El imperialismo occidental gira hacia el pesimismo en Ucrania

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Ya han pasado más de 100 días desde que comenzara la invasión rusa de Ucrania, sin vislumbrarse el final de la guerra. Las declaraciones entusiastas de Occidente tras la retirada de Rusia de las áreas que había ocupado alrededor de Kiev, Sumi, Chernihiv y Járkov, se han convertido en evaluaciones más pesimistas. Las fuerzas rusas, con una artillería superior, han ganado terreno en el Donbás, lenta pero implacablemente. Las pérdidas ucranianas están aumentando.

Rusia ha mantenido sus ingresos del petróleo y gas, a pesar de las sanciones de Occidente, cuyos efectos secundarios amenazan con empujar a la economía mundial a una nueva y dañina recesión.

La guerra ha pasado por dos fases bien diferenciadas. En la primera, Rusia lanzó una operación combinada en varios frentes, Norte, Sur y Este, con un rápido despliegue de fuerzas y el cerco de ciudades clave de Ucrania. El objetivo de esta táctica de choque no era tanto tomar la capital, sino provocar el colapso de la cadena de mando y forzar la rendición del gobierno ucraniano. Eso falló.

La resistencia ucraniana fue más dura de lo esperado, y con la ayuda de la inteligencia occidental, las fuerzas ucranianas pudieron prepararse y defenderse de algunos de los ataques rusos, como el del aeropuerto de Hostomel. Las fuerzas rusas, cuyas líneas de suministro estaban sobrecargadas, quedaron empantanadas por las tácticas de guerrilla de unidades pequeñas para las que se había estado entrenando el ejército ucraniano.

Eso provocó un cambio de táctica por parte del ejército ruso a finales de marzo y principios de abril. Se retiraron de las zonas que habían tomado en el norte y trasladaron sus fuerzas al este, aunque dejaron una pequeña presencia en la región fronteriza al norte de Járkov. El objetivo se enfocó en apoderarse del Donbás (hasta las fronteras administrativas de las provincias de Lugansk y Donetsk) y consolidar sus conquistas en Jersón y Zaporiyia.

La guerra de poder del imperialismo estadounidense

El gobierno ucraniano y Occidente cantaron victoria. “Los rusos han sido derrotados”, dijeron. Contando también con que Ucrania colapsaría en los primeros días de la guerra, las fuerzas especiales británicas y francesas elaboraron planes concretos para rescatar a Zelensky, como Washington les había aconsejado que hicieran ellos mismos. El imperialismo estadounidense ha redefinido sus objetivos en la guerra. Ha declarado abiertamente estar librando una guerra de poder para debilitar decisivamente a Rusia. Estados Unidos ha invertido miles de millones de dólares en equipos y ayuda, y movilizado a sus aliados para igualar el esfuerzo.

Pero las cosas no están saliendo según lo planeado. Ha pasado ya más de un mes desde que Estados Unidos aprobara un proyecto de ley de 40.000 millones de dólares para armar a Ucrania. Obuses M777 de 155 mm de fabricación estadounidense llevan un mes desplegados en el campo de batalla, junto con otras piezas de artillería, aviones no tripulados, etc., y, sin embargo, no han tenido un impacto significativo en el curso de la guerra. La superioridad rusa en artillería sigue siendo abrumadora. La guerra en el Donbás no va bien. Rusia está ganando.

Primero vimos la rendición de Azovstal, la enorme fábrica de acero donde el resto del regimiento neonazi Azov (parte de la Guardia Nacional de Ucrania) se había refugiado junto con varias tropas de la infantería de marina ucraniana. A pesar de todas sus intenciones de no rendirse, tras varias semanas de asedio y sin acceso a nuevos suministros, acabó por suceder, aunque los medios occidentales y ucranianos intentaron presentarlo como una “evacuación”. ¡Una “evacuación” directamente a los campos de prisioneros de guerra rusos! Más de dos mil soldados fanáticos y endurecidos por la batalla fueron eliminados de la ecuación. Eso fue un golpe psicológico, que es lo que intentó suavizar la campaña mediática de camuflaje en torno a la rendición.

La caída de Azovstal liberó a las tropas rusas para reforzar el avance en el Donbás. Los rusos se hicieron con dos puntos clave. Uno fue el pequeño pueblo de Popasna, en Lugansk, que se encuentra en un terreno elevado, lo que les proporciona un punto desde el que avanzar hacia la crucial carretera de Bajmut-Lisichansk. El objetivo era rodear el ensanche de Lisichansk-Severodonetsk, que, de tomarse, les daría un control total sobre las fronteras administrativas de Lugansk. El otro era Izium, un punto de comunicación crucial en la carretera hacia Slaviansk y Kramatorsk, dos centros urbanos cruciales de la provincia de Donetsk.

Sin embargo, el intento de conseguir un cerco completo cruzando el río Siverski Donetsk no se consiguió y el ejército ucraniano destruyó una gran cantidad de vehículos blindados y pontones. Pero eso no detuvo el avance ruso. La batalla por Severodonetsk continúa, pero los rusos controlan la mayor parte de la ciudad.

No pudiendo avanzar al sur de Izium, las fuerzas rusas concentraron sus esfuerzos en tomar Limán, otro importante centro de comunicaciones al noreste de Slaviansk (que, por cierto, fue la primera ciudad en ser tomada por los rebeldes prorrusos en 2014).

Mientras tanto, los intentos del ejército ucraniano de contraatacar, al norte de Járkov (Ternova, Rubizhne, Staryi Saltiv), en la línea del frente de Jersón (Davidiv Brid) y, más recientemente, en el bosque al oeste de Izium, parecen haber sido repelidos por los rusos. El objetivo de estos ataques parece haber sido alejar a las tropas rusas del principal teatro de operaciones, en lugar de hacerlas retroceder de manera decisiva.

“Somos solo peones”

El tono del gobierno ucraniano y de los imperialistas occidentales ha cambiado notablemente. Ha habido informes sobre la baja moral de las tropas ucranianas. Las fuerzas de defensa territorial de Ucrania, aquellas que se unieron en los primeros días de la invasión para defender su país, pero sobre todo sus hogares y sus familias, se ven particularmente afectadas. Sienten que están siendo enviados al frente como carne de cañón, sin el entrenamiento ni el equipo adecuados, para morir en una guerra que no pueden ganar. Varios batallones han grabado y difundido videos de protestas. Algunos han dejado el frente por completo.

The Economist describía así la situación: “Si las noticias parecen sombrías para ambas partes, es peor para Ucrania. Los soldados que regresan hablan de mando caótico y municiones agotadas. Los jóvenes soldados sin experiencia de las unidades de voluntarios son enviados al frente para reemplazar a los compañeros caídos”

Un informe de la inteligencia británica al que ha tenido acceso The Independent  pinta un panorama sombrío:

“Las tropas ucranianas están sufriendo pérdidas masivas, ya que las fuerzas rusas las superan 20 a 1 en artillería y 40 a 1 en municiones… Otro informe de la inteligencia ucraniana y occidental también revela que los ucranianos se enfrentan a enormes dificultades para responder a los bombardeos rusos con su artillería, restringida a un rango de 25 kilómetros, mientras que el enemigo puede atacar desde 12 veces esa distancia. Por primera vez desde que comenzó la guerra, hay preocupación por la deserción. Según el informe al que ha tenido acceso The Independent, el empeoramiento de la situación en Donbás, con la muerte de hasta cien soldados por día, está teniendo “un efecto seriamente desmoralizador en las fuerzas ucranianas, así como un efecto material muy real; los casos de deserción crecen cada semana”.

Las últimas cifras dadas por el asesor presidencial Podoliak ascienden a 200 soldados ucranianos muertos al día. Un artículo en CBC recogía las críticas de un soldado ucraniano, Nikita, a sus superiores:

“Tienes que entender que hay dos castas en este país”, dijo. “Está la casta superior, y luego estamos nosotros: la casta inferior. Somos solo peones. Nada más. La casta superior recibe el dinero y nosotros recibimos la orden: ‘¡Adelante!’ “Así es como siempre ha funcionado aquí [en Ucrania]”, dijo, antes de enfatizar que no espera que nadie le crea.

“Nadie aquí quiere escuchar la verdad”, dijo Nikita. “Solo quieren la hermosa historia de una Ucrania unida. Pero aquí, estamos jodidos”.

El contraste con la propaganda oficial ha sido percibido incluso por algunos periodistas ucranianos a los que no se les puede acusar de tener simpatías prorrusas. Comentando las declaraciones triunfalistas del gobernador de Lugansk, Haidai, el periodista Yuiy Butusov se expresó con esta contundencia:

“En la guerra, hay que engañar al enemigo, no a los ciudadanos. En este caso, la sociedad ucraniana debe recibir información cercana a la realidad, necesitamos victorias reales, no ficticias. El riesgo de autoengaño en la guerra es que las falsas invenciones y declaraciones optimistas injustificadas impulsan a unidades, personas, y toman decisiones de una manera que no encaja con la situación. Paren estos juegos de palabras, no tienen que hacer esto (…). El mensaje regular de lo deseado en lugar de lo real causa preocupación. Para conseguir victorias reales, no debes crear castillos en el aire”.

Ucrania está exigiendo más de sus aliados occidentales: más tanques, más municiones. El asesor del jefe de Gabinete del Presidente Zelenski, Mijailo Podoliak, emitió un tuit – en vísperas de una nueva reunión de ministros de la OTAN el 15 de junio en Bruselas – con demandas muy concretas:

  • 1.000 obuses de 155 mm;
  • 300 MLRS;
  • 500 tanques;
  • 2.000 vehículos blindados;
  • 1.000 drones.

Es poco probable que obtenga ni una fracción de lo que está pidiendo. Muchos países europeos solo tienen una fracción de la cantidad de MLRS (Sistema de lanzamiento múltiple de cohetes) solicitada (Alemania 38, Francia 13, Reino Unido 44), y si EE. UU. enviara 300 a Ucrania, ¡supondría una cuarta parte de su suministro total! En cuanto a los tanques, el ejército del Reino Unido cuenta con 227 en total; Alemania tiene 226, y así sucesivamente. Además, muchos de estos sistemas de armas avanzados requieren semanas, si no meses, de entrenamiento, no solo para los propios operadores de artillería, sino para que todo el ejército pueda operar en conjunto con ellos.

El estado de ánimo en Washington es cada vez más pesimista. El portavoz del imperialismo estadounidense, el Washington Post, publicó el siguiente titular: “Ucrania se está quedando sin municiones a medida que las perspectivas se debilitan en el campo de batalla. Las esperanzas de que Ucrania pueda revertir las conquistas rusas se están desvaneciendo ante la potencia de fuego superior”. Por supuesto, debemos tomar algunas de estas declaraciones con cautela, ya que también están diseñadas para presionar a los gobiernos para que entreguen más armas, pero en general se corresponden con la situación sobre el terreno. Rusia avanza y los suministros occidentales de artillería y otras armas no tienen un impacto decisivo. En este punto, incluso algunos estrategas imperialistas occidentales podrían preguntarse si vale la pena seguir invirtiendo miles de millones de dólares en equipos en una guerra que creen que no se puede ganar.

Una guerra cada vez más costosa

A medida que la guerra continúa con los constantes avances rusos, el impacto en la economía mundial pesa mucho en los cálculos del imperialismo estadounidense y abre una brecha cada vez mayor entre Washington y algunos de sus aliados europeos (Francia y Alemania, pero también Italia). La presión para encontrar una salida a esta guerra cada vez más costosa es cada vez mayor. Italia ha sugerido un plan de paz. Macron cree que “Rusia no debe ser humillada”. Las dudas entre la clase dominante alemana sobre la situación son muy serias, a pesar de la actitud entusiasta del ministro de Asuntos Exteriores de los Verdes.

Según Reuters: “Fuentes del gobierno alemán también expresaron su preocupación por que se pudiera estar incitando a Ucrania a perseguir objetivos militares poco realistas, incluida la recuperación de la península de Crimea anexionada por Rusia en 2014, que podría prolongar el conflicto”.

Estados Unidos está atrapado entre diferentes presiones. Por un lado, ve la oportunidad de asestar un golpe a Rusia, utilizando a los soldados ucranianos como carne de cañón para sus objetivos. Pero, por otro lado, está limitado en el tipo y alcance de la artillería que puede suministrar a Kiev por temor a provocar represalias de Rusia (que es, después de todo, una potencia nuclear). Así fuimos testigos de las semanas de vacilaciones sobre la entrega de Sistemas de Cohetes de Artillería de Alta Movilidad. Primero se prometieron, luego no, finalmente se van a entregar, pero solo cuatro, y solo con municiones de cierto rango limitado. Rusia ha amenazado con que si su territorio es atacado, lo considerará como un acto directo de agresión y tomará represalias “contra los centros de decisión que no están en Kiev”.

Mientras tanto, las sanciones no han tenido el efecto deseado y ciertamente no han hecho que Putin cambie de rumbo sobre Ucrania. “Rusia está ganando la guerra económica”, dijo Larry Elliot en The Guardian. Las sanciones a Rusia definitivamente han tenido un efecto negativo en su economía, que se prevé que disminuya un 8,5% este año. Pero como el precio del petróleo y el gas ha subido como resultado, los ingresos de Rusia por exportaciones de energía  han aumentado en realidad!

Según informó Reuters: «Rusia puede estar obteniendo más ingresos de sus combustibles fósiles ahora que poco antes de la invasión de Ucrania, ya que los aumentos de los precios globales compensan el impacto de los esfuerzos occidentales para restringir sus ventas, dijo a los legisladores el enviado de seguridad energética de EE. UU., Amos Hochstein».

Incluso la tan anunciada posibilidad del ingreso en la OTAN de Finlandia y Suecia parece estar estancada, ya que Erdogan (Turquía) está usando la influencia del poder de veto para obtener concesiones sustanciales. Básicamente, piden que Suecia lo ayude a enjuiciar a sus opositores políticos, levantar la prohibición de venta de armas a Turquía (porque sí, Suecia, neutral y amante de la paz, es un importante exportador de armas), que la OTAN deje de apoyar a los kurdos sirios, y tal vez a EE. UU. que vuelva a incluir a Turquía en el programa de aviones de combate F-35 (acuerdo que EE. UU. suspendió en 2019 después de que Turquía comprara el sistema antimisiles ruso S-400).

En estas condiciones, es evidente que Rusia aún no está dispuesta a volver a la mesa de negociaciones y está tomando medidas preparatorias para incorporar a las Repúblicas de Donetsk y Lugansk (donde ha impuesto un cambio de liderazgo), así como a Jersón y Zaporiyia, a la Federación Rusa propiamente dicha. Eso significaría que, en el futuro, cualquier ataque en esas zonas sería considerado un ataque a Rusia, lo que debería actuar como un poderoso elemento disuasorio. La base para cualquier negociación futura ya no será el regreso al statu quo previo al de las fronteras anteriores al 24 de febrero, sino la situación actual sobre el terreno.

Viendo las crecientes reticencias y dificultades de la intervención occidental, esto significa que cuando los rusos completen la toma total de Donetsk y Lugansk, lo que puede llevar semanas o incluso meses, entonces estarán dispuestos a volver a las conversaciones y negociaciones, ya sea en forma de un acuerdo de paz o un alto el fuego. Zelenski espera que al contener a los rusos lo suficiente, Occidente quizás pueda entregar más artillería y armamento, lo que le daría a Ucrania la base para una contraofensiva ahora o en el mediano plazo.

Sin embargo, a medida que las pérdidas comiencen a acumularse en el frente, Zelenski se enfrentará a una creciente oposición en casa, como ya se empieza a ver.

La guerra es una ecuación algebraica complicada. Por un lado, tenemos las ambiciones imperialistas regionales de Putin y Rusia. Una vez que se ha embarcado en esta guerra, no puede salir sin haber logrado algunos o la mayoría de sus objetivos. Una Ucrania debilitada fuera de la OTAN es el principal, y ahora calcula que puede lograrlo mediante la destrucción infligida por la guerra y aislando al país del Mar Negro. Al mismo tiempo, esto le daría a Rusia un corredor terrestre que protegería a Crimea, la sede de su flota en el Mar Negro. Del mismo modo, dependiendo de cómo transcurra la fase actual de la guerra, podría decidir avanzar en sus objetivos apoderándose de Mikolaiv y Odesa, completando el puente terrestre a Transnistria y consolidando el control total sobre la costa ucraniana del Mar Negro.

Por otro lado, tenemos al imperialismo estadounidense, la fuerza más poderosa del planeta, pero que ha sufrido un relativo declive y se está viendo desafiada por el poder ascendente de China. No puede permitirse ser derrotado por Rusia. Eso sería una humillación más y debilitaría su reputación mundial.

En el medio está Ucrania, el teatro de la guerra, el país que está proporcionando las bajas civiles y militares, y la destrucción de infraestructura en este conflicto entre potencias imperialistas. Desde 2014 está gobernada por una serie de gobiernos oligárquicos reaccionarios que se comprometieron decididamente con el imperialismo occidental. Eso no impidió la invasión rusa, y Occidente ni siquiera les ha ofrecido ser miembros de la UE. Tarde o temprano habrá una revuelta contra esa estrategia.

De la guerra imperialista a la guerra de clases

Finalmente, hay otro elemento en la ecuación, que generalmente los estrategas militares o los comentaristas burgueses no toman en cuenta: la lucha de clases. La opinión de la clase trabajadora también es un factor. Las consecuencias económicas de la guerra y las sanciones ya están preparando una ola de combatividad sindical en los países capitalistas avanzados a medida que los trabajadores luchan por recuperar y mantener el poder adquisitivo de sus salarios frente a la inflación galopante. Eso socavará la capacidad de los gobiernos de Europa y EE. UU. para llevar a cabo esta guerra indirecta contra Rusia.

En los países capitalistas más pobres y atrasados, el impacto es aún mayor y ya está conduciendo a explosiones sociales, que pueden adquirir proporciones insurreccionales. Eso desestabilizará aún más las relaciones mundiales. En la propia Rusia, una vez que se disipe la niebla de la guerra (como ocurrirá tarde o temprano), los trabajadores ajustarán cuentas con su propio gobierno capitalista reaccionario y sus delirios de grandeza imperial zarista. Esto podría tomar un poco más de tiempo. Mientras Rusia parezca estar ganando, la opinión pública aguantará.

La guerra es a menudo la partera de la revolución. De hecho, la única forma real de poner fin a la guerra es precisamente con la revolución socialista. Necesitamos entender que la guerra es el resultado inevitable del imperialismo capitalista y solo puede terminarse con ella derribando todo el edificio podrido del sistema capitalista.

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