El jueves 31 de mayo venció la fecha para llegar a un acuerdo comercial de Trump con Canadá, Japón, México y la UE. Trump anunció su decisión de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio provenientes de estos países. Así, Trump pretende dar marcha atrás a la globalización. El sábado se celebró una reunión de los ministros de finanzas del G-7, quienes, a excepción del ministro estadounidense, expresaron su “preocupación y desilusión unánimes” por la decisión de Estados Unidos.

El ministro de Finanzas francés (Francia está particularmente molesta con Estados Unidos por el conflicto con Irán) bromeó diciendo que era la reunión del G6 + 1 (en referencia a cómo la participación rusa a menudo se conoce como G7 + 1). Es una acusación condenatoria de las relaciones entre EE. UU. y sus aliados más cercanos.

Trump no sólo logró provocar a China y Rusia, sino también a los aliados más importantes de Estados Unidos. El hecho de que se refiriera a la “seguridad nacional” como una razón a su decisión, agrega más insulto a la ofensa. El Ministro de Finanzas canadiense señaló que “es absurdo pensar que Canadá podría representar un riesgo de seguridad para Estados Unidos”.

En EE.UU., esta situación es de especial inquietud, ya que preocupa la política comercial e industrial con China. Quisieran usar a la UE y Japón como palancas contra China. De hecho, en las negociaciones comerciales con China, Estados Unidos deja entrever dos preocupaciones simultáneamente. Trump ha estado presionando para obligar a China a comprar más productos estadounidenses, mientras que la clase dominante estadounidense en general está preocupada por la propiedad intelectual y la transferencia (forzada) de tecnología a China. Esto refleja la profunda división que existe entre la Administración Trump y un sector significativo de la clase dominante de EE. UU.

La disputa entre Trump y el resto no es sólo una cuestión de aranceles, sino una cuestión del principio del libre comercio en general. La UE tiene aranceles contra el acero chino, puestos en vigor en el punto álgido de la crisis del acero hace un par de años. Trump quiere que la UE acuerde medidas para beneficiar, no ya a unas compañías determinadas y así impulsar las exportaciones, sino a toda una gama de productos. Al igual que con China, quiere que la UE, Canadá, etc. acuerden reducir sus superávits comerciales con EE. UU.

Desde el punto de vista de cualquier teoría económica, esto es una locura. El objetivo del comercio internacional es mejorar la eficiencia a través de la competencia global, que funciona mejor sin restricciones. Ésta es la famosa mano invisible de Adam Smith, según la cual los recursos se asignarán de la manera más eficiente si al mercado no se le aplican restricciones. Adam Smith pretendía argumentar en contra de la teoría prevaleciente del mercantilismo, que se esforzaba por maximizar el comercio rentable. Este sigue siendo el ideal general que se ha promovido en las relaciones internacionales durante todo un período histórico. El argumento es que si todos reducen sus barreras al comercio, todos se beneficiarán.

El libre comercio promueve la competencia y, mediante la competencia, el desarrollo de las fuerzas productivas, desplazando a los trabajadores, las empresas y las naciones que no son suficientemente competitivas. Por lo tanto, prevalecerán las formas de producción más eficientes. Aunque esto, como un principio abstracto, puede ser cierto, sólo funciona cuando todos se benefician en un grado u otro. Una vez que el sistema capitalista como un todo entra en una crisis seria, las personas directamente afectadas, principalmente los capitalistas individuales que no pueden mantenerse al día con las empresas más competitivas, probablemente no estén dispuestos a sacrificar sus medios de subsistencia por el principio de la mano invisible. Lo absurdo de la competencia es, por supuesto, que si bien promueve la eficiencia a largo plazo, lo hace destruyendo las fuerzas productivas en el corto plazo, algo que en cualquier sociedad planificada racionalmente sería completamente innecesario. El capitalismo, por supuesto, no es racional ni está planificado, y desde un punto de vista capitalista, la “destrucción creativa” por parte del comercio mundial es esencial.

Durante todo un período, el principio del libre comercio se consagró en cientos de tratados, bilaterales y multilaterales. Trump, sin embargo, no tiene un ápice de lógica mercantilista. Está presionando para alcanzar acuerdos que eliminen los déficits comerciales, no aumentando la competitividad de las empresas estadounidenses (a través de inversiones), sino utilizando la influencia económica y militar de EE. UU. Para obligar a otros países a aumentar las importaciones de EE. UU. o reducir sus exportaciones al mismo. Lo logró con Corea del Sur, que firmó precisamente dicho acuerdo. Como señalaba el editorial del Financial Times: “Esto es puro bilateralismo y comercio controlado y, como tal, viola de manera integral los principios de la OMC”.

La UE y Canadá tienen la intención de oponerse a esto. Lo hacen, por supuesto, en parte por interés propio ya que tienen un superávit comercial que les gustaría mantener con EE. UU., pero también es parte de un intento general de la clase capitalista a nivel internacional por salvar la economía mundial del desastre. Les gustaría salvar las instituciones y tratados de libre comercio que se han construido en los últimos 70 años. En esto, la UE y Canadá cuentan con el respaldo de la mayoría de la clase dominante de EE. UU., que se opone a Trump en este punto. A propósito, la oposición de Obama al Brexit fue por la misma razón.

La declaración de los 6 [ministros] se refería precisamente a este punto, diciendo que la reunión del G7 “debería servir para restablecer asociaciones de colaboración para promover un comercio libre, justo, predecible y mutuamente beneficioso” y que “la cooperación y la colaboración han sido puestas en riesgo por acciones comerciales contra otros miembros”.

Trump, en su característico fanfarroneo, escribió en Twitter: “Cuando tienes casi 800 mil millones de dólares al año en intercambios comerciales, ¡no puedes perder una guerra comercial!”. Se toma la economía mundial como un juego donde la pérdida de un jugador es la ganancia de otro. En realidad, una guerra comercial entre las principales economías llevaría a enormes pérdidas en todos lados. El Ministro de Asuntos Exteriores de Canadá dijo lo mismo cuando afirmó que, “sabemos que las políticas de empobrecer al vecino no funcionan. Ésa fue la lección de los años veinte y treinta”. De hecho, el proteccionismo convirtió la recesión de los años treinta en una depresión.

Los 6 países han presentando una queja contra EE. UU. Ante la Organización Mundial del Comercio, pero es dudoso que Estados Unidos acate ninguna decisión. Trump ya ha mostrado su desprecio por la OMC al bloquear el nombramiento de nuevos jueces en este mismo tribunal, paralizando el proceso de resolución de disputas de la organización. Por ahora, la disputa principal es con EE. UU., pero no se trata sólo de EE. UU., la pregunta surgirá inevitablemente: ¿Por qué otros países deberían acatar los dictados de la OMC si EE. UU. no lo hace?

Estados Unidos ha sido durante 70 años el ejecutor y garante del libre comercio en la parte capitalista del mundo. Si ya no está dispuesto a desempeñar ese papel, sino que además también están saboteando activamente el proceso, ¿quién va a ponerse en su lugar? La UE es demasiado débil y está dividida, y sufre presiones similares en Italia y Gran Bretaña. China tiene algunos problemas de credibilidad, dadas sus barreras comerciales. En realidad, no hay otro país que no sea EE. UU. quien pueda desempeñar este papel. La principal esperanza que tiene la clase dominante es limitar a Trump, utilizando el Congreso estadounidense y varios tipos de medidas de represalia contra los partidarios de Trump. En algún momento esperan reemplazarlo, posiblemente como resultado de un proceso de destitución. Lo que ignoran es que las mismas condiciones sociales que dieron lugar a Trump no garantizarán la estabilidad del sistema político estadounidense. Incluso si tuvieran éxito en eliminar de algún modo a Trump, no hay garantía de que obtuvieran el tipo de presidente que desean.

La globalización, junto con la expansión del crédito, permitió a la clase capitalista extender el auge de la posguerra mucho más allá de sus límites. Todo eso ahora se está convirtiendo en su opuesto. La crisis actual en las relaciones mundiales y las amenazas al libre comercio son parte integrante de la crisis económica. Pase lo que pase, el período de libre comercio está llegando a su fin, lo que a su vez marcará el comienzo de un período de profunda crisis de todo el sistema.

El retorno a un período de prosperidad con el que muchos sueñan no parece hacerse realidad. La incapacidad del capitalismo para ofrecer un nivel de vida decente para la clase trabajadora conducirá a una crisis política y social tras otra, hasta que el sistema finalmente sea derrocado. Trump es una clara expresión del callejón sin salida en el que está  inmerso el sistema.

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