El “Tercer período” de los errores de la Internacional Comunista

No existe la crisis final del capitalismo. El ciclo boom-recesión ha sido una característica constante del capitalismo durante casi doscientos años. El sistema capitalista finalmente siempre consigue salir de incluso la crisis más profunda del sistema y será así hasta que sea derrocado por la clase obrera. Trotsky explicó en muchas ocasiones que la relación entre el ciclo económico y la conciencia no es una relación automática. Está condicionado por muchos factores, que deben ser analizados en concreto. Hay dos maravillosos artículos de Trotsky que tratan esta cuestión: ‘Flujos y reflujos’ (que puede ser encontrado en la web del BPJ), que se encuentra en ‘Los cinco primeros años de la Internacional Comunista’. El otro artículo de importancia fundamental es el que presentamos a continuación y que fue escrito en 1932, es decir, durante la crisis profunda que siguió al crack de 1932. Se llama ‘El tercer período de los errores de la Comintern’ (8 de enero de 1930). Estos dos artículos merecen ser discutidos minuciosamente.


1. ¿ Qué es la radicalización de las masas?
Para la Internacional Comunista, la radicalización de las masas pasó a ser una profesión de fe carente de contenido, no la caracterización de un proceso. Los co¬munistas auténticos -nos enseña l’Humanité- deben reconocer el papel dirigente que debe jugar el partido y la radicalización de las masas. No tiene sentido plantear el problema de esa manera. El papel dirigente que debe jugar el partido es un principio inconmovible para todos los comunistas. Quien no lo acepta es un anarquista o un confusionista, jamás un comunista, es decir un revolucionario proletario. Pero en sí la radicalización no es un principio sino una caracterización del estado de ánimo de las masas. ¿Corresponde o no esa caracterización al período dado? Hay que buscar la respuesta en los hechos. Para evaluar correctamente el estado de ánimo de las masas es menester utilizar los criterios adecuados. ¿Qué es la radicalización? ¿Cómo se manifiesta? ¿Cuáles son sus características? ¿Cuál es el ritmo del proceso, en qué dirección apunta? La pésima dirección del Partido Comunista Francés ni siquiera se plantea estos interrogantes. A lo sumo, hará una referencia al incremento de las huelgas en un artículo editorial o en algún discurso. Pero, aun en ese caso, sólo se citan las cifras, sin un análisis serio, ni siquiera una comparación con las cifras de años anteriores.
Esa actitud frente al problema surge no sólo de las malhadadas resoluciones del Décimo Plenario del CEIC sino también del propio programa de la Internacional Comunista. La radicalización de las masas aparece des¬crita como un proceso continuo: las masas son hoy más revolucionarias que ayer, mañana serán más revolucio¬narias que hoy. Semejante mecanicismo no corresponde al verdadero proceso de desenvolvimiento del proletariado ni de la sociedad capitalista en su conjunto. Pe¬ro sí corresponde perfectamente a la mentalidad de los Cachins, los Monmousseaus y demás oportunistas temerosos.
Los partidos socialdemócratas, sobre todo en la preguerra, vislumbraban un futuro con un continuo incremento de votos socialdemócratas, que aumentarían sistemáticamente hasta el umbral de la toma del poder. Para un pensador vulgar o un seudorrevolucionario, esta perspectiva mantiene toda su vigencia; sólo que en vez de hablar de un continuo incremento de los votos, habla de la continua radicalización de las masas. Esta concepción mecanicista se apoya también en el programa Stalin-Bujarin de la Internacional Comunista. Demás está decir que, desde la perspectiva de nuestra época de conjunto, el proletariado sigue un proceso que avanza hacia la revolución. Pero no se trata de una progresión ininterrumpida, como no lo es el proceso objetivo de agudización de las contradicciones capitalistas. Los reformistas sólo ven el ascenso del capitalismo. Los "revolucionarios” formales sólo ven sus bajas. Pero el marxista contempla el proceso en su conjunto, con todas sus alzas y bajas coyunturales, sin perder jamás de vista su dinámica principal: las catástrofes bélicas, las explosiones revolucionarias.
El estado de ánimo político del proletariado no cambia automáticamente en una misma dirección. La lucha de clases muestra alzas seguidas de bajas, marejadas y reflujos, según las complejas combinaciones de las circunstancias ideológicas y materiales, tanto nacionales como internacionales. Un alza de las masas que no es aprovechada o es mal aprovechada se revierte y culmina en un período de reflujo, del que las masas se recuperan tarde o temprano bajo la influencia de nuevos estímulos objetivos. La nuestra es una época que se caracteriza por fluctuaciones periódicas extremadamente bruscas, por situaciones que cambian de manera muy abrupta, todo lo cual configura, para la dirección, responsabilidades muy arduas en lo que hace a la elaboración de una orientación correcta.
La actividad de las masas propiamente dicha se manifiesta de distintas maneras, según las circunstancias. En algunas épocas se puede observar a las masas empeñadas por entero en la lucha económica, demostrando muy poco interés por las cuestiones políticas. O bien, luego de una serie de derrotas en la lucha económica, las masas pueden dirigir abruptamente su atención a la política. En ese caso -tal como lo determinen la situación concreta y la experiencia anterior de las masas-, su actividad política puede manifestarse en la lucha exclusivamente parlamentaria o en la extra-parlamentaria.
No planteamos sino unas pocas variantes, que sirven para caracterizar las contradicciones del desarrollo revolucionario de la clase obrera. Quienes saben interpretar los hechos y comprenden su significado no vacilarán en reconocer que éstas variantes no son una elucubración teórica sino un reflejo de la experiencia internacional vivida durante la década pasada.
De cualquier modo, es evidente que toda discusión sobre la radicalización de las masas exige una definición concreta. Por supuesto, la Oposición marxista de¬be formularse la misma exigencia. Negar de plano la radicalización es tan inútil como afirmarla. Debemos caracterizar la situación y su dinámica.

Las estadísticas de las huelgas en Francia
Los dirigentes oficiales hablan de la radicalización de la clase obrera francesa teniendo en cuenta casi exclusivamente el movimiento huelguístico. El alza de éste es un hecho incontrovertible, comprobado sistemáticamente. Lo tomaremos como punto de partida.
Las estadísticas oficiales francesas sobre las huelgas siempre son confusas en cuanto a las fechas. El último informe sobre huelgas del ministerio de trabajo finaliza en 1925. No tengo a mano los datos de 1926. Para los tres años siguientes cuento con los datos suministrados por la prensa comunista. Las cifras de ambas fuentes no se pueden cotejar. Es dudoso que el ministerio de trabajo registre todas las huelgas. Por otra parte, es obvio que los “revolucionarios" superficiales de l’Humanité tienden a exagerar las cifras. Pero, a pesar de todos esos inconvenientes, las pautas generales del movimiento surgen con bastante claridad.
El movimiento huelguístico francés alcanzó su punto culminante en los dos años que siguieron a la guerra. En 1919 hubo 2.100 huelgas, en las que participaron 1.200.000 trabajadores. En 1920, hubo 1.900 huelgas, y participaron casi 1.500.000 trabajadores. Este fue el año en que hubo mayor número de huelguistas. A partir de 1921 comienza un reflujo sistemático, con una breve interrupción que luego analizaremos, que alcanza su punto más bajo en 1926-1927. Estas son las cifras, en números redondos: en 1921 salieron a la huelga 450.000 hombres, es decir, la tercera parte que el año anterior. En 1922, 300.000 huelguistas. Sólo en 1923 la curva descendente se detiene, e inclusive registra un leve ascenso: 365.000 huelguistas. Esta alza coyuntural se debió, indudablemente, a los acontecimientos relacionados con la ocupación del Ruhr y la movilización revolucionaria de Alemania. En 1924, el número de huelguistas se reduce a 275.000. No poseemos datos de 1926. De 1927 sólo sabemos la cifra total de huelgas: hubo 230, mientras que en el período 1919-1925 esa cifra osciló entre 570 y 2.100. Aunque este número constituye un índice más bien elemental, demuestra no obstante que la curva huelguística siguió una trayectoria descendente desde 1921 hasta 1927. En el último trimestre de 1927 se produjeron 93 huelgas, con 70.000 huelguistas. Suponiendo que el promedio de personas que participaron en cada huelga se mantuvo parejo durante todo el año (lo que es una suposición claramente arbitraria), tendremos aproximadamente 170.000 huelguistas para 1927, cifra que resulta exagerada, no disminuida.
En 1928 la prensa comunista registra alrededor de 800 huelgas, de las cuales unas 600 se produjeron en el segundo semestre del año, con 363.000 huelguistas. Por consiguiente, para todo el año 1928 podemos dar una cifra hipotética de 400.000 a 450.000 huelguistas. Para 1929 el informe es de 1.200 huelgas, con una cantidad de huelguistas que se aproxima a la de 1928 (es decir, entre 400.000 y 450.000); o sea, no hay incremento respecto del año anterior. La cifra de huelguistas para 1928, como para 1929, es aproximadamente el doble que la de 1925, prácticamente igual a la de 1921 y tres o tres veces y medio menor que la de 1920.
Como ya lo dije, estas cifras no son totalmente exactas, pero sirven para definir la dinámica del proceso. Después del punto máximo de 1919-1920, se sucede una progresión decreciente hasta 1928, con una muy breve interrupción en 1923.1928-1929 muestra un alza indiscutible e importante del movimiento huelguístico, que se relaciona lógicamente -como demostraremos más abajo- con el reanimamiento de la industria influido por la estabilización de la moneda.
Podemos afirmar con certeza que el período 1919-1927 conforma un ciclo independiente en la vida del proletariado francés, que abarca un alza abrupta del movimiento huelguístico inmediatamente después de la guerra y luego sus derrotas y reflujo tras la catástrofe alemana de 1923. Este ciclo, en sus aspectos más generales, es característico no sólo de Francia sino también del conjunto de Europa y, en buena medida, del mundo entero. El único elemento privativo de Francia es que la fluctuación entre el pico más alto y el más bajo de todo el ciclo es relativamente pequeña. La Francia victoriosa no conoció una auténtica crisis revolucionaria. El ritmo del movimiento huelguístico francés fue un pálido reflejo de los gigantescos acontecimientos que se sucedieron en Rusia, Alemania, Inglaterra y otros países.
Hay otras estadísticas que corroboran esta tendencia del movimiento huelguístico francés. A principios de 1922, la cantidad de huelguistas y de días de huelga sufrió una caída abrupta. En 1921 hubo un promedio de 800 huelguistas por huelga y un total de 14.000 días caídos. Para 1925 el promedio era de 300 huelguistas por huelga, con un total de poco más de 2.000 días. Podemos suponer que en 1926-1927 estos promedios no aumentaron. El promedio de 1929 fue de 400 obreros por huelga.
Veamos otro índice, que nos servirá más adelante. En los años de posguerra, la cifra más alta de huelguis¬tas corresponde a los mineros, en los dos últimos años ocupan el primer puesto los obreros textiles y, en general, los de la llamada industria liviana.

¿Qué demuestran las estadísticas?
¿Estas estadísticas confirman o refutan la tesis de que existe una radicalización de las masas? Nuestra primera respuesta es que sacan la discusión de ese te¬rreno de abstracciones en el que Monmousseau dice que sí y Chambelland que no, sin definir qué es la radicalización. Las estadísticas de los conflictos huelguísticos constituyen una prueba irrebatible de que se han producido ciertos cambios en la clase obrera. Al mismo tiempo, sirven para cuantificar y caracterizar esos cambios. Bosquejan la dinámica general del proceso y, hasta cierto punto, permiten prever el futuro o, dicho con más precisión, las posibles variantes que se producirán en el futuro.
 En primer lugar, afirmamos que las estadísticas de 1928-1929, cotejadas con las del período anterior, caracterizan el comienzo de un nuevo ciclo en la vida de la clase obrera francesa. En base a ella podemos suponer con fundamento que se produjeron y se están produciendo profundos procesos moleculares en el seno de las masas, en virtud de las cuales comienza a decrecer -si bien en el frente económico- el ritmo de la curva descendente.
Sin embargo, las estadísticas demuestran que el ascenso del movimiento huelguístico es todavía muy modesto, no nos señalan un alza tempestuosa, que nos permita concluir que se trata de un período revolucionario o siquiera prerrevolucionario. Notamos, en particular, que no existen diferencias notables entre 1928 y 1929. La mayor parte de las huelgas siguen afectando a la industria ligera.
De aquí Chambelland saca la conclusión de que no hay radicalización. Sería distinto, afirma, si las huelgas se extendieran a las grandes empresas de la industria pesada y de maquinarias. En otras palabras, imagina que la radicalización cae del cielo. De hecho las cifras demuestran no sólo que comenzó un nuevo ciclo de lucha proletaria sino que ese ciclo esta en su primera fase. Después de una etapa de derrota y reflujo, y no habiéndose producido grandes acontecimientos, el reanimamiento sólo podía sobrevenir en la periferia industrial, es decir, en las industrias ligeras, en las ramas secundarias, en las fábricas más pequeñas de la industria pesada. La extensión del movimiento huelguístico a la industria metalúrgica, de maquinarias y de transportes significaría la transición a un nivel de desarrollo más elevado y señalaría no sólo el comienzo de un movi¬miento sino también un vuelco decisivo en el estado de ánimo de la clase obrera. Todavía no ha ocurrido. Pero sería absurdo cerrar los ojos ante la primera fase del proceso, porque aún no se produjo la segunda, la tercera o la cuarta. El embarazo, ya en el segundo mes es un embarazo. Y si el intento de forzar su ritmo puede conducir a un aborto, lo propio puede ocurrir si lo ignoramos. Por supuesto, debemos agregar a esta analogía que las fechas no son tan exactas en el terreno social como en el de la fisiología.

Hechos y palabras
Al estudiar la radicalización de las masas, jamás se debe olvidar que el proletariado no accede a la “unanimidad” sino en la culminación de los períodos revolucionarios. En la vida “cotidiana” bajo el régimen capitalista, el proletariado dista de alcanzar la homogeneidad. Además, la heterogeneidad de los estratos que lo componen se manifiesta de manera más clara precisamente en las coyunturas del camino. Las capas más explotadas, menos especializadas o políticamente más atrasadas del proletariado suelen ser las primeras en salir a la lucha y, en caso de derrota, las primeras en abandonarla. Es precisamente en la nueva etapa que los obreros que no sufrieron la derrota en la anterior, son los primeros en movilizarse, aunque sólo sea porque todavía no han participado en la lucha. De un modo u otro estos fenómenos también deberán manifestarse en Francia.
El mismo hecho se refleja en las vacilaciones de los obreros organizados, que señala la prensa comunista oficial. Es cierto, las inhibiciones de los obreros organizados están excesivamente desarrolladas. Al considerarse un sector insignificante del proletariado, los obreros organizados suelen desempeñar un papel conservador. Desde luego que este argumento no va dirigido contra la organización sino contra sus debilidades y contra los dirigentes sindicales tipo Monmousseau, que no comprenden la esencia de la organización sindical y son incapaces de evaluar la importancia que ésta reviste para la clase obrera. De todas maneras, el papel de vanguardia que están desempeñando en la actualidad los sectores no organizados, demuestra que no se trata de una lucha revolucionaria, sino de una lucha económica unitaria, que se encuentra, además, en su primer estadio.
El mismo hecho queda demostrado en el importante papel que desempeñan en la huelga los trabajadores extranjeros, quienes, dicho sea de paso, jugarán en Francia un papel análogo al de los negros en Estados Unidos. Pero eso es cosa del futuro. En la actualidad, el papel que juegan los obreros extranjeros, muchos de los cuales no conocen el idioma, demuestra una vez más que la lucha no es política sino económica y que su impulso inicial partió de la coyuntura económica.
Aun con relación al frente puramente económico, no se le puede otorgar a la lucha  el carácter ofensivo que le atribuyen Monmousseau y Cía. Ellos basan  su definición en el hecho de que un alto porcentaje de huelgas se libran por aumento de salarios. Estos buenos dirigentes olvidan que los obreros se ven obligados a levantar tales reivindicaciones debido, por un lado, al alza del costo de la vida y, por el otro, a la intensificación de la explotación física, fruto de los nuevos métodos industriales (racionalización). El obrero tiene que exigir el aumento del salario nominal para defender su nivel de vida. Estas huelgas sólo pueden ser "ofensivas" para la contabilidad capitalista. Desde el punto de vista de la táctica sindical su carácter es estrictamente defensivo. Es precisamente este aspecto del problema que todo sindicalista serio debió comprender claramente o subrayar de todas las maneras posibles. Pero Monmousseau y Cía. se creen con el derecho de ser sindicalistas indiferentes porque ostentan el título, vean ustedes, de "dirigentes revolucionarios". Aunque griten hasta quedar roncos que estas huelgas defensivas revisten un carácter político y revolucionario ofen¬sivo, no cambiarán el carácter de las mismas ni agregarán un ápice a su importancia. Por el contrario, ayudan a los patrones y al gobierno a armarse contra los trabajadores.
La cosa no mejora cuando nuestros "dirigentes" afirman que las huelgas se vuelven "políticas" en virtud de… la intervención de la policía. ¡Argumento asombroso! Cuando la policía apalea a los huelguistas, hablan del… progreso revolucionario de los obreros. La historia francesa es testigo de no pocas masacres de obreros en huelgas exclusivamente económicas. En Estados Unidos el aplastamiento sangriento de los huelguistas es la norma. ¿Significa esto que los obreros estadounidenses están embarcados en una lucha revolucionaria a ultranza? El fusilamiento de los huelguistas es, por supuesto, un hecho de trascendencia política. Pero sólo un charlatán podría identificarlo con el avance político revolucionario de las masas trabajadoras, y con ello no favorecería sino a los patrones y a su policía.
Cuando el Consejo General del Congreso Sindical británico calificó a la huelga general revolucionaria de 1926 de manifestación pacífica, sabía lo que hacía. Fue una traición planificada intencionalmente. Pero cuando Monmousseau y Cía. califican a una serie de huelgas económicas aisladas de un ataque revolucionario contra el estado burgués, a nadie se le ocurre acusarlos de traidores conscientes. Es dudoso que esta gente sea capaz de actuar conscientemente. Pero muy flaco es el favor que les hacen a los trabajadores.
En el próximo capítulo veremos cómo estos grandes héroes revolucionarios prestan otros servicios a la patronal al ignorar el reanimamiento comercial e industrial, al subestimar su importancia, es decir, al subestimar las ganancias de los capitalistas y minar, por consiguiente, los fundamentos de las luchas obreras económicas.
Todo lo cual se hace, desde luego, para mayor gloria del "tercer período".

2. Las crisis coyunturales y la crisis del capitalismo
En el Quinto Congreso de la Confederación General del Trabajo Unitaria (CGTU), A. Vassart atacó a Chambelland en un largo discurso que posteriormente fue publicado en un folleto con prólogo de Jean Bricot. En este discurso, Vassart trató de defender la perspectiva revolucionaria contra la perspectiva reformista. Nos solidarizarnos plenamente con la intención. Pero, desgraciadamente, los argumentos que emplea en defensa de la perspectiva revolucionaria sólo sirven para fortalecer la posición de los reformistas. Su discurso contiene multitud de errores teóricos y de hecho. Alguien podría objetar, ¿para qué atacar este discurso particularmente erróneo? Vassart todavía puede aprender mucho. Sería feliz de poder creerlo. Pero resulta difícil porque el discurso apareció en un folleto propagandístico. El prólogo pertenece a Jean Bricot, quien es, por lo menos, primo del propio Monmousseau, y ello le otorga al folleto un carácter programático. El hecho de que ni el autor ni el editor se percataran de los errores flagrantes que contiene el discurso revela el lamentable nivel teórico de los actuales dirigentes del comunismo francés. Jean Bricot ataca incansablemente a la Oposición marxista. Como demostraremos luego, le convendría más sentarse a estudiar el abecé. La conducción del movimiento obrero es incompatible con la ignorancia, le dijo Marx a Weitling.
En el congreso, Chambelland expresó el superficial pensamiento -basado exclusivamente en sus posiciones reformistas- de que la estabilización capitalista durará aproximadamente treinta o cuarenta años más, es decir, que ni siquiera la nueva generación proletaria que surge ahora podrá hacer la revolución. Chambelland no presentó argumentos serios para fundamentar ese lapso fantasioso. La experiencia histórica de las dos décadas pasadas y el análisis teórico de la situación actual refutan por completo la perspectiva de Chambelland.
¿Cómo lo refuta Vassart? En primer término, demuestra que incluso antes de la guerra el sistema capitalista no pudo existir sin convulsiones. "Entre 1850 y 1910 se produjo una crisis económica cada catorce años aproximadamente (?), engendrada por el sistema capitalista" (página 14). Más adelante: "Si antes de la guerra hubo una crisis cada catorce años, este hecho se contradice con la aseveración de Chambelland, quien no prevé una crisis seria para los próximos cuarenta años" (página 15).
No es difícil comprender que, con este tipo de argumentos, con el que confunde las crisis coyunturales con la crisis revolucionaria del capitalismo en su conjunto, Vassart no hace más que reforzar las posiciones erróneas de Chambelland.
En primer lugar, ese ciclo coyuntural de catorce años nos resulta sorprendente. ¿De dónde saca Vassart esa cifra? Es la primera vez que la vemos. ¿Y cómo es que Jean Bricot, quien nos enseña con tanta autoridad (casi equivalente a la del mismísimo Monmousseau), no se percató de tamaño error, tratándose para colmo de un problema que reviste una importancia tan inmediata y vital para el movimiento obrero? Antes de la guerra, cualquier sindicalista sabía que se producía una crisis o, al menos, una depresión cada siete u ocho años. Si observamos el lapso de un siglo y medio, vemos que jamás transcurrieron más de once años entre una crisis y la siguiente. El ciclo era de una duración promedio de aproximadamente ocho años y medio y, además, en el período prebélico se demostró que el ciclo coyuntural tendía a acelerarse, no a frenarse, en virtud de la renovación de la maquinaria técnica. En los años de posguerra las fluctuaciones coyunturales eran de carácter turbulento, lo que se refleja en el hecho de que las crisis se sucedían con frecuencia mayor que antes de la guerra. ¿Cómo es que los principales sindicalistas franceses desconocen hechos tan elementales? ¿Cómo se puede dirigir un movimiento huelguístico sin tener un panorama realista de los cambios económicos coyunturales? Todo comunista serio puede y debe insistir en que los dirigentes de la CGTU, y principalmente Monmousseau, respondan esta pregunta.
Así se plantea la situación desde el punto de vista de los hechos. No va mejor desde el punto de vista de la metodología. ¿Qué demuestra Vassart, en realidad? Que no se puede concebir el desarrollo capitalista sin contradicciones coyunturales; existían antes de la guerra y existirán en el futuro. Ni el propio Chambelland niega este lugar común, lo que no significa que ese sólo hecho abra una perspectiva revolucionaria. Todo lo contrario; en el transcurso del último siglo y medio el mundo capitalista atravesó dieciocho crisis coyunturales, y ello de ninguna manera nos permite suponer que el capitalismo caerá con la decimonovena o con la vigésima. La verdad es que los ciclos coyunturales desempeñan en la vida del capitalismo un papel análogo, por ejemplo, al de los ciclos de la circulación sanguínea en el organismo: la inevitabilidad de la revo¬lución depende tanto de la periodicidad de las crisis como la inevitabilidad de la muerte del pulso rítmico.
En el Tercer Congreso de la Internacional Comunista (1921), los ultraizquierdistas de entonces (Bujarin, Zinoviev, Radek, Thaelmann, Thalheimer, Pepper, Bela Kun y otros) pronosticaron que el capitalismo no volvería a conocer un reanimamiento industrial porque había entrado en su período final (¿el "tercero"?) que se desarrollaría sobre la base de una crisis permanente hasta que se hiciera la revolución. En el congreso se produjo una gran polémica ideológica en torno a esta cuestión. Dediqué buena parte de mi informe a demostrar que en la época del imperialismo las leyes que gobiernan los ciclos industriales siguen vigentes y que las fluctuaciones coyunturales serán una de las características del capitalismo mientras éste subsista: el pulso sólo se detiene con la muerte. Pero el ritmo del pulso, junto con otros síntomas, le sirve al médico para determinar si el organismo es fuerte o débil, sano o enfermo (claro que no me refiero a los médicos de la escuela de Monmousseau). Vassart, empero, trata de demostrar que la revolución es inevitable y próxima porque las crisis y los booms se suceden cada catorce años.
A Vassart no le habría resultado difícil evitar estos errores crasos, si al menos hubiera estudiado el informe y la polémica del Tercer Congreso de la Internacional Comunista. Pero, lamentablemente, está prohibida la lectura de los documentos más importantes de los cuatro primeros congresos, cuando la auténtica ideología marxista era la norma en la Internacional Comunista. Para la nueva generación de dirigentes, la historia del pensamiento marxista comienza en el Quinto Congreso y especialmente en el Décimo Plenario del CEIC. El mayor crimen de este aparato burocrático obtuso y ciego reside en su interpretación mecánica de nuestra tradición teórica.

Coyuntura económica y radicalización
Si Vassart no conoce la dinámica de los ciclos comerciales y no comprende la relación entre las crisis coyunturales y las crisis revolucionarias del sistema capitalista en su conjunto, la interdependencia dialéctica de la coyuntura económica y la lucha de la clase obrera le resulta no menos extraña. La concepción de Vassart sobre esa interdependencia es tan mecánica como la de su adversario Chambelland; sus conclusiones, aunque opuestas, son igualmente erróneas.
Chambelland dice: "En cierto sentido, la radicalización de las masas es el barómetro que permite evaluar la situación del capitalismo en un país dado. Si el capitalismo está en decadencia, las masas necesariamente se radicalizan" (página 23). A partir de allí Chambelland saca la conclusión de que, puesto que las huelgas francesas sólo afectan a los obreros de la periferia, puesto que las industrias metalúrgica y química se ven muy poco afectadas, el capitalismo aun no ha entrado en decadencia. Prevé cuarenta años de desarrollo.
¿Cómo le responde Vassart? Según él, Chambelland "no ve la radicalización porque no ve los nuevos métodos de explotación" (página 30). Vassart repite el concepto de que si se reconoce que la explotación se ha intensificado y se comprende que se intensificará aun más, "sólo queda afirmar la radicalización de las masas" (página 31).
Al leer estas polémicas, uno tiene la sensación de encontrarse frente a dos hombres que se persiguen con los ojos vendados. No es cierto que una crisis, siempre y en todas las circunstancias, radicaliza a las masas. Ejemplo: Italia, España, los Balcanes, etcétera. No es cierto que la radicalización de la clase obrera corresponde necesariamente al período de decadencia del capitalismo. Ejemplo: el cartismo inglés, etcétera. Vassart, como Chambelland, sustituye con cadáveres la historia viva del movimiento obrero. Y la conclusión de Chambelland es igualmente errónea. No se puede negar el comienzo de la radicalización porque las huelgas todavía no abarcan a los principales sectores obreros; se puede y se debe evaluar concretamente la extensión, profundidad e intensidad de la radicalización .
Es evidente que Chambelland acepta el hecho de la radicalización cuando ya el conjunto de la clase obrera está a la ofensiva. Pero la clase obrera no necesita diri¬gentes dispuestos a intervenir cuando todo está pronto. Es necesario poseer la capacidad de observar los primeros síntomas de reanimamiento, aunque sean débiles y se circunscriban a la esfera económica, para adaptar las tácticas y observar atentamente el desenvolvimiento del proceso. Mientras tanto, ni por un instante debe perderse de vista el carácter general de nuestra época, que demostró más de una vez, y volverá a demostrar, que entre los primeros síntomas de reanimamiento y el alza tempestuosa que inicia una situación revolucionaria, no median cuarenta años sino la quinta o la décima parte de ese lapso.
A Vassart no le va mejor. Crea un paralelo automático entre explotación y radicalización. ¿Cómo negar la radicalización de las masas -pregunta Vassart con fastidio- si la explotación aumenta día a día? Esta concepción metafísica infantil concuerda perfectamente con el espíritu de Bujarin. La radicalización debe demostrarse con hechos, no con deducciones. No es difícil revertir la conclusión de Vassart. Podemos plantear el interrogante de la siguiente manera: ¿Cómo pueden los capitalistas aumentar la explotación día a día si se enfrentan con una radicalización de las masas? Justamente la carencia de espíritu combativo es lo que permite intensificar la explotación. Es cierto que tales argumentos, enunciados sin comentarios, también son unilaterales, pero están mucho más cerca de la realidad que las elucubraciones de Vassart.
El problema es que el aumento de la explotación no siempre eleva el espíritu combativo del proletariado. Así, en medio de una baja coyuntural, cuando aumenta la desocupación, sobre todo si sobreviene después de una derrota, el incremento de la explotación no provoca la radicalización de las masas sino todo lo contrario, su desmoralización, atomización y desintegración. Lo vimos, por ejemplo, en las minas de carbón inglesas inmediatamente después de la huelga de 1926. Lo vimos en mayor escala en Rusia, cuando la crisis industrial de 1907 coincidió con el aplastamiento de la revolución de 1905. Si en los dos últimos años el incremento de la explotación provocó un crecimiento del movimiento huelguístico, lo que es evidente, las bases de ese proceso se encuentran en el reanimamiento coyuntural de la economía, no en su declinación.

El miedo a los procesos económicos
Pero los oportunistas ultraizquierdistas que dirigen la Internacional Comunista temen el reanimamiento industrial: para ellos es una "contrarrevolución" económica. Su izquierdismo se sustenta en bases endebles, porque el reanimamiento de la coyuntura industrial y comercial sería, en primer término, un golpe mortal para sus estúpidas teorías sobre el "tercer y último período". Esta gente no deduce sus perspectivas revolucionarias de los contradictorios procesos reales sino de esquemas falsos. Y de allí surgen sus funestos errores tácticos.
Puede parecer inverosímil que los oradores oficiales en el congreso de la CGTU hayan tratado de trazar un panorama lo más sombrío posible del estado del capitalismo francés. La descripción stalinista de la situación de la industria francesa, a la vez que exagera enormemente la envergadura actual del movimiento huelguístico, da la impresión de que las huelgas futuras no tienen la menor posibilidad de salir adelante. Vassart fue uno de ellos. Justamente en virtud de que él, junto con Monmousseau, es incapaz de distinguir entre las crisis fundamentales del capitalismo y las crisis de coyuntura, y que en este caso cree con Chambelland que el alza coyuntural podrá postergar la revolución por varias décadas, Vassart teme el reanimamiento industrial. En las páginas 2l a 24 de su folleto demuestra que el actual reanimamiento industrial francés es "artificial" y "momentáneo" (página 24). En el Comité Nacional de diciembre, Richetta pintó diligentemente un cuadro de la industria textil francesa en crisis. Si es así, entonces la oleada de huelgas, que hasta el momento fue el único síntoma de radicalización, carece de bases económicas o las está perdiendo rápidamente. En el mejor de los casos, Vassart y Richetta proporcionan a los representantes del capital un argumento inapreciable para no hacer concesiones económicas a los trabajadores y, más importante aun, proporcionan a los reformistas un argumento decisivo en contra de las huelgas económicas, porque todos deben comprender que no se puede desarrollar una perspectiva de luchas económicas a partir de una crisis crónica.
Estos lamentables sindicalistas, no leen la prensa económica? Podrían responder que la prensa capitalista hace gala de un optimismo fingido. Sin embargo, no se trata de los editoriales. Día a día, mes a mes, los diarios publican informes de mercado, balances de los bancos, de las empresas industriales y comerciales y de los ferrocarriles. Algunas de las cifras fueron reproducidas en La Verité. Las cifras más recientes constituyen una prueba adicional de la tendencia alcista de la industria francesa. El último suplemento económico semanal que llegó a mis manos (Le Temps, 9 de diciembre de 1929) informa sobre una asamblea general de accionistas de la industria metalúrgica del norte y este de Francia. No conocemos la posición de M. Cuvelette sobre la filosofía del "tercer período", y debemos confesar que no nos interesa demasiado. Pero, no obstante, es muy hábil para sumar ganancias y recoger dividendos. Cuvelette hace el siguiente resumen de todo el año anterior: "La situación del mercado interno ha sido excepcionalmente favorable." Espero que nadie vea en esta afirmación un mero alarde de optimismo platónico; está respaldada por dividendos de cuarenta francos contra dividendos de veinticinco francos del año anterior. Este hecho, ¿es o no importante para las luchas económicas de la industria metalúrgica? Parecería que sí. Pero, desgraciadamente, a espaldas de Cuvelette se alzan las voces de Vassart y Bricot, o la del mismísimo Monmousseau, clamando: "¡No escuchéis las palabras de este optimista que no sabe que está hundido hasta las orejas en el ‘tercer período’!" ¿Quién puede dudar que, si algún obrero comete el error de creerle a Monmousseau y no a Cuvelette, tiene que llegar forzosamente a la conclusión de que no existen bases para lanzar con éxito una lucha económica, ni qué hablar de una ofensiva?
La escuela Monmousseau -si es que puede dársele ese título a una institución que enseña a la gente a olvidar lo que aprendió en materia de pensar, leer y escribir- le tiene miedo a la reactivación económica. Hay que decir con toda claridad que para la clase obrera francesa -que en los dos últimos años renovó su composición en dos ocasiones, durante y después de la guerra, al ingresar a sus filas grandes contingentes de jóvenes, mujeres y extranjeros a los que todavía no ha asimilado por completo- un desarrollo mayor de la reactivación industrial crearía una escuela extraordinaria, le permitiría aglutinar sus fuerzas, mostraría a los sectores más atrasados la importancia del papel que cumplen en la estructura capitalista y así elevaría el nivel de conciencia del conjunto de la clase a nuevas alturas. Dos o tres años, quizás uno sólo, de lucha económica amplia y triunfante rejuvenecerían al proletariado. Después de un reanimamiento económico bien aprovechado, una crisis coyuntural podría darle un gran impulso a la auténtica radicalización política de las masas.
Al mismo tiempo, no debe olvidarse que las guerras y revoluciones de nuestra época no son fruto de las crisis coyunturales sino de las contradicciones, elevadas hasta sus últimas consecuencias, entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la existencia de las fronteras nacionales del estado burgués. La guerra imperialista y la Revolución de Octubre revelaron el alcance de esas contradicciones. El nuevo papel de Norteamérica las ha acentuado. Cuanto más importante sea el desarrollo de las fuerzas productivas en tal o cual país o en una serie de países, menos tardará el reanimamiento industrial en chocar con las contradicciones fundamentales de la industria mundial y más fuerte será la reacción económica y política, nacional e internacional. En todo caso, una importante reactivación de la economía no constituiría para el comunismo francés un escollo sino un tremendo estímulo, porque daría lugar a un poderoso movimiento huelguístico como preanuncio de una ofensiva política. No faltarán las situaciones revolucionarias. Es probable, empero, que falte la capacidad de aprovecharlas.
Pero, ¿está garantizado que la coyuntura industrial francesa seguirá en la curva ascendente? No nos atrevemos a hacer semejante afirmación. Hay todo tipo de posibilidades en juego. De todos modos, no depende de nosotros. Lo que sí depende de nosotros, lo que constituye una obligación para nosotros, es no cerrar los ojos ante los hechos en nombre de esquemas lamentables, sino contemplar la marcha del proceso económico tal como se da en la realidad y elaborar la táctica sindical en base a esos hechos. Aquí hablamos de táctica en contraposición a estrategia. A ésta no la deter¬minan, desde luego, los cambios coyunturales, sino las tendencias fundamentales del proceso. Pero si bien la táctica está subordinada a la estrategia, ésta sólo se realiza por intermedio de aquélla.
Para la Comintern, como para la Profintern, la táctica consiste en los zigzags periódicos y la estrategia es la suma aritmética de esos zigzags. Por eso la vanguardia proletaria sufre derrota tras derrota.

3. ¿Cuáles son los síntomas de la radicalización política?
Sin embargo, el problema de la radicalización de las masas  no se agota en el análisis del movimiento huelguístico. ¿Cuál es el nivel de la lucha política? Y, sobre todo ¿cuántos militantes tiene el Partido Comunista y cuál es el alcance de su influencia?
Es notable que, al hablar de la radicalización, los dirigentes oficiales ignoren directamente el problema de su propio partido. Sin embargo, los hechos demues¬tran que a partir de 1925 el número de militantes dismi¬nuyó de año en año: 1925, 83.000 militantes; 1926, 65.000; 1927, 56.000; 1928, 52.000; 1929, 35.000. Para los años anteriores utilizamos las cifras oficiales del secretario de la Comintern, Piatnitski; para 1929, las de Semard. Estas cifras, cualquiera que sea el ángulo desde el que se las mire, resultan sumamente exageradas; de todas maneras, tomadas de conjunto, la curva del partido es descendente; en cinco años su militancia se redujo a menos de la mitad.
Podría responderse que la calidad vale más que la cantidad y que en el partido sólo quedan los comunistas firmes. Supongamos que sea así. Pero no es ésa la cues¬tión. El proceso de radicalización de las masas de ninguna manera puede provocar el aislamiento de los cuadros; todo lo contrario, debe provocar el ingreso al partido de militantes firmes y lograr que los que no lo son tanto lleguen a serlo. La radicalización de las masas sólo se puede conciliar con la disminución regular de la militancia partidaria cuando se considera que el papel del partido en la vida de la clase obrera es la quinta rueda de un carro. Las palabras callan cuando los hechos hablan. La curva del partido siguió una tra¬yectoria uniformemente descendente, no sólo durante 1925-1927, en medio del reflujo de la marea huelguística, sino también durante los dos últimos años, cuando el número de huelgas empezó a aumentar.
En este momento, los honorables Pangloss del comunismo oficial nos interrumpirán para hacer referencia a la "desproporción" entre el tamaño del partido y su influencia. Esta es, en actualidad, la fórmula de la Internacional Comunista, inventada por los astutos para engañar a los tontos. Sin embargo, esta fórmula ritual consagrada no sólo no explica nada, sino que en cierto sentido empeora las cosas. La experiencia del movimiento obrero demuestra que en la medida en que un partido revolucionario adquiere un carácter cada vez más "parlamentario" -mientras las demás variables no se alteran- su influencia tiende a trascender su tamaño. Es mucho más fácil ser oportunista que marxista, porque aquél se basa en las masas en general. Esto se ve con toda claridad si comparamos al Partido Socialista con el Comunista. Por consiguiente, el crecimiento sistemático de la "desproporción", junto con la disminución del número de comunistas organizados, sólo puede significar que el Partido Comu¬nista Francés se está transformando de revolucionario en parlamentario y municipalista. Los recientes escándalos "municipales" demostraron que este proceso se desarrolló hasta cierto punto en el curso de los últimos años, y es de temer que sucedan escándalos "parla¬mentarios". De todas maneras, la diferencia entre el Partido Comunista de hoy y los agentes socialdemócratas de la burguesía sigue siendo enorme. Los Pangloss de la dirección calumnian al Partido Comunista Francés cuando hablan de una gigantesca desproporción entre su tamaño y su influencia. No resulta difícil demostrar que, lamentablemente, la influencia política del comunismo aumentó muy poco en los últimos años.
Para los marxistas no es ningún secreto que las elecciones parlamentarias y municipales distorsionan e incluso falsifican tendenciosamente los estados de ánimo de las masas. No obstante, la dinámica del proceso político se refleja en las elecciones parlamentarias; ésta es una de las razones por las que los marxistas participan activamente en las elecciones. Pero, ¿qué revelan lo resultados? En las elecciones legislativas de 1924 el Partido Comunista recibió 875.000 votos, poco menos del diez por ciento del total. En las elecciones de 1928 el partido obtuvo poco más de un millón de votos (1.064.000), o sea el 11,33% del total. Así, el peso específico del partido en el seno del electorado se incrementó en 1,33. Si el proceso sigue avanzando a ese paso, la perspectiva de Chambelland de “paz social" por treinta o cuarenta años resultará demasiado… revolucionaria.
El Partido Socialista, cuya "inexistencia" había sido proclamada por Zinoviev y Lozovski en 1924, obtuvo en 1928 casi 1.700.000 votos, más del dieciocho por ciento del total, es decir, superó al voto comunista en un ciento cincuenta por ciento.
Los resultados de las elecciones municipales producen pocos cambios en el panorama global. En algunos centros industriales (París, el Norte), los comunistas indudablemente ganaron votos a costa de los socialistas. Así, en París, en el cuatrienio 1925-1929, el voto comunista aumentó del 18,9 al 21,8 por ciento, es decir un tres por ciento, mientras que en el mismo período los votos socialistas disminuyeron del 22,4 al 18,1 por ciento, es decir un cuatro por ciento. Estos hechos poseen una importancia sintomática innegable, mas hasta el momento, son de carácter estrictamente local y se ven sumamente disminuidos por el "municipalismo" antirrevolucionario que personifican Louis Sellier y los pequeños burgueses de su calaña. Gracias a los Sellier, las elecciones municipales no registraron verdaderos cambios respecto de las parlamentarias del año anterior.
La vida política muestra otros índices que, en el mejor de los casos, contradicen la charlatanería prematura en torno a la radicalización política de las masas que, supuestamente, se inició dos años atrás. Que sepamos, la circulación de l’Humanité no aumentó. Las campañas para reunir fondos para l’Humanité  son, por cierto, alentadoras. Pero, en vista del ataque reaccionario perpetrado contra el periódico, esas campañas también hubieran rendido frutos hace uno, dos o tres años.
No hay que olvidar ni por un instante que el 1º de agosto el partido fue incapaz de movilizar a todos los trabajadores que habían votado por él, ni siquiera a to¬dos los obreros sindicalizados. Según los informes, probablemente exagerados, de l’Humanité, en la manifestación del 1 de agosto en París participaron alrededor de cincuenta mil trabajadores, menos de la mitad de los obreros sindicalmente organizados. Las cifras correspondientes a las provincias son infinitamente inferiores. Digamos de paso que esto también revela que el "papel dirigente" del Buró Político en el aparato de la CGTU no es garantía de que el partido cumpla el mismo papel entre los obreros sindicalizados. Pero éstos no constituyen sino una pequeña fracción de la clase. Si el alza revolucionaria es un hecho irrefutable, ¿de qué sirve una dirección partidaria que, en el momento crítico del conflicto sino-soviético, fue incapaz de arrastrar a la cuarta -mejor dicho a la décima- parte del electorado a una movilización antiimperialista? Nadie le exige a la dirección partidaria que logre lo imposible. No se puede manipular a una clase. Pero lo que imprime en la movilización de agosto el sello del fracaso es la monstruosa "desproporción” entre los gritos victoriosos de la dirección y la respuesta real de las masas.
Respecto de las organizaciones sindicales, su curva descendente -a juzgar por las cifras oficiales- fue paralela a la del partido, con un año de diferencia. En 1926, la CGTU tenía 475.000 afiliados; en 1927, 452.000; en 1928, 375.000. La pérdida de 100.000 afiliados por parte de los sindicatos, en un momento en que la marea huelguística del país estaba en ascenso, demuestra sin lugar a dudas que la CGTU no refleja los procesos fundamentales inherentes a las luchas económicas de las masas. La CGTU, proyección magnificada del partido, simplemente experimenta con alguna demora la decadencia de éste.
Los datos aquí vertidos confirman por partida doble las conclusiones a que arribamos en base a nuestros análisis del movimiento huelguístico. Recapitulemos: 1919-1920 fueron testigos del momento culminante de lucha proletaria en Francia. Inmediatamente después se inició el reflujo, que comenzó a revertirse lentamente en el terreno económico. En cambio, en el terreno político el reflujo o estancamiento prosigue hasta el día  de hoy, al menos en lo que hace a la mayoría de los trabajadores. El despertar a la lucha económica de ciertos sectores proletarios es un hecho irrebatible, pero este proceso apenas se encuentra en su primera etapa. La rama que participa en la lucha es principalmente la de la industria liviana, con un predominio evidente de los trabajadores no organizados que -que comprenden a gran número de extranjeros-  sobre los organizados.
Lo que dio ímpetu a esta oleada huelguística fue el reanimamiento económico, simultáneo con el alza del costo de la vida. Las primeras etapas de ascenso de las luchas económicas generalmente no vienen acompañadas de un ascenso revolucionario. Así sucede en este caso. Al contrario: hasta es posible que las luchas económicas debiliten por un tiempo los intereses políticos de la clase obrera o, al menos, de algunos sectores de la misma.
Si tenemos en cuenta, además, que el reanimamiento de la industria francesa ya lleva dos años de duración, que no hay desocupación en las ramas fundamentales de la industria y que incluso existe en algunas una gran escasez de mano de obra, no resulta difícil llegar a la conclusión de que, dadas las circunstancias tan favorables para la lucha sindical, la oleada huelguística es sumamente modesta. Los índices que mejor revelan su carácter moderado son la pasividad de las masas, factor que proviene de la etapa precedente, y la lentitud de la propia reactivación industrial.

¿Cuáles son las perspectivas inmediatas?
Sea cual fuere el ritmo de los cambios coyunturales, sólo es posible lograr una estimación aproximada del cambio de fases en el ciclo. Lo mismo sucedió con el capitalismo de preguerra, pero en esta etapa es más difícil pronosticar la coyuntura. Después del caos provocado por la guerra el mercado mundial no ha logrado una coyuntura uniforme, aunque se acercó bastante en comparación con los cinco primeros años de la posguerra. Por eso hay que ser muy cuidadoso al intentar el pronóstico de los cambios que se alternan en la coyuntura mundial.
En la actualidad vemos como variantes más probables las siguientes:
1. La crisis de la bolsa de valores de Nueva York resulta el preanuncio de una crisis comercial e industrial en Estados Unidos, que alcanzará gran magnitud en los próximos meses. El capitalismo estadounidense se ve obligado a volcarse decisivamente hacia el mercado mundial. Se abre una época de competencia enloquecida. Las mercancías europeas retroceden ante el ataque avasallador. La crisis europea se inicia con posterioridad a la de Estados Unidos, pero por eso mismo es de extrema gravedad.
2. El derrumbe de la bolsa de valores no provoca una crisis comercial e industrial inmediata, sino una depresión coyuntural. El golpe que sufre la especulación en el mercado de valores redunda en una mejor correlación entre el papel moneda y la realidad comercial e industrial, y entre ésta y el poder adquisitivo real del mercado. Pasada la depresión y el período de reajuste, la curva de la coyuntura comercial e industrial vuelve a ascender, aunque en menor grado que en la etapa anterior. No se puede excluir esta variante. El capitalismo norteamericano cuenta con enormes recursos, muchos de los cuales corresponden al presupuesto gubernamental (pedidos, subsidios, etc.).
3. El retiro de fondos para la especulación en Estados Unidos genera actividad comercial e industrial. La suerte de ésta dependerá a su vez de factores puramen¬te europeos, además de mundiales. Incluso en la eventualidad de que Estados Unidos atraviese una aguda crisis económica, Europa sería capaz de sustentar por determinado período una tendencia alcista, ya que no cabe dudar que el capitalismo norteamericano tardará pocos meses en rehacerse y lanzar el ataque decisivo al mercado mundial.
4. Por último, posiblemente la verdadera marcha del proceso combine elementos de todas las variantes mencionadas más arriba, siguiendo una curva oscilante con pequeños altibajos.
El proceso que sufre la clase obrera, sobre todo tal como se refleja en el movimiento huelguístico, se ha caracterizado desde el comienzo mismo del capitalismo por su estrecha ligazón con el ciclo coyuntural. Pero ese vínculo no es mecánico. Suele suceder que, en ciertas circunstancias que trascienden al ciclo comercial e industrial (cambios abruptos en la economía o la política mundial, crisis sociales, guerras, revoluciones), la oleada huelguística sea expresión de las tareas históricas revolucionarias fundamentales de la clase obrera, no de las reivindicaciones inmediatas que surgen de la coyuntura en cuestión. Así, por ejemplo, las huelgas de posguerra en Francia no eran del tipo coyuntural; expresaban la crisis profunda del conjunto de la socie¬dad capitalista. A la luz de este criterio, observamos que el movimiento huelguístico actualmente en curso en Francia posee un carácter fundamentalmente coyuntural; su curso y su ritmo dependerán directamente de las oscilaciones del mercado, de las sucesivas fases coyunturales y de la envergadura e intensidad de las mismas. Dada, pues, la inestabilidad del período que atravesamos, es absolutamente ilícito proclamar la existencia de un "tercer período" sin la menor relación con el desarrollo real de los acontecimientos económicos.
Sobra decir que, aun en el caso de producirse una coyuntura favorable en Norteamérica y un reanimamiento comercial e industrial en Europa, no podrá evi¬tarse una nueva crisis. No dudamos que cuando ésta se produzca los dirigentes afirmarán que su "pronóstico" queda plenamente confirmado, que la estabilización del capitalismo no se produjo y que la lucha de clases se agudizó. Es evidente que cuesta poco hacer tal "pronóstico". Si alguien predice diariamente un eclipse del sol, en algún momento de su vida verá cumplida su predicción. Pero nadie consideraría un astrónomo serio a semejante profeta. La tarea de los comunistas no consiste en pronosticar crisis, revoluciones y guerras todos los días sino en prepararse para el estallido de guerras y revoluciones mediante la sobria evaluación de las circunstancias y situaciones que se producen en los períodos entre las guerras y las revoluciones. Hay que prever que después de cada ascenso se producirá una crisis. Hay que advertir a las masas la inminencia de la crisis. Pero las masas estarán mejor preparadas para recibirla si aprovechan con una buena dirección, el ascenso económico. En el último plenario del Comité Nacional de la CGTU se expresaron ideas bastante sanas. Por ejemplo, Claveri y Dorelle se quejaron de que en el último congreso de la CGTU (setiembre de 1929) se soslayó el problema de las reivindicaciones económicas de las masas trabajadoras. Sin embargo, estos oradores no se detuvieron a pensar cómo era posible que un congreso sindical pasara por alto precisamente lo que debía constituir su tarea primera y principal. En el espíritu de la llamada "autocrítica", los principales oradores atacaron a la dirección de la CGTU, con un vigor jamás desplegado por la Oposición.
Sin embargo, el mismo Dorelle provocó bastante confusión al referirse, en nombre del "tercer período", al carácter político de la huelgas. Dorelle exigió que los sindicalistas comunistas revolucionarios -no existe otro tipo de sindicalista revolucionario en la actualidad- enseñen a todo huelguista la relación que existe entre los casos aislados de explotación y el régimen contemporáneo en su conjunto, con la consiguiente relación entre las reivindicaciones obreras inmediatas y la revolución proletaria. Esto es el abecé para un marxista, pero en si no determina el carácter de la huelga. Una huelga política no es aquélla en la que los comunis¬tas realizan agitación política sino una huelga en la que los obreros de todas las ramas y fábricas salen a la lucha por objetivos políticos específicos. La agitación revolucionaria en medio de la huelga es una tarea que debe realizarse en todas las circunstancias, pero la participación de los obreros en huelgas políticas, o sea, revolucionarias, es una de las formas de lucha más avanzadas y sólo se da en circunstancias excepcionales, que ni el partido ni los sindicatos pueden fabricar de acuerdo con sus deseos. Identificar las huelgas económicas con huelgas políticas provoca un estado de confusión que impide a los dirigentes sindicales hacer enfoques ajustados de las huelgas económicas, organizarlas y elaborar un programa práctico de reivindicaciones obreras.
Las cosas todavía empeoran en el terreno de la orientación económica general. La filosofía del "tercer período" necesita una crisis económica, inmediatamente y a toda costa. Por lo tanto, nuestros sabios sindicalistas cierran los ojos ante el ascenso sistemático de la coyuntura económica en Francia durante los últimos dos años, a pesar de que sin una evaluación concreta de la coyuntura es imposible hallar las consignas correspondientes y luchar por ellas con éxito. A Claveri y Dorelle les convendría estudiar exhaustivamente el problema. Si el reanimamiento económico francés dura un año más (lo que no es de descartar), el desarrollo y extensión de las luchas económicas será cuestión principalísima en el orden del día. La adaptación a esas circunstancias no sólo es tarea de los sindicatos sino también del partido. No basta con proclamar en abstracto el derecho del comunismo a desempeñar un rol dirigente; hay que ganarse ese derecho en la acción, no en los estrechos marcos del aparato sindical sino en el escenario de la lucha de clases. A la fórmula anarquista y sindicalista de autonomía sindical, el partido debe oponer una actividad teórica y política seria en los sindicatos, de manera que a éstos les resulte más fácil orientarse en medio de los acontecimientos económicos y políticos y elaborar reivindicaciones y métodos de lucha acertados.
Los cambios inevitables que provocaría la crisis en la reactivación significarían un cambio en las tareas, al pasar a segunda fila las luchas económicas. Ya hemos dicho que el advenimiento de una crisis probablemente sirva para dar ímpetu a la actividad política de las masas. Su fuerza dependerá de dos factores: la duración y envergadura del alza y el grado de agudeza de la crisis que la sucederá. Cuanto más abrupto y decisivo el cambio, más explosiva será la movilización de las masas. Es natural. Por inercia, las huelgas generalmente alcanzan su culminación en el momento en que el alza económica comienza a descomponerse. Es como si, en plena carrera, los obreros chocaran contra una pared. En ese caso es muy poco lo que pueden lograr las huelgas económicas. Iniciada la recesión, los capitalistas recurrirán fácilmente al lock-out. En ese momen¬to, la conciencia de clase de los trabajadores, que se ha profundizado, comienza a buscar otros cauces. ¿Cuáles? No depende solamente de las situaciones coyunturales sino además de la situación global del país.
No se puede predecir con fundamento que la próxima crisis coyuntural creará inmediatamente una situación revolucionaria en Francia; para eso deben converger una serie de factores que trascienden la crisis coyuntural. En este momento sólo se pueden hacer conjeturas teóricas. Levantar hoy la consigna de una huelga general política, sobre la base de una crisis futura que llevará a las masas a tomar la senda revolu¬cionaria, es querer aplacar el hambre de hoy con la cena de mañana. Cuando Molotov afirmó en el Décimo Plenario que la huelga general está a la orden del día en Francia, demostró definitivamente que no conoce a Francia, ni a la orden, ni al día. Los anarquistas y sindi¬calistas no aceptan siquiera la idea de una huelga general en Francia. El comunismo oficial, con sus intentos de sustituir el trabajo revolucionario sistemático por saltos aventureristas en el vacío, les sigue la corriente.
La actividad política de las masas, antes de pasar a formas más explosivas, atraviesa un período de mayor o menor duración que se puede expresar en una mayor concurrencia a las asambleas, más amplia circulación de la literatura comunista, mayor caudal de votos en las elecciones, mayor ingreso de militantes al partido. ¿Puede la dirección adoptar de antemano una orientación ya elaborada en base al supuesto de que los acontecimientos avanzarán tumultuosamente, sin saber que resultará de ello? No. Debe estar preparada para distintos ritmos de marcha. Sólo así podrá el partido acompa¬ñar al ritmo de las masas, sin cambiar el sentido revolucionario de su marcha.
En respuesta a las consideraciones que anteceden, ya se escucha una voz, suave como papel de lija, que me acusa de caer en el “economicismo” por un lado y en el optimismo capitalista por el otro, sin olvidar, desde luego, las desviaciones socialdemócratas. Es que para los Molotovs, todo lo que no pueden comprender -es decir, mucho- cae bajo el rótulo de desviación socialdemócrata, así como para los primitivos la explicación de casi todo lo que sucede en el universo reside en la actividad de los espíritus malignos. Semard y Monmousseau, dignos discípulos de Molotov, nos enseñarán que los cambios coyunturales no agotan el problema, que existen muchos otros factores, tales como la racionalización en la industria y la inminencia de la guerra. Esta gente habla de "muchos" factores, y es incapaz de explicar en qué consiste uno solo de ellos. Sí -responderemos-, una guerra subvertiría todas las perspectivas y abriría, por así decirlo, una nueva cronología. Pero, en primer lugar, no sabemos cuando ni por qué vías vendrá la guerra. En segundo lugar, para enfrentar a la guerra con los ojos abiertos debemos estudiar cuidadosamente todas las curvas del camino que conduce a ella. La guerra no cae del cielo; su problemática y su iniciación están estrechamente vinculadas al problema del mercado mundial.

4. El arte de la orientación
El arte de la dirección revolucionaria es principalmente el de la correcta orientación política. En todas las circunstancias el comunismo prepara a la vanguardia política y, por su intermedio, a la clase obrera en su conjunto para la conquista revolucionaria del poder. Pero lo hace de diferentes maneras, según los distintos sectores del movimiento obrero y los distintos períodos.
Uno de los elementos más importantes de la orientación es la determinación del estado de ánimo de las masas, de su actividad y disposición para la lucha. Este estado de ánimo, empero, no está determinado de antemano. Cambia bajo la influencia de ciertas leyes que rigen la psicología de las masas que se ponen en movimiento por circunstancias sociales objetivas. Dentro de ciertos límites, es posible cuantificar el temperamento de las masas: circulación de la prensa, asistencia a las asambleas, elecciones, manifestaciones, huelgas, etcétera. Para comprender la dinámica del proceso, hay que determinar por qué y en qué sentido cambia el estado de ánimo de la clase obrera. Mediante la combinación de datos subjetivos y objetivos se puede determinar tentativamente la dinámica del proceso, vale decir, efectuar un pronóstico fundamentado científicamente, sin el que sería inconcebible librar la lucha revoluciona¬ria con seriedad. Pero un pronóstico político no posee la exactitud del plano de una construcción; es una hipótesis de trabajo. Mientras se orienta la lucha en tal o cual dirección, es necesario seguir atentamente los cambios de los elementos objetivos y subjetivos del proceso para enderezar el rumbo táctico según corresponda. Si bien la verdadera marcha del proceso jamás corresponde plenamente con el pronóstico, eso no nos exime de la necesidad de hacer pronósticos políticos. Pero no debe¬mos embriagarnos con esquemas acabados sino cotejar constantemente la marcha del proceso histórico y hacer los ajustes correspondientes.
Por su propia naturaleza, el centrismo que domina ahora a la Internacional Comunista, como corriente in¬termedia que vive de ideas ajenas, es incapaz de elabo¬rar un pronóstico histórico. En la república soviética el centrismo se erigió en dirección en las circunstancias imperantes como reacción contra Octubre, en medio del reflujo de la revolución, cuando el empirismo y el eclecticismo le permitieron nadar a favor de la corriente. Y al anunciar que la marcha del proceso conducía automáticamente hacia el socialismo en un solo país, se libró de la necesidad de elaborar una orientación mundial.
Pero los partidos comunistas de los países capitalistas, que todavía tienen que luchar por el poder o prepararse para esa lucha, no pueden vivir sin prever. Para ellos es cuestión de vida o muerte tener una orientación cotidiana correcta. Pero no son capaces de aprender este importantísimo arte porque se ven obligados a hacer las piruetas que les ordena la burocracia stalinista. El centrismo burocrático, que por un período podrá vivir del capital acumulado por el poder proletario ya conquistado, es absolutamente incapaz de preparar a los partidos jóvenes para la toma del poder. Esa es la contradicción principal y más grande que sufre hoy la Internacional Comunista.
La historia de la dirección centrista es la historia de sus funestos errores de orientación. Después de que los epígonos desaprovecharon la situación revolucionaria alemana de 1923, que provocó profundos cambios en toda la situación europea, la Internacional Comunista atravesó tres etapas de errores fatales.
1924-1925: período de errores ultraizquierdistas: la dirección consideró que tenía una situación revolucionaria por delante cuando la misma ya había pasado. En ese momento llamaban "derechistas” y "liquidadores" a los marxistas-leninistas.
1925-1927: período del oportunismo descarado, que coincidió con la tempestuosa alza del movimiento obrero británico y la revolución china. Nos tacharon nada menos que de "ultraizquierdistas".
Por fin, en 1928 se anuncia el "tercer período", que repite los errores zinovievistas de 1924-1925 en un plano histórico más elevado. El "tercer período" no ha terminado; al contrario, sigue en plena acción, destrozando a su paso organizaciones y pueblos.
No es casual que los tres períodos se caractericen por la decadencia continua de la dirección. En el primer período: Zinoviev, Bujarin, Stalin. En el segundo: Stalin, Bujarin. En el tercero: Stalin y… Molotov. Todo conforma un cuadro coherente.
Veamos más de cerca a la dirección y la teoría del "tercer período".

Molotov "entra con los dos pies"
El plenario del CEIC que se reunió un año después del Sexto Congreso no podía limitarse a repetir lo que ya éste había dicho; debía apuntar más alto. En la edición del órgano teórico del Partido Comunista soviético que apareció en vísperas del plenario se lee lo siguiente:
"En todo el mundo capitalista la marea huelguística está en ascenso. Esta oleada abarca tanto a los países imperialistas altamente desarrollados como a las colonias atrasadas y se relaciona en ciertos momentos y lugares con una obstinada lucha revolucionaria y la guerra civil. Las masas no organizadas se ven arrastradas a la lucha, y participan activamente en la misma […] La creciente insatisfacción y el giro a la izquierda de las masas abarca también a millones de obreros agrícolas y campesinos oprimidos" (Bolchevique, Nº 12, junio de 1929, p 9).
Este cuadro no deja lugar a dudas. Si es verdad que la marea huelguística se extiende por todo el mundo, arrastrando a "millones de obreros agrícolas y campesinos oprimidos", relacionándose con la "lucha revolucionaria y la guerra civil", es obvio que nos hallamos ante una situación revolucionaria y la tarea del momento es, sin duda, la lucha abierta. Aceptemos no entrar a discutir si esas circunstancias corresponden o no a un "tercer período", o si no llevan número.
Es sabido que la batuta del Décimo Plenario estuvo en manos del maestro Molotov. En el discurso programático que pronunció ante los dirigentes de la Internacional Comunista, dijo: "En vista de la realidad del movimiento proletario mundial, sólo un oportunista obtuso [!], un liberal infeliz [!], podría dejar de comprender que hemos entrado con los dos pies en el reino de inmensos acontecimientos revolucionarios de importancia internacional" (Pravda, Nº 177). "Con los dos pies": ¡Qué poder de síntesis!
Al compás de la batuta de Molotov, el Bolchevique de agosto de 1929 dice:
"En base al análisis de la lucha obrera en los principales países capitalistas, el Décimo Plenario afirmó que se desarrolla y profundiza el proceso de viraje a la izquierda y radicalización de las masas, que en la actualidad comienza a alcanzar la magnitud de un principio de alza revolucionaria (por lo menos en algunos países, como Alemania, Francia y Polonia)" (Nº 15, p. 4).
No cabe duda, Molotov afirmó de manera tajante, sino con la cabeza al menos con los pies, que este período es revolucionario. Y puesto que a nadie le gusta que se lo considere un "oportunista obtuso" o un "liberal infeliz", parecería que la posición de Molotov está a salvo de toda crítica de parte del plenario. Sin tomarse la molestia de hacer análisis políticos o económicos, por razones cuya validez reconocemos, Molotov se limitó leer una pequeña letanía de huelgas en distintos países (Ruhr, Lodz, el norte de Francia, Bombay, etcétera), siendo esa la única prueba de que "hemos entrado en el reino de inmensos acontecimientos revolucionarios". ¡Así se crean los períodos históricos!
A los comités centrales y publicaciones de las secciones nacionales sólo les restaba garantizar que sus propios pies, adelantándose en lo posible a sus cabezas, penetraran lo antes posible en los "inmensos acontecimientos revolucionarios". Pero, ¿no resulta sospechoso que la situación revolucionaria surja simultáneamente en todo el mundo, en los países adelantados y en las colonias, soslayando la "ley del desarrollo desigual”, es decir la única ley histórica que Stalin conoce por lo menos de nombre? En realidad, es absurdo hablar de simultaneidad. Como vemos, en vez de hacer un análisis de la situación mundial se suman algunos conflictos aislados que ocurren en distintos lugares del mundo y en situaciones distintas. De todos los países europeos, Austria es quizás el único que conoció una crisis tal que, de haber existido un Partido Comunista con in¬fluencia, podría haber dado lugar a un proceso revolucionario inmediato. Pero a Austria ni se la menciona. En cambio Francia, Alemania y Polonia son "los países que [según Molotov] se encuentran en la primera fila del alza revolucionaria". Ya analizamos la oleada huelguística francesa y el lugar que ocupa en el desarrollo de la clase obrera y el país. Próximamente esperamos abordar un análisis detallado de los síntomas fundamentales que caracterizan la lucha de la clase obrera alemana. Pero nuestras conclusiones respecto de Francia, que según el Décimo Plenario es uno de los tres países más revolucionarios de Europa, demuestran que el análisis de Molotov es una combinación de tres factores: ignorancia teórica, irresponsabilidad política y aventurerismo burocrático. Estos elementos no caracterizan el "tercer período" sino a la burocracia centrista… en todos sus períodos.

Huelgas económicas y crisis
“¿Dónde está la base del alza revolucionaria?" Molotov intenta un análisis e inmediatamente nos presenta los frutos de sus elucubraciones. "La base del alza revolucionaria no puede encontrarse sino en la creciente crisis general del capitalismo y la profundización de las contradicciones fundamentales del sistema capitalista."
El que no está de acuerdo es un "liberal infeliz". Pero, ¿dónde leyó que el origen de las huelgas económicas "no puede encontrarse sino" en la crisis? En lugar de analizar la situación económica real, y examinar su relación con el movimiento huelguístico en curso, Molotov procede a la inversa: enumera media docena de huelgas y de allí saca la conclusión de que la crisis capitalista es "creciente". Así su análisis termina en… las nubes.
Sabemos que la causa del ascenso del movimiento huelguístico en una serie de países reside en las mejoras experimentadas por la coyuntura económica en el curso de los dos últimos años. Esto sucedió principalmente en Francia. Es cierto que la reactivación indus¬trial, que dista de abarcar a toda Europa, sigue siendo bastante modesta, aun en Francia, y su futuro es incierto. Pero un cambio coyuntural en cualquier sentido, por pequeño que sea, no pasa sin afectar la vida del proletariado. Si diariamente se producen despidos en masa los trabajadores que retienen su empleo no tienen la misma moral que en una época en la que se incorporan nuevos trabajadores, aunque no sean muchos. No es menor la influencia de la coyuntura sobre las clases dominantes. En un período de reactivación industrial, que siempre suscita en los obreros la esperanza de que se mejore aun más en el futuro, los capitalistas tienden a aliviar las contradicciones internacionales, precisamente para garantizar que la coyuntura favorable siga desarrollándose. Esto es lo que se ha dado en llamar el "espíritu de Locarno y Ginebra".
El pasado nos brinda buenos ejemplos de la relación entre factores coyunturales y fundamentales.
Entre 1896 y 1913 se produjo, con breves interrupciones, una poderosa expansión industrial. En 1913 se transformó en una recesión que, como saben todas las personas bien informadas, significó el comienzo de la crisis prolongada. La amenaza de un cambio en la coyuntura, después de un período de auge sin precedentes, creó un estado de extremo nerviosismo en la clase dominante y sirvió de estímulo directo al estallido de la guerra. Por supuesto, que la guerra imperialista fue fruto de las contradicciones fundamentales del capitalismo. Hasta Molotov conoce esta generalidad. Pero, en el camino que condujo a ella, se alternaron una serie de etapas en las que las contradicciones se agudizaron o se paliaron. Lo propio ocurrió con la lucha de clases.
En el período prebélico los procesos básicos y coyunturales se desarrollaron de manera mucho más pareja que en el período actual, caracterizado por cambios repentinos y descensos abruptos, cuando basta un cambio económico relativamente moderado para provocar un salto político de gran magnitud. Pero esto no significa que se pueda cerrar los ojos ante la marcha del proceso repitiendo las tres fórmulas mágicas – “las contradicciones se agudizan", "las masas trabajadoras se desplazan hacia la izquierda", "la guerra es inminente"- todos, todos, todos los días. Si lo que determina nuestra estrategia, en última instancia, es lo inevitable de la agudización de las contradicciones y la radicalización revolucionaria de las masas, nuestras tácticas, subordinadas a esta estrategia, se elaboran sobre la base de la evaluación realista de cada época, cada etapa, cada momento, cuyas características pueden ser la mitigación circunstancial de las contradicciones, un viraje a la derecha de las masas, un cambio en la relación de fuerzas a favor de la burguesía, etcétera. Si las masas se desplazaran ininterrumpidamente hacia la izquierda, cualquier imbécil podría dirigirlas. Afortunada o desgraciadamente, la situación es más complicada, sobre todo en esta época tan fluida, cambiante, "caprichosa".
La llamada línea general no es más que una frase si no se la adapta a cada cambio de la situación nacional e internacional. ¿Cómo actúa la dirección de la Internacional Comunista? En lugar de analizar las situaciones concretas, se golpea la cabeza ante cada nueva etapa y luego consuela a las masas derrotadas con cambios e incluso con la expulsión de los que montaban guardia en los comités centrales de los partidos nacionales. Aconsejamos encarecidamente a Cachin, Monmousseau, Thaelmann y todos los Remmeles que se preparen a cumplir el papel de chivos emisarios de la teo¬ría y la práctica del tercer período, lo que sucederá cuando Stalin corrija a Molotov… una vez consumado el hecho.

Los progresos de la URSS y el "tercer período"
La primera causa del “alza revolucionaria” que se inició hace dos años es, según Molotov, esa crisis económica que él descubrió, dicho sea de paso, por deducción. La segunda razón es, para él, el progreso econó¬mico de la URSS, y llega al extremo de acusar al CEIC de no apreciar en toda su magnitud el efecto radicalizante del plan quinquenal. No es necesario demostrar que, efectivamente, los éxitos de la república soviética en materia económica revisten una importancia enorme para la clase obrera mundial. Pero de ninguna manera puede concluirse sobre la base de ello que el plan quinquenal es capaz, a priori, de provocar un alza revolucionaria en Europa y en todo el mundo. Las masas trabajadoras no actúan en base a las cifras que el plan quinquenal aspira a alcanzar. Pero aun si dejamos de lado el plan quinquenal y nos referimos a los logros reales de la industria, estas cifras no explican la huelga de los obreros portuarios franceses ni la de los obreros textiles de la India. Las masas obreras salen a la lucha en virtud de sus condiciones de vida inmediatas. Por otra parte, la gran mayoría de los obreros se entera de los éxitos y fracasos de la economía soviética leyendo las mentiras que publica la prensa burguesa y la socialdemócrata. Por último, y esto es lo más importante, lo que más estimularía a grandes masas de obreros de todo el mundo no es la cifra estadística abstracta, sino una verdadera e importante mejora del nivel de vida de los obreros de la URSS. Por cierto, la gran escasez de alimentos en Moscú y Leningrado no sirve para llenar de entusiasmo revolucionario a decenas de millones de obreros del mundo capitalista. Lamentablemente, es un hecho que sólo cien obreros fueron a escuchar los informes triunfales de la delegación francesa a su retorno de la URSS. ¡Cien obreros de todo París! Es una dura advertencia; pero los jactanciosos burócratas ni se dignan pensar en ello.

La consigna de la huelga general
Molotov penetra con brío en los “inmensos acontecimientos revolucionarios” y cinco minutos más tarde comenta, inesperadamente, que "sin embargo, estas movilizaciones contra el capital y el reformismo que está a su servicio son aisladas y esporádicas".
Diríase que, en distintos países y por distintas razones, se dan huelgas aisladas y esporádicas pero que, en general, puesto que surgen de una reactivación coyuntural del mercado mundial, todavía no son -en virtud precisamente de su carácter aislado y esporádico- "inmensos acontecimientos revolucionarios". Pero Molotov quiere unificar las huelgas aisladas, lo que es una tarea loable. Por el momento es una tarea, no un hecho consumado. Se puede unificar las huelgas aisladas -nos instruye Molotov- mediante huelgas políticas de masas. Sí, dadas las condiciones necesarias, la clase obrera ha de unificarse en huelgas revoluciona¬rias de masas. Siempre según Molotov, la huelga de masas es “ese problema nuevo, fundamental y carac¬terístico que constituye el eje de las tareas tácticas de los partidos comunistas en este momento. Y eso significa -prosigue nuestro estratega- que nos aproximamos [¡esta vez tan sólo ‘nos aproximamos’!] a nuevas y más elevadas formas de la lucha de clases." Y con el fin de que el Décimo Plenario ratifique rotundamente la religión del "tercer período", Molotov agrega: "No podríamos haber levantando la consigna de huelga política de masas de no encontrarnos en una etapa de ascenso". ¡He aquí una lógica sin igual! Al principio los dos pies entraban en inmensos acontecimientos revolucionarios. Luego resultó que la única tarea que debía realizar la cabeza teórica era la huelga general; es decir, no la huelga general en sí sino su consigna. Y a par¬tir de allí, por el método inverso, se llega a la conclusión de que "nos aproximamos a formas más elevadas de la lucha de clases". Porque, vean ustedes, si no nos aproximáramos, ¿cómo haría Molotov para levantar la consigna de huelga general? Toda esta elucubración tiene como único asidero la palabra de honor del mamante estratega. Y los poderosos representantes de los partidos escucharon respetuosamente la palabra de este cretino jactancioso y, a su turno, respondieron: "¡Tiene razón!"
De todos modos nos enteramos de que todos los países, desde Inglaterra hasta China -con Francia, Alemania y Polonia a la cabeza-, ya están maduros para la consigna de huelga general. Por fin se nos convence de que de la desgraciada ley del desarrollo desigual no quedan ni rastros. Podríamos aceptarlo, si sólo nos explicaran con qué objetivos políticos levantan la consigna de huelga general en todos los países. Por lo me¬nos tendrían que decir que los obreros nunca salen a la huelga general por amor a la huelga general. El anarcosindicalismo no lo comprendió, y se rompió la cabeza. A veces la huelga general es una manifestación de protesta. Ese tipo de huelga puede estallar cuando algún acontecimiento claro, a veces inesperado, golpea la imaginación de los trabajadores y genera la necesidad de una resistencia unánime. Pero una manifestación huelguística de protesta no es todavía una huelga política revolucionaria en el verdadero sentido del término: es sólo un ensayo para la preparación de la misma. La huelga política revolucionaria propiamente dicha constituye, por así decirlo, el último acto de la lucha del proletariado por el poder. La huelga general, al paralizar al estado capitalista en sus funciones, plantea el interrogante ¿Quién manda en la casa? Esta cuestión sólo se resuelve mediante el empleo de la fuerza armada. Por eso, una huelga revolucionaria que no conduce a la insurrección armada culmina inevitablemente con la derrota del proletariado. Si algún sentido tienen las frases de Molotov sobre las huelgas políticas revolucionarias y "formas más elevadas de lucha", es el siguiente: en todo el mundo y en forma simultánea o casi simultánea, la situación revolucionaria ha alcanzado tal grado de madurez que los partidos comunistas de Oriente, de Occidente, del Sur y del Norte tienen planteada la tarea de la huelga general, prólogo inmediato a la insurrección armada.
Basta con pasar revista a la estrategia molotoviana del "tercer período" para que se revele en todo su absurdo.

"Ganar la calle"
La otra tarea que se plantea con la huelga general es la de "ganar la calle". En este caso no se defiende -al menos con palabras- los derechos "democráticos", pisoteados por la burguesía y la socialdemocracia, sino el "derecho" del proletariado a levantar sus barricadas. Esa es, precisamente, la interpretación que se le ha dado a la consigna "ganar la calle" en numerosos artículos de la prensa comunista oficial después del plenario de Julio. No nos corresponde a nosotros negarle al proletariado el derecho de "ganar la calle" mediante las barricadas. Pero es necesario comprender lo que esto significa. Sobre todo, hay que comprender que la clase obrera no levanta barricadas por amor a las barricadas, así como no sale a la huelga por amor a huelga. Debe existir un objetivo político inmediato, capaz de fusionar a millones de trabajadores y dar apoyo firme a la vanguardia. De esa forma se plantean el problema los revolucionarios, no así los oportunistas desenfrenados.
A la tarea revolucionaria de "ganar la calle" -al arte por amor al arte- se dedican varias jornadas especiales. La última exhibición de este tipo fue, como todos saben, la del 1º de agosto. El común de los mortales se preguntaba, ¿por qué el lº de agosto, cuyo fracaso ya había sido anunciado por el del 1º de mayo? ¿Cómo por qué? -respondían con exaltación los estrategas oficiales-. ¡Porque hay que ganar la calle! ¿Cómo hemos de interpretarlo, hay que ganar la acera o la calzada? Hasta ese momento, para nosotros, la tarea del partido revolucionario consistía en ganar a las masas, y la política capaz de movilizar a las más amplias masas y llevarlas a desplegar la mayor actividad abría inexorablemente las calles, por grande que fuera el empeño puesto por la policía en cuidarlas y cerrarlas. La lucha por ganar la calle no puede plantearse como tarea independiente, separada de la lucha política de las masas y subordinada al programa oficial elaborado por Molotov.
Y, más importante aun, no se puede engañar a la historia. La tarea no consiste en parecer más fuerte sino en llegar a serlo. Y no se lo logrará con ruidosas fantochadas. Cuando no existe un "tercer período", es posible inventarlo y aprobar decenas de resoluciones. Pero no se puede fabricar el tercer período en la calle, de acuerdo con un calendario. Si los comunistas siguen por este camino, no encontrarán más que derrotas, trágicas en algunos casos, estúpidas y humillantes en la mayoría de ellos.

"Nada de alianzas con los reformistas"
Ahora bien, el “tercer período” da lugar a otra conclusión táctica importante, que Molotov expresa así: “Ahora más que nunca, la táctica de alianzas entre or¬ganizaciones revolucionarias y organizaciones reformistas es inadmisible y dañina" (Pravda, Nº177, 4 de agosto de 1929).
Las alianzas con los reformistas son más inadmisibles "que nunca". ¿Significa que antes también eran inadmisibles? Siendo así, ¿cómo se concilia esto con la política aplicada entre 1926 y 1928? Y si las alanzas con los reformistas son inadmisibles en general, ¿por qué son ahora particularmente inadmisibles? Porque -nos dicen- hemos entrado en una etapa de ascenso revolu¬cionario. Pero no podemos dejar de recordar que el mo¬tivo del bloque concertado con el Consejo General de los sindicatos ingleses fue justamente que en Inglaterra se había iniciado un ascenso revolucionario, y que la radicalización de la clase obrera británica empujaba a los reformistas hacia la izquierda. ¿En virtud de qué la supersabiduría táctica stalinista de ayer se vuelve cabeza abajo? En vano buscaríamos la solución de este acertijo. Sin embargo, el problema es bastante sencillo. Los empíricos del centrismo se quemaron las manos con la experiencia del Comité Anglo-Ruso, y juraron rotundamente evitar tales escándalos en el futuro. Pero los juramentos son inútiles, porque nuestros estrategas siguen sin aprender las lecciones del Comité Anglo-Ruso.
El error consistió en no concertar un acuerdo circunstancial con el Consejo General que, en efecto, durante ese período se desplazó a la "izquierda" bajo la presión de las masas. El primer error fue constituir un bloque, no en base a objetivos concretos y prácticos, accesibles a la clase obrera, sino a frases pacifistas generales y engañosas fórmulas diplomáticas. El error principal, que se convirtió en un gigantesco crimen his¬tórico, fue que nuestros estrategas no pudieron romper inmediata y abiertamente con el Consejo General cuando éste volvió sus armas contra la huelga general, es decir, cuando el aliado circunstancial y poco digno de confianza se transformó en un franco enemigo.
La influencia que ejerce sobre los reformistas la radicalización de las masas es bastante parecida a la de la revolución burguesa sobre los liberales. En las prime¬ras etapas de la movilización de masas, los reformistas van hacia la izquierda, esperando así poder retener la dirección de la misma. Pero cuando la movilización sobrepasa los marcos de la reforma y exige a los dirigentes que rompan totalmente con la burguesía, la mayoría de los reformistas cambian de color. Los cobardes compañeros de ruta de las masas se transforman en rompehuelgas, enemigos, traidores descarados. Al mismo tiempo, empero, algunos de ellos -y no necesariamente los mejores- se pasan al bando de la revolución. La alianza con los reformistas, en el momento en que las circunstancias los obliguen a dar un paso o medio paso adelante, puede ser inevitable. Pero es necesario saber de antemano que los comunistas romperán implacablemente con los reformistas apenas éstos den el salto hacia atrás. Los reformistas no son traidores porque siempre, y con cada uno de sus actos, cumplan las órdenes de la burguesía. Si así fuera, no tendrían influencia en el movimiento obrero y, por consiguiente, la bur¬guesía no los necesitaría.
Justamente a fin de contar con la autoridad necesa¬ria para traicionar a los obreros en el momento decisivo, los oportunistas se ven obligados, en el período prepa¬ratorio, a dirigir las luchas obreras, sobre todo en las primeras etapas de la radicalización de las masas. De ahí la necesidad de la táctica del frente único, que nos obliga, en aras de la mayor unificación de las masas, a concertar alianzas circunstanciales con sus dirigentes reformistas.
Hay que conocer la función histórica de los socialdemócratas para arrancarlos, paso a paso, de todos sus puestos de dirección. La dirección actual revela no po¬seer ni rastros de ese conocimiento. Sólo sabe de dos métodos: el brandlerista de prenderse a la cola de la socialdemocracia (1926-1928)-, o el de identificar a la socialdemocracia con el fascismo, reemplazando la polí¬tica revolucionaria con el insulto inoperante. El resulta¬do de seis años de zigzags es el fortalecimiento de la socialdemocracia y el debilitamiento del comunismo. Las directivas mecánicas del Décimo Plenario sólo sir¬ven para empeorar una situación que ya de por sí es mala.
Sólo un ignorante sin remedio puede creer en el poder milagroso del "tercer período", capaz de llevar al conjunto de la clase obrera a romper con la socialdemocracia y echar a toda la burocracia reformista al campo fascista. No, la marcha del proceso será más compleja y contradictoria. La consecuencia inevitable de una creciente insatisfacción con el gobierno socialdemócrata alemán y con los laboristas ingleses, la transformación de las huelgas parciales y aisladas en movimientos de masas, etcétera, cuando todos estos hechos se realicen será -téngalo bien en cuenta Molotov y Cía. – un viraje a la izquierda de amplios sectores reformistas, así como los procesos internos de la URSS obligaron al bando centrista, al que pertenece Molotov, a girar en el mismo sentido.
Los socialdemócratas y la Internacional de Amsterdam, con la única excepción de los elementos más derechistas (tipo Thomas, Hermann Mueller, Renaudel, etcétera), se verán obligados por las circunstancias a ponerse a la cabeza del avance de las masas, para mantener ese avance dentro de límites muy estrechos o para atacar a los obreros desde la retaguardia cuando se excedan esos límites. Si bien nosotros lo sabemos de antemano y aleccionamos a la vanguardia al respecto, el futuro mostrará decenas, centenas y millares de casos en que los comunistas no podrán negarse a concertar alianzas circunstanciales con los reformistas, sino que incluso tendrán que asumir la iniciativa de su concertación, de manera tal que, sin permitir que la dirección se les escape de las manos, puedan romper con los reformistas apenas éstos se transformen, de aliados poco firmes, en traidores descarados. Será inevitable emplear esta política sobre todo con la izquierda socialdemócrata que, cuando se produzca una auténtica radicalización de las masas, se verá obligada a enfrentar a la derecha hasta el punto de romper con ella. Esta pers¬pectiva no contradice en absoluto el hecho de que los dirigentes de la socialdemocracia de izquierda sean a menudo los aliados más peligrosos y dañinos colaboradores con la burguesía.
¿Quién puede negarse a aliarse con los reformistas, por ejemplo, en las huelgas que ellos dirigen? Si en este momento se dan pocos casos, se debe a que el movi¬miento huelguístico es muy débil y los reformistas pueden ignorarlo o sabotearlo. Pero cuando las masas participen en la lucha, las alianzas serán inevitables para ambos bandos. Será igualmente imposible evitar la alianza con los reformistas -no sólo con las masas socialdemócratas sino también con sus dirigentes, mejor dicho con un sector de la dirección- en la lucha contra el fascismo. Es posible que esta perspectiva no tarde en plantearse, no sólo en Austria sino también en Alemania. Las directivas del Décimo Plenario son el fruto de la psicología de los oportunistas muertos de miedo.
Los Stalin, Molotov y demás ex aliados de Chiang Kai-shek, Wang Tin-wei, Purcell, Cook, Fimmen, La Follete y Radich no dejarán de clamar a viva voz que la Oposición de Izquierda aboga por un bloque con la Se¬gunda Internacional. Apenas la verdadera radicaliza¬ción de las masas tome a los burócratas por sorpresa, los gritos no les impedirán anunciar que comenzó un cuarto período, o la segunda etapa del tercero, y todos los Molotovs entrarán con "los dos pies" en la etapa de los experimentos oportunistas como el del Comité Anglo-Ruso y el Kuomintang obrero y campesino.

No olvidéis vuestro propio pasado
Que todos los dirigentes del Partido Comunista Francés y los de los demás partidos de la Internacional recuerden su propio pasado. Todos ellos, menos los jó¬venes, salieron de las filas reformistas influidos por el giro a la izquierda de los trabajadores. Eso no fue obstáculo para que los bolcheviques hicieran acuerdos con los reformistas radicalizados, con condiciones muy precisas: uno de esos acuerdos fue el de Zimmerwald. ¿Cómo pueden los social-patriotas de ayer estar tan seguros de que las masas, en el momento de acercarse a las “posiciones de avanzada de la insurrección revolu¬cionaria", no producirán una nueva generación de Cachins, Monmousseaus, Thaelmanns, etcétera (esperamos que la segunda edición resulte mejor que la pri¬mera), y que no nos veremos obligados nuevamente a tomar a estos caballeros de las orejas para arrastrarlos a posiciones revolucionarias, concertar con ellos alian¬zas circunstanciales, plantearles, en una etapa posterior, veintiún condiciones o quizás cuarenta y dos o, por el contrario, arrojarlos de cabeza al pantano del oportunismo apenas comiencen a retroceder?
Los teóricos oficiales se equivocan totalmente cuando dicen que el fortalecimiento del ala derecha comunista se debe a que la radicalización de las masas asus¬tó a los reformistas "inconscientes". ¡Demuestran no comprender lo que es la psicología política! Ser oportu¬nista supone poseer una gran elasticidad y capacidad de adaptación. Si la presión de las masas se hiciera sentir, los Brandler, Jilek y Lovestone se desplazarían a la izquierda, no a la derecha, y esto es cierto sobre todo en el caso de arribistas ya gastados como Sellier, Carchery y demás, a quienes lo que más les importa es no perder sus mandatos legislativos. Es cierto que la capacidad de izquierdización de los oportunistas no es ilimitada. Al llegar al Rubicón -al momento decisivo, a la insurrección-, la mayoría se vuelve atrás, hacia la derecha. Así lo demuestra, incluso, la experiencia de un partido tan probado como el Partido Bolchevique (Zinoviev, Kamenev, Rikov, Kalinin, Tomski, Lunacharski y otros). Después de la victoria, los oportunistas giraron nuevamente a la "izquierda", mejor dicho al bando que tenía el poder (Lozovski, Martinov, Kuusinen y otros más, seguidos luego por héroes de la talla de Pepper, Cachin y Frossard), Pero en Francia el mo¬mento decisivo esta lejano todavía. Los oportunistas franceses en la actualidad no se van hacia la izquierda sino hacia la derecha, lo que constituye una prueba cierta de que la presión revolucionaria de las masas no se hace sentir, que el partido se debilita y que los arribistas municipales y de todo tipo esperan conservar sus sillones denunciando al comunismo. Cuando esos pésimos elementos se van, el partido gana. Pero lo triste es que la política errónea, irresponsable, aventurerista, autosuficiente y cobarde de la dirección oficial crea condiciones muy favorables para estos desertores y empuja hacia ellos a elementos proletarios que deberían integrar las filas comunistas.

Una vez más sobre el peligro de guerra
Como si la confusión ya creada fuera poca, la situación revolucionaria inminente aparece combinada con el peligro de guerra inminente. Al hacer la defensa de esta tesis, Molotov sorprendió a todos dirigiendo sus baterías teóricas contra Varga, el conocido teórico-cortesano, el Polonio shakespeariano, siempre dispuesto a halagar a todo "príncipe", sea de derecha o de izquierda, según como sople el viento. Sin embargo, por esta vez Polonio no dio en el blanco. Su conocimiento de los hechos y cifras divulgados por la prensa mundial le impidió desplazar oportunamente el meridiano de la Internacional Comunista al lugar donde Molotov había colocado su pie izquierdo. Varga propuso la siguiente enmienda política a la resolución:
"La agudización de las contradicciones imperialistas, que en este momento ninguno de los principales países imperialistas desea resolver mediante la guerra, obliga a éstos a tratar de limar temporalmente las contradicciones que provocan las indemnizaciones."
Parecería que esta afirmación tan cautelosa es absolutamente irrefutable. Pero, puesto que la misma requería algunas consideraciones adicionales, Molotov se exasperó. ¿Cómo es posible creer -aulló- que ninguna de las principales potencias imperialistas desee en la actualidad resolver las contradicciones imperialistas mediante una guerra? "Todos saben [!] – ¡escuchad, escuchad, es Molotov quien os habla- que el peligro de una nueva guerra imperialista crece día a día." No obstante lo cual, Varga "opina lo contrario". ¿No es monstruoso? ¿Cómo se atreve Varga a "negar que, precisamente en virtud de la puesta en marcha del Plan Young, la agudización de las contradicciones es un hecho inevitable"?
Todo esto es tan absurdo, tan evidentemente estúpido, que ni da lugar a la ironía "Todos saben que el peligro de una nueva guerra imperialista crece día a día". ¡ Qué poder de pensamiento! ¿Todos lo saben? Desgraciadamente, sólo lo sabe un pequeño porcentaje de la humanidad que, al igual que el flamante líder de la Internacional Comunista, desconoce cómo crece en realidad el peligro de guerra. Es tan absurdo decir que crece "día a día" como decir que las masas se radicalizan día a día. Se trata de un proceso dialéctico, en el que la rivalidad imperialista se exacerba y se suaviza alternativamente. Tal vez Molotov haya oído decir que ni siquiera el desarrollo de las fuerzas productivas, el más fundamental de los procesos capitalistas, se produce "día a día", sino que atraviesa períodos de crisis y de auge, de retroceso de las fuerzas productivas y hasta de destrucción total de las mismas (en tiempos de guerra). La marcha de los procesos políticos sigue las mismas pautas, pero sus convulsiones son aun mayores.
En 1923 el problema de las indemnizaciones provocó la ocupación del Ruhr. Fue nada menos que un apresto bélico en pequeña escala. Pero eso sólo bastó para generar una situación revolucionaria en Alemania. La Internacional Comunista, dirigida por Zinoviev y Stalin, y el Partido Comunista Alemán, al mando de Brandler, arruinaron esta magnífica oportunidad. El año 1924, con el Plan Dawes, fue testigo del debilitamiento de la lucha revolucionaria en Alemania y de la mitigación de las contradicciones entre Francia y Alemania. Así se crearon las premisas políticas para la estabilización económica. Cuando nosotros lo dijimos, o mejor dicho cuando predijimos este proceso a fines de 1923, Molotov y los demás sabihondos nos tacharon de liquidadores y se arrojaron de cabeza a una etapa de ascenso revolucionario.
Los años de estabilización dieron surgimiento a nuevas contradicciones y agudizaron algunas de las viejas. La revisión del Plan Dawes se volvió una necesidad imperiosa. Si Francia o Alemania se hubieran negado a aceptar el Plan Young, Europa sería testigo de una segunda ocupación del Ruhr, pero esta vez a escala mucho mayor, con las consecuencias correspondientes. Pero eso no sucedió. Todos los jugadores consideraron más oportuno llegar a un acuerdo y, en lugar de una segunda ocupación del Ruhr, hoy vemos una limpieza del distrito del Ruhr. La ignorancia se caracteriza por confundir las cosas, el conocimiento empieza con su diferenciación. El marxismo jamás tolera la ignorancia.
Pero, ¿acaso -exclama nuestro estratega-, "el resultado del Plan Young no será necesariamente una agudización de las contradicciones"? ¡Será necesariamente! Pero… como resultado. Es necesario comprender la sucesión de los acontecimientos y la dialéc¬tica de sus alternativas. El fruto inevitable de todo auge coyuntural es una recesión, a veces una crisis. Pero eso no significa que una coyuntura buena sea lo mismo que una mala y que la crisis se acerque "día a día". "Como resultado" de haber vivido, el ser humano va a unirse a sus antepasados, lo que no significa que esa persona llega a la muerte sin haber conocido la infancia, el crecimiento, la enfermedad, la madurez y la ve¬jez. La ignorancia se caracteriza por confundir las etapas de un proceso. La manzana de la sabiduría nos enseña a distinguirlas. Pero Molotov jamás probó bocado de ese fruto.
El lamentable esquematismo de los dirigentes no es totalmente inocuo; por el contrario, afecta a la revolución a cada paso. El conflicto sino-soviético creó la ne¬cesidad apremiante de movilizar a las masas contra el peligro de guerra y por la defensa de la Unión Soviética. No cabe duda de que en esa situación, y aun en las con¬diciones imperantes, los partidos comunistas habrían podido realizar esta tarea con todo éxito. Para eso era necesario que la prensa comunista dejara oír la tremenda voz de los propios acontecimientos. Pero, quiso la suerte que el conflicto del Lejano Oriente estallara justo cuando se estaban realizando los preparativos para el 1º de agosto. Los agitadores y periodistas oficiales insistieron de manera tan furibunda y persistente sobre el peligro en general y la guerra en general, que el verdadero conflicto internacional se perdió de vista y casi no llegó a la conciencia de las masas. Asimismo, en la política de la Internacional Comunista las mojarritas del esquematismo burocrático se tragan a la ballena de la realidad viva.
En cuanto a la lucha contra el peligro de guerra, es necesario pasar revista a la estrategia del “segundo período”: la importancia de una lucha común contra el peligro de guerra fue una de las principales justificaciones del bloque con el Consejo General británico. En el plenario del Comité Central de julio de 1927, Stalin juró que el bloque con el Consejo General se justificaba plenamente, en virtud de que los sindicatos británicos nos ayudaban a luchar contra el imperialismo británico. Por lo tanto, quien exigiera la ruptura del bloque con los rompehuelgas no estaba de todo corazón por la de¬fensa de la Unión Soviética. Y así sucedió que, en 1926-1927 además del viraje a la izquierda de los obreros británicos, el otro gran argumento para concertar el blo¬que con los reformistas fue el peligro de guerra. Ahora parece que tanto la radicalización de las masas como la inminencia del peligro de guerra justifican el repudio a cualquier alianza con los reformistas. Todo se plantea como para sembrar la mayor confusión posible entre los obreros de vanguardia.
No cabe duda de que en caso de guerra, inclusive ante el peligro cierto de guerra, los reformistas se pasarán con armas y bagajes al bando de la burguesía. Una alianza con ellos para luchar contra la guerra es tan inútil como un bloque para llevar adelante la revolución proletaria. Precisamente por eso, la justificación stalinista del Comité Anglo-Ruso como arma para la lucha contra el imperialismo fue un engaño criminal perpetra¬do contra los obreros.
Pero la historia no sabe solamente de guerras y revoluciones, sino también de intervalos entre las mismas, períodos en que la burguesía se prepara para la guerra y el proletariado para la revolución. Así es el período que vivimos hoy. Debemos alejar a las masas de los reformistas que, lejos de entrar en decadencia, se han fortalecido en los últimos años. Pero este fortalecimiento los hace depender más que antes de su base proletaria. La táctica del frente único va dirigida precisamente a esa dependencia. Pero esta táctica no debe ponerse en práctica según Zinoviev y Brandler, según Stalin y Bujarin; tenemos que volver a Lenín.

Las tres corrientes del comunismo
La Oposición de Izquierda, que no suscribe el dogma del "tercer período", será acusada una vez más por francotiradores del tipo de Monmousseau de caer en desviaciones derechistas. Después de todo lo ocurrido en los últimos seis años, podemos analizar esta acusación con tranquilidad. Ya en el Tercer Congreso de la Internacional Comunista muchos de los caballeros que después se pasaron a la socialdemocracia o permanecieron temporalmente en el brandlerismo nos acusaron, a nosotros y a Lenín, de desviaciones derechistas. Basta recordar que en el Quinto Congreso Louis Sellier fue uno de los grandes adversarios del "trotskismo".
Sin embargo, seguramente los derechistas tratarán de utilizar algunas de nuestras críticas. Es absolutamente inevitable. No todos los argumentos de la dere¬cha son erróneos. En muchas ocasiones los propios saltos de la burocracia dan fundamento a sus críticas. Dentro de ese marco, suelen emplear criterios marxistas para contraponer el oportunismo al aventurerismo.
Debe agregarse que en las filas de la Oposición, que con toda justicia se autotitula Oposición de Izquierda, existían hasta hace poco algunos elementos que se unieron a nosotros en 1924, no porque defendíamos una posición revolucionaria internacional sino porque combatíamos el aventurerismo de Zinoviev. Muchos fran¬ceses, elementos oportunistas en potencia, se cobijaron bajo la capa protectora de la Oposición rusa. Hasta hace poco, muchos de ellos hacían gala de un acuerdo total ("sans reserves") con nosotros. Pero cuando se trató de luchar por las posiciones de la Oposición se abrió un abismo entre nosotros y estos militantes de salón. Ellos niegan la existencia de una situación revolucionaria solamente porque no desean que la misma se produzca.
A muchas buenas personas les molestaba sinceramente que nos ocupáramos de introducir una cuña entre la Oposición de Izquierda y la de Derecha. Decían que nuestra clasificación de las tres corrientes fundamentales del comunismo contemporáneo era arbitraria e inaplicable a Francia, porque allí no existía un ala derecha. Sin embargo, los últimos meses, tanto en Francia como en otros países, confirmaron la corrección de este "esquema" internacional. La Liga Sindicalista levantó con toda ostentación la bandera de la lucha contra el comunismo, y así encontró aliados en la segunda fila de la oposición sindical. Al mismo tiempo, los reformistas rompieron con el partido. En su lucha contra el aventurerismo burocrático, tratan de retener sus mandatos con el pretexto de crear un partido nuevo. Inmediatamente, y en virtud de su parentesco político, la oposición sindical de derecha apareció como vinculada al nuevo "partido" parlamentario municipal. Así todo va ocupando el lugar que le corresponde. Y creemos que en esto La Verité cumplió una gran tarea.
Una línea recta se determina mediante dos puntos. Para determinar una curva se necesita no menos de tres. Los caminos de la política son muy complejos y curvilíneos. Para evaluar correctamente los distintos agrupamientos, hay que examinarlos en sus diversas etapas: en momentos de alza revolucionaria y en momentos de reflujo revolucionario. Si queremos trazar la órbita política de la Oposición de Izquierda Comunista debemos establecer una serie de puntos críticos: los acontecimientos alemanes de 1923, la estabilización de 1924, la política de industrialización y la política hacia el kulak en la URSS en 1923-1928, la cuestión del Kuomintang y la del Comité Anglo-Ruso, la insurrección de Cantón, la caracterización de la teoría y la práctica del "tercer período", etcétera. Cada una de estas cuestiones abarca toda una serie de tareas tácticas. De este complejo de ideas y consignas los merodeadores del aparato arrancan frases aisladas y con ellas construyen la teoría de un acercamiento entre la derecha y la izquierda. Los marxistas visualizan el problema en su conjunto y mantienen consecuentemente su estrategia fundamental, a pesar de los cambios circunstanciales. Este método no brinda resultados instantáneos, pero es el único que merece confianza. Que los saqueadores saqueen. Nosotros nos preparamos para el mañana.

8 de enero de 1930
 

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