Tras la brutal masacre contra los manifestantes yemeníes perpetrada por el régimen de Sanaa el viernes 18 de marzo, la revolución ha conseguido avanzar en el Yemen. El aparato estatal está dividido y la mayor parte del ejército se ha vuelto contra el Presidente Saleh. Al ver que la represión no logró sus objetivos, la elite gobernante y las potencias imperialistas están tratando desesperadamente de encontrar una alternativa “segura”. Pero no va a servirles para detener la revolución.

Tras la brutal masacre contra los manifestantes yemeníes perpetrada por el régimen de Sanaa el viernes 18 de marzo, la revolución ha conseguido avanzar en el Yemen. El aparato estatal está dividido y la mayor parte del ejército se ha vuelto contra el Presidente Saleh. Al ver que la represión no logró sus objetivos, la elite gobernante y las potencias imperialistas están tratando desesperadamente de encontrar una alternativa “segura”. Pero no va a servirles para detener la revolución.

Si bien la intervención imperialista en Libia está dominando los titulares de los medios, la revuelta en el Yemen, y sus implicaciones para la zona del Golfo Pérsico, es quizá de mayores consecuencias estratégicas para los imperialistas. En la vecina Arabia Saudí, la reaccionaria monarquía está ya sintiendo en la nuca el cálido aliento de la revolución, y el régimen ha desplegado sus fuerzas en Bahrein en un esfuerzo por aplastar la revolución en este país e intentar que no se extienda hasta el corazón mismo de la Península Arábiga.

El punto de inflexión en la revolución yemení se produjo el 18 de marzo tras la oración de los viernes, cuando el pueblo revolucionario pidió al Presidente Ali Abdallah Saleh en las calles que se marchara. A esto le siguió una brutal represión. Francotiradores escondidos en lo alto de los edificios abrieron fuego contra la muchedumbre reunida para la oración en el exterior de la Universidad de Sanaa, dejando 52 muertos y cientos de heridos. En el improvisado hospital que los manifestantes levantaron en su campamento se vivieron escenas de caos.

Desde que empezaron las protestas a finales de enero, Saleh ha intentado sofocar la disidencia a través de algunas concesiones. Subió los salarios y dijo que se retiraría cuando se extinguiera su mandato a finales de septiembre de 2013. En las últimas semanas, ha intentado negociar con la oposición, llegando hasta ofrecer un acuerdo que daría más poder al parlamento y a las autoridades locales. Pero nada de eso funcionó y, en el colmo de la desesperación, el régimen –imitando la represión llevada a cabo en el Estado del Golfo de Bahrein- decidió adoptar la vía de la represión brutal. Ahora, tras la masacre del 18 de marzo, ya no hay lugar para las negociaciones. Se ha traspasado el Rubicón. Esto marca el fin del régimen de Saleh.

El Presidente Saleh ha amenazado al pueblo yemení con que cualquier “golpe de estado” contra él provocaría una “sangrienta guerra civil” en ese país asolado por la pobreza. Este es el mismo argumento que Mubarak utilizó antes de su salida del poder. Según Gregory Johnsen, de la Universidad de Princetown, “la mayoría de los yemeníes no se tragan ya ese argumento”. En Al Jazeera English, añadía: “Lo que venga a continuación en el Yemen estará determinado por cómo y cuándo se vaya Saleh. La cuestión es si es capaz de retirarse pacíficamente, traspasar el poder a un gobierno de transición, o mantenerse en sus trece y negarse a irse, lo que conduciría a la violencia”.

Aunque Saleh, que ha gobernado el Yemen desde 1979, ha ofrecido retirarse a finales de este año (demasiado poco y demasiado tarde), hay realmente indicios de que no va a dimitir sin una lucha feroz. El miércoles pasado, a instancias del Presidente Saleh, el Parlamento aprobó nuevas leyes de emergencia. La anterior ley de emergencia, instaurada durante la guerra civil en el Yemen de 1994, suspende la constitución, permite gran censura sobre los medios, prohíbe las protestas en la calle y concede poderes arbitrarios a las agencias de seguridad para arrestar y detener a sospechosos sin proceso judicial.

Saleh aislado

La posición del Presidente Saleh empieza a parecer cada vez más frágil y da la impresión que el nivel de apoyos con que cuenta ahora mismo puede alcanzar niveles mínimos.

Una oleada de deserciones en el ejército durante el lunes y el martes de la pasada semana han dejado a Saleh con la única lealtad de las fuerzas de elite comandadas por su hijo y sobrinos, muchos de los cuales se equiparon y formaron en EEUU. Uno de los desertores más importantes es el General Ali Mohsen al-Ahmar. Este individuo se encargaba de las conversaciones extraoficiales con el régimen de Arabia Saudí, uno de los más importantes benefactores de Saleh. Sin embargo, estas negociaciones no pudieron conseguir una transición clara del poder. Los gobernantes saudíes han considerado siempre al Yemen como el patio trasero estratégico de su propio país.

Mohsen es uno de los hombres más ricos del país, un miembro influyente de la vieja guardia del Yemen, y su defección del Presidente ha arrastrado una oleada masiva de deserciones. Vehículos blindados al mando de Mohsen rodearon el palacio presidencial, donde las unidades de la Guardia Republicana bajo el control del hijo de Saleh, Ahmed, habían tomado posiciones defensivas. Las fuerzas leales al Presidente se han enfrentado con tropas del ejército regular en la ciudad oriental de Mukalla.

Mohsen está tomando posiciones para la inevitable salida de Saleh. Es un veterano de la vieja guardia y en los años de la década de 1980 trabajó con Saleh para derrotar a la “socialista” República Democrática Popular del Yemen en el Sur. En la guerra civil de 1994, alistó a los veteranos yihadistas que habían luchado en Afganistán para combatir al sur “socialista”, volver a introducir el latifundismo y liquidar todas las reformas progresistas que la nacionalizada economía hubiera podido ofrecer. Un diplomático occidental le contó al Wall Street Journal que el general se había mantenido “siempre en la sombra como el apoyo del dictador”, y que incluso en el caso de la salida de Saleh “se podría esperar un Yemen muy parecido al actual Yemen”.

En cuanto a Arabia Saudí, el general es una alternativa “segura” ante la revolución. Sólo que hay un pequeño problema: el pueblo revolucionario, que una vez estuvo a sus pies, no va a conformarse fácilmente ahora con cambios cosméticos y con un “Yemen que se parezca demasiado al Yemen”. Muy al contrario, están luchando y muriendo por un país que no tenga nada que ver con el Yemen actual: el Yemen de la miseria, el de la pobreza, el del tribalismo, el de la dictadura, el del sometimiento nacional al imperialismo. El pueblo revolucionario quiere cambios radicales y no se van a contentar con un General Ali Mohsen al-Ahmar en sustitución de Saleh.

Descomposición social

Para alrededor de 23 millones de habitantes del Yemen, la vida se ha convertido en algo insoportable. El desempleo alcanza el 40% y para los jóvenes la situación es aún peor. El régimen ha fracasado miserablemente a la hora de satisfacer las necesidades más básicas del pueblo. Muchos niños sufren desnutrición severa como consecuencia de los precios de los alimentos por las nubes y del limitado acceso a la alimentación. Este es especialmente el caso de los empobrecidos gobernorados del norte del Yemen, sobre todo de Saada.

Las “reformas” impuestas por el FMI, i.e., los ataques al bienestar social, en el Yemen desde que se produjo la unificación han sido una catástrofe para las masas. En lugar de pleno empleo, Yemen ha alcanzado ya un 40% de paro.

Entre los dictados del FMI, podemos encontrar un “impuesto general sobre las ventas” que ha cercenado el poder adquisitivo de las masas, así como un recorte del 75% en los subsidios al fuel y otros ataques a los niveles de vida. Aunque el gobierno no ha podido cumplir todas las medidas de ataque preparadas por el FMI ante el miedo a la posible reacción de las masas, los niveles de vida no dejan de deteriorarse.

Debido a la geografía del Yemen –la mayor parte del país es un desierto-, es imposible desarrollar el país mientras siga aislado y dominado por relaciones feudales y un débil sector productivo intensivo con escaso capital, por una parte, y por el imperialismo mundial y las potencias reaccionarias regionales, como Arabia Saudí y los Estados del Golfo, por otra.

La posición del imperialismo estadounidense

Durante años, el régimen de Saleh ha utilizado la supuesta “guerra contra el terrorismo” para conseguir financiación de Washington y aplastar a los grupos de la oposición, es decir, los rebeldes huzíes en el norte y el movimiento separatista en el sur (Harakat al-yanubiyya).

La administración Obama ha incrementado en más del doble la ayuda militar estadounidense, desde 67 millones de dólares en 2009 a 150 millones de dólares en 2010. Bochornosos documentos del Departamento de Estado publicados por WikiLeaks muestran como la ayuda de EEUU ha ido directamente a parar a la lucha contra los oponentes internos del régimen con conocimiento del comandante David Petraeus del CENTCOM y, por tanto, de todos los centros importantes de poder en Washington. El alcance de la ayuda de EEUU al régimen yemení no alcanza ni con mucho los mil millones de dólares de la contribución al régimen de Mubarak en Egipto el pasado año, pero su impopularidad y su objetivo de suprimir todos los derechos del pueblo, vinculan las protestas de Yemen con Egipto.

¿Quién es la oposición?

Ningún partido establecido dirige las protestas. La Asamblea Conjunta de Partidos (ACP) es un paraguas de partidos islamistas, socialistas, nasseristas y algunos más pequeños y lleva en funcionamiento desde 2002. También se incluye el Partido Socialista Yemení (PSY), que aún sigue goza de alguna popularidad en el sur, donde fue una vez el partido gobernante. Sin embargo, los esfuerzos de los dirigentes de la coalición para presentar a la ACP como una “oposición leal” entran en clara contradicción con la revolución abierta en las calles. La ACP no ha promovido ningún programa claro de cambio, lo que es perfectamente lógico debido a la heterogénea naturaleza de la alianza.

El partido islamista de Islah tiene sus más profundas raíces en el norte. Durante la mayor parte de los años de la década de 1990, muchos yemeníes consideraron el Islah menos como un partido de la oposición y más como una rama del gobernante Congreso Popular General, dados sus orígenes norteños y su conservadurismo social. Pero mientras que el mayoritariamente sureño Partido Socialista del Yemen perdía influencia tras la guerra civil de 1994, el Islah fue haciéndose menos esencial para el régimen y cada vez menos capacitado para conseguir sus objetivos mediante la colaboración con Saleh.

El Islah se acercó velozmente a los otros partidos de la oposición, aunque algunos dentro del liderazgo del mismo mostraban lealtades algo más flexibles, especialmente al-Zindani, líder de la rama más conservadora del partido y estrecho aliado de Saleh. Sin embargo, en la medida en que el Islah asumió un papel importante en la ACP, la influencia de Zindani se fue erosionando y un cuadro de los Hermanos Musulmanes, de tendencia más opositora, saltó a primera plana construyendo alianzas con los miembros de otros partidos sobre la base de asociaciones profesionales y, en muchos de los casos, experiencias comunes en sus años de estudiantes activistas. Estos islamistas más liberales son los hombres y mujeres que forman el núcleo del liderazgo de la ACP.

El papel del Yemen en la revolución árabe

La revolución en Yemen es sin duda producto de la descomposición social debido al punto muerto en que se halla el capitalismo. Pero es también producto de la oleada revolucionaria que recorre todos los países árabes desde el Océano Atlántico al Golfo Pérsico.

Los gobernantes saudíes se sienten alarmados por la revolución yemení debido al efecto que está teniendo por toda la región, e incluso dentro de la misma Arabia Saudí. Los reaccionarios gobernantes han respondido ante la revolución en Bahrein enviando tropas, pero repetir esta misma jugada no va a ser tan fácil en el caso del Yemen. Incluso aunque Riad quiera desplegar sus fuerzas armadas para salvar al régimen, esta acción va a resultarles mucho más complicada que enviar tropas a través de una carretera elevada hasta Manama.

El grueso del ejército yemení ha desertado ya del régimen. El viernes 25 de marzo será la próxima prueba y es muy posible que Saleh se vea obligado a marcharse. Sin embargo, esto no va a significar el fin de la revolución yemení. Bien al contrario, es sólo el principio. El pueblo revolucionario no va a sentirse satisfecho con líderes tan corruptos y podridos como Ali Mohsen al-Ahmar. Esos líderes suelen prometer mucho pero cumplir muy poco, si es que cumplen algo.

Hay que resolver los candentes problemas de los trabajadores, de los jóvenes y de los pobres del Yemen; hay que volver a nacionalizar las anteriormente nacionalizadas industrias del sur, y todas las riquezas del régimen de Saleh deben pasar a ser propiedad del pueblo; esto quiere decir que el grueso de la economía debe convertirse en propiedad pública. Todo esto debe estar bajo control directo del pueblo revolucionario. Las tropas del ejército deben unirse a los jóvenes y a los trabajadores para organizar y defender la revolución del pueblo y protegerla contra generales y dirigentes corruptos que sólo recientemente han desertado del régimen de Saleh.

Y lo más importante, la revolución debe basarse, para que triunfe, en una perspectiva internacionalista. Debe conectarse con los movimientos de masas revolucionarios de Omán, Arabia Saudí, Egipto, Túnez y los estados del Golfo. Un Yemen revolucionario sólo puede avanzar rompiendo de forma radical con el miserable impasse del capitalismo y el feudalismo, y basarse en una perspectiva socialista de la revolución árabe global.

Fuente:

http://www.marxist.com/yemen-revolution-saleh-regime-on-verge-of-collapse.htm

Traducido del inglés para Rebelión.org por Sinfo Fernández

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