19 marzo, 2021

La falsa promesa del «Gran Reinicio» de Davos revela el miedo a la revolución

Los últimos años de turbulencias políticas preocupan a la clase dominante, que se enfrenta a olas de protestas e inestabilidad sin precedentes. Ahora tratan cada vez más desesperadamente de estabilizar la situación mediante el gasto estatal y otras concesiones. Esto se hizo patente en el Foro Económico Mundial el mes pasado.


Los ricos y poderosos del mundo visitan una vez al año las colinas nevadas de Davos para participar en el Foro Económico Mundial. Este año, la pandemia les ha obligado a conectarse a Internet. Obviamente, este evento en línea no fue el circo de 19.000 $ por billete que normalmente aterriza en los Alpes suizos. Fue un evento público reducido, sin la posibilidad de hacer contactos ni mantener conversaciones a micrófono cerrado.

A pesar de esto, el evento contó con la presencia de jefes de gobierno electos y no electos de todo el mundo, así como de directores ejecutivos de grandes corporaciones multinacionales.

El evento recibió el nombre «The Great Reset» (El Gran Reinicio), en honor al libro que el fundador Klaus Schwab publicó el verano pasado, generosamente copatrocinado por Charles Windsor, Príncipe de Gales y heredero al trono inglés. El libro tuvo mucha repercusión e incluso provocó una ola de teorías conspirativas, entre ellos por parte de comentaristas de derecha que no son capaces de decidir si lo consideran cuasifascismo o comunismo (Rowan Dean del Australian Sky News, por ejemplo). Por supuesto, no es ninguno de los dos.
Schwab y sus colaboradores están preocupados por la falta de progreso en cuestiones como el cambio climático y la desigualdad. Ven la respuesta a la pandemia como una oportunidad para «reiniciar» el capitalismo y recuperar algo de estabilidad. La advertencia que dan es que es una cuestión de cambiar o ser cambiado:

No abordar y corregir los males profundamente arraigados de nuestra sociedad y economía podría aumentar el riesgo de que, al igual que a lo largo de la historia, finalmente se imponga un restablecimiento mediante choques violentos como conflictos e incluso revoluciones. Nos corresponde coger el toro por los cuernos. La pandemia nos brinda esta oportunidad: “representa una única pero limitada oportunidad para reflexionar, reimaginar y reiniciar nuestro mundo».

Es una advertencia bastante dura para la clase dominante mundial: si sigue por el mismo camino que desde los años ochenta, se enfrentará a conflictos violentos, e incluso a revoluciones. “Esta es una oportunidad para cambiar, y ya es hora de aprovecharla”, alega Schwab.

¿Qué solución ofrecen? Schwab propone un «capitalismo de interesados» donde no siempre se ponga a los accionistas en primer lugar, sino que se tengan en cuenta todas las partes interesadas, incluidos el medio ambiente, los trabajadores y los consumidores. Las medidas de las que se contemplan son los impuestos ambientales, los impuestos a las empresas, la educación y la inversión verde masiva.

En muchos sentidos, se están haciendo eco de los sentimientos planteados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y otras grandes instituciones internacionales que han estado insistiendo en inversiones masivas en sanidad para hacer frente a la pandemia, así como un gasto deficitatio masivo.

El efecto de la pandemia y abandonando a Friedman

Cuando la pandemia estalló en marzo del año pasado, la clase dominante estaba entre la espada y la pared. Podían enfrentarse a un colapso de los sistemas de salud, los sistemas de atención social y muchos otros elementos de la sociedad civilizada; podían paralizar la economía y dejar que millones de personas se quedaran sin empleo; o podían emitir grandes cantidades de deuda para financiar la economía mientras esperaban una vacuna. Al final eligieron esto último.

En el último año, los gobiernos han gastado más dinero que en ningún otro período en tiempos de paz, más del doble de lo que gastaron en la crisis de 2008-9. Se han acumulado enormes déficits y no hay perspectivas a la vista de hacer cuadrar las cuentas. La deuda pública alcanzará máximos históricos este año, aún más altos que al final de la Segunda Guerra Mundial. Por temor a que la burbuja estallara, la han inflado aún más.

Lo que está ocurriendo es un giro a gran escala hacia el keynesianismo. De repente, personas como Krugman son el no va más, e incluso hay un creciente interés en la ingenua Teoría Monetaria Moderna (TMM).

Este es un cambio significativo. Durante décadas, las ideas de Milton Friedman dominaron el pensamiento de la clase capitalista. Milton pensaba que la Gran Depresión fue causada por la mala gestión del gobierno y que, en general, cuanto menos intervengan los gobiernos, mejor. Esto fue enormemente beneficioso para los “el balance final”, es decir, las ganancias. Nos dijeron que si los ricos se enriquecen mucho, parte de esa riqueza “gotea” a los más pobres de la sociedad. Obviamente esto era mentira, pero era una mentira oficial, que se enseñaba en todas las clases de economía del mundo: «el Estado es malo, la empresa privada buena».

El colapso de Lehman Brothers en 2008 puso esa idea en tela de juicio. De repente, todos los bancos corrieron a pedir limosna al Estado. Cuanto más grande y escandalosa era la petición, más probable era que se les concediera. Las grandes instituciones financieras mantuvieron a los gobiernos como rehenes, amenazando con el colapso y la calamidad si no se les daban cientos de miles de millones de dólares, lo que efectivamente se les concedió. Y a eso le llaman “libre empresa”.

Cuando el monetarismo y Friedman estaban en su apogeo a mediados de la década de los noventa, Ted Grant predijo su final:

«Cada acción tiene una reacción igual y opuesta”. Esta ley no solo se aplica a la física, sino también a la sociedad. La tendencia a la privatización llegará a sus límites. Ya está empezando a suceder en Gran Bretaña. En una etapa determinada, la tendencia a la estatización se reafirmará. (Ted Grant, El colapso del estalinismo y la naturaleza de clase del Estado ruso)

En realidad, esto reveló lo que los mercados financieros claramente habían dado por sentado: que algunos bancos eran demasiado grandes para permitir que quebraran, y que el Estado (gobierno y banco central) era el último garante del sistema bancario. Durante décadas, los gobiernos y los comentaristas de los medios de comunicación habían insistido en que no había dinero para hospitales, escuelas, bajas por enfermedad, etc. Pero de repente, había cientos de miles de millones de dólares disponibles para los bancos.

Ben Bernanke, el entonces presidente de la Reserva Federal, declaró en privado que en ese momento se sorprendió de que no hubiera más reacción, pero reconoció que se produjo después de un retraso, empezando por movimientos como el de Occupy Wall Street. Esta falta de respuesta temprana de la clase trabajadora probablemente dio a la clase dominante la confianza para tomar medidas más atrevidas.

A partir de alrededor de 2010, una vez asentado el choque inicial, se hizo un esfuerzo deliberado para hacer pagar por la crisis a los trabajadores a través de la austeridad. Esto afectó sobre todo a los trabajadores del sector público, pero también tuvo un grave impacto en los del sector privado. La precarización y los ataques a las pensiones, a las prestaciones laborales y a los salarios alimentaron lo que los medios llamaron «la reacción populista».

En términos marxistas, lo que estaba ocurriendo era lo siguiente: la crisis de 2008 sacudió gravemente a la sociedad capitalista, empezando por la economía. Con el fin de arreglar la situación económica, las empresas y los gobiernos lanzaron un ataque a las condiciones de los trabajadores y al estado de bienestar. Esto dio lugar a olas de protestas masivas y a una gran inestabilidad electoral, en la que muchos comenzaron a votar a nuevos partidos, y los antiguos fueron descartados o transformados. De este modo, se fue destruyendo el antiguo orden político. En otras palabras, el intento de restablecer el equilibrio económico alteró el equilibrio político y social. Sin embargo, la clase capitalista y sus representantes pagarían por su exceso de confianza.

El FMI elaboró el verano pasado un índice de protestas masivas. Es la primera vez que lo hace, y es un claro intento de comprender el ritmo de los acontecimientos. Utilizando una amplia base de datos de artículos periodísticos en varios idiomas, modelaron el ascenso y la caída de los movimientos de protesta desde la década de 1980. Como era de esperar, la de 2019 demostró ser la mayor ola de protestas a escala global del índice. El único período que se acerca a ese nivel fue la Primavera Árabe, pero de manera menos generalizada.

Inestabilidad creciente

Refiriéndose a la evolución del índice en 2020, el FMI comentó en sus perspectivas de la economía mundial de octubre que las protestas habían disminuido debido a la pandemia, pero que no creían que esto fuera a durar:

Es razonable esperar que, a medida que la crisis se atenúe, el descontento resurja en lugares donde existía anteriormente, no a causa de la crisis de la COVID-19 per se, sino simplemente porque no se han abordado los conflictos sociales y políticos subyacentes. Las amenazas también pueden ser mayores allí donde la crisis expone o agrava problemas, como la falta de confianza en las instituciones, la mala gobernanza, la pobreza o la desigualdad.

Sin embargo, incluso durante la pandemia, en 2020 se produjeron posiblemente las mayores protestas de la historia de Estados Unidos, con decenas de millones de personas participando en las protestas de Black Lives Matter, que por cierto hacen que los partidarios de Trump que asaltaron el Capitolio parezcan bastante patéticos en comparación. Si 2020 fue un mal año para la estabilidad política, como señala el FMI, es probable que los próximos años sean peores.

La confianza en el establishment está en un mínimo histórico. Una encuesta realizada por Edelman PR en 27 países mostró que el 57-59 % piensa que los gobernantes, los dirigentes de las empresas y los periodistas están engañando deliberadamente a la gente. Subyace una profunda preocupación por el futuro: el 84 % está preocupado por la pérdida de empleos (el 53 % tiene miedo); el 54 % trabaja en una empresa en la que se han perdido puestos de trabajo o en la que se han reducido las horas de los trabajadores; el 56 % teme que la pandemia acelere la velocidad a la que los trabajadores son reemplazados por inteligencia artificial o robots.

El año pasado, antes de la pandemia, la misma empresa de relaciones públicas reveló que el 56 % de los encuestados pensaba que «el capitalismo actual hace más daño que bien en el mundo», el 74 % expresó una sensación de injusticia, el 73 % un deseo de cambio y el 48 % que el sistema les “está fallando».

Pero no son solo las protestas, el mismo malestar en la sociedad burguesa se manifiesta en el parlamento. Los rápidos vaivenes de la opinión pública y la creciente polarización están desestabilizando los parlamentos de todo el mundo. En Occidente, el ejemplo más llamativo es el de Estados Unidos, donde aproximadamente dos quintas partes del Congreso votaron para no reconocer el resultado de las elecciones presidenciales y la mayoría intentó destituir al presidente saliente por organizar una insurrección. El único precedente de este acontecimiento que se les ocurre a los historiadores es el período que precedió a la guerra civil estadounidense. Es decir, el período previo a la Segunda Revolución Estadounidense.

En 1915, Lenin describió así una de las premisas de una situación revolucionaria:

La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas”, una crisis en la política de la clase dominante, que abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. (Lenin, 1915, La Bancarrota de la II Internacional)

Asimismo, explicó cómo tuvo lugar esto durante la Primera Guerra Mundial, y parte de esto recuerda claramente a la situación actual:

Nos hallamos ante una crisis política; ningún gobierno esta seguro del mañana, ninguno está a salvo de una bancarrota financiera, de perder territorio, de ser expulsado de su país (como fue expulsado el gobierno de Bélgica). Todos los gobiernos están durmiendo sobre un volcán; ellos mismos apelan a la iniciativa y al heroísmo de las masas. Todo el régimen político de Europa ha sido sacudido, y casi nadie negará que hemos entrado (y que estamos entrando cada vez más —escribo estas líneas el día en que Italia ha declarado la guerra) en un período de inmensas conmociones políticas. (Ibid.)

Obviamente, la crisis en ese momento era particularmente aguda debido a la guerra, pero gran parte de esta cita podría escribirse hoy. De hecho, se ha hablado mucho de cómo la pandemia es similar a una situación de guerra, y eso es cierto, dentro de ciertos límites. Lenin continúa:

La guerra se extiende. Los cimientos políticos de Europa se estremecen cada vez más. Las masas sufren terriblemente, y los esfuerzos de los gobiernos, de la burguesía y de los oportunistas por silenciar este sufrimiento van de fracaso en fracaso. La guerra proporciona beneficios inauditos, escandalosos, a ciertos grupos de capitalistas. La agudización de las contradicciones es enorme. La indignación latente de las masas, la aspiración confusa de las capas oprimidas y atrasadas a una buena paz (democrática), el descontento que comienza a aparecer entre “las clases bajas”: todos estos son hechos indiscutibles. Y cuanto más dura y más se agrava la guerra, más fomentan (y más tienen que fomentar) los gobiernos la actividad de las masas, exhortándolas al espíritu de sacrificio y a poner en tensión extraordinaria sus fuerzas. (Ibid.)

Gran parte de esto podría decirse de la situación actual, pero en los países capitalistas avanzados no se da la misma agudización del sufrimiento. Realmente solo hay una razón para ello, y es que la clase dominante entendió desde el principio que esto sería una receta para una lucha de clases aún más intensa que la que ya ha tenido lugar. Era simplemente imposible desde el punto de vista político, por no decir que no era rentable, permitir que el desempleo masivo se desarrollara sin ningún tipo de red de seguridad.

¡Gasta, gasta, gasta!

A partir de ahí, se produce un cambio dramático de actitud en todo el espectro político. De repente, “gobierno” ya no era una mala palabra. De hecho, se le pedía que hiciera desaparecer todo tipo de normas que habían guiado sus actividades desde la década de 1980.

Nos encontramos con la notable situación en la que Trump y los republicanos crearon el mayor programa de bienestar en los Estados Unidos en décadas. El subsidio de desempleo en los Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo verdaderamente miserable, pero el complemento federal adicional de 600 $ a la semana en las prestaciones significaba que muchos trabajadores estaban mejor sin trabajo que con él, para gran consternación de sus patrones, que prefieren obligar a sus trabajadores a aceptar salarios miserables por desesperación. Los cheques de 1.200 $ que se enviaron a todos fueron calculados de manera similar para tapar las enormes ayudas a las corporaciones.

En ese momento, el rescate recibió el apoyo de sectores inesperados, como el senador Pat Toomey, quien se opuso al estímulo de 2009, y quien ahora quiere un impuesto fijo y abolir el ISR (recaudador de impuestos federales estadounidense). «Esto debería considerarse un suceso muy extraño de cisne negro, no algo que se revisaría en circunstancias ordinarias», argumentó.

La cuestión que preocupaba a Davos este año no era tanto cómo lidiar con la situación inmediata, sino cómo continuar en la misma línea después de la pandemia. «Reconstruir mejor», como dijo la campaña presidencial de Joe Biden.

Steve Bannon, a su manera un astuto observador político, señaló en la primavera del año pasado que el coronavirus había cambiado las cosas:

“La era de Robert Taft, ¿conservadurismo de gobierno limitado?”, dijo Steve Bannon, gurú político del presidente Trump, refiriéndose al senador de Ohio que luchó contra la expansión de los programas gubernamentales y los préstamos federales. “No es relevante. Simplemente no es relevante”. (El coronavirus significa que la era del gran gobierno está… de regreso)
El mismo tipo de actitud se reflejó en Davos. Tenemos, por ejemplo, a Darren Walker, presidente de la Fundación Ford, alcanzó renombre promoviendo precisamente la ideología de Milton Friedman. Dijo que los participantes del Foro Económico Mundial son los mayores capitalistas del mundo, es decir, partidarios del capitalismo. Dijo que era un capitalista porque cree en el capitalismo, pero añadió que «si se quiere mantener el capitalismo, debemos poner un clavo en la ideología propagada por Milton Friedman».

Martin Wolf, comentarista jefe de economía del Financial Times, escribió algo muy parecido en relación con Biden:

Pero el cambio necesario todavía puede ocurrir, siempre y cuando la Administración de Biden demuestre con bastante rapidez que un gobierno competente, formado por personas que creen en él, puede dar resultados. Debe demostrar que la famosa afirmación de Ronald Reagan de que “las nueve palabras más aterradoras del idioma inglés son ‘Soy del gobierno, y estoy aquí para ayudar’ está equivocada. La confianza en un gobierno democrático sólido y decente no es el enemigo de la libertad, sino una de sus garantías más importantes.
No es difícil ver de dónde viene esta nueva atención a la difícil situación de los pobres. Durante el Foro de Davos, James Quincey, director ejecutivo de Coca Cola, señaló que los líderes empresariales deben ayudar a dar forma a una economía que «funcione para todos». El Presidente de PayPal, Dan Schulman, preguntó:

¿Cómo podemos esperar que alguien abrace la democracia cuando no cree que el sistema esté funcionando para él? […] Nosotros, las empresas, tenemos la obligación de dar un paso al frente, de trabajar con el sector público, de trabajar con todas las comunidades a las que servimos.

Lo que quiere decir es: ¿Cómo pueden los burgueses esperar que las masas eviten la revolución cuando el sistema económico actual solo les proporciona miseria?

El actual presidente ruso, Vladimir Putin, advirtió en su discurso ante el foro de los paralelismos entre la era actual y los principios de la década de 1930, específicamente en cuanto a la desigualdad, que, según dijo, ha alimentado tanto el radicalismo de derecha como el de izquierda, y el aumento de los movimientos extremistas. El propio Putin es muy consciente de las dificultades a las que se enfrentan los gobiernos, después de su dramática caída de popularidad, una creciente necesidad de recurrir al fraude y las medidas policiales para mantenerse en el poder.

Desde hace tiempo, personas como Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, han defendido los impuestos a los ricos. En 2017 expresó su escepticismo respecto a los recortes del impuesto de sociedades de Trump. En 2018 manifestó opiniones similares en un número del Time que fue editado como invitado por Bill Gates:

El sistema de mercado, sin embargo, también ha dejado a muchas personas sin esperanza, particularmente a medida que se ha vuelto cada vez más especializado. Estos efectos secundarios devastadores pueden mejorarse: una familia rica cuida de todos sus hijos, no solo de aquellos con talentos valorados por el mercado.

Martin Wolf recientemente se hizo eco de un sentimiento muy similar:

Los gobiernos tienen que gastar. Pero, con el tiempo, deben cambiar su enfoque del rescate al crecimiento sostenible. Si, en última instancia, los impuestos tienen que subir, deben recaer sobre los ganadores. Esta es una necesidad política. E incluso es correcto. (Se cierne la amenaza de un largo Covid económico)

Es precisamente el creciente descontento de la sociedad lo que está alimentando este replanteamiento entre los líderes mundiales. Como dice Martin Wolf, es «una necesidad política». El dramático declive de la fe en la “democracia”, es decir, el capitalismo, preocupa profundamente a los burgueses y a sus representantes en los medios de comunicación y la política. Por lo tanto, de lo que se trata el Gran Reinicio es, ante todo, de restaurar la fe en el capitalismo.

Ilusiones

“Lo que necesitamos”, dijo el secretario general de la ONU, “es un nuevo contrato social”:

[P]ara que las personas puedan vivir con dignidad. Un nuevo contrato social entre los gobiernos, los pueblos, la sociedad civil, las empresas y otros, que integre el empleo, el desarrollo sostenible y la protección social, y que se base en la igualdad de derechos y oportunidades para todos.

El problema para ellos es que todo esto es una ilusión. Ciertamente, de momento se están haciendo algunas concesiones. Biden está insistiendo mucho en duplicar el salario mínimo federal en Estados Unidos a 15 $ por hora, pero solo para 2026, y podría encontrarse con la conveniente excusa de que el Congreso bloqueará la propuesta. Del mismo modo, el Partido Conservador en el Reino Unido ha recogido una serie de políticas de los laboristas de Corbyn, por ejemplo, en materia de estímulos económicos.

Sin embargo, al mismo tiempo que están haciendo esto, se están preparando despidos masivos en la hostelería, el transporte y la manufactura, y las principales empresas están lanzando grandes ataques a las condiciones de los trabajadores. En lugar de invertir en maquinaria para hacerse competitivas, estas empresas compiten por el empeoramiento de las condiciones, tratando de poner a los trabajadores en contra de los trabajadores. Los trabajadores se preguntarán qué tipo de «nuevo contrato social» es este cuando se vean obligados a aceptar recortes salariales del 20 % o más.

El Gran Reinicio también implica una discusión de varios tipos de estrategias de inversión verde, y esto se ha convertido en una gran tendencia. El primer ministro del Reino Unido, Johnson, ha anunciado una «revolución industrial verde» (un nombre tomado del manifiesto laborista de 2019) de 12.000 millones de libras esterlinas. Según los informes, el gobierno de Biden está buscando invertir dos billones de dólares en energía renovable. La inversión verde es también una parte clave del fondo de recuperación de 1.800 millones de euros de la Unión Europea.

Todos adoptan un lenguaje similar, «reconstrucción», «transición, etc., pero por supuesto esta es una transición que terminará exactamente donde empezamos, en medio de una crisis capitalista. Ni siquiera dos billones resolverán la crisis, ni la de la economía ni la del medio ambiente.

Los políticos reformistas se están volviendo locos tratando de apoyar estos esquemas. La actitud de Sanders y otros demócratas de izquierda hacia Biden es instructiva, ya que sienten que han «ganado la discusión». Sin embargo, están bastante equivocados. La realidad es que la clase dominante puede sentir la presión desde abajo. Pueden sentir los temblores previos a la erupción de un volcán. La verdad es que la clase dominante está desesperada por estabilizar la situación política, y la única manera de hacerlo es haciendo algunas concesiones.

Irónicamente, los conservadores británicos solían acusar a los laboristas de creer en «el árbol mágico del dinero». Ahora todos creen en ello. En la práctica, los bancos centrales y los gobiernos de las potencias imperialistas se han convertido en seguidores de la Teoría Monetaria Moderna (TMM). Es decir, están financiando el gasto público a través de la creación (impresión) de dinero nuevo, y no tienen ninguna intención de hacer cuadrar las cuentas. Esto es muy similar a lo que piensan los defensores de la TMM, quienes consideran innecesario equilibrar el presupuesto, ya que según ellos el Estado simplemente puede crear más dinero.

Bloomberg le preguntó al presidente de uno de los bancos de la Reserva Federal de Estados Unidos: «¿Se han convertido todos en seguidores de la Teoría Monetaria Moderna?». Dijo que no, los banqueros centrales piensan que esto solo debe hacerse en tiempos de crisis, o, como dijo el republicano Pat Toomey, solo en el caso de un «suceso de cisne negro».
Sin embargo, la cuestión es que han estado imprimiendo dinero a través de la expansión cuantitativa durante 12 años. La excepción se ha convertido en la norma. La pregunta es cuánto tiempo pueden seguir así. Janet Yellen, la nueva secretaria del tesoro de Estados Unidos, solía ser una defensora de la necesidad de hacer cuadrar las cuentas cuando trabajaba para la Administración de Clinton. En ese momento, la deuda estatal era el equivalente a alrededor del 50 % del PIB. Ahora dice que una deuda equivalente al 100 % del PIB —el nivel actual— es sostenible, aunque no cree que el 200 % lo sea. La verdad es que realmente no lo sabe. Está más que claro que esto no puede durar para siempre. Con un déficit presupuestario equivalente al 15 % del PIB, el nivel del 200 % se alcanzaría en menos de diez años sin recortes serios.

Insostenible

La realidad es que nadie conoce el límite. No hay un límite absoluto. Los límites serían diferentes en cada país, ya que cada uno depende de su fuerza relativa a escala mundial y, fundamentalmente, del capital financiero. Eso significa que Estados Unidos y Europa pueden aguantar más tiempo que Pakistán o Brasil, que China puede aguantar más tiempo que Tailandia, etc. La verdad es que relativamente pocos países pueden salirse con la suya durante mucho tiempo. Para la mayoría de los gobiernos del mundo, esta no es una opción.
La situación solo puede sostenerse mientras la inflación y los tipos de interés sigan siendo históricamente bajos. Si la inflación se disparara, los bancos centrales se verían obligados a aumentar el coste de los préstamos, lo que haría muy rápidamente insostenibles estas enormes deudas. Como señala un estudio reciente del FMI:

La historia nos enseña que muchas crisis se han producido tras años de bajos diferenciales, y que las expectativas del mercado pueden cambiar rápida y abruptamente, dejando a los países fuera de los mercados financieros en cuestión de unos meses.

Es decir, todo parecerá estar bien y ser sostenible, hasta que no lo sea. Hay que recordar que la crisis de la deuda griega no se produjo en 2008, sino un par de años después. Mientras los bancos centrales compren deuda pública, el riesgo es menor, pero eso solo transfiere los problemas del gobierno al Banco Central. Los gobiernos, los banqueros centrales y los comentaristas esperan poder manejar la situación y retirarse antes de que ocurra el desastre, pero la historia del capitalismo demuestra que se trata de una mera ilusión.

Algunos comentaristas ya están dando la voz de alarma, entre ellos Larry Summers, exsecretario del tesoro de Obama, quien ha estado advirtiendo del estancamiento secular durante años. Ahora le preocupa que los últimos estímulos creen «presiones inflacionarias como las que no hemos visto en una generación». Oliver Blanchard, execonomista jefe del FMI, se hace eco de sus preocupaciones y advierte que el programa de Biden de 1,9 billones de dólares «podría sobrecalentar la economía hasta el punto de ser contraproducente». En una economía no planificada como la del capitalismo, es imposible saber de antemano cuánto es demasiado.

Hay otro aspecto que hay que tener en cuenta. Cuantas más concesiones se hagan, sobre todo después de una lucha, más verá la clase trabajadora el beneficio de luchar por sus reivindicaciones. Es interesante ver que en el índice de confianza antes mencionado, el 50 % de los empleados dicen que son más propensos ahora que hace un año a expresar sus objeciones a la gestión o participar en protestas en el centro de trabajo. Esto a pesar del temor a la pérdida de empleos que reveló la misma encuesta.

La clase dominante se enfrenta ahora a una elección muy difícil. Si pasa a la ofensiva e intenta hacer que los trabajadores paguen por la crisis, la ya difícil situación política puede deteriorarse muy rápidamente. Por otro lado, si hace concesiones, correrá el riesgo de alentar a los trabajadores a exigir más, e incluso los programas temporales pueden llegar a ser muy difíciles de retirar. «Nada es tan permanente como un programa de gobierno temporal», dijo Milton Friedman. Basta con echar un vistazo a las discusiones sobre las prestaciones de desempleo estadounidenses para ver a qué se refería.

Además, ningún gobierno tiene realmente el dinero para estos programas. Cada gobierno tiene que pedir prestado, y solo puede hacerlo mientras el Banco Central esté imprimiendo dinero para financiarlo. Esto es una bomba a punto de explotar. El Gran Reinicio es un intento de restaurar el equilibrio político a expensas del equilibrio económico.

En definitiva, el gasto público no puede resolver la crisis, sino simplemente posponerla. La economía capitalista se basa en la rentabilidad. Si las grandes corporaciones no pueden vender los productos que sus fábricas son capaces de producir, no construirán nuevas fábricas; si las cadenas hoteleras tienen muchas habitaciones vacías, no construirán más hoteles, y así sucesivamente. Las inversiones masivas en energía no resolverán esta sobrecapacidad.

Las enormes deudas que se han acumulado son un lastre enorme para la economía mundial, y producir cada vez más deuda solo pospondrá el ajuste de cuentas, como ya lo han hecho durante décadas. La situación actual es un claro ejemplo de los fracasos del sistema capitalista y de su “libre mercado”.

Por un tiempo, el Gran Reinicio y otras ideas similares ocuparán las mentes de la clase dirigente. Necesitan ganar tiempo para tratar de estabilizar la situación política. Sin embargo, sus medidas serán insuficientes para frenar el nivel de ira y resentimiento que han provocado, y al hacer concesiones mostrarán la masa de trabajadores que vale la pena luchar. Cuando esta política alcance sus límites, se verán obligados a volver a la austeridad y a los recortes, demostrando así una vez más que no hay salida para los trabajadores bajo el capitalismo.

Irónicamente, el intento de utilizar el Estado para mantener la economía en marcha evidencia precisamente el fracaso del capitalismo. Lejos de que el capitalismo moderno esté acorralado por el Estado, como imaginan los monetaristas, es más dependiente del Estado que nunca. Como señaló Ted Grant, la estatización demuestra que las fuerzas productivas han superado el sistema capitalista, y que solo eliminando el afán de lucro puede progresar la humanidad.

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