Nicaragua - 15 julio, 2019

Lecciones de La Revolución Sandinista

Para los marxistas una revolución es aquella situación donde las masas comienzan a tomar el destino en sus propias manos. Esto es justamente lo que sucedió en Nicaragua en la década de los 70, cuando los campesinos, obreros y estudiantes emprendieron una lucha heroica para derrocar al dictador Anastasio Somoza Debayle, quien gobernó Nicaragua después de su padre y de su hermano. El 19 de julio de 1979 entraban triunfantes en Managua los guerrilleros sandinistas, luego de la huida del tirano, e inicia el proceso que se llamó: la reconstrucción nacional.

Desde el mes de junio de 1979 hubieron levantamientos en diferentes ciudades mientras los obreros se movilizaban en las calles y convocaban a una huelga general. Toda la sociedad exigía la caída de Somoza y luchaban en función de ello, para cuando las columnas guerrilleras ingresaban en Managua la Guardia Nacional se había desarticulado ante el embate de las masas obreras, solo hacía falta que surgiera un liderazgo político que aglutinara y dirigiera el proceso de construcción de la nueva sociedad.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), con fuerte influencia stalinista, intentó desarrollar un gobierno conciliador, con una economía “mixta”; por un lado se nacionalizaron las propiedades de la familia Somoza, pero continuaron coexistiendo con la burguesía nacional a quien consideraban “progresista”. Esta política de gobierno responde a la teoría reformista de las dos etapas, la cual plantea que primeramente debe implementarse una revolución democrática que lleve al a país a un nivel de desarrollo capitalista aceptable, para luego en un futuro incierto (la segunda etapa) luchar por el socialismo.

Dicha teoría ha demostrado su incapacidad en la práctica y muchos de los problemas que tuvo que enfrentar la revolución sandinista fueron producto de no llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias. Muy similar al proceso que vive actualmente la revolución bolivariana en Venezuela, donde creyeron que la revolución no debía llevarse demasiado lejos en tan poco tiempo para no “provocar” al imperio estadounidense. Sin embargo, hoy vemos las consecuencias de esa timidez sobre todo en las sanciones y bloqueos económicos.

El FSLN en su momento se declaró marxista-leninista, pero en la práctica desarrolló un programa político muy alejado de lo decían ser. En realidad hicieron una mezcla ecléctica con elementos de la teología de la liberación que pretendía llevar a los nicaragüenses la “salvación material”. La falta de una ideología y una teoría definidas, condujo a políticas y acciones muy diversas, sin embargo hubo avances significativos si los comparamos con la situación que se vivía bajo la dictadura de los Somoza.

A pesar de no contar con una ideología clara, las masas trabajadoras entran en escena y cambian la realidad social en Nicaragua: se avanzó enormemente en la alfabetización del país, la mortalidad infantil cayó 8% y más de un millón de personas fueron vacunadas. El consumo de trigo aumentó un 33%, el arroz un 30% y los frijoles un 40%. En el último periodo de la dictadura, 1000 médicos visitaron a 200,000 personas cada año. Bajo el gobierno sandinista 500 médicos se graduaron cada año y el sistema de salud garantizó visitas de médicos hasta 6.000.000 de personas. Y más de 300,000 casas y parcelas de construcción fueron entregadas a las masas[1].

Sin embargo la revolución quedó a medias y la burocracia se fue apoderando del aparato del Estado, los obreros y campesinos tenían cada vez menos participación en las decisiones políticas y económicas del nuevo gobierno. Si retomamos el concepto de revolución esbozado al inicio, podemos decir que las masas ya no estaban forjando su destino con sus propias manos, esto significa que el proceso revolucionario había sido frenada y que pronto sería derrotado. De esta situación se aprovechó EE.UU. y financió a la contrarrevolución en Nicaragua que permitiría el triunfo electoral de la Unión Nacional Opositora (UNO) en 1990.

La revolución fue derrotada precisamente porque no se concluyó, es decir, no avanzó hacia el socialismo. En Nicaragua siguió prevaleciendo el capitalismo y sus relaciones de producción frente a una mínima propiedad colectiva —únicamente se expropió a la familia Somoza—, el Estado burgués siguió intacto y no se crearon organismos de poder popular, al contrario se le quitó cualquier atisbo de poder a los Comités de Defensa Sandinista (CDS).

La lucha impulsada décadas antes por Augusto Cesar Sandino —de quien el partido toma su nombre—, fue de carácter antiimperialista y jamás se doblegó ante los enemigos de Nicaragua. Todo revolucionario consecuente que desee un cambio radical para Nicaragua debe retomar el fervor de Sandino y desarrollar una revolución genuina, iniciando dentro del mismo FSLN.

Par lograr un Estado obrero que responda a los intereses de la clase obrera, primeramente deben implementarse métodos democráticos en la toma de decisiones y para la elección de los dirigentes del partido, sustituyendo los métodos verticales heredados del guerrillerismo, que propician la formación de castas burocráticas que nada tienen que ver con la administración obrera de la sociedad.

La revolución debe avanzar a la expropiación de las tierras ociosas que están bajo control de los terratenientes y ponerlas a trabajar bajo control obrero, nacionalizar la banca y concentrarla en un único banco administrado por los trabajadores que tenga el control financiero del país, y así poder desarrollar las fuerzas productivas que la burguesía local no es capaz de hacer avanzar, por su dependencia del imperialismo y los terratenientes criollos.

Este proceso deben encabezarlo los proletarios de las ciudades más desarrolladas quienes son los que tienen un relación directa con los medios de producción y son por lo tanto los que pueden parar la producción, poniendo sobre la mesa el debate de quien manda realmente en la sociedad, si un minúsculo grupo de banqueros, empresarios y terratenientes o la inmensidad de obreros que día a día mueven la economía de su país. El campesinado puede ser una fuerza de apoyo importante en este proceso pero no tiene la capacidad de ponerse a la cabeza como suele suceder en la guerra de guerrillas, sobre todo enfocadas en la reforma agraria.

Los obreros de Nicaragua y de Centroamérica deberán aprender de los errores del pasado, y asumir la tarea de construir una sociedad socialista; para esto deben volver a las ideas del marxismo como una guía para la acción y extender la revolución en todo el continente, dándole el sentido internacionalista que plantea la teoría de la revolución permanente, formulada en oposición a la teoría stalinista del socialismo en un solo país y las ya mencionadas dos etapas. Una revolución auténtica no debe limitarse a cumplir las tareas democráticas, sino que debe enlazar éstas con las tareas de la revolución socialista.

La revolución sandinista como muchas otras nos enseñó que las masas populares tienen el poder de derrocar a cualquier tirano y tomar el destino en sus manos para forjar su propio futuro. No obstante, también nos revela la necesidad de verdaderos métodos obreros para guiar el proceso de transformación social y que en la medida que nos alejemos de las bases teóricas del marxismo, el proceso estará en riesgo y los costos son sumamente caros, sobre todo para los explotados, que viven en carne propia los golpes de la reacción.

El escenario internacional de hoy es muy diferente al de 1979, las ideas del marxismo están resurgiendo en todas partes del mundo y los trabajadores hacen suyas las lecciones de luchas pasadas. Nicaragua no es la excepción y tarde o temprano retomará el camino de la revolución y culminará el proceso iniciado por los campesinos, estudiantes y obreros que se atrevieron a cambiar su propia realidad.


[1] Villas, C. (2008). La Revolución Sandinista. Centro de estudios Socialistas Carlos Marx.

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