25 febrero, 2020

Revolución rusa de febrero de 1917

Victor Cruz

Corría ya el tercer año de la primera Guerra mundial en el escenario europeo, cuando las condiciones sociales en Rusia bajo el gobierno del zar Nicolás II, se hicieron sentir con escasez, hambre y miseria; lo que trajo consigo un fuerte descontento de la clase desposeída, la que comúnmente se ha visto condenada a vivir las hostilidades de la guerra capitalista. Pero, dentro de este contexto de crisis económica, en su interior se nutría un proceso minucioso y gradual más profundo; sí, el proceso molecular de la revolución, como lo denominaría León Trosky, que trata sobre la toma de conciencia, en el proceso revolucionario, de los trabajadores en su lucha por la liberación. Esta revolución fue la continuación de la ya antes vivida en 1905 y no solo el producto de la crisis económica causada por la guerra, como lo dicen muchos teóricos dispuestos a desvanecer el perfil revolucionario de la clase obrera.

Así pues, para diciembre de 1916 la crisis había dado pasos aceleradamente, llevando al paro a muchas fábricas debido a la escasez de combustible y a los cortes de energía, ¡unas 50 fábricas en paro!, dejando sin empleo a muchos trabajadores que demandaban ser alimentados. Todas las condiciones anteriores desembocaron en lo que fue la primera huelga general el 9 de enero, a la que asistieron cerca de 177.000 obreros. Esta huelga habría de alimentar el proceso revolucionario corriente y afectó principalmente a la industria de guerra. Además fue acompañada por manifestaciones masivas y asambleas. Los obreros supieron arrullar sus demandas cuando para el 14 de febrero, los mencheviques por medio del El Grupo Laborista de los Comités de la Industria de Guerra, hicieron un llamado al Palacio de Taurida para defender la Duma y en el fondo a los políticos liberales; sin embargo, los bolcheviques denunciaron esa conducta conciliadora y respondieron con llamados a una jornada de huelgas, la que fue presenciada por más de 90.000 trabajadores de 58 fábricas. La miseria se había generalizado pero la lucha también se nutría en las mismas proporciones.

El estallido de la revolución

El 18 de febrero cientos de trabajadores de Putílov iniciaron con huelga, demandando mejores condiciones de trabajo, mejora salarial y la reintegración de algunos de sus compañeros, a lo que los dueños de la fábrica respondieron con un cierre el día 22 de febrero, algo que claramente vino a agravar la situación, porque las calles ya hervían de descontento, de perspectivas y de ansias por la lucha. Esto se adhirió, por el otro lado, a miles de personas que yacían en las calles esperando por una ración de alimentos.

A la mañana siguiente, el día 23, cientos de mujeres hicieron su presencia en la lucha, mujeres jóvenes, obreras; pues era el día de la mujer, y ellas hicieron su papel en la revolución. Cualquier lugar público era el lugar perfecto para discutir, trazar perspectivas sobre la lucha en desarrollo y elegir delegados de entre los obreros que más tarde conformarían una dirigencia que abarcase las demandas a un nivel territorial mucho más amplio. Luego, el día 24, alrededor de 200.000 trabajadores se habían ausentado de sus fábricas y hogares para tomarse el escenario de la historia: las calles, las fábricas y todo lugar donde se manifiesta la opresión hacia los trabajadores. Por doquier surgían voces alentando a luchar, condenando la guerra, al hambre y sobre todo, desafiando al régimen. A pesar de las condiciones, el día 25, cerca de 35 dirigentes se reunieron para conformar un soviet en el local del Sindicato de Cooperativas de Trabajadores de Petrogrado y esa misma tarde el zar Nicolás dio la orden a sus generales para que acabasen con el desorden.

Cientos de policías y soldados habían sido desplegados para reprimir a los insurrectos. Los policías no dudaron en disparar para dispersar las reuniones, las que luego se volvían a juntar cuando la policía desaparecía; pero los soldados, después de un largo trayecto haciendo un trabajo ajeno, confraternizaron con los trabajadores y se unieron a la lucha, descubrieron que bajo el uniforme habitaba un ser humano explotado, hambriento y hermano. ¿Qué más da? esa lucha era también su lucha. Y lejos de que los ánimos se desvanecieran, éstos crecían de manera exponencial al ver lo que se era capaz de lograr cuando ya no se tiene nada que perder y la única opción es luchar, luchar no por defender sino por ganar.

Luego comenzaron los tiroteos; pero la clase obrera ya se encontraba en condiciones de hacer frente a tales agresiones, se habían tomado los cuarteles y todo el material en ellos existente. El espíritu revolucionario había alcanzado su cenit, los generales estaban sin soldados a su disposición; las calles, los ferrocarriles, los puentes, las fábricas, los cuarteles e incluso el telégrafo estaban en manos de los trabajadores. Petrogrado se encontraba paralizado por completo ¿a quién pertenecía el poder? Es la cuestión del contexto, contexto que demuestra quién manda. Todo esto sucedía mientras la burguesía contemplaba desde un rincón el desarrollo de la revolución, con un inmenso temor a ser aplastada por el movimiento, se confió al régimen dominante; por lo cual su papel no deja de ser contrarrevolucionario.

 

Una escuela política

Pero hubo un detalle, los revolucionarios carecían de una dirigencia, de un programa compuesto por demandas inmediatas que tendiesen un puente con las demandas a futuro. Ya que el partido bolchevique se encontraba bastante diseminado, sus dirigentes se encontraban recluidos en Siberia o en el extranjero; en Petrogrado se encontraban únicamente los bolcheviques menos experimentados y los mencheviques no representaban una opción revolucionaria, más bien oportunista. Con esa facilidad la clase dominante maniobró para constituir el Gobierno Provisional, compuesto por antiguos miembros de la Duma. Así, celebraron una reunión convocada precipitadamente en el Palacio de Taúrida con los miembros del Grupo Laborista de los Comités de la Industria Central de la Guerra, los diputados mencheviques de la Duma y distintos periodistas e intelectuales de terreno menchevique. Así, El 2 de marzo se constituyó el Gobierno Provisional, que estaba formado principalmente por grandes terratenientes e industriales. Esto fue posible debido a que los dirigentes, que en su mayoría eran mencheviques  y social revolucionarios, eran de carácter reformista, conciliador y oportunista.

Ahora bien, los mencheviques querían dar el poder a los liberales; pero éstos no se sentían capaces de valerse por sí mismos. Más tarde el poder volvería a sus antiguos poseedores, siendo entregado por dirigentes mencheviques y social revolucionarios, que por sus fines, en síntesis son la misma cosa.

 

Todo este proceso pone de manifiesto, en primer lugar, la experiencia capaz de adquirirse en todo un largo proceso disciplinado de revolución y el desarrollo de la conciencia, en el mismo, cuando se mezclan las condiciones de vida y la implementación de políticas ineficaces para la dignificación de los trabajadores. En segundo lugar, el peso del proletariado en la producción capitalista, ya que para ese entonces la población de Petrogrado representaba el 1,75% de toda la población de rusa, y esta ciudad fue el escenario de la revolución. Y pues para ese entonces el proletariado era tan solo una clase germinante. En tercer lugar, plantea la necesidad de un órgano dirigente en la revolución, que sea experimentado, disciplinado y nunca aislado de los trabajadores; y que además contenga un programa con reivindicaciones inmediatas y a futuro, propias de la lucha. La necesidad de un partido que funcione como el órgano político de la clase obrera, que no muestre vacilaciones una vez el poder esté en condiciones de ser tomado y que sea capaz de ejecutar en pro de la misma. En cuarto lugar, el carácter contraproducente de un Gobierno Provisional, Asamblea Constituyente o como quiera llamársele, cuando este órgano político no está compuesto por obreros experimentados.

La revolución de febrero fue un ensayo de la revolución que habría de triunfar ocho meses después.

La lucha no acaba en democracia burguesa, no en los márgenes de una constitución. La lucha no acaba en una insurrección donde no se tomó el poder. Todos estos “fracasos” son lecciones que experimentan, alientan y disciplinan a los oprimidos mientras se prepara el terreno para el triunfo de la revolución.