Hace 100 años: Las mujeres iniciaron la Revolución Rusa

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Autor: 
Fanny Labelle

El 23 de febrero de 1917 -8 de marzo en el calendario gregoriano- fueron las trabajadoras las primeras en invadir las calles de Petrogrado y formaron el elemen­to desencadenante del movimiento que conduciría a la caída del zar una semana más tarde.

Efectivamente, las trabajadoras textiles, como respuesta a las tentativas del Gobierno zarista de impedir las muestras de apoyo de las manifestaciones por el día de la mujer, se nega­ron a trabajar y comenzaron una huelga. Saliendo a las calles y enviando delegadas hacia otras fábricas, ellas fueron la chispa de la revolución. En contra de todo lo esperado, sin planifica­ción, una huelga de masas estalló. Cerca de 90 mil trabajado­res y trabajadoras se sumaron a la huelga el primer día de ésta. Las mujeres pedían pan, el fin de la guerra y el fin del zarismo. Dentro de los días siguientes, la huelga se generalizó y se creó el Soviet de Petrogrado. La caída del zarismo se convirtió en un hecho en el momento en el que el ejército se unió a la re­volución.

Las trabajadoras jugaron un papel esencial en la fraterniza­ción con los soldados incitándolos a voltear sus bayonetas ha­cia su enemigo en común. Ese papel clave de las mujeres en la revolución no tuvo nada de nuevo. Las mujeres son cons­tantemente las primeras en entrar en la lucha y las últimas en salir. Como grupo oprimido, ellas tienen todo por ganar con la abolición del sistema capitalista y en luchar por una revolución socialista fructífera. Por el contrario, ellas son las primeras en sufrir la derrota de una revolución o del derrocamiento de sus conquistas. La revolución rusa no fue la excepción.

Después de ocho meses de lucha entre los soviets represen­tantes de los trabajadores y trabajadoras, los campesinos y los soldados y el Gobierno provisional representante de la burgue­sía, el Partido Bolchevique organizó la toma del poder por los soviets en octubre de 1917 (noviembre en el calendario grego­riano). El régimen soviético se había puesto como objetivo el establecer las condiciones para una verdadera emancipación de las mujeres. Al día siguiente de la revolución, múltiples le­yes fueron adoptadas haciendo que las mujeres gozaran de los mismos derechos que los hombres. Una ley estipulaba que las mujeres tendrían derecho al mismo salario que los hombres. Por primera vez en la historia, una mujer formaría parte del Gobierno: Alexandra Kollontai, primera comisaria del pueblo para la Asistencia Pública. En diciembre de 1917, la seguridad social sin retenciones salariales era establecida. Seis semanas después de la revolución, el matrimonio civil era legal. Los es­posos tenían ahora los mismos derechos y el divorcio era legal y accesible a todos.

En 1918, un ministerio de la protección de la maternidad y de la infancia fue creado. Esto dio a lugar a reformas como la del permiso de maternidad de 16 semanas, la exención de los tra­bajos demasiados duros, la prohibición de las reubicaciones, de los despidos y del trabajo de noche para las mujeres em­barazadas o que recientemente hayan dado a luz y el acceso a clínicas especializadas en maternidad, consultorios y guar­derías. Medidas para una socialización del trabajo doméstico fueron introducidas, con el fin de que el peso no se continuara cargando únicamente sobre las mujeres aisladas en sus hoga­res. Además de las guarderías mencionadas, fueron instalados comedores, lavanderías, dispensarios y hospitales.

La distinción entre hijo legítimo e ilegítimo fue abolida por el régimen soviético. A partir de 1920, las mujeres tuvieron derecho al aborto. Rusia fue el primer país en otorgar ese de­recho, ¡casi 53 años antes de los Estados Unidos de América y 71 años antes que Canadá! Las mujeres comenzaban entonces a tomar el control sobre su cuerpo y sobre la sociedad. Ellas formaron parte de ella a través de la democracia obrera.

Todas esas reformas nunca hubieran sido posibles, tan tem­prano en la historia, bajo el sistema capitalista. Con el poder de los soviets, en un país económicamente atrasado y en don­de la opresión de las mujeres y de las minorías estaba posible­mente entre la más feroces del mundo, tuvo éxito en algunos años lo que los capitalistas en otros países tardaron décadas en conceder bajo la presión de las luchas de la clase obrera y de las mujeres. Al momento en el que la pandilla de Donald Trump, hoy en 2017, intenta restringir el acceso al aborto, y frente los ataques practicados sobre las mujeres y las minorías en todos los países, la Revolución rusa de 1917 aparece como una inagotable fuente de inspiración.

La reacción estalinista, por una serie de contra-reformas, re­presentó, sin duda, un retroceso importante a partir del fin de los años 1920 y del comienzo de los años 1930. La nece­sidad de estabilidad de la burocracia soviética, que se habían atribuido al poder, iba de la mano con el reforzamiento del modelo familiar estable heredado del pasado, es decir, aquel que reducía a la mujer a esclava del hombre. En 1934, la pros­titución se volvió ilegal y merecedora de al menos ocho años de prisión. El divorcio fue menos accesible y mucho más caro. El régimen estalinista llegó incluso hasta criminalizar el aborto, en 1936, fue considerado supuestamente no necesario en una sociedad en donde las mujeres estaban liberadas y en donde “el socialismo había sido conseguido”.

A pesar de los efectos del estalinismo, las mujeres en la Unión Soviética dieron pasos de gigantes hacia la igualdad. 

La recuperación de la economía soviética después de la Se­gunda Guerra Mundial permitió conquistas significativas. Las mujeres constituían el 49% de los y las estudiantes de estu­dios superiores en 1970, únicamente Finlandia, Francia y los Estados Unidos superaban el 40%. Las mujeres embarazadas podían beneficiarse de una reducción de su carga de trabajo con un permiso de maternidad pagado. De la misma forma, hubo un aumento de lugares en guarderías, de la esperanza de vida y una baja en la mortandad infantil. Todo este progre­so fue el fruto de la economía planificada, de una economía liberada de la necesidad de satisfacer la sed de beneficio de los inversionistas y de alimentar la división de los trabajadores y trabajadoras.

El regreso del capitalismo en Rusia en los años 1990 minó, uno a uno todos los avances hechos por las mujeres después de la revolución y fue una catástrofe para ellas. El capitalis­mo trajo de regreso todos los males que habitualmente le son asociados: la opresión familiar, el desempleo, la prostitución y la inestabilidad en el empleo. Las mujeres fueron las primeras despedidas, las primeras en sufrir bajas salariales y fueron ellas las que regresaron a la casa después de los golpes draconianos al presupuesto en seguridad social. El aumento del desempleo sacó a la luz que las mujeres representaban cerca del 70% de los desempleados, e incluso el 90% en algunas regiones. La reducción del salario de las mujeres, habiendo pasado del 70% al 40% con relación al de los hombres después de 1989, incre­mentó su dependencia material hacia los hombres. De igual forma, hubo un aumento de la violencia hacia las mujeres. En los años 1990, los burgueses con gran alegría proclamaban el “fin de la historia” y la victoria de la democracia liberal. ¿Qué ocurrió en Rusia desde entonces? Rusia está hoy dominada por gángsteres, las desigualdades nunca más fueron suprimi­das, y la condición de las mujeres y de los otros grupos opri­midos sufrieron retroceso tras retroceso. Un ataque frontal di­rigido contra las mujeres se produjo recientemente: la Duma rusa (el parlamento) a descriminalizado a violencia doméstica en la primera ofensa y si no tiene consecuencias graves. Antes de esto, una acción similar podía ser merecedora de dos años de prisión. La responsabilidad está ahora en la víctima que debe armar el expediente de la prueba, y éste podría tener como efecto el incremento de las dificultades para las víctimas de llevar ante la justicia a su agresor. Según el vocero de la Duma, Vyacheslav Volodin, la ley “ayudaría a construir familias fuertes” Veinticinco años después del fin de la Unión Soviética, esta nueva ley es una trágico testimonio del cambio de la posi­ción de las mujeres por la victoria de la “democracia”.

Hoy, bajo el capitalismo, servicios sociales como los mencio­nados más arriba existen y alivian la carga que pesa sobre las mujeres, pero estos tienden a ser abolidos o a sufrir grandes reducciones de presupuesto, puesto que la autoridad está a la orden del día en todos los países. Las mujeres nunca más han tenido el mismo salario que los hombres por un trabajo igual. Ellas están obligadas todavía a sumir la mayoría de los trabajos domésticos y son subrepresentadas en las esferas políticas y culturales. La revolución de octubre de 1917 no deseaba so­lamente la igualdad hombre-mujer en el terreno formal, ella quería crear las condiciones materiales para dar a las mujeres un ingreso real en todos los temas políticos, económicos y cul­turales de la sociedad. Nosotros hacemos frente a la misma tarea el día de hoy. Mientras persista un sistema basado en la explotación, mientras que exista la familia en su forma actual, las mujeres no podrán liberarse completamente de sus cade­nas.

Hoy como hace cien años, las mujeres juegan un papel de primer plano en la lucha contra la opresión y la explotación. La movilización de las mujeres contra Donald Trump del pasa­do 21 de enero fue una clara demostración de eso. Hoy como hace cien años, debemos ligar la lucha de las mujeres contra la opresión a la lucha más grande para el derrocamiento del capitalismo. Hay que dar nuevas bases a la sociedad, gracias a las cuales la lucha cotidiana por la supervivencia, la compe­tencia entre trabajadores y trabajadoras y la mentalidad del esclavo serán reducidas a nada, una sociedad en donde rela­ciones verdaderamente harmoniosas entre los seres humanos serán la norma. Las mujeres que luchan actualmente para su emancipación encontrarán en la revolución rusa de 1917 un ejemplo de los más inspiradores de los que debemos sacar las lecciones necesarias para lograr la transformación socialista de la sociedad.