México: Cómo surgió la Nación, apuntes para luchar contra la Unidad Nacional de la burguesía (Segunda Parte)

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Autor: 
David Rodrigo García Colín Carrillo

La lucha democrático-burguesa en México
Como hemos visto, en estrecha vinculación con la formación de la nación están una serie de medidas revolucionarias destinadas a facilitar el desarrollo capitalista. En su conjunto estas medidas revolucionarias conforman el contenido de la revolución democrático-burguesa, a saber: el problema de la tierra o el rompimiento del poder latifundista y la liberación de la sujeción servil necesarias para la formación de un mercado de trabajo y la libre circulación de mercancías, la unidad de la nación como escenario necesario para la creación del mercado interno, la independencia nacional como medio fundamental para la soberanía de la nueva clase dominante, y la modernización del Estado para dotar a la burguesía de un marco jurídico e institucional que le asegure la propiedad privada y “tranquilidad” para hacer negocios.
 
En Europa occidental el ciclo de revoluciones burguesas, cuyo ejemplo paradigmático es la gran Revolución francesa, garantizó un desarrollo relativamente armónico y más o menos homogéneo de estas reformas. Pero en los países excoloniales o en aquéllos donde el capitalismo tuvo un desarrollo tardío –es decir en África, Oriente y América Latina- la revolución democrático burguesa tuvo un carácter desigual, discontinuo y contradictorio. En México, por ejemplo, la independencia nacional fue llevada desde arriba, por los mismos sectores que antaño habían sido agentes del dominio colonial y que habían combatido a sangre y fuego a los revolucionarios independentistas, debido a ello Iturbide pudo haber heredado a la nación los colores de la bandera nacional (tomados del Ejército Trigarante) y puesto en el acta de independencia el título de “Imperio mexicano” –Morelos pretendía llamar al nuevo país independiente “Anáhuac”- pero en 1921 el nombre y la bandera eran más una etiqueta que una realidad: aparte de una independencia precaria ninguna de las tareas democrática burguesas había sido resuelta, ni todos los habitantes del territorio se sentían parte de la nación por lo que la lucha por la conformación de México como nación debió continuar.
 
Hemos señalado que México se conformó en la lucha contra las intervenciones extranjeras y en el fragor de la batalla entre liberales y conservadores. Así, por ejemplo, en la constitución de 1824 los liberales –tomando como inspiración la revolución de independencia norteamericana- nombran al país “Estados Unidos Mexicanos”, sin embargo el carácter subdesarrollado de la economía mexicana condicionó que la reforma agraria de la Revolución de Ayutla –la desamortización comenzada en 1856- favoreciera, paradójicamente, la concentración de tierras que caracterizará el porfiriato, aunque el despojo de las comunidades indígenas –sin menoscabo de su carácter implacable y cruel- sí favoreció la incipiente formación de jornaleros, es decir, de fuerza de trabajo para el capital. Así pues, en México el problema agrario –propia de la revolución burguesa- no se resolvió sino que se hizo más agudo. Y el problema de la independencia nacional cobró mayor relevancia con la vulnerabilidad de un débil país frente a la ambición de las grandes potencias imperialistas: Inglaterra, Francia y el creciente poder norteamericano. El sentimiento nacional se conformó de forma no sólo nominal en la lucha contra la intervención norteamericana de 1846 –donde el corrupto régimen conservador de Santa Anna jugará un papel nefasto, dando como resultado la pérdida de más de la mitad del territorio nacional-, contra la primera intervención francesa de 1838 y, sobre todo, contra el Segundo Imperio de Maximiliano, quien fue invitado y patrocinado por el clero, los terratenientes y los políticos conservadores.
 
No hay burguesía progresista
 
Además de la intervención militar directa, México se enfrentó a la falta de recursos para invertir. Quebrado por las guerras y la falta de industria, los liberales buscaron la inversión extranjera, aquí comienza el fin progresista del liberalismo mexicano. Dentro de la dinámica propia del capitalismo mundial, los países de desarrollo capitalista tardío se insertan en la economía global como países dependientes de la inversión extranjera. El imperialismo exprime a las colonias con el mecanismo de la deuda y la inversión, la extracción de materias primas y las mercancías baratas. Con el ascenso del porfiriato, México desarrollará una dependencia humillante al capital inglés, francés y norteamericano insertado en los ferrocarriles, la minería y los bancos. El 77% de las inversiones en estos sectores era de origen extranjero. La burguesía nacional que se desarrolla en la manufactura y en la producción de bienes y servicios conforma un bloque con la economía hacendaria –es decir, con los terratenientes-con el clero que idiotiza a las masas y santifica su explotación y con el capital trasnacional que le ofrece recursos, maquinaria y transporte –por más que frecuentemente entre en contradicción con aquél-. Con frecuencia, el terrateniente y el industrial son la misma persona: la industria del ingenio azucarero, del empresario textilero o el tequilero dependen de la explotación del campesino y el jornalero, el terrateniente invierte en la industria y el capitalista posee tierras, y a todos les presta el banquero trasnacional. Estos sectores temen más al pueblo que explotan que al imperialismo que invierte en  su economía.
 
El papel subordinado de la burguesía nacional convierte en una trampa cualquier alianza entre el proletariado y su burguesía, en realidad el aliado natural del proletariado son los trabajadores del país imperialista puesto que el factor decisivo en el comportamiento político no es la pertenencia a una nacionalidad, sino la pertenencia a una clase social. Marx ya había descrito el papel cobarde y traicionero de la burguesía incluso en Europa occidental. En países como México ese papel reaccionario se refuerza con la dependencia al capital trasnacional y con la fusión del capitalista y el poder terrateniente en un bloque reaccionario. Debido a su propio subdesarrollo e inseguridad, debido a su incapacidad para garantizar las reformas democráticas que su propio sistema debía garantizar, debido a la constante amenaza del pueblo, la burguesía en los países subdesarrollados –apoyada por el imperialismo, el clero y los terratenientes-tiende a imponer regímenes autoritarios, antidemocráticos y con rasgos arcaicos, por lo que la modernización y democratización del estado queda inconclusa. El Estado sólo acepta reformas cuando el movimiento revolucionario amenaza su supervivencia.
 
Así vemos cómo en los países subdesarrollados las tareas de la revolución democrático burguesa no son resueltos de manera satisfactoria y cabal por la burguesía y cómo ésta se convierte en una traba para esas reformas que, paradójicamente, son propias de su sistema. De esto deriva que el tema de la independencia nacional sólo puede ser resuelto por métodos revolucionarios y en confrontación directa con la burguesía nacional y el imperialismo, por los trabajadores y campesinos pobres. La Revolución mexicana de 1910 confirma esto.
 
Revolución burguesa a pesar de la burguesía
 
Como suele suceder en el comienzo de la revolución, la Revolución de 1910 emergió a partir de la fractura en la clase dominante. Madero, miembro de una acaudalada familia de terratenientes e industriales, lanzó el Plan de San Luis después del fraude electoral del régimen de Díaz y aunque contenía la promesa de la restitución de tierras a los campesinos los hechos subsecuentes demostrarán que Madero pretendía utilizar la presión de las masas campesinas para obtener concesiones políticas más no para hacer una revolución. En realidad, Madero pertenecía a un grupo que había sido desplazado del poder –el régimen se había dividido entre “científicos y “reyistas”- grupo que pretendía un nuevo reacomodo frente a la previsible salida de Díaz. Tan es así que cuando a pesar de Madero, Díaz es derrocado gracias a la audacia de Villa y Orozco (éste traicionará el movimiento) al tomar Ciudad Juárez, Madero negocia con Porfirio Díaz (Tratado de Ciudad Juárez, 21 de mayo de 1911) el interinato de Francisco León de la Barra a cambio del compromiso de desarme de la revolución. El tratado no contenía ni una palabra de la reforma agraria prometida en el Plan de San Luis. Cuando los zapatistas se alzan en el sur impulsando la toma de tierras, Madero desde el gobierno hace todo lo posible por desarmar a los zapatistas, detener la toma de tierra y someter a Villa. Con la anuencia de Madero, Villa es mantenido en la cárcel y los zapatistas combatidos por el ejército federal bajo el mando de un general maderista llamado Victoriano Huerta.
 
Debido a su incapacidad para cumplir con las demandas populares que lo llevaron al poder y también a su incapacidad para reprimir la revolución, Madero es “aplastado entre dos ruedas de molino” y el golpe de Estado es fraguado desde la embajada norteamericana –Madero había intentado imponer un tímido impuesto de 20 centavos por tonelada a las petroleras trasnacionales-. Con el golpe de Huerta y tras la “Decena trágica”, otro terrateniente norteño llamado Venustiano Carranza se levanta en armas. Es de notar que algunos representantes de la burguesía nacional y pequeña burguesía (como Carranza y Obregón) se apoyan en el movimiento revolucionario para lograr el reacomodo institucional que el porfiriato les había negado, pero siempre intentando frenar las tomas de tierra de los campesinos, asesinando a sus dirigentes –como fue el caso de Zapata- y reprimiendo al propio movimiento obrero cuando éste se salía de su control. Gilly señala que “Madero Primero, Huerta después, Carranza más tarde asesinaron en masa al campesinado de Morelos, quemaron, fusilaron, masacraron, deportaron hasta exterminar a la mitad de la población de la zona zapatisa [Gilly, “La Revolución interrumpida”, p. 97].
Sin embargo, el levantamiento popular era una realidad que no podía omitirse. Debido a la necesidad de Carranza de apoyarse en las masas para llegar al poder, siempre hubo una guerra civil, aveces sorda y otras abierta, dentro de las filas del constitucionalismo. Si bien el movimiento campesino entra en declive a partir de 1914, el zapatismo conforma la “Comuna de Morelos” y una huelga general que sacude a la Ciudad de México en 1916. Este impulso revolucionario se trasmite a través de algunos constituyentes –como Franciso J. Múgica- que logran imponer reformas radicales en la Constitución de 1917 –en materia de tierra, recursos naturales y legislación laboral- que Carranza no había deseado. La pequeña burguesía radicalizada –algunos de cuyos miembros habían encabezado reformas agrarias importantes como gobernadores- es la correa de trasmisión de las demandas obreras y campesinas. Carranza pretendía una simple reedición de la Constitución juarista- pero debe firmar muy a su pesar.
 
Carranza se había posicionado muy claramente frente a las demandas zapatistas, frente a aquéllos que habían derramado su sangre para llevar adelante la revolución: “Eso de repartir tierra es descabellado [dijo Carranza a la delegación zapatista] Díganme qué haciendas tienen ustedes, de su propiedad, que puedan repartir, porque uno reparte lo que es suyo, no lo ajeno” [Ibid. p. 121]. Pero finalmente firmó la Constitución, sabía que con el movimiento campesino ya en declive esa Constitución quedaría en simple papel mojado. Y esto es precisamente lo que sucederá.
 
La invasión al puerto de Veracruz en 1914 demostró la estrecha relación entre la figura de Carranza y el gobierno norteamericano. Esta intervención supuso el apoyo tácito del gobierno gringo a Carranza y marcó el destino de la dictadura de Huerta, que ya no era útil para Estado Unidos. Carranza obtuvo el apoyo del gobierno Wilson pues el gobierno norteamericano confiaba en que el terrateniente coahuilense impondría la estabilidad. Carranza intentará ser fiel a ese compromiso: la invasión punitiva contra Villa de 1916, donde 10 mil solados norteamericanos invaden territorio nacional, es prácticamente tolerada y el gobierno de Carranza se limita a protestas diplomáticas. Tanto el régimen “revolucionario” como el ejército estadounidense tenían un mismo objetivo: deshacerse de Francisco Villa. El hecho es que cuando el 15 de enero de 1917 el gobierno de Wilson ordena el retiro de la expedición, Carranza refuerza los intentos por capturar a Villa y envía un telegrama la comandancia de Durango “Precise usted en dónde está Francisco Villa.” Cuando recibió la respuesta, Carranza no cabía en su enojo: “Señor, tengo el honor de comunicarle que Francisco Villa, según informes verídicos llegados a esta Comandancia Militar, ahora se encuentra en todas partes y en ninguna.” Era un telegrama que había sido interceptado por los villistas y respondido por ellos.
 
Cuando la amenaza directa de la revolución disminuyó, el régimen de Obregón firma con el gobierno yanqui los tratados de Bucareli (1923) que –al introducir la no retroactividad-deja en letra muerta la soberanía sobre los recursos naturales y la reforma agraria, en los hechos es la virtual liquidación de la Constitución de 1917. Posteriormente Calles detiene en la práctica la reforma agraria e impone, en 1931, una ley reglamentaria al artículo 123 que entromete al Estado en la vida sindical y en la calificación de las huelgas.
Lo que pretendemos subrayar es que si algunas demandas de la revolución democrático burguesa quedaron plasmadas en la Constitución no fue gracias a la burguesía nacional sino a pesar de ella. El régimen porfirista se quiebra con la revolución pero una nueva casta de generales y políticos corruptos conforma el nuevo Estado -apropiándose de un discurso “revolucionario”- y se promueve a sí misma como nueva burguesía, enriqueciéndose de manera obscena.
 
El inestable régimen bonapartista, desde Obregón hasta Calles, se debatió entre la abierta dictadura militar y el demagógico discurso revolucionario y anticlerical que en la práctica significó la detención de la reforma agraria y la represión salvaje del Partido Comunista. Para finales de los años 20s y a principios de los 30s -con la crisis del 29 acrecentando las tensiones- las huelgas y la efervescencia obrera recrudece en los ferrocarriles y en el sector eléctrico. El movimiento campesino adquiera nuevos bríos con el nacimiento de las Ligas Campesinas armadas que imponen la reforma agraria. Al régimen se le abre la alternativa de imponer una dictadura militar –Calles coquetea con el fascismo- o apoyarse en el movimiento obrero y campesino para imponer por la fuerza las medidas nacionalistas, laborales y agrarias que habían quedado marcadas en la Constitución. Cárdenas, un general revolucionario, impondrá esta segunda vía que ni la burguesía ni los políticos corruptos del régimen deseaban ni querían.
 
El cardenismo, la revolución cobra nuevos bríos
 
Cárdenas hace una campaña a ras de pueblo y en las comunidades, no tanto para ganar las elecciones –que tenía aseguradas por pertenecer al Partido oficial- sino para hacerse de una base social ante futuras batallas. Promete en su campaña el reparto agrario, la formación de cooperativas e incluso el armamento del campesinado. Con esta campaña Cárdenas obtiene la presidencia en 1934.
 
Cárdenas, como militar, había estado acantonado en las zonas petroleras y había visto el saqueo y explotación de las petroleras, era un político pequeñoburgués especialmente sensible a las demandas y necesidades del pueblo campesino. Inicialmente su gabinete estaba formado fundamentalmente de políticos callistas: el hijo de Calles, Rodolfo, se hace de la Secretaría de Comunicaciones; Garrido Canabal, gobernador de Tabasco con Calles, se integra a la Secretaría de Agricultura; y Juan de Dios Bojórquez, otro político callista, se integra a la Secretaría de Gobernación. Cárdenas logra neutralizar momentáneamente a los callistas con una combinación de hábiles maniobras por arriba (por ejemplo promete a Cedillo, general golpista, una secretaría), envía a opositores a misiones diplomáticas en el extranjero; combinadas con importantes concesiones a las masas (apoya huelgas de trabajadores) que le dan un formidable apoyo a su gobierno y sus medidas, así logra hacer cambios en los altos mandos de las zonas militares claves.
 
Es un hecho que el corrupto aparato de Estado callista intenta detener la deriva radical de quien se suponía debía ser un títere obediente del “Jefe Máximo” -como había sucedido en el Maximato- pero cuando Cárdenas purga parte del Estado expulsando a los callistas más fanáticos, Calles planea un golpe de Estado apoyado por un paro patronal. Llega a la capital  desde Sinaloa con Morones para conspirar. Morones relata los pormenores del intento:
 
“[…] las instituciones de industriales, mineros, petroleros, textiles y hasta bancos, ordenarían un paro de actividades […] en este plan ya estaban comprometidos los latifundistas del henequén, los latifundistas algodoneros, de La Laguna y los líderes industriales de Monterrey. Como consecuencia del paro industrial el general Calles con un grupo de militares y políticos conminaría al presidente a que aceptara el plan [impuesto por los industriales] o renunciara” [Tzvi Medin, “El minimato presidencial: Historia política del maximato”, p. 159].
 
Con un nuevo impulso a la revolución –impulso que fue controlado y cooptado- se reparten 18 millones de hectáreas -más que el total de tierras de todos los presidentes anteriores, desde Carranza a Abelardo Rodríguez-, se entregan armas a algunos grupos campesinos, se crean instituciones para impulsar la industrialización (la Comisión Federal de Electricidad, por ejemplo), se cierran las casas de juego o casinos, se nacionalizan los Ferrocarriles poniéndose bajo administración obrera, y se nacionalizan los ingenios azucareros. La burguesía responde con la fuga de capital sacando de México, de junio de 1937 a junio de 1938, 82 millones pesos. Cárdenas se apoya en una huelga petrolera para expropiar al petróleo el 18 de marzo de 1938. Las medidas democráticas de soberanía nacional se llevan adelante en contra de la oposición del callismo, la burguesía nacional -agrupada, sobre todo, en el llamado Grupo Monterrey- y, obviamente, los monopolios expropiados. Se da un paso adelante muy importante en el cumplimiento de las tareas democrático burguesas que la  Revolución de Independencia, la lucha entre conservadores y liberales, y la propia Revolución mexicana había dejado pendientes.
 
Pero el carácter bonapartista burgués del régimen de Cárdenas se expresa en la orientación y los objetivos que pretendía obtener con estas conquistas. Se apoya en los trabajadores para impulsar medidas democrático burguesas que ni la burguesía quiere aceptar, o que acepta a regañadientes; se apoya en la burocracia sindical para controlar a los trabajadores, acepta la administración obrera en los ferrocarriles porque éstos están quebrados. Ante todo se trata de fortalecer y “amamantar” a la débil burguesía. Cárdenas tuvo siempre claridad de su tarea de árbitro y nunca tuvo la intención de romper con el capitalismo: “La política del gobierno está dirigida a mantener el equilibrio de los factores que intervienen en la producción, que son el trabajo y el capital” [Arnaldo Córdova, “Política de masas y capitalismo”, en: Cien años de lucha de clases en México (1879-1976), p. 116]. Cárdenas no sólo promueve la organización corporativa de los trabajadores sino también la organización de los patrones con las Cámaras Industriales y de Comercio.
 
El que estas medidas se hayan llevado a cabo a partir del propio Estado burgués impondrá un costo muy alto a la clase trabajadora y su capacidad organizativa. El precio a pagar fue la corporativización del movimiento obrero y campesino, el sometimiento de los trabajadores en organizaciones charras como la CTM y el Congreso Nacional Campesino que serán garantes del futuro régimen priísta. Esto hubiera sido imposible sin la colaboración de organizaciones como al PCM que tenía un peso relevante dentro del movimiento obrero y campesino, especialmente dentro de la CTM que inicialmente fue una organización independiente y combativa del proletariado. La consigna estalinista -impulsada tanto por el PCM como por Vicente Lombardo Toledano- de “Unidad a Toda Costa”, entregó la dirección sindical a charros como Fidel Velázquez. El estalinismo (está demostrado que el mismo Toledano era agente a sueldo del Kremlin) impulsará el apoyo acrítico al gobierno, con el pretexto de un Frente Antifascista con la “burguesía progresista”. La “teoría” estalinista del Frente Popular -en realidad una concepción menchevique y reformista- tendrá trágicos resultados. Así pues, la consigna de Unidad Nacional jugó un papel nefasto, incluso cuando el gobierno cardenista llevó adelante medidas progresistas. La Unidad Nacional se dio en torno al Estado burgués y a la burguesía nacional. Los costos de esta unidad los seguimos pagando hoy.
 
Cardenismo o socialismo
 
Pretender retornar sin más al nacionalismo cardenista es querer repetir un proceso que fue fundamental para la formación del Estado priísta que nos ha llevado a la situación de barbarie y postración actual. Es pretender retornar al ayer donde se gestó nuestro hoy.  Sin embargo, debemos retomar el antiiperialismo propio de las movilizaciones cardenistas pero con un nuevo carácter socialista.
 
El régimen priísta abandonó el “nacionalismo revolucionario” no por algún trágico error, sino por la reconfiguración de los patrones de acumulación capitalista, que marca el fin del boom de la posguerra; ajuste que conocemos como “era neoliberal”. El capitalismo actual es el único posible. Incluso con la crisis de la globalización capitalista -que estalló en el 2008- las tendencias proteccionistas que vemos en nuestras días no se dan en un contexto de auge sino de declive, es el proteccionismo de la crisis no del auge y la prosperidad. Cárdenas pudo impulsar esas medidas nacionalistas porque la demanda creciente de petróleo en el marco del estallamiento de la Segunda Guerra Mundial aseguraba cierto flujo de divisas y el imperialismo yanqui se encontraba sometido a las exigencias de la guerra. El boom de las posguerra pudo darle cierta continuidad a algunas políticas nacionalistas de los gobiernos postcardenistas.
 
Lo que pretendemos señalar no es que debamos renunciar a la lucha por nuevas expropiaciones retomando el legado antiimperialista de Cárdenas, al contrario, estas medidas en nuestro días deben romper con el capitalismo, no intentar darle nueva vida a un cadáver. Lo que sigue siendo similar hoy al periodo de Cárdenas es que cualquier medida revolucionaria -incluso reformas radicales que no pretendan romper con el sistema- se encontrarán con la feroz resistencia de la burguesía nacional que es apátrida por nacimiento y destino -el papel de la burguesía en Venezuela es prueba actual de esto-. Hemos subrayado que la burguesía mexicana ha estado atada al imperialismo desde su formación. Al igual que en la época de Cárdenas, la soberanía nacional sólo puede obtenerse con la movilización de las masas pero hoy en día este movimiento debe ser independiente del Estado burgués y opuesto a cualquier tipo de corporativización y charrismo sindical.
 

Habremos de retomar esto último en la tercera y última parte de este texto, no sin antes señalar cómo la Revolución Rusa estuvo más cerca que cualquier otro proceso de resolver el problema nacional. El estalinismo traicionó estas aspiraciones. [Continuará]