13 febrero, 2021

La sociedad primitiva, el capitalismo y la maternidad

Por Ninnette Torres y David García Colin

Para León, nuestro pequeño bolchevique.

La maternidad es una cuestión de clase en muchos sentidos. La madre trabajadora, los padres trabajadores en general, no contamos con los mismos recursos y alternativas con los que cuenta la burguesía e incluso la pequeña burguesía. En general los padres trabajadores rara vez podemos acudir a escuelas, guarderías o pediatras privados. Las opciones públicas en desmantelamiento son nuestra única alternativa. La familia proletaria lucha constantemente por llevar a casa ropa, alimento, juguetes, pañales que por falta de recursos no siempre son de la calidad que quisiéramos para nuestros hijos. La burguesía y parte de la pequeña burguesía no tienen que preocuparse de estas «minucias» que dejan en manos de «nannys» y trabajadores del hogar. En general la burguesía es desapegada con sus hijos pues su cuidado «no es asunto suyo». La falta de alternativas, el exceso de trabajo, la opresión de la mujer en el hogar hacen crisis en la forma de la descomposición de la familia tradicional. Por esto es que los marxistas luchamos por defender los servicios públicos como parte de la lucha por socializar el trabajo doméstico y de cuidado de los hijos como parte del programa socialista.

Fourier decía que la salud de una sociedad se puede medir por el trato que se les brinda a las mujeres y los niños. Si nos atenemos a las formas de organización social que prevalecieron durante la mayor parte de la historia humana, la crianza de los niños en los marcos de la familia monogámica y machista —que agobia a las mujeres en un mar de tareas domésticas y de cuidados de niños y ancianos— parece una anomalía casi antinatural. La verdad es que antes del surgimiento de la propiedad privada, las clases sociales y el Estado, la familia monogámica no existía, y las tareas que normalmente se entienden como “propias” de la maternidad se afrontaban de forma muy diferente. La tribu era el marco “familiar” de crianza colectiva de los niños. Pero la opresión de género surgió como una sombra de la opresión de clase y con esto hubo un cambio radical en los patrones de crianza. Así pues, veremos que eso que llamamos “maternidad” no es una categoría fija y eterna —como pretende el machismo romantizado— sino una cuestión histórica que mudó junto con la sociedad y las clases sociales. Bajo un barniz de romanticismo y sentimentalismo cursi, el término “maternidad” está cargado de prejuicios que ponen sobre las espaldas de la mujer trabajadora el peso no sólo de la vida doméstica sino de la crianza de los niños. Sin embargo, hemos usado este término en el título porque pensamos que expresa mejor el contenido de este artículo.

No pretendemos tanto abordar la historia de la familia —esto ya lo hizo Engels en “El origen de la familia la propiedad privada y el estado” y ha sido objeto de otros artículos de nuestra organización1—. Nos centraremos más en el contraste entre las sociedades del comunismo primitivo y el capitalismo en lo que respecta al papel de la mujer, la cuestión de género y cómo tienden respectivamente a resolver la crianza de los niños. Veremos que el capitalismo refuerza la opresión de género y resulta hostil para la inmensa mayoría de los niños y a todo lo relacionado con la crianza.

La crianza y la mujer en las sociedades del comunismo primitivo

Las mujeres y hombres de las sociedades del comunismo primitivo —cazadores recolectores y/o pequeños agricultores— mantuvieron relaciones igualitarias, sin ninguna distinción de clase y con un cierto equilibrio entre los géneros. Tanto hombres como mujeres jugaban un papel en la producción, eran agentes fundamentales de la sobrevivencia del clan. Las mujeres como recolectoras y los varones como cazadores. Esta división sexual del trabajo no era absoluta. Estudios recientes sugieren que en América la proporción de mujeres cazadoras podría ser mayor a un tercio. Es probable que toda mujer con posibilidad física de hacerlo se integrara en las brigadas de caza y que los hombres no estuvieran exentos de participar en las tareas de recolección. Sin embargo, es cierto que el embarazo, el porteo y la lactancia fueron limitantes objetivas para una actividad demandante y violenta como la caza, factor material que explica la existencia la división sexual del trabajo incluso hoy entre las pocas sociedades que de este tipo que sobreviven.

La división sexual del trabajo no implicaba opresión de género, al contrario: la recolección era una actividad económica fundamental, mucho más segura que la incierta cacería. La seguridad de la recolección frente a una cacería muchas veces infructuosa pero muy deseada (los banquetes de carne siempre han sido todo un evento) resultaban más o menos equilibradas en la balanza de la economía primitiva. La igualdad económica de cazadores recolectores entre hombres y mujeres implicó, a juzgar de los ejemplos actuales, que el involucramiento de los varones en el cuidado de los niños fue mayor que en cualquier otra sociedad.

La implicación paterna es más elevada en las sociedades en las que las mujeres pasan cierto tiempo obteniendo la mayoría de los alimentos. Por ejemplo, los pigmeos aka varones brindan una atención más directa a sus hijos que los padres de cualquier otra población humana estudiada, tal vez por el hecho de que las madres no sólo se dedican a recoger vegetales comestibles, sino que también participan en la caza con redes”.2

Y si bien, el embarazo era una limitante física, los patrones de filiación —muchas veces matrilineales—, así como los patrones de localidad —muchas veces matrilocales— realzaban el papel de la mujer como símbolo de fertilidad de las plantas y animales, sustento de la comunidad. Es muy probable que esto explique la existencia, en diversas partes del mundo sin relación alguna, de las llamadas “Venus primitivas” que abundaron tanto en el paleolítico superior como en el neolítico temprano, en donde la fertilidad de la tierra cobró una importancia excepcional. Las mamas y vulvas exageradas de esas maravillosas esculturas, manifestación sublime del arte primitivo, expresaban el rol de la mujer como dadora de vida y alimento, estimulando la imaginación humana para crear las primeras deidades, que normalmente eran figuras femeninas.

En este contexto de equilibrio entre los géneros e igualitarismo económico se resolvían las tareas de cuidado de la infancia, mismas que normalmente se atribuyen a la “maternidad”, es decir, a las mujeres vistas de forma aislada. El clan y la tribu eran la célula fundamental de la sociedad, no la familia como la conocemos. En una nota a El Capital donde explica la posición de Marx al respecto, Engels escribió: “No fue la familia la que se desarrolló para formar la tribu, sino que por el contrario, ésta constituye la forma primitiva y natural de las asociaciones humanas basadas en los vínculos de sangre, de la que luego, al disolverse, surgen las múltiples formas de familia”.3

Crianza colectiva

Los lazos familiares clánicos forman patrones solidarios, de expectativas y de conducta que no encontramos en la familia nuclear. Por ejemplo, entre los pigmeos Efe un estudio realizado en 1987 encontró que, “con frecuencia la madre no era la primera en cuidar a su hijo y que a menudo otras mujeres cuidaban al niño durante su infancia. Los niños de cuatro meses sólo pasaban un 40% del tiempo con sus madres siendo transferidos frecuentemente a otros cuidadores 8.3 veces cada hora por término medio. Muchos individuos contribuían a la crianza: un promedio de 14.2 personas distintas cuidaron de un niño durante un periodo de observación de ocho horas”.4 Este patrón de cuidado de los niños no es un caso aislado de los pigmeos Efe, parece ser un patrón en los pueblos cazadores recolectores; entre los Agta, por ejemplo:

El niño es pasado ansiosamente de una persona a otra hasta que todos han tenido oportunidad de apretar, acurrucar, oler y admirar al recién nacido […] por consiguiente la primera experiencia del niño implica a una comunidad de parientes y amigos. Luego será constantemente mimado, llevado de un lado a otro, querido, olisqueado…”.5

Esto significa que la crianza de los niños no se da en la familia nuclear. En realidad, no existe familia nuclear sino emparejamientos de cierta duración. Es incorrecto ver familias nucleares donde hay emparejamientos, incluso cuando éstos han sido sancionados socialmente en la forma de lazo matrimonial. La responsabilidad del cuidado de los niños no está limitada a los padres, de hecho se extiende al clan: “así, una diferencia importante entre las sociedades a pequeña escala y las grandes sociedades estatales es que, en el caso de las primeras, la responsabilidad con respecto a los niños queda enormemente difusa más allá de los padres”.6

Los niños capaces de moverse solos y suelen deambular por la aldea pues están relacionados con todos y todos son, de cierta forma, responsables de su cuidado y protección.

Esto da como resultado una riqueza de las interacciones sociales de los infantes más allá de los padres biológicos, lo que resulta en una seguridad emocional y autonomía de los niños admirable.

Jared Diamond escribe:

Un tema recurrente es que a los otros occidentales y a mí nos sorprende la seguridad emocional, la confianza en sí mismos, la curiosidad y la autonomía de los miembros de las sociedades a pequeña escala, no solo cuando son adultos, sino ya de niños. Vemos que la gente de las sociedades a pequeña escala pasa mucho más tiempo que nosotros hablando, y ninguno con entretenimientos pasivos proporcionados por desconocidos, como la televisión, los videojuegos y los libros. Nos asombra el desarrollo precoz de las habilidades sociales de sus hijos”.7

Esta autonomía se logra, sin que nadie en el clan le diga a los niños lo que deben hacer pues el conocimiento surge directamente de la interacción social. “[…] podríamos decir que los cazadores recolectores son ferozmente igualitarios y que no le piden a nadie, ni siquiera a un niño, que haga nada”.8

Otro observador informó que en el pueblo Nayaka de la India “la educación se lleva a cabo de forma muy sutil. Aquí no hay instrucción formal ni memorización, ni clases, ni exámenes, ni escuelas en las que se transmitan los conocimientos […] el conocimiento es inseparable de la vida social”.9 La “aculturación” de los niños, el aprendizaje, no se da a través de la violencia; aquí no aplica el salvajismo naturalizado por el “sentido común” que afirma que “la letra con sangre entra”. “Los pigmeos aka jamás pegan y ni siquiera regañan a sus hijos, y consideran horrendas y abusivas las prácticas de crianza de sus vecinos, los agricultores ngandu, que azotan a sus pequeños”.10

Los juegos infantiles en estas sociedades comunistas muestran una coloración solidaria e igualitaria que contrasta fuertemente con el individualismo, sexismo, violencia e insana competencia de los juegos, donde se entrena a los niños en los valores de la burguesía:

Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquél que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de la mano y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio. Cuando él les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: […] ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?”.

Parto, lactancia y porteo

Por supuesto, lo que hemos dicho se daba sobre una base técnica muy primitiva, de pequeños grupos de cazadores recolectores. La vida podía ser dura si las presas o los productos de la tierra escaseaban. En contextos de crisis, todo aquél que no estuviera en condiciones de trabajar se volvía una carga. Algunas bandas de cazadores recolectores suelen recurrir al infanticidio y al abandono deliberado de los ancianos. Esto explica una costumbre curiosa: la sociedad !kung de cazadores recolectores del sur de África es la única en donde la mujer se retira de la comunidad para dar a luz sola. La explicación es que la mujer tiene derecho a decidir si el recién nacido vive o muere, si recurre al infanticidio. Se cree que el recién nacido no es persona hasta que la comunidad no le otorga nombre y el infanticidio, sobre todo en niños mal formados o gemelos, no es moralmente condenable mientras esto no suceda. La vida de los !kung puede ser dura pues viven en un desierto, acosados y arrinconados por intereses empresariales.

Pero por lo común las mujeres en estas sociedades igualitarias dan a luz en compañía de otras mujeres, incluso puede ser un evento público: “En el pueblo agta de Filipinas por ejemplo, una mujer da a luz en una casa de un campamento, y todos sus habitantes pueden entrar y gritar instrucciones a la madre y la comadrona: empuja, estira, no hagas eso”.11 Sin embargo, la muerte en el parto tanto de la mujer como el recién nacido es alta.

A diferencia de las sociedades modernas capitalistas donde “el tiempo es dinero” y donde la mujer trabajadora está sujeta a las jornadas de trabajo, el bebé en las sociedades cazadoras recolectoras goza de la lactancia a libre demanda. Un bebé !kung, por ejemplo, mama un promedio de cuatro veces cada hora durante el día, con un intervalo de 14 minutos entre cada amamantamiento. El bebé duerme junto a la madre y mama incluso con la madre dormida. La lactancia suele alargarse hasta los cuatro años o más (entre los esquimales suele alargarse hasta los 7 años), sin que nadie mire un niño de cuatro años que mama como un engendro y a la madre como una degenerada. En el capitalismo un bebé es una carga pues no produce plusvalía. Una madre que amamanta es un estorbo molesto para su explotación, y la madre —sobre todo donde no existen guarderías públicas— puede ver al infante como un estorbo molesto para ganarse la vida. Por eso, nuestro loco mundo actual ha promovido los horarios fijos de amamantamiento, aparejados a los horarios fijos de las jornadas de trabajo; y se promueve la interrupción forzosa del colecho, como forzando la separación prematura de la madre y el bebé, no precisamente en beneficio de éstos, sino en beneficio del mercado laboral que manda que el bebé debe separarse de la madre. De aquí las batallas de los padres por llevar a los niños a la cama. Los cazadores recolectores, obviamente, no padecen de esa compulsión de mercado y la lactancia prolongada es útil no sólo para el bebé, sino como un método natural de anticoncepción en un contexto donde no existen alternativas anticonceptivas, ni a la leche materna (veremos que la fórmula láctea de todas formas no logra ni de cerca suplir la leche materna en cuanto a su valor alimenticio y en cuanto una larga lista de beneficios para el bebé). Los vicios del capitalismo se muestran desde la cuna, en la lactancia y en el colecho.

En este tipo de sociedades los bebés están en brazos de algún miembro del clan la mayor parte del día. Los bebés suelen ser porteados para que miren el mundo desde el mismo punto de vista que su cargador adulto: mirando al frente y en contacto físico con éste. Por el contrario, y por alguna razón, las sociedades capitalistas por mucho tiempo promovieron que los bebés miren hacia atrás, separados de quien empuja el carrito. Es como si el capitalismo negara constantemente la humanidad de los infantes, subrayando la necesidad de la separación, de apresurar y forzar los procesos, mostrando la carga que los bebés implican para la sociedad de mercado. Son un mal necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo, esperando su maduración para devorar sus músculos y energía en el proceso de producción.

Vemos también en estas tribus, cómo la respuesta al llanto es inmediata por parte del clan pero esto no promueve a niños “malcriados”, como pudiera pensarse, sino a infantes con una gran seguridad emocional. Los adultos no suelen estar neuróticos ya que las jornadas de caza y recolección suelen ser cortas —cuatro horas, más o menos—. En las sociedades capitalistas los llantos del niño son la cereza en el pastel de un duro día de trabajo enajenado. En nuestras sociedades hay una epidemia de intolerancia a los procesos naturales cognitivos y emocionales de los niños. Lo anterior por falta de tiempo, energía y acceso a la salud mental. En contraste “si un niño efé tiene una pataleta, la madre u otro cuidador intenta reconfortarlo al cabo de 10 segundos. Si un niño !kung llora, un 88 por ciento de sus arrebatos obtienen respuesta (consistente en tocarlo o amamantarlo) a los tres segundos, y casi todos en cuestión de 10 segundos. Las madres responden a los niños ¡kung amamantándolos, pero muchas reacciones son de otras mujeres (especialmente adultas), que tocan o sostienen al pequeño. El resultado es que los niños ¡kung pasan al menos un minuto por hora llorando, principalmente en arrebatos de menos de 10 segundos […] menos de la mitad del que se estima en el caso de los niños holandeses”.12

Evidentemente no todo es un modelo de conducta y habrá comportamientos —como el infanticidio— que no tendrán base material en el socialismo futuro. Los pueblos del comunismo primitivo suelen carecer de lo que nosotros conocemos como “privacidad”. Las sociedades clánicas viven en casas comunales en las cuales no existe la noción de espacio privado, las parejas suelen tener relaciones sexuales sin preocuparse por ser observados y nadie se escandaliza por ello. Tampoco existe vergüenza ante la desnudez propia o ajena. Por ejemplo:

La [mujer] papú de Nueva Guinea no se avergüenza de su desnudez, pero […] enrojece, presa de infinita turbación, si alguien la ve sin el trozo de tela que pende de la cabeza de cada una de las habitantes de la aldea que observe las conveniencias. Habitantes de diversas tribus africanas y sudamericanas que se pasean dignamente completamente desnudos, se avergüenzan enormemente si alguien los ve comiendo [quizá porque el acto de comer es algo que debe hacerse en colectivo]”.13

Pero con la instauración del socialismo moderno la noción de privacidad de las sociedades civilizadas no desaparecerá. La necesidad subjetiva de privacidad es resultado, en última instancia, de la propiedad. El socialismo moderno pretende socializar los medios de producción para asegurar un creciente acceso universal a los medios de consumo, por tanto, es previsible que la necesidad subjetiva de tener un espacio íntimo no sólo no desaparecerá, sino que será el polo opuesto y necesario de la producción colectiva de medios de consumo accesibles para todos.

Género, crianza y clases sociales

Como señaló Engels, el surgimiento de la propiedad privada fue la gran derrota histórica del género femenino. Cuando la producción de excedentes fue considerable, cuando creció la importancia económica de los primeros rebaños, cuando la guerra se convirtió en una actividad importante; la mujer fue derribada del pedestal de respeto que había tenido durante toda la historia de la humanidad y su rol fue reduciéndose a garantizar la sucesión de la herencia y su papel económico se redujo a la tareas domésticas. No es casual que “famulus” signifique, en latín, esclavo o sirviente y la palabra cónyuge provenga del yugo que se les ponía en el cuello a los esclavos. La familia nació junto a la esclavitud.

¿Qué consecuencias trajo esto en la cuesitón de género y en la crianza de los niños? A groso modo podemos decir que no sólo se minó las formas de filiación (matrilinealidad) y localidad (matrilocalidad) que habían existido durante tiempos inmemoriales —para ,en su lugar, imponerse el derecho paterno—, sino que al peso del embarazo, porteo y lactancia que naturalmente habían estado centradas en la mujer se le sumó la loza de la esclavitud doméstica con su infinidad de tareas, mismas que antes eran absorbidas de forma natural por el clan o la tribu. La mujer se convirtió en esclava del hogar y los niños sujetos testamentarios o simple fuerza de trabajo. Engels afirmó que la propiedad privada lleva consigo “la dependencia de la mujer respecto del hombre y la dependencia de los hijos respecto de los padres”.14

Con la agricultura y la ganadería surgieron alternativas a la leche materna y el destete tendió a adelantarse unos dos años, ya que hubo presiones económicas para separar a la madre y al hijo. La agricultura intensiva era un trabajo que no se compatibilizaba con el porteo y una lactancia prolongada. Paradójicamente el crecimiento poblacional que trajo el nacimiento de la vida urbana y las sociedades estatales se dio al mismo tiempo que aumentaron las horas de trabajo y disminuyó la salud percápita del campesinado en comparación con la salud de los cazadores recolectores. Aunque a largo plazo el surgimiento de la civilización fue un hecho progresista en la cultura, la división del trabajo y el impulso a las fuerzas productivas, el proceso no fue lineal y parece ser que el nivel de vida de la mayor parte de la población no mejoró con respecto a los niveles precedentes. Fue un crecimiento cuantitativo (del número de habitantes) pero cualitativamente sólo la naciente clase dominante se benefició cualitativamente (en su nivel de vida) y pudo gozar de los frutos de la cultura. Engels escribió que la sociedad de clases “no ha sido nunca más que el desarrollo de una ínfima minoría a expensas de la gran mayoría de los explotados y oprimidos; y eso es hoy más que nunca”.15

La guerra permanente, unas veces latente y otras abierta, que trajo la propiedad privada, la división social que abrió la lucha de clases y las guerras internas y externas, normalizó la violencia y con ésta el papel de la fuerza bruta y el uso de las armas. Todo ello contribuyó a centrar el poder en el varón propietario y relegar aún más a las mujeres, sobre todo de las clases explotadas —las mujeres de la clase dominante podían ejercer su existencia socialmente inútil con la explotación del trabajo doméstico de sus esclavas—. El trato a los niños no podía más que resentir ese cambio en la vida social. El castigo físico se hizo costumbre. En la Grecia prehistórica, por ejemplo, los niños deambulaban sin restricciones pero ya en la época espartana ya cualquiera podía pegarle a los niños.16 En sus apuntes sobre Morgan, Marx escribió que la familia “es la miniatura de todos los antagonismos que se despliegan posteriormente en la sociedad y su Estado”.17

Esclavitud doméstica en el capitalismo

El capitalismo tiende a perpetuar e incluso reforzar esta esclavitud retirando a la mujer todo el respaldo social. Sólo la presión “extraeconómica” de la organización de los trabajadores y su lucha arranca de vez en vez conquistas sociales, que luego vuelven a erosionarse e incluso derrumbarse dentro de los marcos capitalistas. La opresión de género es funcional al capitalismo porque carga sobre el precio de la fuerza de trabajo (el salario) el costo de su propia reproducción. Reduce o elimina el salario indirecto que representan servicios estatales como guarderías, lavanderías, comedores públicos, servicios médicos, casas para ancianos, etcétera. Cuidados que se cargan sobre los hombros de las amas de casa y que se pagan con el salario. En este contexto, dentro del marco de la esclavitud capitalista, la maternidad degenera en una labor degradada socialmente. Una labor que impone muchas penas y dificultades a la mujer trabajadora. Con falta de apoyos materiales, emocionales y psicológicos para padres e hijos.

Con la revolución industrial la fuerza muscular en el trabajo fue perdiendo importancia conforme las máquinas iban perfeccionándose. Marx escribió:

El trabajo de la mujer y el niño fue, por tanto, el primer grito de la aplicación capitalista de la maquinaria. De este modo, aquel instrumento gigantesco creado para eliminar trabajo y obreros, se convertía inmediatamente en medio de multiplicación del número de asalariados, colocando a todos los miembros de la familia obrera, sin distinción de edad ni sexo, bajo la dependencia inmediata del capital. Los trabajos forzados al servicio del capitalista vinieron a invadir y usurpar, no sólo el lugar reservado a los juegos infantiles, sino también el puesto del trabajo libre dentro de la esfera doméstica y, a romper con las barreras morales, invadiendo la órbita reservada incluso al mismo hogar”.18

Lactancia artificial

Con el reforzamiento de este proceso en el periodo de las dos guerras mundiales —en donde las mujeres se integraron masivamente, ante la falta de mano de obra masculina, a la gran industria— se creó un mercado de productos para adelantar el destete e incluso intentar sustituir por completo a la leche materna.

La fórmula láctea, creada a finales del siglo XIX, y productos como las papillas Gerber se introdujeron a fuerza de la mercadotecnia con el objetivo de “liberar” a la fuerza de trabajo femenina de la carga del amamantamiento, sólo para encadenarla mejor al yugo del burgués. Esto trajo, entre otras cosas, una epidemia de obesidad infantil, con bebés malnutridos, con fórmulas lácteas que no han podido sustituir el valor nutricional de la leche materna. Ésta última contiene más de mil proteínas y muchos médicos la consideran un organismo vivo que se adapta a las necesidades del lactante de manera dinámica. La leche de fórmula es poco más que leche de vaca deshidratada, cuyas proteínas son de difícil digestión y se convierten en grasa cuando se metabolizan. La inmensa mayoría de los componentes de la lecha materna no han podido ser sintetizados y otros ni siquiera han sido identificados plenamente. Después de la segunda guerra mundial, la campaña de mercadotecnia fue tan lejos que incluso presumía la superioridad de la lecha de fórmula. Actualmente, las instituciones de salud han tratado de revertir esa nociva tendencia promoviendo la lactancia materna, sin embargo, se trata de una campaña hipócrita que pone la responsabilidad de la lactancia en las mujeres en lo individual, sin ofrecer alternativas a la mujer trabajadora. El establecimiento de la lactancia es una batalla muy dura de las madres de la clase trabajadora en el capitalismo, dada la falta de tiempo, guarderías, flexibilidad en las jornadas de trabajo, información, etcétera. La mujer trabajadora carga sobre sus espaldas toda una serie de culpas y complejos impuestos por un sistema hostil a la lactancia y a las madres trabajadoras en general.

Por supuesto que la integración de las mujeres a las filas de la clase obrera industrial fue un proceso enormemente revolucionario al sustraer a las mujeres obreras del estrecho espacio doméstico, integrarlas junto a los hombres como fuerza de trabajo y potenciales sindicalistas y huelguistas. Luchas en donde los prejuicios de género tienden a romperse al calor del movimiento. Pero, bajo el capitalismo, esta integración se dio bajo muchas contradicciones, especialmente multiplicando la opresión de la mujer como trabajadora y esclava del hogar. Engels escribió: “esto demuestra que la emancipación de la mujer y su igualdad de condición con el hombre, son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluida del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo privado doméstico”.19

El parto en el capitalismo

En la sociedad capitalista las salas de parto disponibles para la mayoría de la población se parecen mucho a una cadena de montaje. No sólo se trata de una forma de administrar, sino que parecen reproducir los métodos fordistas-tayloristas aplicados en la producción de futura fuerza de trabajo. Es una forma muy adecuada de ahorrar recursos en sistemas de salud desmantelados y asfixiados financieramente. El sistema de salud público no se sustrae al ambiente que impera en la sociedad, sobre todo en tiempos de desmantelamiento del llamado estado de bienestar. Mujeres parturientas dispuestas en hileras —cuando alcanzan cama y no dan a luz en la sala de espera—, inyectadas sin necesidad con hormonas para acelerar el parto, muchas veces violentadas con tactos innecesarios y/o usadas como maniquíes de práctica por médicos y pasantes, víctimas de cesáreas sin consentimiento que pudieron evitarse o de abuso psicológico u otras formas de violencia obstétrica por personal desensibilizado por saturación de trabajo y falta de capacitación más allá de la técnica. No es que no existan buenos médicos, enfermeras o parteras, es que el sistema a destajo es en sí deshumanizante y muestra su cara más cruenta con las madres y los bebés. El parto respetuoso (de los tiempos, procesos y preferencias de la madre) es sólo accesible a quien puede pagarlo.

Una cadena de montaje homogeniza al máximo la labor de la fuerza de trabajo. La posición supina o en semicúbito —es decir con la parturienta en horizontal y con las piernas hacia arriba— parece ser el equivalente en el parto, al favorecer las maniobras y el acceso del médico al abdomen de la mujer, aunque provoca mayor sufrimiento (a la madre y al bebé) y tiende a retrasar las contracciones. En la mayoría de sociedades anteriores al capitalismo lo normal fue que la mujer diera a luz en diversas variantes en vertical: en cuclillas, de rodillas, de pie, sentada. Así, por ejemplo, existen imágenes prehispánicas de la diosa Azteca Tlazoltéotl o de la Pachamama Inca dando a luz de cuclillas. No es de sorprender, pues esta posición favorece la dilatación y el parto por simple gravedad. No fue sino hasta el siglo XVII que los médicos comenzaron a imponer el parto horizontal, para poder utilizar de mejor manera el nuevo aparato de moda: el fórceps. Fue el médico de la corte francesa, Francois Mariceau, quien impuso en la corte esta moda, que luego se extendió otras cortes europeas y al resto del mundo occidental. También contribuyó un retorcido fetiche del rey Luis XIV de Francia (llamado el “Rey sol”) quien ordenó que María Teresa diera a luz recostada para poder mirar el parto. Actualmente la OMS recomienda que la mujer decida la posición en la que desea dar a luz, aunque estas recomendaciones son sólo accesibles a quien puede pagar un servicio privado pues en el sector público sigue imperando la producción en serie.

Aborto y capitalismo

En las sociedades donde no existen métodos anticonceptivos eficaces la maternidad se impone como un hecho de la naturaleza, pero incluso hoy —donde la sociedad capitalista oferta una amplia variedad de métodos anticonceptivos— el mercado no garantiza accesibilidad para la mayoría. Las mercancías en el capitalismo no existen fundamentalmente para satisfacer necesidades sino para obtener ganancias. La desigualdad y las diferencias de clase, la poca inversión en salud y educación, el peso de prejuicios religiosos, etcétera, influyen enormemente en eso que la propaganda llama “planificación familiar”. Lo cierto es que sin economía planificada, la planificación familiar es un privilegio privado muy estrecho —que sólo considera en control de natalidad— y no un derecho realmente existente. Según un estudio de 2016, en México sólo el 56% de mujeres tienen acceso a métodos anticonceptivos modernos, en Colombia el 50%, en Brasil el 44%, en Chile el 32% y en Argentina el 17%.20

Es una vergüenza y una condena a la sociedad capitalista que en pleno siglo XXI sólo el 36% de las mujeres en el mundo viven en países donde el aborto puede realizarse a solicitud de las mujeres sin más restricción legal que el consentimiento21 Allí donde es un derecho ha sido sólo por la acción de masas de las mujeres y no debido a la “mano invisible del mercado”. Según la OMS cada año se realizan 20 millones de abortos inseguros y cada año mueren por esta causa 68 mil mujeres y entre 2 a 7 millones sufren complicaciones graves. En contraste, fue sólo gracias a la Revolución rusa que la mujer logró, por primera vez en la historia, el derecho al aborto, saltando desde la barbarie medieval a la vanguardia en muchos temas, incluyendo la cuestión de género. Con el triunfo de los bolcheviques se eliminó el concepto de hijos ilegítimos, se barrió con toda traba al divorcio y fue el primer país del siglo XX donde mujeres como Alejandra Kollontai o Nadezhda Krúpskaya ocuparon altas responsabilidades de gobierno. Trotsky escribió:

La revolución de octubre cumplió honradamente su palabra en lo que respecta a la mujer. El nuevo régimen no se contentó con darle los mismos derechos jurídicos y políticos que al hombre, sino que hizo —lo que es mucho más— todo lo que podía, y todo caso, infinitamente más que cualquier otro régimen para darle acceso a todos los dominios culturales y económicos”.22

La contrarrevolución estalinista barrió con muchas de estas conquistas: en 1934 la prostitución y la homosexualidad fueron declarados crímenes graves con penas de hasta 10 años de prisión y en 1936 fue abolido el aborto legal (no fue legalizado sino hasta 1953, después de la muerte del tirano). El estalinismo emprendió una campaña para el retorno de las mujeres a la esclavitud doméstica bajo la consigna de “las mieles de la maternidad”. Pero la economía planificada permitió que a mediados de la década de los cincuenta —según datos de la propia ONU— el 74% de las mujeres participaran en la fuerza laboral mientras que en esos años en Gran Bretaña esta tasa era de apenas 49%, en Francia el 43% o en España el 27%. Aunque es cierto que la fuerza laboral femenina se concentraba mayormente en trabajos de “cuidado” como sanidad (85%), alimentación pública (83%) o educación (67%); era relativamente alta en sectores como industria (45%). Los trabajadores podían jubilarse a los 55 años de edad, existía reducción de la jornada laboral de las mujeres embarazadas con salario íntegro, 56 días libres antes y después del parto. En 1970 se prohibió el trabajo nocturno y subterráneo para las mujeres. Si en 1927 sólo el 28% de las mujeres integraban la educación superior, para 1970 era ya el 49%. La esperanza de vida femenina se duplico a los 74 años y la mortalidad infantil descendió un 90%.

Violencia contra mujeres y niños, el socialismo la única salida

En una sociedad de donde emana frustración, rencor, furia, odio, es más fácil descargarse en los más vulnerables. El que paga manda. Difícilmente se le puede gritar a un “superior” en el trabajo pero es más fácil maltratar y desahogarte con un menor de edad o con tus dependientes económicos sin repercusiones y así sentir que se recupera algo de control y poder. Una sociedad que idolatra el poder del dinero y que mercantiliza la fuerza del trabajo también victimizará y comercializará a los más indefensos. Por eso, en un sistema decadente, son los niños y las mujeres esclavizadas en el hogar los primeros en ser víctimas de la barbarie, pues son vistos como objetos, propiedades, “peras de box” para desahogar la ira. No es casual que en México mueran a diario más de 10 mujeres y 3 niños a causa de la violencia, siendo México el primer lugar en violencia infantil de la OCDE.23 Sin duda, cómo se trata a los niños nos dice cómo es la sociedad.

Con una profunda audacia de pensamiento Fourier vaticinó que el comunismo garantizaría la emancipación de la mujer, la desaparición de la familia y la educación colectiva de los niños. Lenin escribió que “la mujer está ahogada, embrutecida y humillada por las ínfimas ocupaciones de la vida doméstica, que la condenan a la cocina y al cuidado de los niños dispersando sus fuerzas en un trabajo improductivo, penoso, agotador hasta el máximo. La verdadera emancipación de la mujer, el auténtico comunismo, no empezará realmente hasta que se emprenda una lucha masiva contra esas obligaciones de la vida doméstica, o más exactamente: cuando se aborde la transformación de esta vida en una gran empresa socialista”. Mientras algunas —con la consigna de salario para las amas de casa— feministas como Federicci proponen que la mujer siga encerrada en el hogar, los marxistas proponemos lo contrario: extinguir la familia burguesa a través de la socialización al máximo de las odiosas tareas del hogar. Sólo así hombres y mujeres podrán dedicarse de forma multidimensional a la vida productiva, política y cultural.

Los cimientos materiales para una verdadera equidad de género pasan por socializar el trabajo doméstico. Pero esto es imposible bajo el capitalismo. En realidad, el capitalismo es hostil a los niños (como mal necesario para reponer la fuerza de trabajo), a la lactancia se le ve como (una pérdida de tiempo para la explotación) y, en general, a la crianza de los niños. Con una economía planificada bajo control democrático de los trabajadores la producción se gestionará en beneficio de la población, impulsando todo un sistema de guarderías, lavanderías, casas cuna, casas para ancianos, hospitales, comedores públicos, etcétera.

Aunque sostenemos que una auténtica liberación de las mujeres y una sociedad digna para los niños sólo son posibles eliminando el capitalismo, la conquista de una sociedad mejor pasa necesariamente por luchar ahora mismo por reformas favorables a las mujeres de la clase trabajadora y nuestros hijos. Los marxistas no llamamos a posponer el anhelo de justicia hasta la instauración del socialismo, sino a luchar aquí y ahora contra la opresión como único medio para que nuestra clase cobre conciencia de su tarea histórica, y puede dejar ser sólo una “clase en sí” para ser “una clase para sí”.

La lucha por el socialismo es inseparable de la lucha contra toda injusticia y opresión. Por ello la clase obrera y el pueblo debemos levantar una serie de demandas transicionales tales como guarderías públicas y dignas, horarios para lactancia dentro de la jornada laboral, permisos de maternidad y que estas medidas sean extensivas a toda la clase trabajadora. Las organizaciones de los trabajadores, como los sindicatos y partidos de izquierda, deberían luchar desde ahora por enarbolar y conquistar esas demandas a través de la movilización en las calles de nuestra propia clase, y los trabajadores con conciencia de clase organizarnos para que así sea. Sólo a través de esta lucha viva, los trabajadores llegaremos a la conclusión de que el capitalismo en sí es el problema y el socialismo la alternativa.

El socialismo será, de cierta forma, un retorno a la socialización de la vida doméstica de las sociedades del comunismo primitivo, pero a un nivel infinitamente superior en cuanto a técnica, conocimientos, población, etcétera. Hombres y mujeres tendrán derecho a incapacidad por maternidad/paternidad antes y después del parto para ejercer su derecho a ser padres y vincularse con los hijos y como pareja nueva. Los hijos no estarán ligados a sus padres más que por lazos de afecto, el dinero e interés ya no jugarán ningún papel en controlar a las personas. Las madres que no puedan o decidan no amamantar tendrán a su disposición bancos de leche y contarán con toda clase de apoyos sociales, médicos, psicológicos, etcétera. Ser madre será una decisión y nunca más una imposición, pues el aborto será legal y gratuito; la mujer decidirá cómo y dónde dar a luz, respetando sus procesos y a través de decisiones informadas.

Muchas parejas de padres trabajadores han experimentado —nos incluimos— la sensación de que para criar un niño en un marco de respeto, tolerancia y armonía se requiere una tribu entera. El socialismo será, de cierta forma, un retorno a la socialización de la vida doméstica de las sociedades del comunismo primitivo, pero a un nivel infinitamente superior en cuanto a técnica, conocimientos, población, etcétera. La opresión de la mujer, el abuso a todos los niveles de los niños, la existencia de la familia burguesa, son fenómenos tan bárbaros y antinaturales como lo es la propiedad privada de los medios de producción. Terminamos con las palabras de Engels respecto al futuro socialista de la humanidad y la familia:

Pero: ¿Qué vendrá después? Eso se decidirá cuando haya crecido una nueva generación que en su vida se haya encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud de otras consideraciones que el amor real, ni de rehusar entregarse a su amante por miedo a las consecuencias económicas de este abandono. Y cuando hayan venido esas gentes, se burlarán de cuanto se hubiese pensado acerca de lo que habrían de hacer; se dictarán a sí mismos su propia conducta, y crearán una opinión pública de acuerdo a ella para juzgar la conducta de cada uno —¡Y todo quedará dicho—.”24


Bibliografía:

1 http://bloquepopularjuvenil.org/de-la-familia-primitiva-a-la-familia-monogamica-un-analisis-marxista/
2Diamond, Jared; El mundo hasta ayer, México, Debate, 2013, p. 222.
3 Marx, Karl; El Capital, Tomo I, México, FCE, 2001, p. 285.
4 Diamond, Jared; El mundo hasta ayer, México, Debate, 2013, p. 580.
Ídem.
6 Ibid. p. 225.
7 Ibid. p. 245.
8 Ibid. p. 233.
9 Ibid. p. 242.
10Ibid.p. 229.

11 Ibid. p. 211.
12 Ibid. p. 227.
13 Citado en: Shinkin, A. F. Ética marxista, México, Grijalva, 1966, p. 37.
14 Engels, Principios de comunismo, Moscú, Progreso, 1976, p. 96.
15 Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, México, Editores mexicanos unidos, 1988, p. 111.
16 Diamond, Jared; El mundo hasta ayer, México, Debate, 2013, p. 229.
17 Marx, Karl; Escritos sobre la comunidad ancestral, Bolivia, Fondo Editorial y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, 2015 p. 282.
18 Marx, El Capital, Tomo I, México, FCE, 2001, pp. 323-324.
19 Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, México, Editores mexicanos unidos, 1988, p. 186.

20 “Barómetro latinoamericano sobre el acceso de las mujeres a los anticonceptivos modernos”, International planned Parenthood Federation, septiembre 2016.
21 https://www.lavanguardia.com/vida/junior-report/20200311/474081293249/aborto-leyes-paises-infografia.html
22 Trotsky, La revolución traicionada, Madrid, Fundación Federico Engels, 2001, p. 141.
23 Datos de savethechildren.mx
24 Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, México, Editores mexicanos unidos, 1988, p. 93.