La I Guerra Mundial – Parte IV: En el abismo

Las tensiones entre las grandes potencias europeas, que estaban enraizadas en última instancia en la lucha por los mercados, las colonias y las esferas de influencia, estaban aumentando de manera constante en las décadas anteriores a 1914. Éstas encontraron su expresión en una serie de "incidentes", cada uno de los cuales contenía el potencial para el estallido de la guerra. Si no alcanzaron esta conclusión lógica fue porque las condiciones objetivas no estaban todavía suficientemente maduras. Estos incidentes son similares a los pequeños deslizamientos de tierra que preceden a una avalancha importante.

Las tensiones entre las grandes potencias europeas, que estaban enraizadas en última instancia en la lucha por los mercados, las colonias y las esferas de influencia, estaban aumentando de manera constante en las décadas anteriores a 1914. Éstas encontraron su expresión en una serie de "incidentes", cada uno de los cuales contenía el potencial para el estallido de la guerra. Si no alcanzaron esta conclusión lógica fue porque las condiciones objetivas no estaban todavía suficientemente maduras. Estos incidentes son similares a los pequeños deslizamientos de tierra que preceden a una avalancha importante.

 

Hace unos treinta años, el físico danés Per Bak se maravillaba de cómo el orden exquisito que vemos en la naturaleza surge de la mezcla desordenada de partículas. Encontró la respuesta en lo que hoy conocemos como transiciones de fase, el proceso por el cual un material se transforma de una fase de materia a otra, tales como la transición de agua a vapor, o de vapor a plasma. El momento preciso de transición – cuando el sistema está a medio camino entre una fase y la otra – se llama el punto crítico, o, más coloquialmente, el "punto de inflexión".



Al estudiar las avalanchas, Per Bak utilizó la analogía de la arena que se desliza desde la parte de arriba de un reloj de arena hasta el fondo. La arena se acumula grano a grano hasta que el creciente apilamiento de arena llega a un punto en que es tan inestable que la adición de un solo grano más puede causar su colapso en una avalancha, que puede ser grande o pequeña. Cuando se produce una avalancha importante, la base se ensancha, y la arena empieza a acumularse de nuevo, hasta que se alcanza el siguiente punto crítico. Pero no hay manera de saber si el siguiente grano que caiga provocará una avalancha ni lo grande que será.



En realidad, esta idea ya fue descubierta hace mucho tiempo y encontró su exposición más amplia en la Lógica de Hegel. La ciencia moderna ha demostrado fuera de toda duda que la ley de la transformación de la cantidad en calidad tiene un carácter general y está presente en un gran número de casos en todo el universo. Hay puntos de inflexión no sólo en las avalanchas y en las reacciones nucleares, sino también en los ataques cardíacos, los incendios forestales, el ascenso y la caída de las poblaciones de animales, el movimiento del tráfico en las ciudades, y en muchas otras esferas.



A pesar de todos los intentos persistentes de los subjetivistas por excluir a la sociedad humana de esta ley general, la historia proporciona un gran número de casos que demuestran que la cantidad se transforma en calidad en repetidas ocasiones. La misma ley dialéctica se puede observar en fenómenos tales como las crisis bursátiles, las revoluciones y las guerras. Lo que ocurrió en 1914 es un muy buen ejemplo de esto.



Las tensiones entre las grandes potencias europeas, que estaban enraizadas en última instancia en la lucha por los mercados, las colonias y las esferas de influencia, estaban aumentando de manera constante en las décadas anteriores a 1914. Éstas encontraron su expresión en una serie de "incidentes", cada uno de los cuales contenía el potencial para el estallido de la guerra. Si no alcanzaron esta conclusión lógica fue porque las condiciones objetivas no estaban todavía suficientemente maduras. Estos incidentes son similares a los pequeños deslizamientos de tierra que preceden a una avalancha importante, como explicamos en el ejemplo anterior.



La Primera Guerra Mundial podía haber estallado en varias ocasiones antes de 1914. En 1905-6 una crisis internacional comenzó cuando Alemania se enfrentó a Francia por los intentos de ésta de obtener el control pleno de Marruecos. En 1904 Francia había firmado un tratado secreto con España para el reparto de Marruecos, habiendo también acordado no oponerse a los movimientos de Gran Bretaña de apoderarse de Egipto. Este acuerdo entre dos ladrones, sin embargo, enfureció a otro pretendiente a ladrón, Alemania. Bajo el pretexto hipócrita de apoyar una política de "puertas abiertas" en la zona (que significaba dejar la puerta abierta a los ladrones alemanes). Berlín se preparaba para establecer su propio control en la región.



En una muestra típicamente teatral de poder imperial, el Kaiser Guillermo II visitó Tánger. Desde la comodidad del yate imperial el 31 de marzo de 1905, declaró su apoyo a la independencia y la integridad de Marruecos. Esta fue la causa de la Primera Crisis Marroquí. Provocó un pánico internacional, que se resolvió al año siguiente en la Conferencia de Algeciras. Se llegó a un acuerdo de caballeros entre los diferentes ladrones por el que se reconocían los derechos económicos de Alemania, mientras que a los ladrones franceses y españoles se les permitía ser los "policías" de Marruecos. Naturalmente nadie consultó al pueblo de Marruecos si necesitaba o deseaba tales policías en sus calles, pero se le impuso de todos modos.



La perspectiva de Londres



Sir Edward Grey fue nombrado Secretario de Relaciones Exteriores británico en medio de la Primera Crisis Marroquí y permaneció en el cargo hasta el estallido de la guerra. La Entente Cordiale entre Gran Bretaña y Francia era todavía reciente y estaba claro que al pisar los dedos de los pies del imperialismo francés en el norte de África, Alemania estaba tratando de probar a la nueva asociación o incluso de destruirla. El objetivo de Berlín era aislar Francia, exponer la debilidad de Rusia, y la perfidia británica. Gran Bretaña tendría que decidir si deseaba o no permanecer junto a los franceses. Al final, se vio obligada a hacerlo.



Lo más importante para el imperialismo británico era asegurar su dominio en Egipto. Como parte del acuerdo de Londres apoyaría Francia en Marruecos. Si Gran Bretaña se hubiera mantenido neutral en este conflicto, la Entente Cordiale habría quedado tan muerta como un dodo, y Francia y Rusia podrían incluso haberse acercado a Alemania contra Gran Bretaña. Grey advirtió que "los franceses nunca nos perdonarán … A Rusia no creo que le mereciera la pena hacer un arreglo amistoso con nosotros en Asia … nos quedaríamos sin amigos y sin el poder de hacer amigos, y Alemania tomaría con cierto placer … explotar toda la situación en desventaja nuestra’. (Beryl Williams, Gran Bretaña y Rusia, 1905-1907, en Hinsley, La política exterior británica bajo Sir Edward Grey, pp.133-4)



Sin embargo, Gran Bretaña seguía siendo reacia a involucrarse en ninguna guerra en el continente europeo, y Grey hizo todo lo que estaba en su mano para evitar cualquier compromiso diplomático que pudiera llevarle a un enredo tal. Londres entró en un acuerdo con Rusia, asegurando al mismo tiempo a Alemania que no tenía ninguna intención de cercarla. Aunque esa era de hecho la intención, él estaba ansioso de no despertar las sospechas alemanas – que pudieran provocar en Alemania la necesidad de una guerra para destruir un cerco hostil y amenazante.



Hubo nuevas tensiones en los Balcanes en 1907, cuando Austria-Hungría se anexionó Bosnia, y Bulgaria declaró su independencia, lo que llevó a un enfrentamiento diplomático entre Austria y Rusia. Pero al encontrarse todavía aturdida por la humillante derrota en la guerra con Japón y la Revolución de 1905-6, Rusia dio marcha atrás.



El incidente de Agadir



El 8 de febrero de 1908, se firmó un nuevo acuerdo entre los ladrones franceses y alemanes, en el que solemnemente se ratificaba la independencia de Marruecos, mientras que al mismo tiempo se reconocían los "intereses políticos especiales" de Francia y los "intereses económicos" de Alemania en el norte de África. Pero los ladrones nunca están satisfechos y siempre están echando miradas de envidia en el botín que queda en la bolsa del otro. No mucho tiempo después explotó la segunda crisis marroquí: el incidente de Agadir. Esta vez, en lugar de yate del Kaiser, los alemanes despacharon al cañonero Panther.



En abril de 1911, contraviniendo el Acta de Algeciras, Francia envió tropas a Fez para reprimir un levantamiento de los "nativos", que estaban al parecer un tanto insatisfechos con los servicios de sus policías extranjeros. En respuesta, los alemanes enviaron el Panther a Agadir el 1 de julio. No era que Berlín se opusiera a que los franceses mataran moros. Por el contrario, lo apoyaban. Pero esta acción, tomada supuestamente para proteger los intereses alemanes, tenía en realidad la intención de intimidar a los franceses. Los ladrones de Berlín exigieron una indemnización a los bandidos de París para mantener a cambio su nariz fuera de Marruecos.



Una vez más la escena internacional fue sacudida por la tensión. La amenaza de guerra estaba en el aire. Los británicos incluso comenzaron a hacer los preparativos para la guerra. Pero las condiciones para una guerra total aún no habían madurado lo suficiente y una vez más se encontró una solución diplomática. Los ladrones discutieron sobre un reparto del botín colonial. Detrás de la escena su verdadero objetivo era dividir la Entente.



Los caballeros de Londres estaban molestos con que Francia hubiera perturbado el statu quo. Este era decididamente "juego sucio". Los británicos se inclinaron a favor de la posición de que Alemania tenía derecho a una indemnización – siempre y cuando alguien más pagara la cuenta. Por otro lado, los intereses británicos exigieron que se preservara la Entente y los dedos de los pies franceses no fueran pisoteados. Una situación difícil ¡sí, por supuesto!



Alemania quería humillar a Francia al exigir la totalidad del Congo francés a cambio de no intervenir en Marruecos. Tal exigencia, como comentó Eyre Crowe, "no era posible de ser aceptada por un país que tiene una política exterior independiente". Ya que Gran Bretaña mantenía el equilibrio en Europa, fue capaz de torcer los brazos a Berlín, así como a París al mismo tiempo, para conseguir lo que quería: la preservación del equilibrio europeo y evitar una guerra, la cual era una clara posibilidad en ese momento. Al final, a Francia se le dio el derecho no sólo de ser el policía de los ingratos marroquíes sino de ejercer un protectorado sobre ellos. A cambio, a los alemanes les tiraron ​​unos trozos de territorio del Congo francés.



Los viejos amos coloniales españoles de Marruecos se quejaron naturalmente de esta decisión manifiestamente injusta; pero un gruñido de desaprobación del león británico fue suficiente para silenciarlos. Los franceses estaban muy contentos, los alemanes algo menos, y los españoles mucho menos todavía. Pero los británicos se mostraron satisfechos y la guerra se había evitado. En cuanto a los marroquíes y congoleños, nadie pensó que sus puntos de vista valiera la pena registrarlos.



La cuestión naval



El incidente de Agadir había llevado a Europa al borde de la guerra. Pero, de mucha más fundamental importancia para los intereses del imperialismo británico era el alarmante crecimiento del poder naval alemán. Un principio básico de la política exterior de Londres era que Gran Bretaña debía tener superioridad naval. Pero los intentos de limitar a Alemania su programa de expansión naval sólo despertó el resentimiento y la hostilidad de Berlín, que ofrecía sólo frenar el ritmo de expansión naval, y únicamente con la condición de que Gran Bretaña permanecería neutral en una guerra europea. Los británicos se negaron a dar cualquier aprobación a esto, lo que hubiera alejado a Francia y Rusia, dejándola impotente y aislada.



Los intentos de la diplomacia británica (la Misión de Haldane) pde aplacar a Alemania sólo creó una impresión de debilidad, y la debilidad invita a la agresión. El almirante von Tirpitz respondió airadamente que no iba a aceptar la sugerencia de una reducción de su flota, incluso de una sola nave. Persistir en las negociaciones cuando no había nada que discutir era un acto de estupidez que sólo sirvió para convencer a los generales y políticos de Berlín de que Gran Bretaña no lucharía en una guerra europea, una idea que persistió hasta el verano de 1914 y que desempeñó un papel fatal en los cálculos de Alemania.



Continuaron regateando sobre intercambios coloniales y territoriales como comerciantes en el mercado. Alemania acordó dar a Gran Bretaña una participación de control en el sector sur del ferrocarril de Bagdad a cambio de Zanzíbar y Pemba, y de una rebanada de Angola. Pero éstos eran asuntos menores de importancia totalmente secundaria. Al aceptar la oferta de Alemania de una reducción en el ritmo de la construcción naval en lugar de reducir el tamaño de la marina alemana, Haldane dio a von Tirpitz y al Kaiser lo que querían y que consiguieron casi a cambio de nada.



Envalentonados por su éxito, los alemanes exigieron de nuevo la neutralidad británica en una guerra europea. Sir Edward Grey se fue por las ramas. En lugar de rechazar esta demanda insolente sin más trámite, sugirió una fórmula ambigua en el sentido de que: "Inglaterra no hará ni se unirá a ningún ataque no provocado por Alemania".



Aquí tenemos un ejemplo verdaderamente clásico del lenguaje carente de sentido de los fariseos diplomáticos. ¿Cuál es el significado de la frase "no provocado"? La noción misma de la promesa de no hacer un ataque no provocado es absurda, ya que cada país decide ir a la guerra siempre que convenga a sus intereses, y las provocaciones son las cosas más fáciles de fabricar en el mundo.



Al subrayar que esas palabras "no provocado", Grey estaba recurriendo al engaño diplomático, dejando al imperialismo británico manejar la caña de pescar como árbitro en un futuro conflicto entre Francia y Alemania y no como combatiente. Pero una vez más, esto demostró debilidad y confirmó la creencia en Berlín de que en caso de guerra, Gran Bretaña no querría luchar. Lejos de salvar a Gran Bretaña de la guerra, esto la dejó mucho más cerca.

Gran Bretaña y Alemania

Ya en 1914, Alemania era la potencia continental más fuerte, económica, industrial, demográfica y militarmente. Siendo el país más industrializado de Europa, con un ejército y una armada poderosos, Alemania era una nación joven, vigorosa y en auge, ambiciosa por adquirir el estatus de potencia mundial. Pero su verdadero estatus vis a vis con las viejas potencias europeas establecidas no estaba en absoluto conmensurado con su peso económico y militar.

En un memorándum del día de Año Nuevo de 1907, Sir Eyre Crowe, el mayor experto sobre Alemania de la Oficina de Asuntos exteriores británica formuló la cuestión de forma aproximada: el mundo pertenece a los fuertes. Una nación vigorosa no puede permitir que su crecimiento se vea obstaculizado por una adherencia ciega al statu quo. Era por lo tanto disparatado pensar que Alemania no fuera a querer expandirse. Los círculos gobernantes en Londres, por consiguiente, no se hacían ninguna ilusión sobre la inevitabilidad de la guerra con Alemania.

Mientras el capitalismo alemán estaba en auge, Gran Bretaña estaba entrando en una fase de relativo declive. Saciada por el saqueo del imperio, Gran Bretaña era extraordinariamente rica, pero sus industrias habían sido superadas de forma creciente por Alemania y otros competidores. Su vasto imperio mundial era difícil de defender y su inmensa armada era insuficiente. Su cuota del comercio mundial estaba menguando, a pesar de que el valor de sus exportaciones se veía estimulado por su dominio en el comercio “invisible” y las grandes inversiones de ultramar. Por encima de cualquier nación, Gran Bretaña dependía del comercio mundial.

En principio, la burguesía británica estaba interesada en preservar la paz, lo que es sólo otra manera de decir el statu quo. Sin embargo, al imperialismo británico le interesaba impedir que cualquier potencia en particular ganara hegemonía. Durante siglos Gran Bretaña había luchado para mantener el equilibrio de poder en Europa, para asegurarse de que ningún Estado consiguiera el dominio sobre la Europa continental. La Alemania del Káiser se estaba volviendo una amenaza para dicho plan.

Si Francia hubiera sido derrotada, Gran Bretaña hubiera tenido que enfrentarse a la pesadilla de un continente dominado por un sólo y agresivo país. Dadas las condiciones, por lo tanto, Gran Bretaña debía apoyar a Francia contra Alemania para impedir que esta última obtuviera el dominio europeo continental. Esta era la gran piedra angular de la política de Sir Edward Grey, secretario de asuntos exteriores británico.

Para encubrir dichas cínicas tramas, naturalmente el gobierno británico lanzó proclamas sobre los objetivos de una guerra “democrática”, ofreciendo la idea de alguna clase de autodeterminación para las nacionalidades existentes dentro de los imperios austro-húngaro y turco, en un intento de apelar al pueblo alemán por encima de los dirigentes del gobierno imperial. Pero esto era solamente una cortina de humo. La verdadera actitud hacia la autodeterminación fue mostrada por los comentarios del Manchester Guardian, quien escribía que si fuera posible, lo mejor que se podría hacer con Serbia sería remolcarla mar adentro y hundirla.

Es interesante comparar al personaje de Guillermo con el del ministro de asuntos exteriores británico, Sir Edward Grey. El contraste entre el imperturbable, flemático, y casi somnoliento Grey y el agresivo, arrogante e impulsivo Káiser es sorprendente. Grey ha sido criticado por muchos historiadores por su aparente apatía y falta de iniciativa. A lo largo de toda esta atmósfera de frenesí y de histeria diplomática, el gobierno británico y su ministro de exteriores parecieron curiosamente distantes. Después del asesinato en Sarajevo, el ministro de exteriores no mostró señales públicas de alarma, sólo de ligero interés, como si pareciera decir: “otro embrollo en los Balcanes que no debe preocuparnos, ya se resolverá en breves”.

En las semanas previas a la declaración de guerra, Grey maniobró constantemente entre Francia, Alemania, Rusia y Austria, proponiendo varios proyectos de mediación en el conflicto entre Austria-Hungría y Serbia, eludiendo las demandas insistentes de los franceses con respuestas evasivas. Casi en el último minuto, el ministro de asuntos exteriores británico parecía no tener preocupación alguna por la urgencia de la situación, adoptando una actitud a la expectativa, aparentemente más interesado en saber qué habría para cenar en el club que en los picantes platos que se estaban cocinando en los Balcanes.

Esta aparente indecisión orgánica, que enfurecía a aliados, enemigos y cómplices por igual, pudo o no haber sido una parte integral de su personalidad (para algunos, la vacilación es algo natural), pero era el fiel reflejo de los intereses del imperialismo británico. De hecho, las diferencias de temperamento entre Guillermo y Grey reflejaban las diferencias entre Gran Bretaña, un viejo imperio establecido, y Alemania, una potencia advenediza con una fuerte base industrial y un poderoso ejército y armada, que estaba bloqueada y frustrada por todos lados por sus rivales.

De lo que se trataba era de una lucha entre dos bandidos por un reparto más equitativo del botín. Un bandido ya poseía la mitad del mundo y no tenía ningún interés en ser molestado de su disfrute de lo saqueado. El otro bandido estaba roído por la envidia de la riqueza de su vecino y estaba sediento por poner sus manos encima. No formaba parte de los intereses del imperialismo británico el ser arrastrado hacia una guerra terrestre en Europa, sino dejar a los demás pelearse entre ellos. Para Alemania, al contrario, una guerra contra Rusia y su aliado francés no sólo era deseable sino necesaria. Si fuese posible mantener a Gran Bretaña fuera, también sería obviamente deseable, pero si ello significaba guerra con Gran Bretaña, que así fuese.

Detrás de la fachada de indiferencia, el imperialismo británico estaba involucrado en una complicada maniobra, como señala Trotsky:

“La diplomacia británica no levantó el velo de secretismo hasta el mismísimo estallido de la guerra. El gobierno de la City temía obviamente revelar su intención de intervenir en la guerra del lado de la Entente, no fuera que el gobierno de Berlín se asustara y se viera obligado a evitar la guerra. En Londres querían guerra. Esta es la razón por la que se comportaron de esa manera para generar esperanza en Berlín y en Viena de que Inglaterra permanecería neutral, mientras que Paris y Petrogrado contaban con su intervención.

“Preparada por el curso de los acontecimientos en su conjunto durante décadas, la guerra fue desencadenada a través de la provocación directa y consciente de Gran Bretaña. El gobierno británico, por lo tanto, calculó ofrecer sólo la ayuda suficiente a Rusia y Francia, mientras éstas se agotaban, para agotar al enemigo mortal de Inglaterra: Alemania. Pero el poder del militarismo alemán se demostró demasiado formidable, y exigió algo más que fichas sobre el tablero, sino la intervención en la guerra misma. El papel del alegre tercer socio al que Gran Bretaña aspiraba siguiendo su tradición ancestral, cayó en la suerte de los Estados Unidos.” (Trotsky, Los cuatro primeros años de la Internacional Comunista, vol.1 p.60)

El resultado final fue decidido por las contradicciones irreconciliables subyacentes. El ultimátum austríaco a Serbia en Julio de 1914 puso fin a este juego diplomático. Las maniobras de Grey llegaron a su límite. El 3 de agosto, Grey dijo en la Cámara de los Comunes que a pesar de que Gran Bretaña no estaba ligada legalmente a la Entente Cordiale, tenía la “obligación moral” de apoyar a Francia. Gran Bretaña no podía mantenerse fuera de una guerra que sabía que era inevitable.

El punto de inflexión

Los acontecimientos llegaron entonces al punto de inflexión en el que ya no hay vuelta atrás posible. Cuando las noticias de la movilización rusa llegaron a Berlín el mediodía del 31 de julio, Alemania tenía la excusa necesaria para proclamar el estado de “peligro de amenaza de guerra”. La “amenaza cosaca” dio al Káiser y a sus generales luz verde para justificar ante el pueblo alemán y la opinión pública mundial la movilización contra Rusia y su aliada Francia. Aquí, otra vez, la cuestión de quién dispara el primer tiro no tiene importancia. El imperialismo alemán actuaba en concordancia con planes de guerra que habían sido diseñados mucho antes.

En respuesta, Francia ordenó preparativos militares para la protección de sus fronteras con Alemania, aunque no se movilizaron tropas a menos de seis millas de la frontera alemana. Durante todo ese tiempo el presidente francés luchaba con toda su voluntad para que Gran Bretaña declarara su intención de apoyar a Francia ante la amenaza de Alemania. Pero los británicos, para feroz indignación de los franceses, permanecieron obstinadamente sin comprometerse, por lo menos públicamente, con la intención de tener sus manos libres hasta el último minuto y evitar una implicación firme.

En un intento desesperado de asegurar dicha implicación, el gobierno francés aseguró a Londres que “Francia, así como Rusia, no dispararán el primer tiro”. Pero “quién disparó el primer tiro” nunca puede determinar quién fue realmente responsable de la guerra, o incluso quién fue el agresor y quién la víctima. Siempre es posible fabricar un incidente para provocar que alguien dispare el primer tiro, y así convencer a la opinión pública de que el agresor es realmente la víctima y de que la víctima es realmente el agresor.

Desde el punto de vista del imperialismo británico, la cuestión más crucial era Bélgica. La insistencia en la neutralidad belga, sin embargo, no estaba motivada por el sentimentalismo o apego al sagrado principio de la autodeterminación. Gran Bretaña estaba inquieta sobre Bélgica hasta el punto que si los puertos belgas caían en manos de una potencia enemiga, eso significaría una amenaza seria a la supremacía naval británica y por lo tanto a la seguridad de la propia Gran Bretaña. Esta es la verdadera razón por la que la clase dominante británica no tenía otra opción que entrar en la guerra.

Los británicos enviaron un memorándum a Francia y Alemania requiriendo la certeza de que la neutralidad belga sería respetada. Francia dio una garantía incondicional inmediata. Alemania ignoró la solicitud. Amenazada por el Este por las tropas rusas, el Estado Mayor alemán ya había decidido asestar un golpe demoledor en el Oeste, derrotar a Francia y dejarla fuera de combate antes de que el poderoso ejército ruso tuviera la oportunidad de traspasar las fronteras del este de Alemania.

Debido a que los franceses habían tomado la precaución de reforzar las defensas de sus fronteras contra un ataque alemán, el único camino lógico a tomar era a través de la neutral Bélgica. En Londres, otra tensa conversación tuvo lugar entre Grey y el embajador francés, Paul Cambon, en la que éste preguntó si Inglaterra ayudaría a Francia si esta fuera atacada por Alemania. Incluso en fecha tan tarde, la respuesta de Grey fue evasiva: “…tal como las cosas habían ido hasta el momento…no podíamos acordar ningún compromiso definitivo.” Francia y Alemania seguían conjeturando sobre las verdaderas intenciones de Gran Bretaña.

Ahora era el momento de Alemania de pedir a Francia que declarase sus intenciones, y de hacerlo en 18 horas. Francia respondió crípticamente que “actuaría concorde a sus intereses”. En la práctica no había nada que los franceses pudieran haber hecho para evitar el peligro de guerra. Más tarde fue revelado que si Francia hubiera optado por la neutralidad, Alemania hubiera demandado la concesión de sus fortalezas fronterizas vitales de Toul y Verdún, como garantía de la neutralidad de Francia hasta el final de la guerra con Rusia. Es la fábula de la oveja y el lobo otra vez, excepto que en este caso se trataba de la fábula de dos lobos mordiéndose y gruñéndose entre ellos, uno mayor y robusto y el otro delgado y famélico.

El 26 de julio ya se había redactado un documento en Berlín demandando la “neutralidad benevolente de Bélgica”, es decir, Bélgica debe conceder el libre acceso a las tropas alemanas por todo su territorio. El 3 de agosto Bélgica rechazó las demandas alemanas y Alemania declaró la guerra a Francia. El día siguiente, 4 de agosto, las tropas alemanas cruzaron la frontera belga y bombardearon las fortificaciones defensivas belgas con artillería pesada. La reacción británica fue inmediata. Londres mandó un ultimátum a Alemania. Su rechazo significó la guerra con Alemania. Dos días después Austria declaró la guerra a Rusia.

El ejército alemán avanzaba, anotando victorias relativamente fáciles que dieron a Alemania el control de la mayoría de Bélgica y de algunas partes del norte de Francia con su rica agricultura e industrias importantes. Por todos lados el ejército alemán saqueó e incendió, ganándose el odio de la población. En Bélgica fusilaban a cualquier sospechoso de ser francotirador o de oponerse al ejército alemán de cualquier forma. Tomaron rehenes y perpetraron brutales masacres de población civil.

Las atrocidades alemanas en Bélgica proveyeron a los británicos con una fuente de historias horripilantes sobre la “brutalidad huna”, algunas ciertas, otras inventadas, todas debidamente adornadas por expertos propagandistas. Dichas historias fueron utilizadas de la misma manera que la cobertura mediática de la guerra civil ucraniana: demonizar al enemigo, que es presentado como un monstruo inhumano, y así impulsar el reclutamiento. Pero la propagando sobre la “pobrecita Bélgica” era completamente hipócrita. Los imperialistas británicos fueron a la guerra porque vieron el dominio alemán de Europa como una amenaza a la posición mundial de Gran Bretaña, y las ambiciones de Alemania como una amenaza al Imperio Británico.

En sus memorias, Sir Edward Grey mencionó el comentario que hizo el 3 de agosto de 1914. Sonaba como un obituario para el viejo mundo: “Un amigo vino a visitarme una de las tardes de la semana pasada, él cree que fue el lunes 3 de agosto. Estábamos ante una ventana de mi despacho, en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Oscurecía, y las lámparas estaban siendo encendidas en el espacio sobre el que mirábamos. Mi amigo recuerda que hice un comentario al respecto con estas palabras: “Las lámparas se apagan alrededor de Europa. No las veremos a encendidas otra vez en lo que nos queda de vida”.”

Fue el inicio de una gran carnicería.

lea también la tercera parate aquí  www.bloquepopularjuvenil.org/node/877

 

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