25 marzo, 2020

Testimonio: Con apendicitis aguda fui víctima de los daños colaterales del Covid-19 en El Salvador

Soy trabajador informal desde hace 6 años, eso significa que no tengo acceso a la seguridad social ni a ningún tipo de seguro médico privado, por tanto el acceso a la salud, es precario.

Bajo esas condiciones y en medio de una emergencia nacional, con medidas restrictivas y el inicio de un confinamiento obligatorio me tocó enfrentar una emergencia de salud complicada, una apendicitis aguda; los que han sufrido esta situación me entenderán mejor. La historia que narraré es la historia que le podría o ya le está pasando a muchos trabajadores y trabajadoras precarias en el país, que tendrán que enfrentarse a un sistema de salud paupérrimo (saqueado por años, desde los Acuerdos de Paz a la actualidad) y ahora en condiciones de saturación extrema por la emergencia nacional.


El viernes 20 de marzo, comenzó siendo un día normal para mí. Bebí café con pan, como es habitual todas las mañanas, hice un poco de limpieza en el espacio que hace unos días designamos como mi oficina, como la gran mayoría de trabajadores también estaba preparándome para hacer teletrabajo.

Durante el transcurso de la mañana, empecé a sentir una molestia en el estómago, pensé que podía ser causada por el pan o el agua del café. A pesar de ello, continúe con mi trabajo pero el dolor no se calmó, sino que se intensificó más. Recurrí a algunos remedios caseros, entre ellos, el té de orégano, bicarbonato, limón y agua; ninguno funcionó.

Pensé que no era algo normal y que necesitaba un medicamento adecuado; consulté a un amigo enfermero y él me recomendó dos, salí en busca de ellos. La farmacia comunal estaba cerrada, cabe decir que hasta ese día me di cuenta que había sido cerrada hace unos meses atrás, caminé alrededor de 1 km hasta el Centro Comercial más cercano; compré el medicamento. Luego de tomarlo, las primeras reacciones que tuve, lejos de disminuir el dolor, fue una transformación de dolor a ardor; sin embargo, se redujo levemente, cené e hice otras actividades.

Mientras tanto  en un intento de comprender que causaba tanto dolor en mí cuerpo, leí sobre el colon irritable; estaba casi seguro que ese era mi diagnóstico pero algunos síntomas no cuadraban. Seguí intentando algunos remedios caseros para desinflamar el colon, tampoco funcionaron. Ante el dolor que no desaparecía, intenté obligar a mi cuerpo a dormir.

Dormí quizá unas 3 horas, a eso de las 3:45am, sentí fuertes ganas de vomitar. La situación ya no me parecía normal y me preocupe. Llamé un Uber, tomé todo el dinero que tenía, sólo eran $30.00. Para seguir las precauciones ante el COVID-19 y evitar su contagio ya que tenemos una adulta mayor en casa, decidimos con mi compañera que iría sólo. 

Aunque pensaba en no saturar los centros de salud, siguiendo indicaciones que habían dado por la crisis, me dirigí a la Unidad Médica Gerardo Barrios, la más grande y equipada del país; traté de no reflejar ningún síntoma de dolor o enfermedad con el conductor para no crear pánico.  Para mi desgracia la unidad médica, que tenía que estar abierta, estaba cerrada.

Llame desde el portón, dijeron que únicamente estaban atendiendo emergencias, grité que lo mío era una emergencia, y que se suponía era una clínica 24 horas. El vigilante me respondió, que hace unos minutos habían terminado las consultas y que debía esperar hasta las 6am, eran más o menos las 4:30am.

Me sentí muy desesperado al escuchar esto, pero no tenía otra alternativa más que esperar en la calle. A medida que el dolor se intensificaba y se agudizaban los espasmos en el estómago, gritaba por ayuda, la gente que pasaba por ahí me veía con desconfianza y algunos se solidarizaban con palabras de aliento.

A las 5:30am, llegó un señor de unos 60 años por Consulta General. Junto a él logré pasar el rato con más tranquilidad, solicitamos que nos dejaran entrar por lo menos al patio de la clínica para no estar en la calle, intenté vomitar dos veces y lloraba de dolor.

Cuando se dieron las 6am, el enfermero empezó a dar las indicaciones, recordó e hizo énfasis, en que el Presidente de la República había ordenado el no atender otras emergencias que no fueran por problemas respiratorios. Aun así, me acerqué a él y le expliqué mis síntomas, pero decidió mandarme a un hospital sin ninguna referencia ni el nombre de un hospital donde si pudieran atenderme.

Camine 1 kilómetro buscando una farmacia para conseguir un medicamento que calmara mi dolor, pero ninguna estaba abierta aún. Llame a mi hermana para solicitar ayuda, pero no contesto en dos intentos, luego me contuve en insistir ya que si mi madre se enteraba vendría por mi ayuda y yo definitivamente no quería poner en riesgo la salud de ningún amigo o familiar por el Covid-19.

Al no encontrar farmacia abierta decidí entonces, tomar nuevamente un Uber y dirigirme de inmediato al hospital Nacional Rosales, el más importante del país. Nuevamente volví a fingir que estaba bien de salud para no asustar al conductor. Al llegar, fui hacia la puerta de emergencias y me atendió un personal de salud. Dijo que por la emergencia del COVID_19, el hospital estaba cerrado a otro tipo de casos. Le interrumpí desesperadamente, preguntándole que podía tomar o que podía hacer; al final dijo “Puedes ir al Hospital Zacamil, ahí se están atendiendo emergencias como estas”. 

En estos momentos pensé en un hospital privado, no estaba seguro si me atenderían en el hospital Zacamil, pero recordé que mi última emergencia de salud en un hospital de salud, por una alergia complicada hace un año, costó más de 150 dólares.

Así que nuevamente, solicité un auto, llegando al hospital me hicieron una entrevista desde el carro, preguntándome los síntomas y el por qué venía; el conductor esperó y luego me dejó justo dentro del hospital. Después de chequear que no llevara fiebre ni ningún problema respiratorio, entre rápidamente al área de emergencia.

Esperé alrededor de 50 minutos para ser atendido y examinado; ahí estaba, junto a una veintena de enfermos en iguales o peores condiciones que yo. A la hora de examinarme, pedí que me inyectaran algo para el dolor, los médicos se negaron, su respuesta fue “lleva apenas 50 minutos aquí, cuando termine de chequear le pondremos la inyección”. Luego de ser examinado, me dieron la orden para realizarme exámenes de urgencia, me dirigí como pude al laboratorio para que me tomaran las muestras de orina y sangre.

Regresé nuevamente a emergencia,  esperé unos minutos u horas no recuerdo bien, para que al fin pudieran inyectarme algo para el dolor, me inyectaron Ranitidina y me colocaron suero. De cómo reaccionara al medicamento y el resultado de los exámenes, dependía el diagnóstico.

Luego de muchas horas, mis exámenes llegaron. El diagnóstico fue claro “usted tiene apendicitis aguda, debemos operarlo de emergencia” yo accedí; el medicamento no me había calmado el dolor, sólo añoraba el momento en que me anestesiarían, ese era mi mayor consuelo.

Esperé para que me preparasen, tenía que quitarme la ropa y ponerme una bata, además los médicos solicitaron que me inyectaran nuevamente para disminuir el dolor, ambas cosas tardaron pero logré que permitieran estar en una camilla mientras esperaba, de la cual, fui sacado cuando llegó un paciente que necesitaba ser inyectado.

Llegó una amiga para acompañarme, me trajo mucho consuelo verla, había estado sólo y necesitado de ayuda tanto tiempo. Juntos esperamos a que me llamaran para poder ingresar. Al ser llamado, me acostaron en una camilla y aliviado pude dormir. Pedí a mi acompañante que regresara a casa, que se llevara mis cosas y que regresara hasta nuevo aviso. Pero ella decidió esperar hasta que me trasladaran a la sala de operaciones.

Antes de entrar a sala de operaciones, me dio los saludos y deseos enviados por muchos de mis compañeros y amigos; tuve ganas de llorar al oír las palabras de esas personas. Luego pregunté extrañado, ¿por qué hicieron público esto? La respuesta fue “quieren imponer un toque de queda, teníamos que denunciar esto”. Así entré a la sala de operaciones,  pensé que mi amiga se marcharía y que estaría solo al salir de ahí.

Eran las 2:30pm cuando entré a la Sala de Operaciones, me bajaron de mi cama donde estaba estable y me subieron a una silla de ruedas, lo que volvió a incrementar el dolor. Me negaron la hora exacta de la operación, pedí que me colocaran de nuevo en la camilla o que me metieran a la sala quirúrgica, pero nadie parecía ponerme atención.

Media hora antes de la operación me metieron a la Sala, ahí encontré una anestesióloga muy amable, me atendió con tal suavidad que no sentí las inyecciones. Las inyecciones eran en la espalda y por intravenosa, le pregunté si dolían, “yo haré todo lo posible porque no sea así”, me dijo. Así fue, no sentí dolor y en segundos estaba dormido.

Desperté alrededor de las 6:00pm en la Sala de Recuperación, luego me sacaron al pasillo de la Sala de Operaciones, ahí nuevamente estaba mi amiga.

Yo ya me encontraba más tranquilo, pero el lugar parecía un caos. Reinaba la confusión ante las medidas que el Presidente había impuesto,  nadie sabía con claridad qué implicaban estas medidas, pero eso obligó a que mi amiga se marchara, porque una de las enfermeras dijo que no podría salir por el toque de queda.

Al cambio de turno, misteriosamente me dieron el alta. No permitieron que me quedara con el celular, yo no recordaba ningún número de teléfono, solo el mío, pero nadie atendía. Me decían que el hospital estaba necesitando de camas y que debía irme. Les dije que tenía la disposición de colaborar, pero que ante el toque de queda mi amiga se había marchado. Así pasé la noche en una cama del hospital.

A la mañana siguiente, todo el personal llegaba comentando cosas como “parece una ciudad fantasma, la policía me paró por venir aquí, hay toque de queda, hay detenidos”. Escuchaba como el personal se preparaba para que el Hospital entrara en cuarentena, hablaban sobre cómo organizar los turnos y afirmaban que en  algún momento determinado todos ahí estarían infectados por el virus.

Yo no sabía nada, esto generó un gran estrés en mí; pasaban las horas y nadie venia por mí, no podía comunicarme con nadie, por un momento llegue a pensar que de verdad quedaría atrapado. Entré en pánico, no quería estar ahí, quería comunicarme, pero no tenía ningún número y ningún enfermero  o doctor me quería prestar su teléfono para enviar un mensaje a través de Facebook.

A la 1:00pm, cuando estaba totalmente resignado a quedarme ahí por no sé cuánto tiempo, apareció mi amiga para llevarme de nuevo a casa. Volví a casa, para la recuperación, en medio de una ciudad desolada y militarizada.


Decidí contar esta historia, porque me interesa que podamos hacer conciencia de lo necesario que es invertir en salud. Mi historia no es la única y pasa casi todos los años; hay zonas rurales donde ahora mismo no haya atención médica, ni clínicas ni nada por el estilo, ¿estas personas están condenadas al sufrimiento o incluso la muerte?

Estoy de acuerdo con la mayoría de las medidas que se han tomado desde el Gobierno para prevenir el COVID-19, pero  ¿qué pasará con todas las emergencias que surjan en este periodo y que no tengan que ver con la crisis del COVID-19?, ¿Estaremos destinados a la muerte?, ¿Seremos el daño colateral? ¿Qué medidas hay para esto?

La crisis del COVID-19, expresa la decadencia del capitalismo y la cara más monstruosa de ésta, la cual es la insaciable necesidad de hacer negocios con nuestra salud. La cifra de inversión en salud en El Salvador es del 2.7%, esta se ha mantenido invariable durante más de 10 años; a diferencia de otros países como Brasil o México, estamos muy por debajo de su nivel y no se diga de los países europeos. Aquí lo que no se ha mantenido invariable y ha crecido constantemente son los hospitales, clínicas y farmacéuticas privadas, esas siempre han mantenido y mantienen grandes márgenes de ganancias.

Esto no es un problema de un Gobierno, es el problema de un sistema que debemos acabar. No critico al personal médico, al contrario, durante 10 años he luchado por mejores condiciones para los trabajadores, equipo adecuado, más hospitales, clínicas y unidades médicas, mejores salarios y todo lo necesario para su trabajo; sólo así se pueden combatir las enfermedades y sólo así se le puede garantizar salud al pueblo. Debemos luchar por esto, para evitar el calvario del pueblo trabajador.  Eso sólo se conseguirá luchando por una salud pública gratuita y de calidad, luchando por el socialismo y contra el capitalismo.   


*Nota: El compañero Juan de la Cruz trabaja desde el 2014 para el Bloque Popular Juvenil, sección de la Corriente Marxista Internacional. El BPJ es una organización marxista revolucionaria que funciona a través de contribuciones de sus propios miembros y simpatizantes, de la venta de material marxista revolucionario y de colectas públicas. Mantenemos una independencia económica para tener una independencia política de partidos del régimen, del Estado y la cooperación internacional. Puedes ver nuestro trabajo a través de nuestra página web donde encontraras artículos del compañero y otros. Sí estas interesado en cooperar para los gastos de recuperación y otros, puedes hacerlo pinchando el botón.