21 febrero, 2020

Rusia: la naturaleza del régimen de Putin

Este artículo fue publicado originalmente en ruso el 23 de abril de 2019 en la página web: 1917.com. Describe el régimen de Putin en Rusia: cómo surgió, sus principales características, y cómo difiere fundamentalmente de los regímenes burgueses tradicionales tal como los conocemos en Occidente.

Es imposible luchar contra el moderno capitalismo ruso sin entender su estructura interna y sus fuerzas directrices. A través de la comprensión de sus puntos débiles, podemos desarrollar tácticas que nos ayuden a llevar a la clase obrera a la victoria.

El capitalismo ruso es un capitalismo monopolista. En la década de 1990, los capitales industrial y bancario se fusionaron para convertirse en capital financiero, con grandes corporaciones controlando la economía nacional. Precisamente la misma situación existe hoy en día en todos los países capitalistas desarrollados. Sin embargo, si miramos más de cerca, veremos que a pesar de una base económica similar, la superestructura (es decir, los sistemas políticos) de Rusia y los EE.UU., Corea del Sur y Francia, Turquía y Grecia, Alemania y China difieren drásticamente.

Los politólogos intentan explicar estas diferencias utilizando términos sin sentido como «madurez de la democracia» o atribuyendo todo al carácter nacional. Los marxistas, en cambio, buscan una respuesta en las relaciones de producción, mirándolas en su desarrollo histórico.

El Estado burgués

El capitalismo en su juventud, cuando apenas estaba entrando en la escena histórica, a menudo se apoyaba en las milicias democráticamente organizadas de su propia clase – la guardia nacional – para defender sus intereses. A nivel local, las funciones represivas se pusieron en manos de sheriffs y jueces elegidos. Al excluir a los elementos proletarios y semiproletarios que carecían del umbral mínimo de propiedad exigible y otros requisitos, la burguesía creó su propio Estado «relativamente barato». Se puede citar a los Estados Unidos como ejemplo de ese sistema estatal hasta finales del siglo XIX. La estabilidad de tal Estado sólo es posible con la presencia de una considerable pequeña y mediana burguesía.

Sin embargo, la concentración de capital conduce inevitablemente a un aumento de las capas proletarias y lumpen-proletarias de la población en general. Evidentemente, los representantes de estas capas son los que menos pueden proteger la propiedad de los capitalistas de sus propios pobres o de los capitalistas extranjeros, al menos no voluntariamente, ni de forma gratuita. Todo sistema maduro y explotador necesita no sólo cuerpos de hombres armados, sino también prisiones con carceleros, policías, gendarmes y detectives, y finalmente el sistema tributario, que toma el dinero de los ciudadanos de todas las clases para sostener la economía. El ejército también está profesionalizado, y tanto si su base es contratada como si es reclutada, el cuerpo de oficiales está formado por profesionales.

Establishment

Aquí se produce por primera vez una situación incómoda: la burguesía delega la autoridad de proteger su propiedad a un grupo social especial: oficiales y funcionarios. ¿Pero de dónde son reclutados estas personas? ¿Y cómo aseguran su lealtad al capitalismo? Al principio, eran en su mayoría aristócratas, que provenían de la clase en decadencia de los terratenientes, pero también hijos de capitalistas, que veían la admisión en la élite militar y estatal como un honor. Procedentes de las clases acomodadas, se asociaron con los capitalistas a través de un modo de vida común, la educación y las relaciones familiares.

Cabe señalar aquí que estos lazos, en gran parte históricos, tienden a destruirse a medida que se desarrolla el capitalismo, que demuestra cada vez más su carácter parasitario. Los descendientes de los grandes capitalistas no están muy dispuestos a realizar un servicio militar o público. Gradualmente, a través del proceso de selección de las academias militares y las universidades de élite, cada vez más elementos de las clases bajas y las minorías nacionales penetran en estas instituciones estatales, que el sistema asimila con éxito.

La democracia burguesa

En algún momento del desarrollo histórico, la presión de la clase obrera obliga a la burguesía a reconocerla para que participe en las elecciones. A partir de este momento, la mayoría de los votantes son proletarios, o pequeñoburgueses de la ciudad y el campo, los trabajadores autónomos y los campesinos. Ahora, en las elecciones de todos los niveles, los distintos candidatos no pueden contar sólo con los votos de la burguesía. El engaño sistemático al electorado es un trabajo que ahora requiere mucho tiempo y no siempre puede combinarse con la conducción de los asuntos propios. La política se convierte así en una profesión. El proceso comienza con la formación de partidos burgueses.

Los políticos burgueses reciben dinero individual o colectivamente de manera organizada de los capitalistas, a través de los fondos electorales, y si ganan las elecciones actúan como un grupo de presión para los intereses de un capitalista en particular y, al mismo tiempo, de la clase capitalista en su conjunto. Los medios de comunicación burgueses y los «expertos políticos» juegan el papel principal en la conversión del dinero de los patrocinadores capitalistas en votos. Por supuesto, un político que no ha justificado la confianza del capital se ve inmediatamente privado de financiación, y por lo tanto, del acceso a los medios de comunicación.

El acuerdo ideal para la burguesía es un sistema bipartidista en el que los votantes, decepcionados por la política antiobrera de uno de los partidos burgueses, pueden votar al otro y, después de unos años, de nuevo por el primero. Tal sistema existe en los Estados Unidos.

Si surge un partido de masas de la clase obrera en el país, la burguesía se ve en la necesidad de incorporar a sus dirigentes al establishment. Esto es facilitado por un sistema gradual de democracia burguesa, en el que, al pasar por los parlamentos locales y regionales, los antiguos líderes obreros son corrompidos gradualmente, tanto directa como indirectamente, y atados a la clase dominante y a su establishment.

Rusia

Debemos señalar que el establishment como fenómeno histórico, social, e incluso cultural, no existe en Rusia. Por supuesto, algún ex general soviético robó y vendió los coches y materiales de una unidad militar estacionada en Alemania. Sin embargo, ni siquiera la participación sistemática de los funcionarios del Estado en la privatización condujo a la formación de un establishment como tal. Al privatizar las empresas que dirigían, los funcionarios estatales se convirtieron simplemente en capitalistas, formando una nueva clase capitalista. Más tarde, ya sea voluntariamente o bajo la presión de una nueva generación de burócratas, muchos de ellos vendieron sus activos en Rusia y emigraron a Occidente, uniéndose a las filas de inversores o rentistas de allí.

Aquí, al igual que en Occidente, existe un vínculo entre el capitalismo y la burocracia estatal, pero se trata de un tipo de vínculo diferente, que convierte a los funcionarios del Estado en capitalistas. Es importante señalar que el proceso es muy a menudo violento, acompañado de la expropiación parcial o completa de los capitalistas individuales. Basta con abrir cualquier número de Novaia Gazeta para leer las desgarradoras historias sobre la dura vida de los empresarios excesivamente codiciosos que languidecen en las prisiones y colonias correccionales rusas. Obviamente, esto se debe a que la clase dominante no tiene forma de controlar los niveles superiores de la burocracia. Pero, ¿cómo surgió tal situación?

Privatización

A diferencia de muchos países de Europa Oriental, donde la capitulación de las masas ante el imperialismo occidental permitió privatizar la industria en beneficio de las empresas occidentales, los principales beneficiarios de la privatización en Rusia fueron los directores de las empresas estatales, los funcionarios y los jefes de alto nivel del partido. La burocracia estalinista, o «la nomenklatura», como también se la conocía, privatizó las fábricas en su propio interés. Una parte más pequeña de la propiedad se distribuyó mediante bonos de privatización a los empleados de las mismas empresas.

Rápidamente se hizo evidente que la extrema fragmentación del capital no correspondía en absoluto al alto nivel de desarrollo económico. Por ejemplo, Aeroflot se dividió en varios cientos de empresas regionales, la mayoría de las cuales tenían dos o tres aviones. A falta de libre capital de inversión y dada la primacía del sistema bancario, el valor de los activos disminuía constantemente. Los futuros oligarcas compraban los activos con el dinero recibido de la venta de chatarra o a través de pirámides financieras. Tal actividad habría sido imposible sin un vínculo con la burocracia. Finalmente, los activos clave se privatizaron a favor de los oligarcas durante las subastas de garantías y se pagaron con dinero prestado del Estado.

«Los Siete Banqueros»

En los últimos años del gobierno de Yeltsin, las grandes empresas comenzaron a establecer el control sobre el sistema político del país. Los oligarcas utilizaron diferentes métodos para lograrlo: Gusinsky a través del control de los medios de comunicación, Jodorkovsky a través del clásico lobby parlamentario (en todos los grupos parlamentarios) y Berezovsky a través del control de los «siloviki» (políticos del aparato militar) y las élites regionales. El problema era que los banqueros literalmente roían el Estado desde dentro, forzándolos a emitir GKO (bonos del gobierno) con tasas de interés cada vez más altas.

Agosto de 1998 terminó con un incumplimiento del gobierno. Habiendo quebrado sus bancos, los oligarcas «cancelaron» sus deudas con el Estado, haciéndose aún más ricos. Las medianas empresas se vieron afectadas por la pérdida de liquidez en las cuentas bancarias, el rublo se derrumbó, la demanda cayó, y así se hundió la pequeña empresa. Esto minó completamente el apoyo del régimen de Yeltsin, no sólo entre la clase obrera, sino también entre la mayoría de la burguesía. A regañadientes, Yeltsin se comprometió a reconocer el gobierno de los tecnócratas Primakov-Masliukov. Los oligarcas controlaban al presidente, que no controlaba el gobierno. Mientras tanto, los oligarcas necesitaban un gobierno liberal que les permitiera dar el último paso en el camino de convertir a los bandidos con ejércitos privados y asesinos en respetables multimillonarios – para intercambiar activos con las corporaciones occidentales, garantizando así su integridad.

La transferencia del poder a Putin

En esta situación, Berezovsky y compañía desarrollaron un plan para transferir el poder a un liberal «fuerte». Berezovsky, sin embargo, cometió un error: no leyó la disertación de Putin el año anterior. Putin resultó ser realmente un liberal, pero no como Pinochet, sino como Chung Du-hwan [ex general del ejército surcoreano que fue presidente de 1980 a 1988]. Esto no fue un accidente. Putin, como otros oficiales del FSB (servicios secretos), vio lo frágiles que eran las relaciones de propiedad en Rusia, así que entendió que podía jugar un papel más importante que el de títere con Berezovsky manejando los hilos.

Este no es el lugar para discutir cómo Berezovsky y Putin se las arreglaron para desatar una «pequeña guerra victoriosa» en Chechenia. Sin embargo, la consolidación del Estado tuvo consecuencias completamente diferentes a las que los oligarcas esperaban. Aquellos que no aceptaron las nuevas reglas del juego, ya sea retirándose completamente de la política o siguiendo los dictados de Putin en cada detalle, fueron derrotados y sus propiedades fueron confiscadas. El ejemplo más famoso es Jodorkovsky y su empresa Yukos, pero muchos otros oligarcas sufrieron el mismo destino.

El sector público y la «renacionalización»

Las corporaciones asociadas principalmente a la producción de hidrocarburos fueron en su mayoría devueltas al control del Estado. Las empresas estatales y las sociedades anónimas con participación de capital estatal (una participación de control conocida como «acción de oro») funcionan en condiciones de mercado. Esto se hace formalmente en interés de los accionistas, pero en realidad es en interés de la alta dirección, cuyo nombramiento está en manos del Estado, no de los accionistas minoritarios. Esta nacionalización no tiene nada que ver con una economía planificada.

La propiedad estatal sirve aquí principalmente para el control directo o indirecto por parte del gran capital privado (por ejemplo, a través de las tarifas eléctricas en la metalurgia no ferrosa y los ferrocarriles). Sólo secundariamente es un instrumento de gestión estatal de la economía, del desarrollo de sus áreas prioritarias, etc.

Bonapartismo

Una situación en la que la clase dirigente pierde el control del Estado y se vuelve dependiente de él es bien conocida en la historia. El concepto de bonapartismo burgués fue introducido por Marx en su “18º Brumario” para describir el régimen político del Segundo Imperio en Francia, cuando los funcionarios y gobernadores eran nombrados por el emperador pero los candidatos oficiales detrás del emperador y otros candidatos participaban en las elecciones parlamentarias. La clase capitalista gobernante conservó la propiedad, pero al defender sus intereses se vio obligada a confiar plenamente en el emperador.

La razón del establecimiento del régimen bonapartista fue la incapacidad de la burguesía de mantener el control del proletariado (y por lo tanto garantizar la inviolabilidad de la propiedad privada) después de la victoria de la revolución de 1848 y del colapso de la limitada democracia burguesa de la Segunda República. La burguesía aceptó silenciosamente la restricción de la libertad de agitación, de reunión y de clubes, sólo en la medida en que entendió que era la única manera de impedir la transferencia del poder a las manos del proletariado en París y Lyon, donde constituía la mayoría de la población.

Comprometido con la preservación de la sociedad de clases existente, Luis Bonaparte combinó la represión política contra los comunistas con la legalización de los sindicatos (en la segunda mitad de su reinado) y el reconocimiento, por primera vez en la era moderna, del derecho a la huelga de los trabajadores. Tratando de aparecer como un político fuerte, el emperador llevó a cabo una activa política exterior, cuya joya de la corona fue una «pequeña guerra victoriosa» con Prusia, que condujo a la derrota del ejército francés, y a la Comuna de París.

Estructura y superestructura

El Estado es un instrumento en manos de la clase dirigente. Esta afirmación es indudablemente cierta en general. Sin embargo, si miramos la historia de las sociedades de clase, encontraremos épocas enteras en las que el Estado -es decir, la burocracia- consiguió subyugar a la clase dirigente, paralizar su voluntad y gobernar el país sin su participación real. Un ejemplo es el Imperio Romano Tardío, donde el Senado –la autoridad democrática de la clase esclavista– prácticamente jugó el papel de bufones bajo los emperadores, a quienes la guardia pretoriana ponía en el poder y los deponía. El absolutismo europeo con su «Rey Sol», cuya burocracia lo elevó por encima de los barones feudales, les privó no sólo del derecho a cobrar derechos o a juzgar a los condenados, sino incluso – qué vergüenza – a batirse en duelo. Si nos fijamos en la historia del siglo XX, podemos nombrar a Chiang Kai-shek, que combinó una economía capitalista basada en el mercado con un sistema político en el que todo el poder estaba en manos de la burocracia del partido Kuomintang.

Los regímenes bonapartistas pueden parecer extremadamente estables, pero las contradicciones internas se encuentran inevitablemente detrás de su aparente sólido apoyo político. Por un lado, hay una corrupción abierta y la confiscación directa de la propiedad por parte de los funcionarios del Estado – ya que la burguesía no tiene otra manera de limitar su despotismo excepto a través de «peticiones a Bonaparte». Por otro lado, «Bonaparte» se presenta ante las clases oprimidas como la figura política responsable de todo. A diferencia del capitalismo liberal, la culpa no se transmite al individuo. La cabeza debe asegurar, si no la prosperidad, al menos algunos elementos de un Estado social. ¡Si el trono se tambalea, sólo te queda sentarte en las bayonetas! En condiciones de crecimiento económico prolongado, los regímenes bonapartistas pueden transformarse pacíficamente en democracias liberales, pero en una crisis, el colapso es lo más probable.

De nuevo sobre Putin

Vimos cómo los grandes negocios se apoyaban en Putin, razonando que después de la crisis se encontraría en condiciones de completo aislamiento político y rodeado de las masas enfurecidas. Al desplazar la atención de las masas a Chechenia, Putin estabilizó la situación política, y luego la caída de los salarios reales y la disponibilidad de inversiones en la producción condujeron al crecimiento económico. A esto también contribuyó el aumento del precio del petróleo. Sin embargo, este período de crecimiento se vio interrumpido por la crisis económica mundial, que también afectó a la economía rusa.

Por un lado, esto llevó a la pequeña y mediana burguesía a estar muy escéptica y decepcionada con Putin. Por otro lado, las autoridades se dieron cuenta de lo dependiente que era la economía rusa del mercado mundial. Las consecuencias de esto fueron las protestas masivas de 2011-12 y la búsqueda de Putin de una nueva base social y de otra «pequeña guerra victoriosa».

Crimea y las sanciones

Desde el punto de vista del gran capital ruso, que perdió muchos de sus activos en Ucrania en 2004, la anexión de Crimea fue una aventura alocada que dio lugar a sanciones económicas seguidas de un estancamiento de la economía. Es probable que Putin lo previera, y posteriormente fue capaz de matar dos pájaros de un tiro: en primer lugar, para recuperar el apoyo masivo de los rusos asustados por el Maidan e inspirados por el referéndum de Crimea, y en segundo lugar, para iniciar la repatriación de capitales a Rusia, dadas las sanciones que limitan el acceso al capital extranjero barato, estableciendo el control sobre las últimas grandes empresas independientes en el comercio minorista (por ejemplo, Magnit) y las comunicaciones (Tele2).

El crecimiento de la base social del régimen dio lugar a la creación de una serie de movimientos de masas en apoyo al Presidente, pero es evidente que no pretende utilizar ni siquiera el 10% de las capacidades de esos movimientos. Putin no busca crear destacamentos armados de sus partidarios, prefiriendo fortalecer la Guardia Rusa.

Bonapartismo y fascismo

Como Trotsky señaló, el fascismo comienza como un movimiento de protesta de masas de la pequeña burguesía. Éstas, en una crisis, se encuentran atrapadas entre el proletariado revolucionario y el gran capital y buscan una salida radical con la creación de bandas fascistas que involucran a la mayoría del lumpenproletariado. Al no poder llegar al poder por sí mismas, buscan la oportunidad de llegar a un acuerdo con el gran capital. Para este último, esta es una medida extrema; en la medida de lo posible, el gran capital busca limitarse al clásico tipo de bonapartismo Papen-Schleicher y sólo en una situación desesperada de amenaza comunista se arriesga a depender de escuadrones de asalto fascistas. En su último artículo, Trotsky explicó que aunque el fascismo tiene elementos de bonapartismo, no puede ser reducido a él.

Lo que Putin ve hoy en día como una herramienta para suprimir un movimiento potencial de la clase obrera no es el Movimiento de Liberación Nacional (NLM) [de extrema derecha], sino la Guardia Nacional (Rosguard) [una fuerza militar interna que depende directamente del Presidente debido a sus poderes como Comandante Supremo en Jefe del Consejo de Seguridad]. Su régimen es más parecido al de von Schleicher que al fascista. El movimiento de masas de la clase obrera no ha planteado todavía la cuestión del poder, y Putin todavía puede confiar plenamente en la maquinaria del Estado burgués.

Arañas en un frasco

Entonces, ¿qué es lo que amenaza al régimen? En primer lugar, las «guerras de policías», es decir, las luchas interdepartamentales e interclánicas en el contexto de una reducción del «chollo». Cada vez hay menos empresas medianas que dificultan recurrir al uso del soborno. Los intentos de aceptar «no según el rango» terminan ahora en sentencias de cárcel. Cada año se abren nuevas colonias penitenciarias para los implicados en la corrupción, pero todavía no hay suficientes plazas. En tales circunstancias, es especialmente difícil preparar un sucesor de Putin y una transferencia de poder.

La necesidad de un sucesor puede surgir por varias razones: otra pequeña guerra puede no resultar victoriosa, podría haber un colapso de la economía, o la salud de Putin podría fallar. Por eso la «verdadera» política rusa no se centra en Putin, sino en la figura de su posible sucesor. Es aquí donde hay una guerra de «material comprometedor» en marcha y donde se están creando coaliciones.

La clase obrera

La economía mundial está avanzando hacia otra crisis, que rápidamente llevará a una caída de los precios del petróleo y a una crisis en la economía rusa. El aumento del desempleo y el descenso del nivel de vida llevarán a los habitantes de las zonas rurales rusas a las calles, pero entonces el movimiento llegará a los centros industriales. Al no tener apoyo desde abajo, el régimen se verá obligado a recurrir a la fuerza bruta, es decir, a la Rosguard.

Entonces, no sólo cada oficial, sino también cada soldado se enfrentarán a una elección. En ese momento, lo que hemos dicho antes, la ausencia en Rusia de un vínculo entre el cuerpo de oficiales y la burguesía, se tornará evidente. La condición previa para que esto se concrete es un movimiento de la clase obrera, social y culturalmente cercano al soldado de extracción obrera, que estará dispuesto a unirse a sus hermanos de clase en la lucha por una revolución social.