17 mayo, 2021

Estado Español: A diez años del 15-M, lecciones de un estallido

Por Raquel Vidal Ruiz y Javier Cabrera

Se cumplen diez años del movimiento con el que comenzó el mayor ciclo de luchas sociales desde la Transición española, y que tuvo un impacto muy importante en la izquierda y los movimientos sociales que llega hasta hoy. Una década después, y en los albores de un nuevo comienzo en la lucha de clases en el Estado español y a nivel internacional, es necesario extraer las lecciones de este movimiento tan mitificado como poco comprendido.

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La crisis de 2008 y el gobierno Zapatero

La crisis de 2008 golpeó con especial dureza a la economía española, exponiendo sus debilidades estructurales. Aunque entre 1998 y 2008 las cifras macroeconómicas resplandecían y la economía española se situó, en palabras del presidente Rodríguez Zapatero, en la Champions League de la economía europea, la realidad era la de un crecimiento con unas bases enormemente débiles, un endeudamiento masivo de la clase trabajadora y un mercado laboral cada vez más desregularizado e incapaz de absorber a una gran masa de técnicos, diplomados y licenciados universitarios que se veían obligados a aceptar empleos en los sectores boyantes por debajo de su cualificación o a optar por la emigración. La frustración de estos sectores de trabajadores cualificados e intelectuales jugaría años después un papel significativo en los acontecimientos de 2011.

El estallido de la crisis y el aumento dramático del paro paralizaron en un primer momento a la clase trabajadora. Entre 2008 y 2009 el gobierno de Zapatero trató de aminorar el impacto y reactivar el empleo con tímidos planes de intervención estatal en la economía, como el llamado Plan E. Pero finalmente, en mayo de 2010, Zapatero cedió a la presión de la Unión Europea y los “mercados” (en rigor, empresas dedicadas a especular en bolsa con la deuda pública de los estados), abriendo el camino a brutales recortes del gasto social a la vez que se destinaban ayudas multimillonarias a la banca para evitar su hundimiento por el colapso del mercado inmobiliario.

Estos recortes vinieron acompañados por una nueva reforma laboral que abarataba aún más el despido y permitía a los empresarios despedir de forma procedente por “causas económicas objetivas”. Esta contrarreforma provocó la primera huelga general en una década (y la primera a nivel estatal del nuevo periodo) convocada por CCOO y UGT el 29 de septiembre de 2010. La huelga tuvo un éxito relativo, con un gran seguimiento en la industria y menor en los servicios y el sector público. Esta será la tónica de las huelgas generales de 2012, lo que se explica tanto por el alto grado de temporalidad y precariedad del sector servicios como por el abandono de estos sectores por las direcciones de los sindicatos mayoritarios. La huelga, en todo caso, podría haber tenido continuidad, pero las direcciones sindicales se negaron a dársela y la reforma laboral siguió adelante, lo que provocó aún más frustración entre la clase trabajadora y la juventud.

Bloqueado de este modo el frente sindical, el canal de expresión más inmediato para todo el descontento generado por la crisis eran las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo de 2011. Sin embargo, tanto el periodo de atonía política desde 2004 como la posterior crisis económica y los innumerables casos de corrupción habían provocado un cada vez mayor distanciamiento, especialmente entre la juventud, con los partidos del régimen PP y PSOE. Izquierda Unida, por su parte, se mantenía estancada como fuerza minoritaria y, por sus pactos con el PSOE y en instituciones financieras como CajaMadrid, la hacían aparecer, si no como parte integral del régimen, como la muleta izquierda del mismo. De este modo, la tendencia general, confirmada más tarde, era hacia un aumento de la abstención electoral. Si no era a través de elecciones ni de huelgas generales, ¿cómo se podía manifestar el descontento social?

La manifestación del 15 de mayo

Entre diciembre de 2010 y enero de 2011 estallaron los movimientos revolucionarios de Túnez y Egipto que pusieron fin a dictaduras largas y aparentemente estables. En ambos movimientos se comprobó la ventaja de la comunicación por redes sociales para la transmisión de información, convocatorias y consignas de forma rápida. Una particularidad del movimiento egipcio fue el establecimiento de un campamento permanente en la Plaza Tahrir de El Cairo. La acampada era una manera tanto de ocupar simbólicamente el espacio público como de servir de punto de referencia para la movilización, dar cohesión a la misma y servir como foro de debate y organización del movimiento. Las revoluciones de Túnez y Egipto despertaron una gran solidaridad internacional y estimularon la imaginación de una capa importante de jóvenes activistas y militantes de izquierdas en el Estado español.

Aquí, el vacío que en el periodo anterior habían dejado las direcciones sindicales y la izquierda reformista se llenó en estos años con todo tipo de elementos accidentales que en su mayor parte provenían de los sectores de jóvenes técnicos y titulados universitarios que se habían visto desplazados y forzados al subempleo por las exigencias del mercado laboral y por la crisis económica. En 2010 parte de estos sectores se organizaron en las plataformas Juventud sin Futuro (JSF) y Democracia Real Ya (DRY), cuyas publicaciones en las redes sociales tuvieron en poco tiempo una llegada masiva.

JSF lanzó su primera convocatoria el 7 de abril de 2011 en Madrid, reuniendo en torno a unas 5.000 personas. Esta manifestación fue un primer síntoma de lo que estaba por venir: expresaba el descontento creciente entre la juventud, expresado fundamentalmente en reivindicaciones económicas, como vivienda o empleo estable, pues la tasa de paro ya superaba el 25% en el Estado español, con más de un 45% de paro juvenil. La manifestación de JSF mostraba cómo se iba a canalizar en el periodo que se abría, a través de plataformas de nuevo cuño sin la participación de las organizaciones tradicionales, y mostraba también cómo estas movilizaciones podían desbordarse, ya que al término de la manifestación se produjeron cortes de tráfico espontáneos y choques con la policía.

La convocatoria de manifestación para el 15 de mayo de 2011 salió de las redes sociales de DRY. La prensa burguesa, especialmente El País, dio una cobertura relativamente amplia a esta convocatoria, en parte porque se percibía el potencial de esta, y en parte también para pellizcar al gobierno de Zapatero, con el que llevaban ya varios años enfrentados. El hecho es que, ante la sorpresa de la mayoría, incluidos los propios convocantes, las manifestaciones fueron un éxito, con 25.000 manifestantes en Madrid, 15.000 en Barcelona y miles más en las principales ciudades del Estado.

Mucho se ha debatido desde entonces sobre por qué una iniciativa de un reducido núcleo de activistas tuvo semejante éxito. Muchos de sus protagonistas, y también algunos dirigentes políticos que se reclaman herederos de dicho movimiento, insisten en que el carácter transversal y apartidista de las reivindicaciones (muy centradas en la crítica a la democracia representativa) y de la propia convocatoria facilitaron su éxito. Es cierto que, como explicamos más arriba, el descrédito de las direcciones reformistas de la izquierda creó un vacío que podía ser llenado por otros elementos, pero no es menos cierto que, independientemente de las intenciones de los activistas de DRY, estos ofrecieron en ese momento el único canal de movilización, y buena parte de la clase trabajadora y la juventud decepcionadas con la izquierda y los sindicatos lo aprovecharon.
Para los marxistas, este tipo de desarrollos no son una novedad ni un secreto. La dialéctica enseña cómo la acumulación de malestar alcanza un punto en que basta un pequeño accidente para que se desate un salto cualitativo en forma de indignación y de estallido popular, no importa quien circunstancialmente se sitúe al frente del movimiento de masas.

Desde ese momento la corta historia del 15M es la de la contradicción entre las limitaciones políticas y organizativas de sus impulsores y la necesidad de expresarse de unas masas huérfanas de dirección política.

Un estallido de descontento

El movimiento 15M como tal comienza la misma noche del 15 de mayo cuando, en Madrid y en Granada, decenas de activistas intentaron acampar en las Puerta del Sol y la Plaza del Carmen y fueron desalojados violentamente por la policía a las órdenes de Rubalcaba. La respuesta espontánea de miles de jóvenes fue ocupar esas mismas plazas la noche siguiente, ocupaciones que se extendieron a lo largo y ancho del Estado). Es aquí donde comienzan las acampadas y las asambleas.

La proximidad de la cita electoral radicalizó el movimiento y dio a las acampadas y asambleas un carácter masivo. Durante una semana, miles de personas estuvieron en acampada permanente en las plazas de las principales ciudades del Estado y miles más se reunían prácticamente a diario en las asambleas vespertinas. La sensación general era de que se habían abierto las compuertas del descontento social y que la gente tenía ante todo necesidad de expresarse. De hecho, estábamos ante los primeros balbuceos de un movimiento de protesta que en los años sucesivos iba a alcanzar una radicalidad y una extensión nunca vistas desde la Transición, pero que en aquellos momentos iniciales carecía de objetivos claros y tangibles más allá de la propia expresión del descontento. Unido a esto, el propio movimiento iba a ser encorsetado por unos dirigentes que expresaban todos los prejuicios del periodo anterior de confusión política.

La prensa burguesa reaccionó ante el movimiento “de los Indignados” con una mezcla de hostilidad e intento hipócrita de utilización del mismo. Bien es cierto que la propia endeblez política de sus portavoces y de buena parte de los debates en su seno contribuyeron a generar un ambiente favorable para la confusión política, pero al mismo tiempo lo que cohesionaba el movimiento eran una serie de demandas económicas y democráticas que no tenían cabida ni en el régimen del 78 ni en el sistema capitalista: vivienda digna, trabajo estable, control democrático de la economía, democracia participativa… Las demandas centrales del 15M apuntaban, aunque todavía de forma poco precisa, a aspectos centrales del funcionamiento del sistema.

La consigna “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros” resumía ese estado de ánimo anticapitalista aún por desarrollar. Por eso no es extraño que la derecha y sus portavoces mediáticos trataran desde el principio de desprestigiar el movimiento ante las masas. Más aún, la decisión de mantener las acampadas al menos hasta las elecciones municipales y autonómicas y realizar concentraciones en la jornada de reflexión fue recibida por los portavoces del régimen como un “ataque a la democracia” que debía ser contestado con represión. A pesar de toda esta campaña en contra, las encuestas de opinión que se realizaron en esos días mostraban un apoyo masivo de la población a las demandas y las movilizaciones del 15M. El 81% de los encuestados por Metroscopia afirmaron que “los Indignados tenían razón”.

Paralelamente a las acampadas, y aún más una vez levantadas estas, las asambleas del 15M se extendieron por los barrios y municipios de las principales ciudades. Fue en esta fase en la que las debilidades políticas y los prejuicios organizativos de los impulsores del movimiento se mostraron más claramente como un obstáculo para su desarrollo y como la causa principal de su languidecimiento. La experiencia de muchos de los que participaron en aquellas asambleas fue que el funcionamiento de estas y la sensación de ausencia de logros, como consecuencia de la falta de un programa concreto terminó por desincentivar la participación de mucha gente, y que asambleas que empezaron con cientos de personas entre mayo y junio de 2011 llegaron al primer aniversario del 15M convertidas en pequeños grupos de agitación que se sostenían en base a la afinidad personal.

Aun así, algunas asambleas de los barrios obreros sí tuvieron cierto éxito a la hora de conectarse con el tejido social y vecinal preexistente, jugando un papel importante en el ciclo de movilizaciones obreras que se abrió después. Esta redefinición del movimiento, basada en la descentralización y la disminución de su intensidad, logró mantener temporalmente un cierto nivel de participación, con acontecimientos como la huelga general en marzo de 2012, la manifestación Rodea el Congreso (con decenas de heridos y detenidos) o la creación de las mareas, como parte de la sectorialización que caracterizaba esta etapa. El 15M se presentó igualmente como una herramienta que motivó la participación de las mujeres, que vieron en este la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida. El incremento de su participación en la vida sociopolítica se ha reflejado en el desarrollo organizaciones y movilizaciones de mujeres posteriores. Otros colectivos como el ecologista o LGBT experimentaron igualmente un impulso en este periodo, si bien, la falta de un programa y métodos serios generó desgaste y frustración entre muchos participantes.

La izquierda y el 15-M

El 15M fue recibido con escepticismo por la dirección y por buena parte de la militancia de IU; aun así, el movimiento agudizó las contradicciones entre sus diferentes sectores, especialmente en la federación madrileña. En Andalucía, mientras tanto, apareció la figura de un joven economista llamado Alberto Garzón que se hizo famoso por sus apariciones en televisión trasladando los debates económicos del 15M y cargando contra los recortes sociales y las políticas neoliberales. Pero el 15M fue sobre todo un impulso para organizaciones de nuevo cuño que se venían desarrollando desde los primeros años de la crisis. Tal es el caso del movimiento antidesahucios, que encontró una articulación superior con la fundación en 2009 de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en Barcelona. Las asambleas del 15M contribuyeron a la extensión del movimiento en zonas a las que la PAH no había llegado aún y a una mayor participación en el mismo en las zonas en las que la plataforma ya estaba presente.

El impulso del 15M dio paso a la irrupción del movimiento obrero en los siguientes años. Las dos huelgas generales de 2012, las Mareas de los empleados públicos, especialmente la Blanca de la sanidad madrileña y la Verde de la enseñanza, la movilización Rodea el Congreso… El 15M fue el primer paso de este ciclo de luchas, que culminó con las Marchas de la Dignidad, la mayor movilización de la historia reciente del Estado español, que reunió a dos millones de personas en las calles de Madrid el 22 de marzo de 2014. El movimiento también fue progresando en lo político, pasando de la ingenuidad y la indefinición de las asambleas del 15M a las reivindicaciones plenamente anticapitalistas y republicanas de Rodea el Congreso y las Marchas de la Dignidad.

Cuando el ciclo de movilización empezaba a mostrar sus límites, algunas figuras surgidas del 15M y los movimientos sociales, como Pablo Iglesias, Iñigo Errejón o Ada Colau, entre otros, vieron la oportunidad de canalizar aquella indignación a través de la actividad institucional, una idea que fue ganando popularidad en base a la experiencia de aquellos años. La fundación de Podemos se presentó a la clase trabajadora como una oportunidad para organizarse ante el descrédito de sus organizaciones tradicionales, permitiéndoles construir una fuerza que verdaderamente representara sus intereses.

Los dirigentes de Podemos, los Comunes y el resto de fuerzas surgidas del 15M irrumpieron con reivindicaciones que sintetizaban la experiencia de aquellos años de lucha. Planteaban, como se decía entonces “el candado del 78”, poniendo en cuestión la constitución del 78, la monarquía y toda la estructura básica del régimen (incluyendo la cuestión nacional), así como reivindicaciones audaces sobre cuestiones económicas y sociales como el fin de los desahucios, la nacionalización de empresas estratégicas, etc. Su lenguaje combativo, identificando como “la casta” a la burguesía y sus representantes políticos, y el identificarse como la expresión electoral de la indignación del 15M, contribuyeron decisivamente a su éxito en las elecciones europeas de 2014 y al lanzamiento de la organización y sus confluencias municipales y de las nacionalidades en los meses siguientes.

Sin embargo, las expectativas generadas por Unidas Podemos (UP) han acabado decepcionando a numerosos militantes y votantes. Un destino similar experimentaron partidos fundados en el mismo periodo y bajo las mismas dinámicas, como Syriza o Francia Insumisa. Fue precisamente la claudicación del gobierno de Syriza frente a las presiones de la Unión Europea, el FMI y el BCE en 2015, la que preparó el giro a la moderación de Podemos. La conclusión de esta política ha sido la entrada en el gobierno con el PSOE en 2020. Hoy por hoy, la base social de UP percibe que la entrada en el gobierno no ha producido una mejora significativa de sus condiciones de vida (al fin y al cabo, sus políticas para la pandemia no se han alejado demasiado de aquellas elaboradas por la derecha europea), ni se han cumplido las expectativas generadas, como la derogación de la reforma laboral o la destitución de la monarquía, entre muchas otras.

¿Hacia otro 15-M?

El movimiento de los indignados representó para muchos una oportunidad para transformar la realidad, dando lugar a importantes movilizaciones, y a nuevos y creativos repertorios de participación política. El cuestionamiento sobre alternativas al sistema capitalista y a las formas de representación existentes, así como el descrédito de estas, llevó a un debilitamiento de la condición bipartidista hasta entonces imperante. El carácter deliberativo y reflexivo del movimiento dio igualmente paso a un proceso de toma de conciencia y aprendizaje para la clase trabajadora. A su vez, este movimiento sirvió de inspiración para otros que se realizaron en otras partes del mundo, como el movimiento Occupy.

Sin embargo, la falta de un programa claro y de métodos de organización ágiles, así como de una dirección elegida democráticamente, abocaba el movimiento a su deterioro. Los grandes esfuerzos realizados por los manifestantes derivaron en una dinámica voluntarista que, pese a las buenas intenciones, termina por generar frustración debido a la ausencia de objetivos concretos y, por tanto, de logros significativos. Los métodos de organización, a través de acampadas y asambleas prolongadas e imprecisas, dificultaban la participación de los trabajadores e impedían tomar iniciativas serias. Aunque el movimiento se definió desde sus inicios como asambleario, horizontal y apartidista, en el mismo existían dirigentes en todos los niveles que eran los que marcaban el tono de las discusiones y la propaganda. Es una ley que, allá donde no existen estructuras organizativas y dirigentes elegidos democráticamente, se terminan formando camarillas que ejercen dichas funciones por encima de cualquier control democrático.

Desde 2011, la crisis del régimen del 78 no ha hecho más que agudizarse, afectando a todos sus pilares básicos, empezando por la monarquía y terminando con la propia unidad del Estado. Si bien en 2011 el aparato del Estado (con la obvia excepción de la policía antidisturbios) y la propia monarquía no estaban en la diana del movimiento de protesta, ahora no es así. La abdicación de Juan Carlos I una semana después de las elecciones europeas de 2014 en las que irrumpió Podemos fue el primer movimiento de la monarquía para salvar al régimen. En los últimos años, y sobre todo después del estallido de septiembre-octubre de 2017 en Cataluña, la monarquía ha actuado cada vez más abiertamente en la defensa de su régimen, lo que como resultado está incrementando las tendencias republicanas especialmente entre la juventud.

La crisis del régimen ha dado lugar a un desgajamiento por la derecha bajo la figura de Vox, mientras que la clase trabajadora y la juventud están, como en 2011, huérfanas de una dirección política que movilice e ilusione. Quién llenará ese vacío es difícil de prever, pero ya no será la misma generación del 15M ni tendrá las mismas ideas. La experiencia de estos diez años no ha pasado en balde. La crisis que se avecina y el descrédito de UP plantean a la clase trabajadora la necesidad de confiar en sus propias fuerzas, así como la necesidad de un programa y una dirección revolucionaria que confíe en la clase trabajadora y se base en sus sectores más avanzados. Frente a la relativa y temporal estabilidad que experimentó la generación que protagonizó el 15M, la juventud actual lleva en los hombros ya dos crisis capitalistas consecutivas.

En estos diez años, la situación de la juventud en el Estado español no sólo no ha mejorado sino que ha empeorado; cada vez es más difícil acceder a un trabajo digno, a una vivienda digna y desarrollar un plan de vida. Esta inestabilidad económica y política se profundizará inevitablemente bajo las contradicciones del capitalismo, y la experiencia vital de los trabajadores y la juventud servirá como lecciones para extraer conclusiones cada vez más revolucionarias. Es necesario estar organizados y hacer que estas conclusiones se traduzcan en luchas decididas y organizadas. Para ello lo fundamental y prioritario es la construcción de una sólida tendencia marxista en el movimiento obrero. Esa es la tarea que nos proponemos desde la Corriente Marxista Internacional.

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