Aportación al debate sobre el teletrabajo – Una aproximación desde el marxismo

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El teletrabajo pasó al primer plano de la realidad laboral cuando la pandemia de Covid-19  obligó a cerrar parcial y temporalmente la actividad económica en muchos centros de trabajo, fundamentalmente en el área administrativa y de telecomunicaciones. Esto no es una mera cuestión laboral, tiene un profundo contenido político. Este artículo apareció originalmente en nuestra revista teórica Marxismo XXI nº 4 de marzo de 2022, de Lucha de Clases, sección española de la Corriente Marxista Internacional. Les animamos a leerlo y debatirlo.


El teletrabajo ha pasado al primer plano de la realidad laboral con motivo de la pandemia de Covid-19 que obligó a cerrar parcial y temporalmente la actividad económica en centros de trabajo colectivos. Así, el teletrabajo pasó del 4,8% de la fuerza laboral antes de la pandemia, al 16,2% en el segundo trimestre de 2020, para situarse a fines de 2020 en el 9,9%. Con la tercera ola y las restricciones de comienzos de 2021, repuntó de nuevo hasta el 11,2%, para terminar situándose a mediados de 2021 en el 9,4%.

A la hora de tomar una posición sobre el teletrabajo tenemos que definir bien qué aspectos tienen que ver con el asunto que nos ocupa y cuáles no, para no desviarnos del punto a debatir.

Los marxistas damos la bienvenida a todo desarrollo tecnológico, invención y nuevas formas de organización del trabajo, que acrecienten el dominio del ser humano sobre la naturaleza, que tengan la capacidad de abreviar el proceso de trabajo y lo hagan menos penoso, y que ayuden a preparar las mejores condiciones para el establecimiento de una economía socialista y del socialismo mismo.

Internet es una de las invenciones más colosales de la historia humana, preparada por todo el largo proceso de desarrollo anterior. Su aportación al desarrollo humano, en todos sus aspectos (económico, cultural, comunicacional, etc.) no necesita explicación. Lo mismo puede decirse del desarrollo informático asociado a ella (ordenadores, impresoras, etc.) y de los llamados teléfonos inteligentes (Smartphones). Nos muestran una brizna del potencial inagotable del ingenio humano y de las posibilidades que comportaría un uso adecuado de los mismos en una sociedad socialista.

La posibilidad de reuniones telemáticas es otro enorme avance para vencer las limitaciones de la distancia física entre personas y del viejo sistema telefónico. Supone un golpe demoledor para el particularismo e individualismo en las relaciones sociales y económicas, y jugará un papel decisivo en la cooperación humana, y en el establecimiento y aplicación de un plan global de planificación económica, en formas de participación, debates y democracia directa a todos los niveles, etc.

Todo esto está claro, y aunque todo ello es un presupuesto para el teletrabajo, no tiene que ver con el debate que proponemos.

Por definición, el teletrabajo consiste en desarrollar una labor productiva desde el domicilio del trabajador, a través de herramientas telemáticas conectadas a la empresa para la que se trabaja. En realidad, es la externalización de una labor, generalmente administrativa, hacia la casa del trabajador. Es una forma renovada del trabajo a domicilio, tan extendido en los albores del capitalismo, regido normalmente por el trabajo a destajo. Y no es casual que sean más mujeres (10%) que hombres (8,9%) los que teletrabajan en el Estado español. Implica en gran medida a antiguos empleos con jornadas y condiciones laborales más flexibles, menos cualificadas y por tanto con menor coste salarial para la empresa, que recaen mayoritariamente en mujeres.

Podemos distinguir dos tipos de trabajo en esta modalidad. Por un lado, están las labores rutinarias, administrativas de baja o media cualificación, mencionadas en el párrafo anterior, que representan el grueso del teletrabajo (tareas administrativas, trabajo en base de datos, servicios de atención al cliente y trabajo de “Call Center”, etc.) y tareas de alta cualificación, sobre todo en el área de ingeniería, arquitectura, gerencia, etc., que en general se caracterizan por el trabajo aislado o en grupos reducidos, y cuyas condiciones laborales en el domicilio no difieren mucho de las que podrían realizarse en una oficina o departamento de ingeniería de una empresa, con un personal que ya gozaba de antemano de condiciones laborales flexibles.

El teletrabajo no es un método de trabajo de aplicación universal, solo afecta a procesos que incluyen equipos informáticos, sobre todo ordenadores, de manera que su impacto es limitado en el conjunto de la producción y en la clase trabajadora. Es decir, nunca podría convertirse en la modalidad mayoritaria o dominante en los procesos de trabajo.

El teletrabajo puede ser muy útil para situaciones excepcionales, como la de la pandemia actual, catástrofes naturales, situaciones de emergencia de diverso tipo, etc. Eso es innegable. No podemos estar en contra del teletrabajo en esas condiciones.

Sin embargo, el teletrabajo es un arma poderosísima en manos de los empresarios para incrementar la explotación; es decir, para extraer plusvalía por encima del nivel medio, respecto del método de trabajo tradicional en la oficina. Podemos identificar los aspectos más regresivos del teletrabajo:

1.- La autoexplotación. Dado que desaparece la medida objetiva del proceso de trabajo medido por el tiempo (6 horas, 8 horas, etc.) es fácil imponer el trabajo a destajo (trabajo por objetivos de producción en una jornada laboral) y que siempre hemos rechazado como cuestión de principios. Estamos a favor de la medida del salario por el tiempo de trabajo necesario y con una intensidad media. El trabajo a destajo obliga al trabajador a una mayor intensidad de trabajo o a extender la jornada laboral normal para cumplir los objetivos marcados para cada jornada. Esto acerca el teletrabajo al viejo trabajo a domicilio estudiado por Marx en El Capital, y que antes mencionamos.

2.- Empeoramiento en las condiciones de trabajo. Tal sería la no disposición de equipos adecuados en casa garantizados (sillas ergonómicas, calidad de la conexión a internet), o el ahorro de dichos equipos por la empresa de manera que el trabajador se ve obligado a utilizar y desgastar sus propios equipos conseguidos con su salario; es decir, se detrae del salario el gasto (desgaste) de los equipos que debería asumir la empresa. Esto es una bajada en términos reales del salario del trabajador y un incremento de la extracción de plusvalía.

Se podría argüir que la ley actual recién aprobada protege al trabajador por los casos a) y b) pero esa es la teoría, y en todo caso sólo podría garantizarse, en principio, en las grandes empresas con fuertes secciones sindicales, no en las demás. En general, al enfrentarse el trabajador aisladamente desde su casa ante la empresa, para hacerle reclamaciones constantes en los incumplimientos que hubiera, aquél queda más desguarnecido. Sería una fuente permanente de disputas y de desgaste emocional para el trabajador.

3.- La «voluntariedad» del teletrabajo –como obliga, en principio, la ley– también está en entredicho. Hay formas sutiles de imponer al trabajador el teletrabajo quiera éste o no; aunque la ley diga que debe ser voluntario.

4.- El teletrabajo, llegado a un punto de extensión, inevitablemente conduce a rebajas salariales y a la eliminación de algunas de las prestaciones sociales de la empresa. Esta es una conclusión lógica en aplicación de la Ley del Valor-Trabajo de Marx. Ya se han dado casos o propuestas de rebajas del sueldo en casos donde el salario antiguo incluía plus de desplazamiento al centro de trabajo o ayudas de comedor, por ejemplo en Google,[1] y otras. Al no necesitar desplazarse ni comer en las instalaciones de la empresa, necesariamente el capital tratará de adecuar el salario a las nuevas condiciones, eliminando los plus que considera supérfluos. Como explica la ley del valor-trabajo de Marx, si el consumo de medios de vida del trabajador disminuye para realizar su labor, eso inevitablemente se reflejará en una disminución del salario real, pues éste no es más que la suma de medios de vida necesarios para mantener al trabajador vivo y en las condiciones requeridas para realizar su tarea. Sabemos que muchos trabajadores ahorran en gastos de desplazamiento y comida para sacar un rendimiento extra con los pluses de la empresa (compartiendo coche, llevando el bocadillo de casa, etc.). Ahora está empezando a extenderse el caso de la disminución o desaparición de dichos pluses y, con ello, el salario extra que antes percibía el trabajador.

5.- Debemos tener en cuenta que el teletrabajo no surge espontáneamente como una demanda desde abajo, sino que es impulsado por el empresario con el único fin de ahorrar costes: salarios, alquiler de oficinas, servicio de seguridad, etc. En sí mismo, el teletrabajo no representa una mayor productividad del trabajo que se hace, salvo en lo que ahorro de costes supone para el empresario y en el incremento de la explotación de la mano de obra que puede llevar aparejado, como antes explicamos.

6.- ¿Y qué hay de un accidente laboral en casa, sin equipo médico de atención inmediata?

7.- Sobre todo, el teletrabajo tiene los peores efectos en la mujer trabajadora, quien sufrirá un doble turno (trabajo asalariado y trabajo doméstico) sin solución de continuidad, agravado por simultanear el trabajo con las llamadas tareas del hogar, sin desconectar uno del otro, encerrada 24 horas en las paredes del hogar, incrementando la ansiedad y el cansancio físico y psíquico.

8.- Un aspecto principal de los efectos negativos del teletrabajo es que separa al trabajador del centro de producción y de sus compañeros; atomiza a la clase, ayuda a diluir su conciencia de clase. Rompe el vínculo laboral y afectivo del trabajador con su centro de trabajo, diluye y amortigua el conflicto de clase obrero-patrón. La noción comunista de la propiedad colectiva de la empresa queda mermada en la conciencia del trabajador al quedar separado físicamente  del centro colectivo de producción.

9.- Es cierto que, inicialmente, el teletrabajo tuvo un apoyo mayoritario en todas las capas. Aparecía como una novedad, rompía con la rutina asfixiante de largas jornadas y tiempos de desplazamiento prolongados al lugar de trabajo, tenía lugar en un entorno familiar agradable, etc. Solo a través de la experiencia se hizo claro para muchos trabajadores, y sobre todo para las mujeres afectadas, la esclavitud y agotamiento psíquico que empezaba a representar este nuevo modo de trabajo. Sobre todo, el aislamiento y la pérdida de contacto físico y social con sus compañeros de trabajo, una necesidad que expresa la necesidad intrínseca del ser humano de interactuar físicamente con sus semejantes.

10.- Incluso algunas empresas empezaron a notar un menor rendimiento, el cansancio de reuniones telemáticas, y la falta de lo que Marx llamaba la emulación y el estímulo de energías animales en el trabajo, a través del trabajo cooperativo. Y lo que estamos viendo es una marcha atrás paulatina en el teletrabajo, aunque evidentemente este sistema quedará establecido para una capa mayor de trabajadores que en el pasado prepandémico. Una parte de las empresas lo seguirá utilizando para reducir costes y hay muchos trabajadores, y particularmente trabajadoras, que no tienen más remedio que aceptar esas nuevas condiciones de trabajo.

Un estudio de Actiu, una compañía de relaciones laborales, publicado en elcorreo.com, revelaba “que el 56% de los trabajadores echaba en falta una mayor relación con los compañeros y que el 73% prefería volver a su oficina”. Sólo el 7% quería trabajar únicamente desde su casa.[2]

11.- Es cierto que el teletrabajo encuentra un mayor apoyo, en general, en la capa superior de trabajadores técnicos y cualificados; informáticos, ingenieros, responsables de áreas, contables. Pero la «comodidad» para esta capa superior, con salarios más altos, mejores condiciones de trabajo, y tiempos de trabajo más flexibles, que ya disfrutaban en su modo anterior de trabajo, no puede ser el medidor de nuestra posición.

12.- También es cierto que muchos trabajadores administrativos comunes encuentran más cómodo, personalmente, trabajar desde su casa que “perder” horas de vida en desplazamientos e, incluso, para ahorrarse así la gasolina. Pero no hay que engañarse. Tarde o temprano, esto tenderá a verse reflejado en una bajada del salario, particularmente en las contrataciones nuevas con esta modalidad de trabajo, donde la empresa fijará las nuevas condiciones para sortear la ley.

13.- Siempre es reaccionaria la ruptura de vínculos entre trabajadores, en particular su dispersión en centros de trabajo diferentes, eso lamina la solidaridad obrera, la percepción de intereses comunes, y crea mejores condiciones para la división de la plantilla a la hora de luchar por reivindicaciones de conjunto. El interés general debe prevalecer, y es que los trabajadores sientan la empresa suya y así se vea facilitada la idea de la propiedad colectiva, en lugar de favorecer la mentalidad pequeñoburguesa del trabajador de sentirse como «un prestador de servicios» a una empresa «ajena», trabajando desde su casa.

Es por todo lo anterior que sólo podemos estar de acuerdo en el establecimiento del teletrabajo en situaciones muy excepcionales (cierto es que la pandemia lo es claramente) y sobre la base de que debe primar la voluntad del trabajador y de que, en cualquier caso, deba tener la aprobación del comité de empresa.

Nuestra alternativa al carácter enajenante del trabajo bajo el capitalismo: largas horas de trabajo, pérdida de tiempo en desplazamientos, etc., debe ser no trabajar en casa, sino reducir la jornada laboral sin reducción salarial, transporte público rápido y eficiente, guarderías en el centro de trabajo, centros de trabajo próximos al domicilio, etc.

Hay un último aspecto a contemplar, ¿Cómo sería esta cuestión en el socialismo? El socialismo es vida colectiva por definición, es la unidad del tiempo creativo del trabajo y del ocio, no habría separación entre ambos (en una etapa ya desarrollada). Pensar que cada uno estaría principalmente en su casa, trabajando, comiendo aisladamente, en vida familiar, etc. sería ajeno al modo de vida socialista. No vamos a hacer utopismo de cómo sería en detalle el socialismo, pero sí podemos afirmar que los aspectos individualistas de la vida cotidiana actual (y el teletrabajo lo es) quedarían debilitados primero, y extinguidos después.

Por supuesto, el socialismo significaría una revolución total en el trabajo. No existirían ni las jornadas extenuantes ni pérdida inútil de tiempo en el desplazamiento; justamente, una parte importante de la labor de la sociedad será imaginar, probar e innovar un modo de vida saludable también en la relación del ser humano con el trabajo.

Es por todo ello que nuestra posición sobre el teletrabajo debe ser, en general, negativa. Es decir, salvo situaciones excepcionales que puedan justificarlo temporalmente, y que hay que evaluar en cada contexto, debemos oponernos a su introducción.

Independientemente de todo lo anterior, lo cierto es que el teletrabajo es una realidad que no puede ser suprimida por nuestra simple voluntad o cerrando los ojos. En la medida que es una realidad impuesta debemos completar nuestra posición de principios con una tabla de reivindicaciones, un programa, que incluya demandas que establezcan las mejores condiciones laborales y salariales posibles para los trabajadores afectados.


Notas:

[1]     https://www.eleconomista.es/economia/noticias/11356040/08/21/Teletrabajar-bajara-el-sueldo-de-los-empleados-de-Google-asi-funciona-su-calculadora-que-pueden-aplicar-otras-empresas.html

[2]     https://www.elcorreo.com/vivir/teletrabajo-desventajas-20210608182512-ntrc.html

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