pedernal o una roca en un raspador presupone y a la vez impulsa la capacidad propia del ser humano de abstraer, prever y planificar por lo que este primer productor de herramientas debió producir y comunicar las primeras nociones mentales o “protoconceptos”. Sin embargo, la ausencia de diversidad en la fabricación expresa una capacidad de abstracción más o menos vinculada a lo inmediato, incapaz de integrar la producción inmediata a una serie de fases más complejas, lo que supone limitaciones para generar esquemas mentales y formar conceptos, así como la dificultad de formar nuevos a partir de la experiencia. Pero por más primitivos que fueran las nociones mentales del Homo habilis, éstas no surgieron de la nada. Un largo proceso de experimentación del australopithecus con herramientas prelíticas, hechas con madera, hueso, etcétera- prepararon el camino a la edad de piedra. Esos “chimpancés erectos”, las primeras especies de simios bípedos, podían tener el cerebro similar al de un chimpancé, pero a diferencia de éstos, que en situaciones límite usan ramas y piedras a modo de herramientas, debían de fabricar herramientas regularmente pues de ello dependía su sobrevivencia. Esto demuestra que primero vino la fabricación de herramientas y luego la “fabricación” de conceptos.

Los bonobos utilizan, de manera similar a como lo hacen los bebés humanos, gritos o gemidos para atraer la atención de sus pares sobre diversas situaciones muy concretas, cuyo significado sólo puede entenderse en el contexto concreto. Su forma de comunicarse, considerando que los bonobos son los primates más cercanos a nuestra especie, puede darnos una idea del punto de partida, de las semillas primigenias, del desarrollo del lenguaje humano. Como en los bonobos, aunque a un nivel superior, los primeros homínidos se enfrentaron a la necesidad de producir sonidos más diversos para comunicarse sobre situaciones concretas sensibles, señales que inicialmente tenían una gran carga de ambigüedad, sólo discernible en el contexto concreto. Es decir, antes de que el ser humano produjera conceptos para diferenciar, por ejemplo, los mamíferos de las aves y los reptiles; debía poder diferenciar a las especies buenas para comer de aquéllas que no lo eran, señales para los animales peligrosos de aquéllos inofensivos; estos primeros conceptos sólo podían discernirse —saber, por ejemplo, si la carroña era de una gacela o una cebra— en el contexto mismo en el que se pronunciaban. De forma análoga, antes de producir conceptos para referirse a la humanidad en abstracto, debía generar otros en los que se manifestaba la necesidad imperiosa de la cooperación. “Ayuda”, “auxilio” debieron estar entre los primeros conceptos en los que la humanidad cobraba conciencia de sí misma.

Ya hemos dicho que la fabricación de las primeras herramientas de piedra tuvo que haber producido los primeros conceptos rudimentarios. El Homo habilis produjo conceptos probablemente de carácter inmediato (concreto-sensible); sin conjugaciones, ni declinaciones, sin artículos, sin complementos y sin tiempos verbales, a fin de cuentas, sin gramática alguna; cuyos fonemas eran confusos, poco diferenciados, tales como las balbuceos de un bebé. Es la etapa del lenguaje inarticulado, el primer lenguaje asociado a la primera forma tecnológica.

Las primeras herramientas de piedra se fabricaron no tanto para cazar animales sino para romper los huesos de los animales que otros depredadores dejaban. Antes de producir su alimento con herramientas, el ser humano ahuyentaba a los carnívoros cazadores para poder usar plenamente su primitiva tecnología. Pero incluso la simple actividad de mantener a raya a un dientes de sable con pedradas y gritos o, al menos, alertar sobre su cercanía en un banquete de carne podrida exige medios de comunicación sin precedentes. Así lo apunta una investigación de científicos de la Universidad Miguel Hernández de elche, publicada en BioScience, que estudia la interacción humana con animales carroñeros como buitres, hienas y leones; en este estudio se afirma: “los dos atributos más distintivos del ser humano, el desarrollo del lenguaje y la colaboración cooperativa, fueron probablemente resultado de las presiones selectivas asociadas al consumo primigenio de carroña”.

Producción material y producción conceptual

La constante repetición de patrones de fabricación enfrentaba a los primeros humanos a las propiedades objetivas de su entorno, las de los materiales, a los diversos aspectos de los objetos y a ciertas nociones lógicas de causa y efecto. Conforme el ser humano cobraba conciencia de estas propiedades, también lo hacía acerca de las relaciones sociales en que se desarrollaba la reproducción de su vida; necesariamente la transformación de la naturaleza y la fabricación de herramientas debían generar nociones mentales del entorno que se tornaban más precisas y claras conforme el trabajo se volvía más preciso y enfocado. Estas nociones, al ser el trabajo un proceso social, se transformaban y fijaban socialmente a través del lenguaje; así, la representación mental de los objetos y el lenguaje, su expresión social y objetiva, se desarrollaban simultáneamente. Engels escribió al respecto:

“El dominio de la naturaleza comenzó con el desarrollo de la mano, con el trabajo, y amplió el horizonte del hombre con cada nuevo paso hacia adelante. A cada instante descubría propiedades nuevas, hasta entonces desconocidas, en los objetos naturales. Por otro lado, el desarrollo del trabajo ayudó por fuerza unir a los miembros de la sociedad entre sí, al incrementar los casos de ayuda mutua y actividad conjunta, y poner en claro la ventaja de esta actividad conjunta para cada individuo. En una palabra, los hombres en formación llegaron al punto en que tenían algo qué decirse”[1].

El pensamiento, los conceptos y el lenguaje se desarrollaron simultáneamente aunque no son aspectos idénticos. El pensamiento es el reflejo subjetivo de la realidad objetiva, mientras que el lenguaje es la expresión objetiva del pensamiento. Con el lenguaje el pensamiento se vuelve patrimonio común de la sociedad e influye, a través del lenguaje y su contenido cultural, en los propios individuos. Al mismo tiempo, con el lenguaje los conceptos se socializan y el pensamiento cobra claridad.

Marx y Engels en La Ideología alemana- señalaron que “ni los pensamientos ni el lenguaje forman por sí mismos un reino aparte […] son sencillamente, expresiones de la vida real”. Incluso en la actualidad con frecuencia nos cuesta trabajo asociar un pensamiento a un concepto preciso. Esto sugiere que antes de que los conceptos se precisaran históricamente en la mente del ser humano primitivo se presentaban nociones vagas motivadas por el contexto, nociones que se van delimitando con su comunicación y con la interacción y transformación del medio.

El pensamiento se define, se aclara y se precisa mediante los conceptos en los que el pensamiento adquiere lógica y claridad, y los conceptos se precisan y fijan mediante su comunicación en el lenguaje. Los autores de La ideología alemana sostuvieron que “el lenguaje es la realidad inmediata de la conciencia”. El pensamiento no se conformó como un evento individual, como si fuera la conversación de un individuo consigo mismo, sino a través de la interacción social y de la sociedad con la producción; por ello tan absurdo es pensar en pensamiento humano sin lenguaje como en lenguaje sin pensamiento (por esto último un loro que habla nos parece tan cómico, pues habla sin pensar realmente).

La capacidad de fabricar, abstraer y comunicar es correlativa al desarrollo de la autoconsciencia y la consciencia de los otros (del “yo” y el “no-yo”). El preciado “yo” del individualismo burgués sería inconcebible sin las relaciones sociales en las cuales se configura la conciencia individual, misma que la propiedad privada burguesa ha elevado hasta el absurdo.

El nacimiento del lenguaje articulado

El homo erectus —hace unos dos millones de años— abre una nueva etapa en el desarrollo de la tecnología de piedra, no sólo modelaba grandes piedras en forma de hachas y filos cortantes (tecnología conocida como acheliense), sino que es la primera especie a la que se le atribuye el control del fuego. Es poco probable que pudiera producir fuego, pero el menos se trata del primer animal en perderle el miedo y tomarlo de la naturaleza para beneficio propio. Con esta tecnología superior, fue una de las primeras especies homínidas, si no la primera, en abandonar África. Estas herramientas presuponen cierto grado de planificación y diferenciación: había herramientas para cazar y cortar madera, pero había otras para cavar hoyos. La planificación implica una conciencia, aun rudimentaria, de nociones lógicas como las de causa y efecto, nociones de tiempo y espacio; es decir, implica un pensamiento más o menos articulado —o los comienzos de éste— y, en consecuencia, un lenguaje estructurado que lo exprese.

Cuando un mamífero está ante una roca o cualquier otro objeto de su entorno natural es incapaz de ver mucho más allá de lo concreto e inmediato. Un perro, por ejemplo, verá la roca y lo que hará será alzar la pata y marcar su territorio. Los fabricantes de herramientas, sin embargo, ven en la roca no sólo lo que es sino “lo que puede ser”. Esta capacidad de planificación y previsión se va haciendo más amplia, compleja y flexible en cada punto crítico que marca un salto en el desarrollo de la industria lítica asociada a homínidos con relaciones sociales más sofisticada. La tecnología de piedra representa una verdadera revolución, un salto dialéctico hacia adelante en el árbol frondoso que conduce al Homo sapiens (o mejor dicho a las diversas especies de Homo sapiens anteriores al sapiens-sapiens).

Antes del lenguaje articulado las nociones mentales, vagas y ambiguas, se expresaban con sonidos sin fonemas muy diferenciados, con un gran énfasis de ademanes y gestos. Un punto crítico en el proceso de definición del lenguaje pudo ser el descubrimiento del fuego. En sus notas sobre la obra de Morgan, Marx subraya la idea de que con el control del fuego nació el lenguaje articulado. Algunos estudios apuntan en este sentido: el análisis de los cráneos fósiles del erectus muestran que ya habían desarrollado las áreas del cerebro Brocca y Wernicke, vinculadas con el lenguaje y es posible que su anatomía ya les permitiera articular algunos sonidos diferenciados. Es difícil saber qué tan articulado era su lenguaje pero es muy posible que las herramientas achelienses y el control del fuego los haya impulsado más allá del uso predominante de los ademanes, gestos y ruidos más o menos toscos. Lo cierto es que incluso hoy nuestra especie no puede hablar sin acompañar los sonidos del lenguaje con infinidad de gestos y movimientos corporales, sobre todo de las manos, un uso residual de la mayor importancia que tenía el lenguaje corporal antes de que el oral se hubiera desarrollado plenamente.

Más allá de qué tan articulado haya sido el lenguaje del erectus, la flexibilidad en la fabricación, en contraste con el habilis, supone patrones mentales más sofisticados. Sin embargo su tecnología de piedra prácticamente no sufrió cambios en un millón de años, lo que muestra el conservadurismo relativo de sus patrones culturales y mentales.

La primera evidencia clara de lenguaje articulado aparece con el homo heidelbergensis: Investigaciones sobre los restos óseos de yacimientos del pleistoceno de la sierra de Atapuerca, hechos en la década de los ochenta, señalan que el Homo heidelbergensis, hace unos 350 mil años, ya oía como un humano moderno, aunque su aparato vocal no podía pronunciar algunas vocales. Esto sugiere que algunos preneandertales tenían un oído adecuado para discernir los fonemas de un lenguaje articulado.

La creciente complejidad de los procesos sociales de producción y reproducción de la vida humana estimulaba o presionaba rumbo a la creciente complejidad del lenguaje humano, a un perfeccionamiento de la capacidad vocal y auditiva del ser humano. Los sonidos del protolenguaje, espontáneos y emocionales como son en los mamíferos superiores, se tornaban cada vez más articulados, intencionales, denotativos y referenciales, es decir, los sonidos articulados se vinculaban a objetos determinados, configurándose como lenguaje humano. La conciencia de la concatenación lógica de los procesos naturales y del trabajo mismo se expresaba en la propia articulación del lenguaje y el pensamiento. Engels ya había señalado este punto:

“[…] La necesidad creó al órgano; la laringe no desarrollada del mono se transformó con lentitud pero con seguridad, gracias a la modulación para producir otras modulaciones cada vez más desarrolladas, y los órganos de la boca aprendieron poco a poco a pronunciar un sonido articulado tras otro[2]”.

Fue la lógica de la producción humana –los patrones de la fabricación y producción-, la que nos reveló la lógica de los procesos naturales –los patrones del mundo natural-, ambos procesos fueron los que imprimieron en el lenguaje una estructura lógica propia que llegó a expresarse, en cierta etapa de la evolución cultural y social, en juicios y razonamientos, es decir, en una relación lógica de conceptos interrelacionados.

La presencia en el neandertal, por primera vez en la historia humana, de enterramientos y las primeras formas de arte nos habla no sólo de la existencia de lenguaje articulado sino, posiblemente, de la capacidad para imaginar una vida más allá de la muerte, un mundo subjetivo cargado de cierto simbolismo. No debe perderse de vista que es el neandertal una de las primeras especies humanas capaces de cazar las grandes presas de la última glaciación, especialmente el mamut lanudo. Una caza mayor requería de la cooperación y coordinación de un gran número de personas y herramientas que suponían varias fases de elaboración, empresa que sería imposible sin un lenguaje más o menos sofisticado y rico, tan articulado como sus propias herramientas. Además se ha descubierto que poseía un hueso hioides similar al del sapiens. Así pues, el lenguaje articulado no puede explicarse por sí mismo, sino sólo a través de las relaciones sociales complejas que el lenguaje no hace sino expresar.

Lo anterior significa que el surgimiento de los primeros conceptos no fue un proceso arbitrario, por más aleatorio y arbitrario que podían ser los sonidos articulados o el idioma concreto que se iba configurando, en que se manifestaban esos conceptos. No se trató de un proceso fortuito en tanto fue la misma práctica de trabajo, que por su naturaleza es un proceso orientado a un fin, el que determinaba el prisma a través del cual se formaban tales o cuales representaciones abstractas, el surgimiento del lenguaje no fue el resultado de un “juego de azar”, sino de la concatenación entre lo aleatorio y lo necesario del propio proceso social de trabajo. Lo aleatorio era la forma convencional de los conceptos, es decir, los sonidos idiomáticos que se asociaban a cada concepto, lo necesario era el contenido de esos conceptos que surgía de la práctica social. Por poner un símil: así como en el proceso de evolución de las especies es el entorno es el que selecciona las mutaciones útiles y el que descarta las nocivas, en el surgimiento de los primeros conceptos del lenguaje era el proceso de trabajo, bajo determinado desarrollo de las fuerzas productivas, el que orientaba la necesidad de abstraer de la naturaleza y de las propias relaciones sociales ciertas propiedades y características de aquello que era importante para la producción social, aquéllas propiedades y objetos que tenían una importancia fundamental para los seres humanos.

Los conceptos más viejos de la humanidad

Evidentemente es imposible saber, al menos con los recursos con los que se dispone en la actualidad, cómo era concretamente lenguaje de los primeros homínidos, es decir, saber exactamente cómo era su idioma.

Todo lo que hasta el momento puede decirse sobre el lenguaje en un periodo de más de 15 mil años tiene un carácter especulativo; sin embargo el rastreo de las raíces comunes más antiguas del lenguaje —que podrían remontarse a hace unos 15 mil años, cuando todos los pueblos de la humanidad seguían siendo cazadores recolectores— sí confirma que los conceptos más resistentes al cambio son aquéllos que no sólo resultan menos ambiguos y se prestaron menos para su remplazo o transformación, sino, además, los que tienen o tuvieron una importancia particular para la sociedad.

Mark Pagel, especialista en biología evolutiva de la universidad de Reading, en Inglaterra, ha identificado 23 raíces que han resistido la prueba del tiempo. Algunas de estas raíces se refieren a los lazos sociales que nos unen: madre, hombre, tú, yo, nosotros, vosotros, quién, dar, no; otras se refieren a nuestras relaciones con las cosas: eso, esto, qué, viejo, negro, tirar (de algo), fluir, gusano; otras parecen más relacionadas con la tecnología de cazadores recolectores: mano, fuego, corteza y ceniza.

No sorprende relacionar el término “madre” con el mother del inglés, el mutter del alemán, el mater del latín, etcétera. Sin duda un duro golpe a los venerables conceptos platónicos, y al idealismo filosófico en general, que uno de los conceptos más antiguos que perviven en los idiomas actuales sea “gusano” que, más que del “topos uranus”, nos habla de las condiciones insalubres en las que vivió el ser humano durante su largo periodo como cazadores recolectores. Otros conceptos igualmente antiguos se han perdido por la ambigüedad o su sustitución por otros términos sinónimos de menor antigüedad. Quizá debido a ello conceptos más relacionados con la supervivencia como “alimento” o “comida” no están en la lista.

Investigaciones anteriores, por ejemplo la famosa lista Swadesh que detectó unas 200 raíces o las investigaciones del lingüista soviético Sergei Yakhontov, nos hablan de otros cognados muy antiguos con cierta carga de ambigüedad. El lingüista Merrit Ruhlen ha elaborado más recientemente una lista de 115 palabras o raíces de un idioma desaparecido llamado “nostrático”[3]. Por ejemplo, una antiquísima palabra “pik” que significaba hueso (palabra importante para un mundo con tecnología de piedra y hueso), habría evolucionado en muchas ramas y significados (significados que habrían cambiado su referente o el objeto que denotan, sólo figurativamente sugieren un ancestro común), dando origen a la palabra del francés “bec” (que significa pico), a la palabra maya “pek” (que significa perro), a la palabra latina “pectus” (que significa pecho), a la palabra griega “boks” (que significa “pez boga”), a la palabra alemana “backe” (que significa mejilla), a la palabra inglesa “back” (que significa espalda[4]). Aunque la relación entre estas palabras es polémica y los especialistas debaten acaloradamente su veracidad, lo que es cierto es que el lenguaje es una herramienta móvil y en evolución.

Estos datos arrojan luz indirecta al proceso de formación de los primeros conceptos de la humanidad pues si el contexto social dictó la permanencia de estos vocablos también fue el contexto el que motivó su surgimiento. La actividad práctica obligó a los primeros seres humanos a crear generar conceptos de los objetos, propiedades y animales fundamentales para su supervivencia; de los lazos que unen a las personas, las relaciones de espacio y tiempo, de las acciones mutuas del mundo. Es verdad, como hemos dicho ya, que los nombres de las cosas son convencionales, que entre el sonido con el que se designa una cosa y las cosa misma hay una relación arbitraria, pero todo idioma, por su contenido y por el contenido mismo del lenguaje, debe reflejar necesariamente el mundo que el ser humano transforma en la producción y reproducción de la vida, por ello todo idioma contiene conceptos más o menos comunes, más o menos traducibles. No menos cierto que hay otros conceptos que se pierden en la historia al perder importancia social aquello que designan. Para probar esto último vale hacer referencia a las 40 palabras que el finés tiene para referirse a la nieve, mientras los hawaianos sólo tienen una palabra (hau) para referirse a la nieve y al hielo. ¿Cuántos conceptos no se habrán perdido cuando la vida social dejó obsoletos lo que ellos denotaban?

Ahora bien, la convencionalidad de los nombres que damos a las cosas se daba dentro de ciertos límites determinados por la capacidad que cada especie de homínido tenía para producir sonidos articulados, los sonidos disponibles para formar palabras nutrían una especie de “banco” de opciones con los cuales se creaba el lenguaje. Pero, al mismo tiempo, conforme el pensamiento se volvía más claro, lo mismo pasaba con los fonemas a disposición del ser humano, ampliándose la cantidad de sonidos accesibles para los idiomas en formación. Así, existe una relación dialéctica entre el pensamiento, los conceptos, la claridad de los fonemas de la lengua y el lenguaje mismo. Probablemente los fonemas fueron surgiendo de acuerdo a su dificultad articulatoria: primero algunas vocales y las consonantes que pueden pronunciarse al juntar los labios para, posteriormente, las consonantes más difíciles, hasta llegar a la “l” y “r” (consonantes laterales) que tanto trabajo cuestan a los niños pequeños. Al menos así lo sugiere la manera en qué los bebés humanos aprenden a producir los sonidos del lenguaje. Con el surgimiento del ser humano moderno en África (quizá ya antes con preneandertales y neandertales) la riqueza de los sonidos de la lengua llegó a su punto álgido. Quentin Atkinson, investigador de la universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, observó, en un artículo publicado en Science[5], que las lenguas de algunos idiomas africanos emplean más de 100 fonemas, mientras que el hawaiano utiliza sólo 13.

Según esta teoría, evidentemente polémica, este fenómeno confirma, desde el punto de vista del lenguaje, que la humanidad surgió África; que el idioma más antiguo rastreable en nuestra especie se hablaba en algún lugar del sudoeste africano y que conforme las sucesivas oleadas migratorias abandonaban África los fonemas de los idiomas van disminuyendo. Aunque la teoría pueda pecar de excesivamente lineal, pues parece no considerar que las migraciones nunca fueron unidireccionales, podría expresar la tendencia general a largo plazo en el desplazamiento humano y su efecto en los sonidos del lenguaje considerando muy largos periodos de tiempo. Sea como fuere, no deja de ser interesante que desde sus orígenes el ser humano moderno ha tenido unos 100 sonidos con los cuales ha podido construir la diversidad de idiomas con los que se ha expresado a través de la historia.

El camino a la abstracción

Lo cierto es que la capacidad de abstracción propia del lenguaje y de disciplinas como las matemáticas o la filosofía no se logró sin un largo, contradictorio y doloroso proceso de evolución social. El pensamiento humano es fundamentalmente concreto, la mente humana no se adapta muy bien a las complicadas operaciones abstractas de las matemáticas y la filosofía, se requirieron condiciones materiales para el desarrollo del pensamiento abstracto (clases sociales, civilización, división del trabajo, etc.) y un largo proceso de aprendizaje y entrenamiento mental[6]. La evolución del lenguaje humano parece trazar una senda que va de lo concreto a lo abstracto. Primero, como hemos visto, como la expresión (mediante gesticulaciones y sonidos) de lo inmediato, y luego la conceptualización concreta de la realidad que se va desarrollando hacia la abstracción mediante saltos.

El estudio del lenguaje de los pueblos cazadores y recolectores parece apoyar este punto de vista:

“En muchas lenguas primitivas el modo de contar depende del objeto que se cuenta, lo que conduce a una pluralidad de sistemas de numeración, demostrándose así el carácter concreto del cálculo. Hay lenguas, por ejemplo, en las que no existe el número 3; por lo tanto tienen que recurrir a distintas palabras para designar tres ciervos o tres pescados, de acuerdo con el objeto que se cuentan. Ese mismo carácter concreto del pensamiento se pone de manifiesto en el gran número de formas verbales, características de las lenguas de los indios norteamericanos y aleutianos, lenguas que disponen de más de 400 formas verbales. El carácter sumamente concreto del lenguaje puede ilustrarse muy bien con las 33 palabras de la lengua de la tribu africana Ewe, citadas por Westerman, etnógrafo alemán, que sirven para designar diferentes pasos o modos de caminar […]. Conocida es la observación del etnógrafo Leenhardt sobre el pensamiento de algunas tribus primitivas; dicho pensamiento no hace generalizaciones (el árbol, el animal, el mar o la picadura no existen para él en los conceptos que de ellos tenemos). Si se dice picadura, hay que agregar de qué animal se trata […] Las lenguas de algunas tribus que viven en las condiciones de la comunidad primitiva no conocen la palabra árbol, pero, en cambio, disponen de varios términos para designar una especie concreta de árbol […] para la acción de ir disponen de palabras específicas según cómo y cuándo nos propongamos ir; por la mañana o par la tarde, con botas, etc.”[7]

Las condiciones de vida de los cazadores recolectores no requieren de la utilización de grandes números ni de conceptos demasiado abstractos, más bien requieren el adecuado discernimiento de las diferentes manifestaciones de la naturaleza en toda su concreción. Por ejemplo, dice Peter Watson, en algunas tribus africanas la palabra para “cinco” realmente significa “mano completa”, mientras que “seis” significa literalmente “salta” (esto es, a la otra mano). En otros lugares los números no están divorciados de los objetos a los que califican, con lo que, por ejemplo, las expresiones “dos canoas” y “dos cocos” requieren números diferentes; incluso hay grupos cuyos sistemas numéricos sólo distinguen entre “uno”, “dos” y “muchos”[8]. Marvin Harris ha observado que no se trata de que los cazadores recolectores tengan lenguajes inferiores sino que cuentan con el tipo de lenguaje indicado para su forma de vida. Un grado de abstracción como el alcanzado por la ciencia moderna es inútil para el acecho de presas y la diferenciación de plantas o animales nocivos. Sin duda la observación de Harris es correcta en cierto sentido pero no anula el hecho de que la capacidad de abstracción humana está íntimamente vinculada al criterio de progreso histórico expuesto por Marx y, en éste sentido, podemos hablar de evolución progresiva del lenguaje.

Conclusiones

El pensamiento, los conceptos y el lenguaje no se hallan en un reino aparte del mundo material y social en el que se desenvuelve necesariamente el ser humano. El pensamiento humano, partiendo de la actividad mental de los primeros homínidos, surgió como un reflejo subjetivo necesario en la transformación del mundo y en la producción social; este pensamiento se definió mediante conceptos en los cuales se abstrajo de la realidad aquéllos aspectos de importancia vital para los seres humanos, aspectos y relaciones que cambiaban y se hacían más diversos y multifacéticos conforme se desarrollaban las fuerzas productivas de la humanidad.

Los conceptos se clarificaron, definieron y manifestaron su naturaleza social a través del lenguaje: instrumento de comunicación, manifestación objetiva del pensamiento, que junto al trabajo y gracias a éste se volvió una potencia fundamental que elevó a los hombres por encima del reino animal, abriendo la senda de la cultura y la historia humana. Es claro que el lenguaje, por su contenido, no sólo reflejaba aspectos de la realidad, sino las relaciones sociales mismas, relaciones sociales que se desgarraban en contradicciones conforme surgía la propiedad privada y las clases sociales. Nuestro estudio ha abarcado el surgimiento del lenguaje en una etapa en donde los hombres se dedicaban a la caza y a la recolección, el destino del lenguaje en la sociedad dividida en clases es un asunto que tratamos en otra parte.

Hemos intentado dejar claro que ninguna corriente aparte del marxismo está en condiciones de dar razón del pensamiento y el lenguaje, mucho menos la decadente filosofía de la posmodernidad que pretende desenvolverse en el mundo del lenguaje y la “intersubjetividad” pero que, en realidad, se pudre en el laberinto del pensamiento burgués más reaccionario.


Notas:

[1] Engels, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, en: Dialéctica de la naturaleza, México, Grijalbo, 1983, p. 140.

[2] Ibíd.

[3] Watson, Peter; Ideas, historia intelectual de la humanidad, Barcelona, Crítica, 2013, p. 77-78.

[4] Cf. Swadesh, Mauricio, El lenguaje y la vida humana, México, FCE, 2006, p. 34.

[5] Quentin D. Atkinson, “Phonemic diversity supports a serial founder effect model of lenguage expansion from Africa”, Science, Vol 332, pp.346-349, 15 apr 2011.

[6] Alan Woods y Ted Grant han señalado esta característica en su libro Razón y revolución, España, Fundación Federico Engels, 1995.

[7] Dynnik, Historia de la Filosofía, Tomo I, México, Grijalbo, 1962, pp. 34-35.

[8] Watson, Peter; Ideas, historia intelectual de la humanidad, Crítica, Barcelona, 2013, pp. 753-754.

Deja un comentario