Por: Romualdo Ramírez

No es un secreto el grado de importancia que las divisas en concepto de remesas familiares tienen para la economía del país. Si por un lado tomamos en cuenta las características de la economía salvadoreña, la cual cuenta con una muy baja productividad y un alto sentido del consumo, el papel que las remesas familiares representan adquiere mayor importancia cuando este flujo de dinero contribuye a subsanar, hasta cierto punto, el déficit comercial de la economía nacional. Por el otro, cuando las condiciones han sido favorables, el porcentaje que el flujo de remesas representa varía entre el 15% y el 18% del PIB del Estado salvadoreño.

Así mismo, la jefa del Departamento del Sector Externo del BCR, Xiomara Hurtado, en el marco del foro “Remesas familiares y el Impacto de Cancelación del TPS”, declaró que las remesas en El Salvador superan los ingresos tributarios del país. Es decir, las remesas familiares comprenden un monto superior a la recaudación fiscal del Estado: los ingresos tributarios en el 2017 ascendieron a un total de $4,797.4 millones; frente a un monto total en concepto de remesas para el mismo año de $5043.05 millones.

Por otra parte, de acuerdo al Informe Macroeconómico Mensual del Banco Central de Reserva correspondiente al mes de mayo de 2018, las remesas familiares recibidas de enero a mayo del presenta año sumaron un total de $2,227.6 millones; por el contrario, el flujo de remesas en el mismo periodo del año pasado sumó un total de $2044.6 millones. Esto implica un flujo monetario de $182.9 millones (crecimiento de 8.9%) adicionales respecto del año 2017, contradiciendo, entre otras cosas, lo previsto por el presidente del BCR, Oscar Cabrera, cuando declaró que posiblemente se esperaba una desaceleración del flujo de entradas de remesas para este año, y que además, se esperaba que este flujo decayera aún más en los próximos años.

El origen de esta tendencia de aumento del flujo de dinero en concepto de remesas, responde, en primer término, al buen aspecto y desempeño que la economía de EE.UU experimenta desde el año pasado, manifestando un crecimiento de 2,3 % del PIB, y a la reducción de las tasas de desempleo para la población latinoamericana de un 5 %, significando esta población un 17 % del total de las fuerzas laborales que sostienen la economía del imperio del norte. Posteriormente, la decisión de cancelar el Estatus de Protección Temporal (TPS por sus siglas en inglés) de la administración Trump, ha ocasionado un vuelco hacia una actitud “precautoria” o hacia un “efecto de precaución”: la respuesta más lógica ante la amenaza de deportación orilla a nuestros compatriotas a sacar el dinero ahorrado enviándolo al país, y de esta forma proteger el capital.

Ahora bien, a partir del carácter fundamental que las remesas familiares representan para la macro y la microeconomía salvadoreña, se podría caer en el sutil error de creer que este dinero contribuye a potenciar o a dinamizar el proceso de crecimiento económico de forma justa e igualitaria. Sin embargo, las administraciones estatales inmediatas a la finalización de la guerra civil: cuatro gestiones de la ultraderecha y dos gobiernos de la mal llamada “izquierda”, nos han heredado, además de una deuda pública insuperable, el lastre ominoso de la crisis institucional que se pone de manifiesto a través de la corrupción generalizada en todo el sistema estatal-burocrático y de la crisis de representatividad que atraviesan los partidos políticos tradicionales.

Siguiendo esta línea de argumentos, es posible preguntarse: ¿Qué relación guarda la crisis de la institucionalidad con los procesos de crecimiento económico en cuanto a las divisas en concepto de remesas familiares? Veamos:

Luego de la Firma de los Acuerdo de Paz, donde se puso en marcha un proceso de neoliberalización de la economía, las condiciones de vida de la sociedad salvadoreña se vieron reducidas a la completa miseria por medio de un conjunto de reformas políticas y económicas que hasta el día de hoy nos siguen golpeando duramente. En este sentido, las remesas familiares son utilizadas para disminuir los efectos negativos que la crisis económica y social produce como consecuencia de estas reformas neoliberales. Reconociendo que nuestro país carece de un pleno desarrollo de las fuerzas productivas históricamente, para una familia salvadoreña la función esencial de las remesas comprende la búsqueda por solventar las necesidades de sobrevivencia, mayores oportunidades de crecimiento humano y mejores niveles de vida.

Es así como el 80 % (zona urbana) y el 90 % (zona rural) de las remesas familiares son empleadas para el consumo en los ámbitos de alimentación, educación, salud, vivienda, etc., y no para actividades de carácter productivo como la inversión o el ahorro. A pesar de esta tendencia al consumismo exacerbado, contraria a la inversión y al ahorro, este consumismo, debidamente regulado y monitoreado, no debería significar un defecto o un vicio garrafal para la economía salvadoreña al oponerse éste a la idea que dicta que la mejor forma de utilizar las remesas es ahorrando e invirtiendo en algún proceso de producción o distribución ¿Por qué no?

Es simple, a sabiendas que El Salvador es un país que importa mucho más de lo exporta; es decir, consume más de lo que produce, se torna evidente que los mayores beneficiados son los grandes inversionistas extranjeros y nacionales, y no la población en general, ya que nosotros nos dedicamos a consumir y no a invertir capital, básicamente. Por tanto, la única forma de poder captar el beneficio económico de la productividad de estas grandes compañías tiene que ver con los mecanismos de recaudación fiscal, que en definitiva, son la única forma que tiene actualmente el Estado para poder garantizar su funcionamiento, y además, la única forma de garantizar el bienestar ciudadano.

La crisis de la institucionalidad, que no es más que la cara más transparente de la corrupción, representa la incapacidad gubernamental de poder administrar los recursos del Estado y de poder responder a las necesidades de la población, ya que esta crisis de las instituciones es común a la crisis del sistema de recaudación tributaria y a la inestabilidad del sistema de partidos políticos tradicionales. De esta forma, vemos como la exorbitante cantidad de $2,227.6 millones no destacan un crecimiento económico propiamente dicho para el pueblo en general; pero sí por el contrario, esta cantidad representa un crecimiento económico de las finanzas de la clase dominante.

Por lo tanto, ya que no es posible evitar que la gente luche por subsistir utilizando los recursos monetarios que las divisas en concepto de remesas significan, en oposición a las duras condiciones sociales que el Estado promueve; ya que sabemos que una política encaminada a reorientar el destino o la función que las remesas familiares puedan desempeñar bajo la voluntad de los receptores es todavía más irreal que la idea anterior, tomando como partida las duras condiciones que atraviesa el país desde hace más de una década; ya que sabemos también que los intereses del gran capital jamás serán conmovidos apelando a cualesquiera de las doctrinas humanistas que existen… La forma más justa y humana de solventar, concretamente, este pequeño problema de crisis tributaria, implica la reestructuración del sistema de recaudación fiscal. Hace falta una reforma profunda y Revolucionaria que sea capaz de focalizar los recursos de la nación y dirigirlos hacia las grandes mayorías con el fin de solventar las necesidades más urgentes del pueblo.

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