Sobre los estudiantes y los intelectuales

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Autor: 
León Trotsky

Noviembre de 1932[1]


Y llegó Trotsky. Si alguien esperaba encontrarse con una persona anciana, brutal, terrible, se habrá decepcionado. Había en él algo amistoso, muy cultiva­do, agradable y encantador. Después de saludar a cada uno de sus visitantes se sentó en el sillón vacío y esperó nuestras preguntas.

¿De dónde surge la perspectiva revolucionaria de los estudiantes cuando en verdad son revolucionarios?

Ante este ultimo agregado, sus facciones tan conoci­das se iluminaron con una sonrisa muy reveladora y maliciosa.

"¡Allí puso usted el dedo en la llaga!"

¿La razón está en su situación social y económica, o tenemos que volvernos hacia la psicología, o tal vez hacia el psicoanálisis, para explicarlo?

Otra vez una sonrisa maliciosa. "Antes que nada, hay que comprender que los estudiantes no constituyen grupo social distinto y unificado. Se dividen en va­rios grupos, y su actitud política se corresponde estre­chamente con la que predomina en estos distintos gru­pos de la sociedad. Algunos estudiantes tienen una orientación radical, pero una cantidad mínima de éstos puede ser ganada para el partido revolucionario.

"Es un hecho que, muy a menudo, para los estu­diantes que en realidad son pequeñoburgueses, el radi­calismo es una enfermedad juvenil. Hay un dicho francés: ’Avant trente ans revolutionnaire, après canaille.’ (Hasta los treinta años revolucionario, después un canalla.) Este refrán no se oye solamente en Francia. También se lo conocía y se lo aplicaba a los estudiantes rusos en el período de la preguerra. Estuve exiliado entre 1907 y 1917 y viajé mucho dando charlas en las diversas colonias de estudiantes rusos en el extranjero. En ese entonces todos aquellos estudiantes eran revolucionarios. En la Revolución de Octubre el noventa y nueve por ciento peleó del otro lado de la barricada.

"En todos los países la juventud es radical. El joven siempre se siente insatisfecho de la sociedad en que vive, siempre piensa que puede hacer las cosas mejor que sus mayores. Así la juventud siempre se siente pro­gresiva, pero lo que entienden por progreso varía bas­tante. Por ejemplo, en Francia hay una oposición radi­cal y una oposición realista. Naturalmente, entre los ra­dicales hay muchas fuerzas opositoras sanas, pero en su mayor parte se distinguen por su carácter, podría­mos decir, arribista.

"Esta es la verdadera fuerza motriz en el plano psi­cológico. Los viejos ocupan todo el lugar; el joven se siente ahogado, sin salida para aplicar sus condiciones. Hablando simplemente, está insatisfecho porque no es él el que está instalado en el sillón de mando. Pero en cuanto llega al sillón, se acabó su radicalismo.

"Sucede lo siguiente: gradualmente estos jóvenes llegan a ocupar puestos destacados. Se convierten en abogados, maestros, jefes de oficina, y empiezan a con­siderar su anterior radicalismo como un pecado de juventud, como un error a la vez repulsivo y encanta­dor. Como resultado de este recuerdo, el académico arrastra siempre una doble vida. Lo que sucede es que cree que todavía conserva una especie de idealismo re­volucionario, cuando en realidad no le queda más que cierto barniz liberal. Pero este barniz es una cobertura de su personalidad real: un arribista social, estrecho de miras y pequeñoburgués, cuyo interés real consiste en hacer carrera."

Trotsky se movió un poco en su silla y miró a su alre­dedor con una sonrisa amable, como pidiendo dis­culpas.

¿Pueden ser de alguna utilidad los estudiantes en un movimiento revolucionario?

"El estudiante revolucionario sólo puede contribuir si, en primer lugar, vive un proceso de autoeducación revolucionaria rigurosa y coherente y, en segundo lu­gar, si se liga al movimiento obrero revolucionario cuando todavía es estudiante. Permítanme aclarar que cuando hablo de autoeducación teórica me refiero al marxismo no falsificado."

¿Cuál debe ser la relación entre el académico y el movimiento obrero?

Una expresión seria y decidida asoma a los ojos de Trotsky.

"Tiene que entender que va al movimiento obrero para aprender y no para enseñar. Tiene que aprender a subordinarse y a hacer el trabajo que le exigen, no el que él quiere realizar. Por su parte, el movimiento obrero debe considerarlo con el mayor escepticismo. El joven académico tiene que ’marcar el paso’, al princi­pio, durante tres, cuatro o cinco años, y hacer una tarea partidaria común y corriente. Entonces, cuando los obreros ya tienen confianza en él y están completamen­te seguros de que no es un arribista, se le puede permi­tir ascender, pero lentamente, muy lentamente. Cuando trabaja de ese modo con el movimiento obrero, cuando se olvida de que es un académico, las diferen­cias sociales desaparecen."

¿Cuál es, entonces, el rol del intelectual en el movi­miento revolucionario?

"Sacar conclusiones generales en base a los hechos concretos. Si no se realiza constantemente este proceso de generalización del conflictivo material de los aconte­cimientos, el movimiento se diluye."

Antes usted dijo que entiende por autoeducación teórica el estudio del marxismo no falsificado. ¿Qué es para usted el marxismo no falsificado?

"La critica al marxismo no es tan peligrosa. La falsi­ficación es algo distinto. Me refiero a las teorías que se reclaman marxistas pero en realidad abandonaron la esencia de las enseñanzas de Marx. Por ejemplo, el revisionista Bernstein hizo del movimiento el eje fundamental de su teoría y dejó de lado el objetivo final. ¿Qué resultó de este ’marxismo’? En Inglaterra, un Mac­donald, o un Lord Snowden.[2] Ustedes mismos pueden encontrar algunos ejemplos. Esa falsificación utiliza el nombre de marxismo para engañar a los trabajadores."

Bueno, pero, como escribió Lis Toersleff, el mundo no se detuvo en la época de Marx.

"Por supuesto que no. No soy fetichista; el marxis­mo no se detuvo cuando murió Marx. Marx también podía equivocarse, fundamentalmente en sus pronósti­cos de cuándo ocurrirían los acontecimientos; en esos casos falló solamente su evaluación del ritmo del proce­so. Lenin integró al marxismo los factores históricos nuevos, adaptándolo así a nuestra época."

Luego Trotsky encaró el tema de la democracia y de la dictadura: "Los comunistas no negamos -como lo hacen, por ejemplo, los anarquistas- la importancia de la democracia. Pero la reconocemos sólo hasta un punto muy definido. Se llega a este punto cuando las contradicciones de clase son tan grandes que la tensión provo­ca un corto circuito. En ese momento la democracia ya no puede seguir funcionando y las únicas alternativas son la dictadura proletaria o la burguesa. Veamos la evolución de la república socialdemócrata de Alemania desde 1918 hasta el presente. Al principio tenían el poder los socialdemócratas, pero ahora son los genera­les reaccionarios los que mandan.

"La democracia ya no puede siquiera jugar su propio juego a causa de las contradicciones de clase. Mi­ren, por ejemplo, cómo se cumple en estos días el dere­cho democrático de asilo, el derecho de un exiliado a la residencia."

Era evidente que con la mención del derecho de asilo Trotsky volvía nuevamente a Dalgas Boulevard. Con una amplia sonrisa, continuó:

"No soy un marxista obcecado. Todavía pueden llegar a hacerme creer en la democracia. Pero primero tendrán que satisfacer dos deseos míos: lleven a Alemania al socialismo por medios democráticos y consíganme un permiso de residencia en Dinamarca."



[1][1] Sobre los estudiantes y los intelectuales. Intercontinental Press, 13 de noviembre de 1932. Esta entrevista con estudiantes que lo habían invitado a Copenhague apareció por primera vez el 9 de diciembre de 1932 en Studenterbladet. Se reprodujo en Fjerde Internationale (Cuarta Internacional), ver­sión que tomó David Thorstad para su traducción [al inglés].

[2][2] Philip Snowden (1864-1937): presidente del Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña de 1903 a 1906 y de 1917 a 1920. En 1927 lo dejó para entrar al Partido Laborista, de donde se fue en 1931, para apoyar al gobierno de "unidad nacional" de Macdonald.