“Hombres y mujeres somos iguales, ¿por qué tiene que haber un Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer? ¿Por qué un Día Internacional de la Niña? ¿Por qué un Día Internacional de la Mujer? ¿Acaso las mujeres son especiales?” Lo anterior son cosas que pueden ser dichas por cualquier hombre (y tristemente también por mujeres) que no han sido sensibilizados ni educados en cuanto al significado e historia detrás de esas fechas, las cuales se han elegido en conmemoración de eventos violentos en contra de la mujer.

Para el caso que nos ocupa, el 25 de noviembre fue declarado Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer por la ONU en 1999 (Res. 54/134) en conmemoración del asesinato de las hermanas Mirabal en 1960, quienes eran activistas políticas en República Dominicana. El objetivo de recordar estos eventos internacionalmente es para educar a la población mundial en cuanto a la importancia de no repetir semejantes atrocidades.

Seguramente hemos oído hablar de países africanos donde las niñas son mutiladas de sus genitales porque se supone que no tienen derecho al placer sexual; o de las niñas hindúes que son obligadas a casarse a tempranísima edad y tienen que dejar la escuela; o de las mujeres de Arabia Saudita que deben tener permiso de un guardián masculino si quieren viajar, por ejemplo. Y cuando oímos eso, nosotros aquí en El Salvador decimos: “Púchica qué feo eso, gracias a Dios aquí no pasan esas cosas. Aquí las mujeres pueden hacer lo que les dé la gana”. Lastimosamente eso está muy lejos de la  realidad.

Según el Observatorio de Violencia de ORMUSA, desde enero a agosto de 2018 fueron asesinadas 279 mujeres, la mayoría de ellas menores de 30 años. Según Noticias América Latina de la BBC, “las tasas más altas [de feminicidios] a nivel regional corresponden a El Salvador y República Dominicana. En términos de números absolutos, Argentina y Guatemala se ubican en segundo y tercer lugar, con más de 200 femicidios cada uno en 2014″. Esto debería ser algo alarmante, tanto  para las instituciones gubernamentales como para la población en general. Sin embargo, en nuestro país estamos tan acostumbrados a ver noticias de este estilo que, aunque nos estremezca ver que, por ejemplo, Carla Ayala, una mujer policía fue asesinada y desaparecida por otro policía y sus cómplices (El Faro, septiembre 22, 2018), pasamos página con tanta facilidad que después de unos cuanto días esos eventos tan macabros e impunes ya son sólo una anécdota más en la memoria colectiva. Lo peor de todo esto es que la mayoría de denuncias por actos de violencia contra la mujer quedan impunes.

Según ORMUSA, solo el 5% de los casos denunciados termina en sentencia. Dicho dato estadístico demuestra que para el Estado salvadoreño, maltratar, acosar, violar, e incluso matar a una mujer es normal, es aceptable. Volviendo al caso de la agente policial Carla Ayala, debemos decir que éste refleja cómo el Estado se convierte en cómplice cuando prefiere encubrir delitos perpetrados por hombres que pertenecen a sus instituciones. Tuvieron que pasar meses y varios intentos fallidos de búsqueda del cadáver para que la familia de la agente pudiera tener la certeza de que la habían encontrado y que al fin podían enterrarle dignamente; esto sin tomar en cuenta el daño y sufrimiento psicológico que tuvieron desde el momento en que Carla desapareció.

Lo anteriormente expuesto nos explica la necesidad de organización y unión entre hombres y mujeres para exigir al Estado el cumplimiento de las leyes, y que las instituciones destinadas a tal fin sean garantes de lo plasmado en cada artículo.  Dicha unión puede llevarse a cabo cuando todos, hombres y mujeres, nos comprometamos a construir un ambiente de no violencia para nuestras niñas, madres, hermanas, tías, primas, vecinas, compatriotas. Pero, ¿cómo podemos hacerlo? En primer lugar, debemos informarnos sobre esta realidad. Segundo, debemos aceptar que es un problema grave. Tercero, empecemos por lo más cercano que tenemos: la familia. Empoderemos a nuestras niñas y mujeres más vulnerables. Ésas que todavía creen que su única misión en la vida es servir, parir y obedecer. Ésas que todavía piensan que si un hombre las maltrata o las golpea, son ellas misma las culpables por haberlo provocado. Cuando hombres y mujeres estemos concientizados de la imperiosa necesidad de hacer cumplir las leyes, no nos quedaremos de brazos cruzados esperando que algún juez sea ético y castigue al victimario sin importar quien sea; al contrario, si existe conciencia y organización, reaccionaremos al unísono exigiendo justicia.

Sin embargo, somos conscientes que la liberación real de las mujeres no se dará dentro del marco capitalista, hay que avanzar en la organización popular para acabar con este sistema que condena a los horrores más grandes a la humanidad, en especial a las mujeres.

 

 

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