9 abril, 2014

El origen del socialismo en México, los primeros pioneros

La lucha por el socialismo es lo que retomamos de los fundadores del movimiento en nuestro país, su arrojo y determinación; su valentía y honestidad, su sana determinación por mantener su independencia de clase frente al Estado burgués y sus representantes políticos. Ése es su legado, un legado de lecciones para aprender, un legado de lucha.

La lucha por el socialismo es lo que retomamos de los fundadores del movimiento en nuestro país, su arrojo y determinación; su valentía y honestidad, su sana determinación por mantener su independencia de clase frente al Estado burgués y sus representantes políticos. Ése es su legado, un legado de lecciones para aprender, un legado de lucha.

 

Introducción

El movimiento socialista o comunista tiene una larga historia. Podemos encontrar estas tendencias desde el inicio mismo de la sociedad dividida en clases. El cristianismo primitivo, en su lucha contra el Imperio Romano, originó sectas comunistas como la de los Esenios. Durante la Edad Media algunas sectas religiosas pretendieron regresar al comunismo original del cristianismo. En el Renacimiento algunos pensadores imaginaron sociedades ideales que acabarían con la miseria y la explotación: Campanella y Tomás Moro fueron algunos exponentes. Las ideas de Rousseau acerca de los efectos de la propiedad privada impulsaron a algunos –como Meslier, Morelly y Mably- a llevarlas hasta conclusiones comunistas. La Revolución Inglesa generó tendencias comunistas entre los “Llevellers y Diggers”; la Francesa, “La conspiración de los iguales” de Babeuf o las ideas golpistas de Blanqui. El carácter burgués de una revolución que pretendía instaurar la libertad, igualdad y fraternidad llevó a pensadores como Fourier, Saint Simon, Cabet y Owen a elaborar proyectos comunistas que realmente cumplieran las promesas de aquella revolución; Owen llevó esas ideas desde la filantropía hasta el cooperativismo. Marx y Engels desentrañaron la dinámica capitalista, revolucionaron el método dialéctico y le dieron al socialismo bases científicas por primera vez. El socialismo ya no era la expresión de una moral eterna sino producto de las contradicciones sociales objetivas y la lucha de clases. Y no un proyecto ideal sino una necesidad histórica.

En México la lucha de clases también generó tendencias e ideas socialistas, en esta historia se puede encontrar de todo: insurrecciones campesinas, ideólogos de gabinete, pensadores radicales, moderados que enarbolan la conciliación, las primeras huelgas, organizaciones y periódicos de inspiración socialista. Queremos contar esa historia porque es la historia del origen nuestro movimiento. Quien espere de este movimiento primitivo una claridad teórica y deslinde absoluto del liberalismo quedará decepcionado, las tendencias socialistas son confusas, ingenuas, eclécticas, proféticas; pero como en el desarrollo de un embrión, las etapas son necesarias para el desarrollo de un organismo adulto y en su desarrollo el embrión toma formas inusitadas. Las ideas utópicas jugaron un papel progresista y saludable en el origen del movimiento obrero en nuestro país, un movimiento que surge de la necesidad de resolver las tareas democráticas y de soberanía de un país subdesarrollado y dominado como el nuestro. Bajo estas imperfectas ideas se inspiraron las primeras organizaciones obreras, las primeras huelgas y las primeras organizaciones políticas del proletariado.

“El socialismo libertario” de José Cayetano Valadés -viejo revolucionario fundador del PCM, anarquista e historiador- es el relato más completo sobre los orígenes del socialismo en México, esta obra ha sido publicada por primera vez hace poco con base en el borrador original bajo el cuidado editorial y la reconstrucción temática de Paco Taibo II. Como ha demostrado Paco, los “Apuntes sobre el movimiento obrero y campesino de México” de Manuel Díaz Ramírez –obra que se consideraba de consulta obligada para este tema- no son sino un vulgar plagio del texto de Valadés. Este inapreciable libro fue publicado y distribuido gratuitamente por “La brigada para leer en libertad”. Otro libro maravilloso es el de “El socialismo en México, siglo XIX” de Gastón García Cantú, el cual contiene materiales invaluables y, entre otras cosas, comenta sobre socialistas utópicos mexicanos, circunstancias y temas no mencionados por Valadés. También de Cantú hay que consultar “Utopías mexicanas”. Los libros de Valadés y Cantú se complementan, sus perspectivas combativas son afines. Recientemente apareció el libro de Ilades “Las otras ideas, el primer socialismo en México 1850-1935” que si bien está muy por debajo del trabajo de Valadés o Cantú –el tono académico llena de paja inútil buena parte del libro- por lo menos contiene información adicional interesante. La información contenida en este artículo se la debemos principalmente a estas obras… curiosamente ninguno menciona a Vasco de Quiroga. 

El contexto

Para 1853 México aún no había podido consolidarse como Estado Nación, el país recién había logrado obtener  un remedo de independencia en la que el viejo régimen se mantenía, en lo fundamental, intocado: el clero, poderosos gobernadores y el ejército tenían el control de la tierra, los impuestos y la política. Ninguna de las reivindicaciones sociales de Hidalgo, Morelos y Guerreo se habían cumplido: ni reparto agrario, tampoco la ruptura del latifundio, ni separación de la Iglesia y el Estado, eliminación de impuestos absurdos, ni la modernización del país en lo económico o en lo político. México corría el riesgo de ser desmembrado y balcanizado para beneficio de los intereses de un imperialismo estadounidense en ascenso, que ya nos había arrebatado Texas, Alta California y Nuevo México, “cuatro ejércitos extranjeros habían pisado en distintos momentos el territorio nacional” [Salmerón, “Leyes de reforma”, p. 9]. El país era dominado regionalmente por ambiciosos jefes o caudillos locales, por el ejército y los terratenientes que organizaban cuartelazos para hacerse del poder. Para colmo, los conservadores retornaban al poder con Santa Anna a la cabeza, México tenía por delante años de guerra civil y la intervención francesa. La batalla por la resolución de las tareas democrático burguesas que quedaron pendientes para la revolución de independencia determinó el enfrentamiento entre conservadores y liberales que marcó el siglo XIX mexicano; este contexto será el escenario del nacimiento del primer socialismo en México. 

El enfrentamiento entre liberales y conservadores se daba sobre un marco de atraso económico y social: el país apenas tenía 7 millones de habitantes, dispersos en pueblos y rancherías, los obreros industriales (minería y textiles) apenas rondaban los 60 mil – en 1923 las minas ocupaban 44 mil obreros y los textiles cerca de 3 mil-, las condiciones salariales y de trabajo eran espantosas. Dice José Cayetano Valadés:

“En las minas, la jornada era de 24 a 60 hora de trabajo consecutivo, siendo el salario de un real y medio por cada veinticuatro horas de labor. Un poco mejor retribuido era el trabajador en la nuevas fábricas de hilados y tejidos, donde el promedio de salario diario era como sigue: obrero, dos reales y medio; obrera, un real; niños, un real a la semana.” [C. Valadés, José; “El socialismo libertario mexicano (siglo XIX)”, p. 18.].

Además de una industria minera y textil con baja o nula inversión en infraestructura, había 8 fábricas de papel y pequeñas industrias patriarcales de aguardiente, jabón, aceites, vasijas, alfarería, loza [Cf. García Cantú, Gastón, “El Socialismo en México, siglo XIX”, p. 15]. La mayor parte de la población del país vivía en comunidades indígenas autosuficientes (sobre todo en el Sur) o en pequeños ranchos o poblados de unas decenas de habitantes y sin mucho contacto con el exterior. No existía una sola línea de ferrocarril, el transporte se hacía a lomo de burro y el capital era sobre todo usurero y comercial; apenas y existía un mercado interno. Las grandes ciudades como la de México, Guadalajara o Guanajuato crecían por ser centros mineros, comerciales y políticos, pero la mayor parte de la población, el 90%, vivía estancado en pueblos y rancherías cerrados al exterior, “sólo el 10% se apretujaba en 25 pequeñas ciudades, en la mayor de las cuales, México, residían 200 mil habitantes. Puebla, Guadalajara y Querétaro tenían unos 40 mil cada una. [Salmerón, Op, cit. p. 13]” 

En la extrema izquierda del liberalismo, semioculto bajo el humo de las batallas contra los conservadores y contra las intervenciones extranjeras,  al calor de las insurrecciones campesinas, en el marco  de las aspiraciones de los artesanos, en la consciencia aún confusa de un proletariado en formación, en la elucubraciones de algunos sabios de gabinete o de escritores de novelas e, incluso, en las ensoñaciones de algún empresario aventurero y conservador, surgieron las primeras manifestaciones del socialismo en México. En lo fundamental se trataba de las aspiraciones de unos pocos liberales radicales inconformes con los resultados moderados de la Guerra de Reforma y de la lucha contra la intervención francesa –la mayor parte de los liberales se deslindarán del socialismo-; sobre todo era una expresión de la lucha de  los campesinos y comunidades indígenas, de los pequeños artesanos y propietarios, de un proletariado en formación. Las más de las veces los intereses de estos sectores heterogéneos del pueblo se mezclaban y se confundían por la sencilla razón de que en muchos casos el obrero y pequeño propietario eran una y la misma persona, el liberal radical es un pequeñoburgués; el jornalero lo es por temporadas y regresa a su comunidad después de los periodos de siembra. Así, el primer socialismo en México es uno que se reviste de una abigarrada mezcla de ideas liberales, cristianas, moralistas, nacionalistas; retoma algunas frases de los evangelios, algunas nociones de Fourier (el falansterio), de Saint Simon (la modernización e identificación de los obreros e industriales como clases productoras), de Owen (el cooperativismo), algunas frases de Proudhon (el rechazo a la política y la idea de que “toda propiedad es robo”), los ecos lejanos de la revolución europea de 1848, de la Comuna de París, algunas noticias inspiradoras sobre la fundación de la Primera Internacional; proceso de influencias varias que culmina con la publicación de “El Manifiesto Comunista” en 1884, unos años después de que El Gran Círculo de Obreros de México –la primera organización política de los trabajadores mexicanos- fuera corrompido por el ascendente régimen de Díaz.

Las reivindicaciones de este socialismo son fundamentalmente agrarias o pequeñoburguesas; la corriente más avanzada retoma el cooperativismo y la lucha sindical, se ve como parte de una lucha de clases; la parte más atrasada pretende escapar de la sociedad o ganar el apoyo y el permiso de la clase dominante, incluso habrá un ejemplo de una comunidad ideal –que recuerda a la utopía aislacionista de los “Municipios autónomos” neozapatistas- trazada por un empresario yanqui  en  Sinaloa (Topolobampo), que naturalmente fracasó. En todos los casos es difícil saber dónde terminan las ideas democrático burguesas y dónde empieza el socialismo. El radicalismo se llama socialismo en tanto atenta contra la gran propiedad latifundista, pretende construir una sociedad diferente, reivindica al pueblo, pretende llevar a sus últimas consecuencias las ideas de los liberales o simplemente porque se autonombra como tal… aunque sus postulados no se alejan mucho de las ideas de constitución del ‘57. No podía ser un socialismo en el sentido marxista del término, en el sentido de la expropiación de la gran industria y la instauración de una economía planificada moderna, no podía serlo porque en México no existía la gran industria moderna y porque el proletariado aún tenía aspiraciones pequeñoburguesas. Pero éstas son las características del socialismo utópico de Fourier, Saint Simon, Owen, Produdhon; no por ello dejan de ser socialistas y precursores (Marx y Engels no dejaban de reconocerlos como tales y les rindieron un merecido tributo).  

A pesar de las inevitables limitaciones propias de su tiempo y circunstancias, en sus mejores exponentes, las ideas socialistas conectan con el pueblo, generan grupos de discusión y debate, abanderan insurrecciones, promueven las primeras huelgas y aglutinan a la primera organización obrera del país: la “Cartilla Socialista” de Rhodakanaty (1861), la fundación de círculos de estudio socialistas (1863), la insurrección socialista en Chalco con su “manifiesto a todos los oprimidos de México y el universo” (documento conmovedor de 1869), la fundación de El Gran Círculo de Obreros de México (1871), el primer Congreso Obrero (1876), la fundación de La Social (1877), la publicación a partir de 1871 de periódicos como “El Socialista”, “Revolución Social”, “El Hijo del Trabajo”, “La Internacional”; la fundación del Partido Socialista (1878), la insurrección en la Sierra Gorda con el Plan Socialista (1879), la insurrección en San Martín Texmelucan con La Ley del Pueblo (1879), la primera publicación por El Socialista de El Manifiesto Comunista en México (1884), etc., son todos ejemplos de ello. Estos iniciadores retoman las ideas radicales de Morelos, adelantan las consignas principales de la Revolución Mexicana y los postulados de Ricardo Flores Magón, los más lúcidos exponentes señalarán el peligro de la anexión americana, la necesidad del armamento del pueblo, el reparto agrario, hablarán de la necesidad de una revolución y atisbarán ideas internacionalistas. Estas últimas manifestaciones las debemos reivindicar y recordar porque marcan los inicios de nuestro movimiento en este país: la lucha por la creación de una organización obrera, una unidad de los explotados que esté en condiciones de derribar al capitalismo y crear una sociedad más justa y más humana, y la lucha por el socialismo en México y en el mundo.  

Los precursores de los precursores: pueblos indígenas, Quiroga, Hidalgo y Morelos

La organización social de las comunidades indígenas desde tiempos prehispánicos se daba sobre bases de “comunismo primitivo”, en general la propiedad de la tierra en el Altepetl (poblado) era comunal; si bien sobre esta base se levantó un Estado tributario que expoliaba a las comunidades con impuestos en especie y trabajo. Más que una sociedad comunista se trataba de una sociedad tributaria que no alteraba, en lo fundamental, a la comunidad primitiva y mantenía, por ello, en su base muchos elementos del comunismo aldeano. Los invasores españoles se apoyaron, una vez derrocados los Tlatoanis, sobre el mismo sistema tributario para imponer el régimen colonial. De hecho las Leyes de Indias tendieron a proteger estas comunidades, mantuvieron separado al indio del resto de la sociedad para garantizar el flujo de productos agrícolas y otros productos manufacturados. En los primeros siglos de la Colonia las comunidades indígenas mantuvieron su estructura productiva más o menos intocada. La encomienda y el repartimiento –base de la explotación colonial- no eran otra cosa que  tributo en especie y en trabajo respectivamente. Por eso la administración colonial se preocupó por proteger con leyes especiales la existencia de las comunidades indígenas, blindando a éstas de la esclavitud y eximiendo, como individuos, a los indígenas del diezmo y alcabalas para poderlos explotar mejor desde sus comunidades. 

Fueron algunos frailes como Alonso de la Veracruz y Vasco de Quiroga quienes impulsaron la protección de los indios de una explotación rapaz; más allá de las posibles buenas intenciones y de una influencia humanista saludable, se trataba de proyectos funcionales para el sistema colonial. El primer Obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, se inspiró en Tomás Moro (su Utopía se publicó en 1516) para impulsar, alrededor de 1532, el hospital-pueblo de Santa Fe –algunos sostienen que Quiroga fue el primer socialista en México, probablemente lo sea pero en su variante conservadora. Lo cierto es que los pueblos indígenas vivían en comunidades colectivistas desde muchos siglos atrás, comunidades que, curiosamente, el Imperio Español estaba interesado en preservar, el “hospital” de Quiroga fue apoyado por el emperador Carlos V por lo que es obvio que sus obras no significaban ninguna amenaza. Al contrario, era necesario volver productivos a los pueblos indios después de que la conquista y las epidemias hubieran acabado con el 95% de la población; especialmente en la zona Purépecha donde los indígenas habían abandonado sus poblados y huido a los montes. A pesar de sus objetivos conservadores y en el fondo imperialistas, en los intentos de apuntalar las comunidades indígenas en Michoacán encontramos todos los elementos de futuros intentos utópicos para crear comunidades ideales separadas de mundo exterior, llámese La Nueva Filadelfia o Topolobampo (hablaremos de estos intentos más adelante) e incluso las comunidades autónomas neozapatistas. El de Quiroga sería el primer intento de instaurar una sociedad ideal inspirada en la obra de uno de los primeros autores comunistas del renacimiento: Tomás Moro (aunque hay que notar que Moro era conservador en política y su novela invita a imaginar una sociedad ideal separada de la actual). Quiroga, en sus cartas enviadas a España en 1531, hace referencias a Moro, señala que desea implementar una forma parecida a la primitiva iglesia cristiana; en 1535 escribe su “Información en derecho” a la Segunda Audiencia de México donde afirmaba que la organización indígena se ajustaba a la “forma de república” de Tomás Moro al que considera inspirado por el “Espíritu Santo”. 

A partir del tercer siglo de la época colonial comienza a surgir la hacienda como unidad económica relevante y las comunidades indígenas comienzan a perder sus tierras y bosques comunales, se trata de una suerte de acumulación primitiva que favorece a una estructura semifeudal. Los levantamientos indígenas que anteceden al levantamiento de Hidalgo pretenden conservar a las comunidades, recuperar sus tierras y bosques comunes. La historia de la colonia está marcada por explosiones y rebeliones indígenas y campesinas. “Las luchas de los indios sedentarios por la preservación de sus comunidades, iniciadas desde los primeros años de la Colonia, constituyen el principio embrionario de los movimientos campesinos en México (…) los comuneros sostuvieron una lucha que a través de los siglos fue perdiendo su carácter de enfrentamiento entre conquistados y conquistadores para tomar cada vez más el de explotados contra explotadores” [Semo, E. Historia del capitalismo en México, p. 79]. Así, por ejemplo, en marzo de 1660 doscientos poblados de indígenas en Tehuantepec se alzaron y lograron establecer un gobierno autónomo que duró un año. Incluso la rebelión de los “machetes” de 1799  prefigura el contenido de la rebelión de Hidalgo, los rebeldes –labradores y artesanos-, pretenden abrir las cárceles, matar gachupines y “convocar al pueblo bajo la imagen de la virgen de Guadalupe” [Villoro, L. “La Revolución de independencia” Historia general de México, p. 507].

Se puede afirmar que estas luchas de resistencia son socialistas en tanto que pretenden conservar la propiedad común de la tierra, pero debemos tomar en cuenta que por la dispersión y autonomía de las comunidades no ofrecían, por sí mismas, una alternativa real al régimen colonial ni tampoco pueden resistir por sí mismas la acumulación originaria de capital.  Además se debe reconocer que por su estructura estática e inamovible, por su conservadurismo, los pueblos campesinos fueron la base de la colonia durante la mayor parte de su historia y la base social de los alzamientos conservadores desde el  golpe de Zuloaga hasta la intervención francesa. Al mismo tiempo, sobre la base de estos levantamientos se dará la primera insurrección que abiertamente se llama socialista (la insurrección en Chalco en 1869). También cabe hacer mención de la larga resistencia Yaqui contra la guerra de exterminio del gobierno porfirista por arrebatarles sus tierras comunales en beneficio de las mineras. Un estudio mandado hacer por Cárdenas dirá de los Yaquis: “su producción económica es comunal de distribución y consumo directo en la que existe control colectivo, sin propiedad privada, esclavismo, servidumbre o salario, sin capitalismo, interés o usura, libre de clases explotadas y explotadoras, gobierno plebiscitario” [Taibo II, “Yaquis”, p. 25].

Para los escritores de El Socialista –periódico fundado en 1871 como publicación de El Gran Círculo de Obreros- “Hidalgo […] fue el primer socialista de México; honremos su memoria, ella será alguna vez la chispa que incendie de nuevo el fuego popular para convertir en cenizas la infame tiranía. Como de ésta viene la esclavitud, del pueblo vendrá la libertad” [García  Catú, Gastón; “El socialismo en México, siglo XIX”, p.113]. Aunque Hidalgo fue, mejor dicho, el caudillo de una insurrección campesina democrático burguesa que dio inicio a una revolución, en las reivindicaciones de destrucción del latifundio, de liberación de los esclavos, de expropiación del ganado para alimentar a los indios, vemos las banderas fundamentales que sostendrían los socialistas mexicanos del siglo XIX.  Así como de la extrema izquierda del jacobinismo francés surgió el comunismo de la “Conspiración de los iguales” de Babeuf, que expresaba primitivamente al proletariado naciente, en la radicalización de la revolución de independencia –con la incorporación de jornaleros, mineros y pequeños artesanos- encontramos algunos de los primeros esbozos de socialismo en México, aunque no usa este nombre. 

En el movimiento de Morelos podemos encontrar indicios de ideas comunistas más definidas. Morelos logra imponer –a diferencia de Hidalgo, quien no tuvo mucho tiempo para aplicar sus decretos-  algunas de estas medidas en los territorios que controla, incluso va más allá que Hidalgo y sus predecesores: por primera vez, de manera franca, declara que el objetivo de la revolución es la total independencia de Anáhuac desechando de una vez por todas el espantajo anticuado de Fernando VII, para instaurar en su lugar una república, tomando como ejemplo la Revolución Francesa –sobre este tema versarán las diferencias con Rayón.  Le escribe a Rayón "Que se le quite la máscara a la independencia, eliminemos la mención del Rey". El ideal que se cristaliza en el pensamiento de Morelos, que va evolucionando desde el punto donde se quedó Hidalgo hasta rebasarlo –y que se manifiestas en Sentimientos de la nación- era el de una república democrática, con valores cristianos igualitarios –con sus tres poderes ejecutivo, legislativo y judicial- cuya base fuera la pequeña propiedad. Morelos expones estas ideas en el congreso de Chilpancingo o de Anáhuac el 14 de septiembre de 1813. Estas avanzadas ideas de corte pequeñoburgués se combinaban con ideas comunistas que empezaban a esbozarse:

“Entre los papeles abandonados por los insurgentes en Cuautla se encontró un plan escrito probablemente por alguno de los partidarios de Morelos, que reflejaba ideas populares. En él se pide que se consideren como enemigos de la nación a todos los ricos nobles y empleados de primer orden, criollos y gachupines, que se incauten todas las propiedades y se destruyan las minas. Estas medidas, aparentemente anárquicas, tienen empero por objeto un sistema liberal nuevo frente al partido realista, y obedecen a un proyecto preciso aunque sumamente ingenuo: los bienes incautados a los ricos se repartirán por igual entre los vecinos pobres, de modo que nadie enriquezca en lo particular y todos queden socorridos en lo general. La medida a la que se concede mayor importancia es la siguiente: deben inutilizarse todas las haciendas grandes, cuyos terrenos laboriosos pasen de dos leguas cuando mucho, porque el beneficio mayor de la agricultura consiste en que muchos se dediquen a beneficiar con separación un corto terreno” [Villoro. L. “La Revolución de independencia” Historia general de México, pp. 510-511.].

Aquí tenemos ya el programa completo de los que se llamarán socialista de México por primera vez. 

El liberalismo se deslinda o se torna socialismo, el socialismo conservador de Adorno, “los rojos de Aguascalientes”

A través de la masonería se organizaron los primeros partidos políticos liberales y conservadores en nuestro país, la Logia Escocesa aglutinó a conservadores como Lucas Alamán y Miramón;  los liberales se aglutinaron en torno a la Logia Yorkina fundada por Guadalupe Victoria en 1825, entre la plana mayor de esta logia estarán todos los liberales relevantes desde Juárez hasta Ocampo. Entre los elementos más radicales de esta facción podemos encontrar insinuaciones socialistas, como cuando los radicales yorkinos proponen  la “igualación de fortunas”. Se trata de una consigna pequeño burguesa que pretende acabar con la opulencia por medio de la circulación, pero podríamos decir que en ella se encuentran gérmenes de socialismo. 

Quizá sea Sotero Prieto, un comerciante mexicano que estuvo en Cadiz en 1837, quien haya sido el primer fundador de un periódico con el nombre “socialista” en México, inspirado por las ideas de Fourier; funda grupos socialistas en Tampico y Guadalajara, hacia 1846-47 lanza un periódico llamado “La Linterna de Diógenes” y quizá haya sido el responsable de publicar “El Socialista” –no confundir con el periódico de 1861 de El Gran Círculo, por lo que el suyo sería el primer periódico socialista en México-. Hablamos, sin embargo, de un “socialismo” absolutamente pequeñoburgués e inofensivo, se trataba de formar organizaciones como “La Compañía de Artesanos de Guadalajara” cuyos objetivos eran instaurar una “casa garantista que agrupara mancomunadamente a los obrajeros de algodón, a los obrajeros de lana, a los carpinteros, a los herreros y a los zapateros, a los cuales pudieran irse paulatinamente agregando las demás clases de artesanos así como los simples capitalistas” para lograr “la justa repartición de la riqueza [en función de] la proporción de capital el trabajo y el talento que hayan cooperado a su producción” [Ilades, Op. cit. p. 34]. No está claro si se trataba de una cooperativa, una suerte de sociedad por acciones o un ejemplo de mutualismo. Parece que se trata de un proyecto comercial que está aún por detrás de las primeras organizaciones mutualistas de trabajadores que surgirán algunos años después  y que excluyen la pertenencia de los patrones a dichas organizaciones [Véase: Cayetano Valadés, J. “El socialismo libertario mexicano (siglo XIX)”, p. 21]. Lo curioso son las referencias bastante tempranas al socialismo y a Fourier.    

Cuando, tras los impactos de la revolución europea de 1848, el término “socialista” y algunas nociones de estas ideas se difunden mayormente en México –por los relatos de los embajadores de Inglaterra y Francia, Fernando Mangino y José María Luis Mora- la casi totalidad de los liberales –por no hablar de los conservadores quienes por medio de su vocero “La Voz de la Religión” no se cansaban de acusar a Juárez de socialista- se deslindan del socialismo por atentar contra la propiedad, así lo hicieron Guillermo Prieto, Justo Sierra o José María Iglesias. Incluso Juárez reflexionó en sus notas acerca de la mejor forma para evitar el socialismo, a fines de noviembre de 1860 escribió: “Socialismo es la tendencia natural a mejorar de condición o al libre desarrollo de las facultades físicas y morales. La tendencia será mayor, mientras mayor sea el despotismo y la opresión. Ella desaparecerá, o mejor dicho, sus esfuerzos para destruir lo existente desaparecerán, cuando en los gobiernos desaparezcan el despotismo y la opresión” [García Cantú, “El socialismo en México, siglo XIX”, p.142]. Aunque relativamente tolerante con las primeras organizaciones obreras, será el gobierno de Juárez el que fusilará a Julio López Chávez: el caudillo del primer alzamiento armado con banderas abiertamente socialistas en nuestro país. Díaz profundizará los elementos represivos y antisocialistas que ya estaban presentes en el gobierno de Juárez.  Aunque anecdótico, hay que anotar que fue Melchor Ocampo quien tradujo en sus cuadernos de 1860 “La miseria de la filosofía” de Proudhon, quizá atraído por las ideas de justicia social y el anticlericalismo. Matías Romero –embajador de México en Washington- tradujo en 1862 el texto de Marx “El embrollo mexicano” donde éste critica la intervención imperialista en México, habla de la labor progresista del gobierno de Juárez e incluso predice el ajusticiamiento del emperador; por tanto fue Matías Romero el primer traductor de Marx en México [García Cantú, “El socialismo en México, siglo XIX” p. 195].       

Pero en unos pocos liberales germinaron ideas socialistas. Uno de los primeros fue Juan Nepomuceno Adorno, ingeniero mexicano educado en Inglaterra, concebirá, quizá inspirado en Fourier, a la sociedad a la manera en que un constructor concibe las distintas partes complementarias de su artefacto, tratará de armonizar a la sociedad en base a una moral eterna basada en la cooperación y en el deísmo cuyo fin último sería una sociedad sin Estado y sin dinero (de ahí su socialismo). Para ello era necesario la invención, la industrialización y la promulgación de un credo moral, una evolución suave y sin conflictos encabezada por estadistas sabios. Sus ideas las expondrán en un libro publicado en 1851 llamado “La armonía del universo: ensayo filosófico en busca de la verdad, la unidad y la felicidad”: una abigarrada mezcla de racionalismo, religión, las mónadas de Leibiniz, todo revuelto en una licuadora. Políticamente era simpatizante de ideas liberales y republicanas –al tiempo que era contrincante de Darwin- pero su tendencia era la conciliación de clases para evitar el conflicto y la destrucción de la armonía. En la guerra de los tres años recomienda a los conservadores alzados en el Plan de Tacubaya: “consultad al pueblo por medio de un plebiscito sujeto a sufragio universal” [Citado en: Illades, Carlos; “Las otras ideas, el primer socialismo en México 1850-1935, p. 59]. Pretendía convencer al león de que comiera chayotes. Adorno era, acaso, un socialista de gabinete, en el fondo un conservador, que elucubraba desde su escritorio alejado de las luchas del pueblo.

Así como la Revolución mexicana radicalizó a algunos caudillos como Adrián Alvarado, Múgica, Felipe Carrillo Puerto, Juan Escudero, etc., a grado tal que experimentaron con socialismos locales –los casos más claros fueron los de Carrillo Puerto en Yucatán y Juan Escudero en Acapulco-, la Guerra de los 3 años provocó un fenómenos similar en 1860 con Esteban Ávila como Gobernador de Aguascalientes, cuyo movimiento fue conocido como “Los rojos de Aguascalientes”; se trata probablemente del momento de mayor radicalización dentro de las filas del juarismo triunfante tras la guerra de reforma. Su gobierno gravó progresivamente a los hacendados con una “Ley agraria” en “una proporción tal que equivalía al despojo” [Cantú, op. cit. p. 150]. En su decreto, Ávila hace referencias explícitas al socialismo aunque acota los marcos de aplicación de estas ideas:

“El gobierno ha meditado profundamente la ley agraria; ha acogido el grande pensamiento de los socialistas, pero ha desechado cuidadosamente las teorías irrealizables en que abundan, juzgando que el medio que ha adoptado, llena enteramente el objeto; y si bien la experiencia y la práctica pueden reformar los accesorios, cree que la idea será admitida” [Cantú, Op. cit. pp. 150-151]. 

Los propietarios, como es evidente, se escandalizaron y enviaron cartas a Juárez donde advertían sobre el camino tomado por Ávila, mañana podría decretar el comunismo y el fin de la propiedad: “Si hoy el gobernador de Aguascalientes dicta sus disposiciones legislativas impulsado por el grande principio socialista, mañana que conozca las ideas del fraile dominico Campanella, expuestas en su obra, Ciudad del Sol, querrá acaso realizarlas en el Estado […] las variaciones pueden ser incesantes, el peligro para los propietarios, terrible […] hoy se pensará en un falansterio, mañana en la Icaria de Cabet: al día siguiente en la escuela de San Simón, y al fin de semana en Moro o en la de Owen” [Cantú, op cit. pp. 151-152]. Después de los asesinatos de Ocampo, Degollado, Leandro Valle, y tras la intervención francesa, Ávila tuvo que abandonar la gubernatura, pero el suyo fue uno de los primeros intentos por derrotar al latifundio bajo una explícita inspiración socialista. 

Alberto Santa Fe será otro notable ejemplo de la radicalización de un héroe liberal hasta conclusiones socialistas, pero su caso lo abordaremos más adelante porque su historia engarza con la del el grupo de La Social.  Aunque el célebre periodista liberal Ignacio Manuel Altamirano no puede ser considerado socialista sí advirtió las ventajas de éste para: “la vigorosa organización entre las clases pobres, para mejorar sus condiciones de vida, proclamando al pueblo como único soberano de la nación” [Ilades, op. cit. p. 39].  Ignacio Ramírez “El nigromante” no sólo fue un destacado poeta y primer expositor del ateísmo en nuestro país, criticó los moderados resultados del gobierno de Juárez, por no haber llevado las reformas políticas al terreno de la liberación de los jornaleros y campesinos, por eso el suyo se le conoce como liberalismo-social.  Atacó la gran propiedad de la iglesia y de los ricos, pero se deslinda del socialismo en virtud del tema de la propiedad: “[la propiedad] puede modificarse o limitarse, pero jamás destruirse” [García Cantú, El Socialismo en México, pp. 82-83]. Lo curioso es que la mayoría de los socialistas del siglo XIX hubieran estado de acuerdo con esta proposición. 

La primera utopía mexicana

Caso diferente al de Adorno es el de Nicolás Pizarro Suarez. Abogado de ideas liberales, organizará la huida de Juárez de Palacio Nacional por órdenes de Comonfort, fue diputado y magistrado del Tribunal Superior de Justicia del DF y colaboró con la primera administración de Porfirio Díaz. Como abogado defendió a los pueblos indígenas y desarrollo una serie de textos en forma de catecismo donde enarbolaba ideas que, junto con las de Ignacio Ramírez, se conocen como liberalismo social: oposición a la iglesia oficial, a favor de los pobres y los explotados, quería resolver el problema social al mismo tiempo que el político, quería acabar con la explotación del peón. Dará a sus prédicas sociales un lenguaje religioso y cristiano –por ello la forma de catecismos en las que escribió la mayoría de sus obras políticas-, en este estilo escribió:

“[…] han sino las estrellas cuya luz ha alentado a los oprimidos, y que su aparición ha marcado en el mundo épocas de revoluciones importantes. Fray Bartolomé de las Casas y el obispo de Quiroga consolando a los esclavos de Anáhuac; Hidalgo y Morelos dándoles libertad y patria, serían con mucho la prueba de que el sacerdote cristiano tiene por misión principal sembrar la semilla de la igualdad y la justicia, lo cual es exactamente destruir con el Evangelio en la mano los tronos de la tiranía” [Citado en: Iliades, C. “Las otras ideas, El primer socialismo en México”, p.78].

En su Catecismo Moral (1868) Pizarro citaba la frase de Renan en su Jesús: “si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y repártelo entre los pobres” [García Cantú, “El socialismo en México, siglo XIX”, p. 170].

Pero Pizarro fue, además, el primer creador en el papel de una utopía comunista ideada en y para tierras mexicanas. En su novela romántica “El monedero” (editada en 1861) expone una sociedad ideal bajo la inspiración de Fourier y su falansterio. De acuerdo con Iliades “Pizarro fue uno de los primeros escritores mexicanos que volvió al conflicto social tema literario […] El comerciante equivale en El monedero a un parásito social alimentado por la especulación. La Iglesia Católica es una institución rica, retrógrada y opresiva. Del otro lado estaba el pueblo compuesto por trabajadores manuales, indígenas, hombres y mujeres ocupados en actividades productivas, curas comprometidos con sus feligreses, ricos arrepentidos y proclives a compartir sus bienes, soldados patriotas y gobernantes honestos. La suma de sus acciones heroicas permitirá recobrar la patria extraviada y formar una nueva nación sustentada en el trabajo” [Op. cit. pp. 86-87.]. 

El contexto de la novela es la guerra contra los conservadores. La ciudad ideal de Pizarro se llama “La Nueva Filadelfia” y está edificada en Atoyac Jalisco, en el primer intento es destruido por el ejército y los impuestos parroquiales, pero se vuelve a construir.

“[…] Edificada otra vez, acuden a ella otros campesinos antes sus cuatro puertas, hasta hacer indispensable levantar otra ciudad, igualmente ideal. Diez años después, hacia 1858, cuando Juárez abandona la capital por el golpe de Estado de Zuloaga, hace un alto en el camino, en compañía de Ocampo, no sin asombro, pregunta: ¿Qué es eso? La respuesta se la da el guía, encaminándolos hasta una pequeña loma desde la cual contemplan los campos sembrados de algodón; los árboles circundan el valle, trazado por las líneas paralelas de los surcos; hombres, mujeres y niños, sin capataz alguno, dedicados a la recolección de frutos y de los capullos; al fondo, los edificios, situados en el centro de las líneas circulares de las pequeñas habitaciones de la comunidad. Entre preguntas y respuestas, Ocampo y Juárez advierten cuál era el futuro del país. El tañido de una campana recuerda a Ocampo que era la señal para que cada uno cumpliera con su deber. El de ellos era proseguir la lucha. La meta, sin embargo, estaba allí: en La Nueva Filadelfia” [García Cantú, “El socialismo en México, siglo XIX”, p. 168].  

García Cantú resume el aspecto arquitectónico de la ciudad ideal: “El fundador de La Nueva Filadelfia dicta, a quien habría de hacer posible la fundación de la ciudad, el plan de su utopía: la primera línea de habitaciones se establecería, formando “un círculo de una legua de circunferencia, de lo que debe resultar que cada una de estas distará del centro unas 795 varas”. La primera línea no será construida hasta que La Nueva Filadelfia no llegara a cierto grado de prosperidad. Habría cuatro entradas, hacia los puntos cardinales, “con puertas sólidamente adheridas a unos arcos, junto a los cuales se construirán las habitaciones para que en ellas vivan los encargados de cerrarlas” [Op cit. p. 161].

Por su significado y valor sintomático vale la pena citar extensamente el modelo utópico de Pizarro. Como toda utopía es tanto más detallada en lo grande y lo pequeño -además de contener las manías del autor- cuanto más irreal es el proyecto:

“A la mitad de la distancia de la primera línea de casas se edificarían las de la segunda línea, formando una circunferencia. Pizarro describe la forma común de las 250 casas de la segunda línea, con las de la primera, convergiendo hacia el centro, “donde se construirán jacalones, que gradualmente irán sustituyéndose con elegantes y sólidos edificios destinados a:

1° Para templo cristiano.

2° Escuela que alternativamente servirá para niños y adultos.

3° Para cuidar a los infantes que no puedan acompañar a las madres al campo o a los talleres sin estorbarles mucho en su trabajo. 

4° Para refectorio y cocina de la comunidad.

5° Para diversas fábricas que se establezcan. 

6° Para que se reúnan de noche después de la cena las familias que buenamente quieran… Este edificio será grande en extensión, y después del templo y la escuela, el que reciba las mejoras de mayor consideración, según los fondos que se logre disponer.

7° Habitaciones para el director, el capellán, el preceptor de los niños y adultos, el médico y el maquinista.

El sitio en el que se levantaría la Nueva Filadelfia, como el previsto por Fourier [señala Cantú] disponía todos los actos de los habitantes desde el amanecer:

A las cuatro de la mañana sonará la gran campana de La Nueva Filadelfia, colocada en la punta más alta de los edificios centrales, y su toque será repetido por las campanas situadas al principio de las cuatro calzadas de comunicación en cada uno de los cuatro vientos en la primera línea de habitaciones, para que los colonos paseen a su familia, la que vendrá toda al templo a suplicar al Todopoderoso que nos continúe su protección. Este acto solemne comenzará a las cinco en punto y en él se cantará un himno…

En seguida pronunciará el capellán alguna plática moral, de poca duración, que debe terminarse antes de las cinco y media.

De esta hora a las seis y media, leerán, escribirán y harán cuentas los adultos, y los que sepan estos ramos aprenderán matemáticas, física, mecánica, etc., sirviendo de catedrático el director. A los que no supieran las primeras letras les darán lección uno o dos colonos, los que sean a propósito y más adelantados. 

Los niños entrarán a la escuela después de que salgan los adultos, y no permanecerán en ella sino dos horas por la mañana y dos por la tarde, destinando el tiempo restante al aprendizaje en las fábricas o en las faenas agrícolas que puedan desempeñar. 

Las mujeres tendrán su escuela aparte a la misma hora que los hombres, y cuando salgan aquéllas a sus labores entrarán las niñas, permaneciendo dos horas por la mañana y dos por la tarde, ocupándose también gradualmente en las faenas agrícolas o fabriles que requieran poca fuerza.

La primera faena será de seis y media a nueve y media, comenzando unos en el campo y otros en las fábricas.

La segunda faena de nueve y media a doce para que continúen en el campo los que hayan hecho la primera faena en las fábricas, y recíprocamente, para que vengan a las fábricas los que hayan empezado el trabajo del día en el campo.

De doce a una, comida. 

De una a tres de la tarde, descanso. 

De tres a seis la última faena con la misma alternativa que la segunda.

Según sea la urgencia de trabajo, porque haya gran demanda de artefactos, o porque el campo requiera en ciertas épocas mayor número de brazos, comenzarán muchos operarios la primera faena en donde más se necesitare.  

La distribución antecedente es aplicable a las mujeres y a los niños teniendo solamente en consideración que por ser más débiles deberá reservárseles las ocupaciones que requieran menos esfuerzos.

La colación será a las siete de la noche.

Después de ello hasta las nueve, pasarán las familias de los colonos a la GRAN ROTONDA formada de una extensa galería circular que abrazará todos los edificios centrales, bien ventilada, cubierta con vidrios en lo que no tuviese pared, profusamente iluminada y con muebles de comodidad, a fin de que se diviertan en lo que guste cada individuo, a cuyo objeto habrá juegos de billar, de damas, de ajedrez, música para que bailen y canten los jóvenes, un pequeño teatro para que se preparen algunas representaciones, y en una palabra, todos aquellos placeres honestos que se pueden proporcionar en una asociación íntima, sin etiqueta ni vanas rivalidades, haciendo observar una decencia estricta y la más pura moralidad. 

Para no concurrir en alguna noche necesitará el que faltare voluntariamente obtener licencia del director, y si fuese mujer se retirará con su esposo, padre o hermano; si fuese casado, con su esposa, y si es soltero, con la madre.

El director distribuirá todos los trabajos y señalará a cada uno el que le convenga; pero en todos los casos graves, o no previstos por el reglamento, obrará de acuerdo con la JUNTA DE ANCIANOS compuesta de los [p. 163] siete socios de mayor edad, la cual puede en cualquier caso suspender lo determinado por el director, siempre que haya en tal sentido cinco o más votos.

La junta se reunirá todos los días después del desayuno, y no ofreciéndose cosa que consultarle se disolverá, haciendo antes constar en un acta, su simple reunión o lo que se acuerde.

El reglamento de la Asociación se fijará en la puerta del Templo y en la de los obrajes.

[…] como norma suprema: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Los 1500 colonos de La Nueva Filadelfia recibían en un año de labores, cubiertas todas las necesidades previsibles, 35 pesos por habitante. Era, sólo, el principio. [p.164]

En La nueva Filadelfia solamente se admitirán familias y no personas aisladas cuya procedencia se ignore; respecto de aquéllas no se hará otra indagación sino en lo relativo a su actitud para el trabajo, a fin de distribuir convenientemente a los individuos de que se compongan. Los objetos que recibirá cada familia para su uso, cuyo importe se cargará en su cuenta, excepto la habitación, serán los siguientes:

Una vivienda compuesta de salita y recamara.

Un banco de cama de madera blanca.

Un zarape para cada individuo de la familia.

Cuatro sábanas ídem.

Una mesa.

Seis sillas

Un sombrero propio para el trabajo a cada uno de los trabajadores.

Dos camisas para cada hombre y dos para cada mujer; en la misma proporción la ropa interior necesaria.

Dos blusas y dos pares de pantalones para cada hombre, y dos vestidos para cada mujer.

Zapatos para trabajo, cada vez que sean necesarios. 

La caja del dinero se depositará en el templo, y tendrá dos llaves, una que se guardará por el consejo de administración, y otra en la junta de ancianos todos los cuales estarán presentes siempre que se haya de sacar alguna cantidad por orden del director y recibo del mayordomo, cuyo documento quedará en lugar del dinero, tomándose antes  razón de  su monto y del objeto a que se destina la cantidad en el libro de caja” [Op. cit. pp. 162-168].

Todo lo anterior es pura utopía, pero tiene el mérito de ser la primera concebida en nuestro país y de situarla en el contexto de un enfrentamiento de clases; más audacia la de Pizarro la de haber creído, aunque fuera en el terreno de la novela, que el objetivo de la Guerra de Reforma era la instauración de algún tipo de socialismo, sus ideas se adelantan toscamente al enlace que establecerá El Partido Liberal de Ricardo flores Magón entre las consignas por reformas y las socialistas. Aunque quizá le estemos atribuyendo demasiado a las ideas de Pizarro.

El aporte de Rhodakanaty al socialismo mexicano: del mutualismo al cooperativismo

Plotino Rhodakanaty fue un inmigrante italiano seguidor de Fourier y Proudhon, parece ser que conoce a este último en 1850. El decreto del gobierno liberal de Comonfort ofreciendo a los extranjeros el establecimiento de colonias agrarias lo atrajo, lo veía como la oportunidad para experimentar los falansterios de Fourier. Llega a México en febrero de 1861 pero no se concreta la fundación de sus colonias. Ya en México publica su “Cartilla socialista o sea el Catecismo elemental de la escuela de Carlos Fourier”. La esencia de sus ideas la explica el mismo Rhodakanaty de la siguiente forma:

“La bandera roja que tremola La Social es el símbolo del amor, que es un fuego activo, y vivificador hacia los desheredados; también simboliza la filantropía universal que proclamamos para la restauración de la unidad primitiva de la gran familia humana, así como más latamente la guerra a muerte y sin cuartel que hemos jurado hacer a todos los enemigos de la clase pobre y desvalida. Mirad ahí el ojo eterno de la providencia divina que venía incesantemente sobre el género humano, y cómo por medio de la igualdad absoluta y el nivelamiento perfecto de la sociedad, que es lo que indica la escuadra y la plomada del albañil, se restablecerá la paz universal en el mundo, y cuyo emblema es el ramo de oliva que ahí mismo podéis observar. ¡Qué bello y sublime simbolismo es el de nuestra Sociedad, que viene realizando el reino de Dios y su justicia en la tierra!” [Citado en: García Cantú, El socialismo en México, siglo XIX, pp 174-175].    

Por su contenido teórico las ideas de Rhonakanaty no estaban muy por encima de las de Adorno o Pizarro: una moral eterna y absoluta basada en el cristianismo, la fraternidad universal, panteísmo; sin embargo, aquél hizo un gran servicio por la causa del proletariado en nuestro país, que lo sitúa en un pedestal muy superior a sus antecesores doctrinarios, razón por la cual Cayetano Valadés lo ubica como el primer socialista en México; el gran paso dado por Rhodakanaty fue el haber conectado las ideas socialistas, así sean toscas y primitivas, con el pueblo, primero a través de círculos de discusión que formaron a los futuros fundadores de la primera organización política de los trabajadores mexicanos –en la que el mismo Plotino participó-, el haber inspirado el Primer Congreso Obrero que intentó aglutinar a todos los trabajadores del país, el haber formado los cuadros políticos que llevarían al movimiento del mutualismo al cooperativismo –siguiente paso en la organización obrera-, un cooperativismo que jugó un rol sindical y se enfrentó por primera vez como clase a la burguesía y los patrones, el haber inspirado la primera insurrección abiertamente socialista de que se tenga memoria. Esta titánica labor se la debemos a Rhodakanaty y por ello brillará por siempre en la constelación de los luchadores por el socialismo en nuestro país, aunque sus ideas parezcan las de un profeta. 

El 5 de junio de 1853 se instaura en la Ciudad de México la Sociedad Particular de Socorro Mutuos que es, probablemente, la primera organización mutualista del país. Como vimos,  Sotero Prieto había fundado  hacia 1837-38 la “La compañía de artesanos de Guadalajara” pero parece ser que se trató de una empresa comercial; como sea, daba cabida a los capitalistas entre los que se encontraba el mismo Sotero. En 1844 Epifanio Romero –que después sería fundador del mutualismo- creó con artesanos ebanistas la Sociedad Artístico Industrial, pero se trataba de perfeccionar el trabajo de los ebanistas a la manera de los maestros y aprendices medievales. Después de su fundación en 1853 el movimiento mutualista se extendió a otros oficios y nuevas agrupaciones de carácter estrictamente gremial. Valadés explica el objetivo de estas primeras organizaciones del proletariado en nuestro país:

“Establecimiento de sucursales en las principales ciudades de la República; fundación de un banco protector de las clases pobres; mantenimiento de un asilo para mendigos y para obreros inhabilitados para el trabajo; constitución de grandes centros obreros para buscar el mejor servicio en el interior de los talleres y de las fábricas; reglamentación de un sistema de socorros a los socios enfermos y auxilios a las familias de los que fallezcan; lucha por la paz de la República, llamando al seno de esta sociedad a todos los pobres a fin de que en las contiendas políticas permanezcan alejados de la miseria y de la muerte” [Valadés, Op. cit. p. 19]. 

El lado progresista del mutualismo consiste en que fue incubadora de la solidaridad entre la clase obrera, el apoyo mutuo fue un embrión de la consciencia de clase; su lado negativo estaba en que esta solidaridad era pasiva, no se aplicaba en la lucha contra el patrón, excluía la lucha política limitándose a  curar y lamer, de manera pasiva y resignada, las heridas producidas por la explotación, por ello Porfirio Díaz promoverá este tipo de organizaciones. El servicio que hizo la obra de Rhodakanaty –que supera por mucho sus limitaciones ideológicas- fue el de haber mostrado el camino para que las organizaciones mutualistas se convirtieran en organizaciones de lucha económica, es decir, en sindicatos no reconocidos por la ley, lo cual en aquel periodo fue un gran paso adelante. 

En 1863 Rhodakanaty funda una escuela en la ciudad de México donde promueve sus ideas “trascendentalistas”, logra aglutinar a un grupo de jóvenes que jugará un papel muy relevante en el futuro del movimiento: Francisco Zalacosta y Santiago Villanueva, los más importantes. En 1864 sus discípulos fundan, en la Ciudad de México, organizaciones mutualistas entre los sombrereros y sastres. Sobre la base del viejo mutualismo las convertirán en organizaciones de combate. El 10 de junio de 1865 los obreros textiles de la fábrica de San Ildefonso deciden dejar el trabajo, los siguen los trabajadores de la fábrica La Colmena. “Fue la primera huelga que, organizadamente, se llevó a cabo en México” [Valadés, Op. cit. p. 36]. La huelga es brutalmente reprimida por el gobierno monárquico de Maximiliano, los obreros son exiliados a Tepeji del Río, pero había germinado una semilla muy importante en la historia de la clase obrera. 

Este germen rendirá frutos muy relevantes el 8 de julio de 1868 cuando los trabajadores textiles de “La Fama Montañesa” se van a huelga con el siguiente pliego petitorio:

“1° Se pide respetuosamente a los señores propietarios de las fábricas de hilados y tejidos, que ordenen a los señores correiteros un mejor tratamiento en las secciones de tejido y que se abstengan de abusar de su autoridad con las obreras; 2° Es de pedirse, y se pide, que en lo sucesivo se use mejor material que el hasta ahora usado, ya que esto redunda actualmente en perjuicio de los bajos salarios que los artesanos obtienen; 3° Se pide que en el pueblo de Contreras se deje establecer el comercio libre, pues siendo este pueblo de categoría dentro de la República, no es posible admitir que se mantenga en calidad de propiedad particular; 4° Se pide que las mujeres solamente trabajen doce horas para que atiendan los deberes del hogar; 5° Se pide que los menores de edad sean pagados por los propietarios de las fábricas; 6°  Se pide que en lo sucesivo los operarios y los empleados cubran sus cuentas de índole privada libremente; 7° Se pide que se respete el libre derecho de los artesanos, haciendo ver que el respeto al derecho ajeno es la paz” [Valadés, op cit. p. 44].

Las peticiones muestran a un proletariado surgido de una industria de manufactura y cooperación simple –etapas primitivas de la organización capitalista del trabajo-, todavía artesanal y pequeñoburgués, pero han dado un paso de gigante. El gobierno de Juárez, tras entrevistarse con una comisión de los huelguistas, acepta el pliego petitorio de los trabajadores, se trata quizá de la primera huelga triunfante en la historia del país. 

La primera insurrección socialista

La represión de 1865 obligó a los miembros de la escuela de Rhodakanaty a exiliarse, Plotino y Zalacosta se van a Chalco intentando retomar la idea de una colonia agrícola fourierista y una escuela socialista. Impulsaron con éxito esto último, fundando la escuela “La moderna y libre” atrayendo a los campesinos locales; mientras tanto los otros miembros del grupo se unieron a las organizaciones mutualistas de Epifanio Romero en la Ciudad de México para difundir las ideas socialistas. Como suele suceder en los periodos de inflexión histórica o de recambio en los métodos de organización, el viejo Epifanio se opuso al socialismo, se escinde y busca abrigo y patrocinio en el gobierno de Juárez que acababa de vencer contra la intervención francesa, creando organizaciones mutualistas donde se nombra a Juárez Presidente Honorario. Desde los inicios de nuestro movimiento podemos encontrar alas oportunistas que buscan la conciliación de clases y la fusión con el Estado.   

La  escuela “La Moderna y libre”, impulsada por Zalacosta y Plotino atrajo a un joven que pronto aprendió a leer y ya daba conferencias socialistas a los campesinos, se llamaba Julio López Chávez.  Los campesinos esperan el reparto agrario tras el triunfo de Juárez, la desamortización había no sólo afectado los bienes de la iglesia sino a las comunidades campesinas y de hecho –como fue el caso de la liberación de los siervos en la Rusia de los zares- fortaleció el latifundio porque los únicos que podían adquirir las tierras eran los más ricos. Con un socialismo elemental que se sintetizaba en el credo de Julio Chávez: “Soy socialista porque soy enemigo de los gobiernos y comunista, porque mis hermanos quieren trabajar la tierra en común” [Valadés, op cit. p. 50], se lanza a organizar la insurrección cuando las peticiones de tierra caen en oídos sordos ante el gobierno de Juárez. La última carta a Zalacosta confirma que había organizado una guerrilla para lanzar la insurrección socialista: “…estamos rodeados por un batallón. Nada importa. ¡Viva el socialismo! ¡Viva la libertad!” [Valadés, Op. cit, p. 53]. El 1 de mayo de 1869 comienza la insurrección. “El manifiesto a todos los oprimidos y pobres de México y el Universo” es un documento conmovedor que encabeza la primera insurrección socialista de nuestro país. Vale la pena citarlo extensamente:     

“Ciudadanos mexicanos: Ha llegado la hora de conocer a los hombres con el corazón bien puesto; ha llegado el día en el que los esclavos se levanten como un solo hombre reclamando sus derechos pisoteados por los poderosos. Hermanos ha llegado el momento de despejar el campo, de pedir cuentas a los que siempre nos las han exigido; es el día de imponer deberes a quienes sólo han querido tener derechos.

Vamos a una contienda de sangre. ¿Pero qué importa si esta sangre es generosa? Fertilizará nuestros campos; dará exuberancia a las plantas y dejará un rastro a la humanidad del futuro. […]

¿Qué poseemos sobre la superficie del universo, los que vivimos clavados en el trabajo? ¿A quién deja beneficio el sudor de nuestras frentes, las lágrimas de nuestros ojos, el dolor de nuestras espaldas, el cansancio en nuestros brazos, la fatiga en nuestros pies y la angustia en nuestros corazones? ¿Quién ha pensado alguna vez en recoger lo que siembra, cuando todo se nos arrebata? […]

Es un sistema que exclusivamente se dirige a mancillar la existencia de un peón. Nuestros padres fueron comprados por la hacienda, al precio de un real diario de jornal, y como no era posible poder subsistir con un real, porque en los mercados establecidos por las haciendas se compraban los artículos a los precios más exagerados, aún aquellos artículos que nosotros hacemos producir con nuestra mano, mes por mes y año por año, se iba haciendo una deuda a cargo de nuestros padres […] 

¿Y quién ha cooperado en mantenernos en el silencio, en la humillación, en la ignorancia y en la esclavitud? La iglesia y solamente la iglesia que por medio de sus hipócritas misiones, ha tejido la mentira de la salvación espiritual en un lugar que no es la tierra. Nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras esposas y nuestras hijas, rezan con fervor pidiendo a todos los santos que nos salven de esta situación horrenda.

Más todo ha sido en vano, por que según ellos, los frailes, hemos venido a padecer a este valle de lágrimas y tenemos que esperar para que en el cielo nos premien la resignación. Lo más curioso del caso, es que los que nos piden resignación son los menos que se resignan a una existencia penosa, ya que han adquirido propiedades inmensas, las han explotado a sus anchas y con grandes beneficios y también con toda paciencia nos han explotado: HAN COMIDO OPÍPATAMENTE DEL SUDOR DE NUESTRA FRENTE.

Los curas nos han engañado profanando la doctrina del gran Cristo, a quien hay que reivindicar, ya que sus promesas de caridad, de paz y de concordia siempre han sonado en nuestros corazones con inmensa alegría. Por desgracia, no se ha llegado el momento de hacerlas efectivas porque sus llamados representantes desempeñan el papel de judas […]

Si los curas son malos, también lo son todos los hombres que mandan. ¿Qué diremos de eso que hemos dado en llamar gobierno, y es tiranía? ¿Dónde está el gobierno bueno?

Juárez, a pesar de llamarse republicano y enemigo de la iglesia, es un mocho y déspota: es que todos los gobiernos son malos. Por eso, ahora nos pronunciamos contra todas las formas de gobierno: queremos la paz y el orden.

Hemos pedido tierras y Juárez nos ha traicionado. ¿Por qué no tener el pedacito de tierra que labramos? […]

¿Qué queremos nosotros?

Hermanos nuestros:

Queremos el socialismo, que es la forma más perfecta de convivencia social; que es la filosofía de la verdad y de la justicia, que se encierra en esta triada inconmovible: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Queremos destruir radicalmente el vicioso estado actual de explotación, que condena a unos a ser pobres y a otros a disfrutar de las riquezas y el bienestar; que hace a unos miserables a pesar de que trabajan con todas sus energías y a otros les proporciona la felicidad en plena holganza.

Queremos la tierra para sembrar en ella pacíficamente y recoger tranquilamente, quitando desde luego el sistema de explotación; dando libertad a todos, para que siembren en el lugar que más les acomode, sin tener que pagar tributo alguno; dando libertad para reunirse en la forma que más crean conveniente, formando grandes o pequeñas sociedades agrícolas que se vigilen en defensa común, sin necesidad de un grupo de hombres que les ordene y castigue.

Queremos abolir todo lo que sea señal de tiranía entre los mismos hombres viviendo en sociedades de fraternidad y mutualismo, estableciendo la República Universal de la Armonía.

¡Pueblo Mexicano!

Este es nuestro plan sencillo, que haremos triunfar en alguna forma y en pos del verdadero triunfo de la libertad.

Seremos perseguidos; tal vez acribillados ¡no importa! Cuando en nuestro pecho laten esperanzas. Qué más tenemos en nuestra vida si no es morir antes que perseguir perpetuando el agobio de la miseria y de los padecimientos. Se nos desprecia como liberales, se nos mancilla como socialistas y se nos condena como hombres. Es indispensable salvar el momento y levantar nuestros esfuerzos en torno de esa sacrosanta bandera de la revolución socialista, que dice desde lo más alto de la república: “Abolición del gobierno y de la explotación”.

Alcemos nuestra cara buscando con serenidad nuestra salvación que radica en nosotros mismos. […]   

¡Viva el socialismo! ¡Viva la libertad!

Dado en Chalco, en el día 20 del mes de abril del año 1869” [García Cantú, Gastón, El socialismo en México siglo XIX, Era, México, 1984, pp. 58- 61].

La guerrilla de Julio López Chávez logró aglutinar a 1,500 insurrectos pero son derrotados en Actopan Hidalgo el 17 de agosto de 1869. Chávez es trasladado al interior de la casa que ocupó la escuela moderna y libre y es fusilado por el gobierno de Juárez –que para ese entonces ya se parecía más al gobierno de Díaz- en la madrugada del primero de septiembre de 1869. “¡Viva el socialismo! Gritó frente al grupo de sus asesinos en el último instante de su vida” [Valadés, Op cit. p. 58]. En una carta Juárez demuestra un desdén absoluto para este primer mártir del socialismo en México “[…] Lo de la Sierra no vale nada y ya me anuncia el general Escobedo que todo habrá terminado dentro de pocos días. Ya sabrá usted que fueron fusilados Gálvez y Julio López, después de haber sido completamente derrotadas las fuerzas que mandaban” [Cantú, El Socialismo en México, siglo XIX, p. 63]. Tras la insurrección Rhodakanaty es aprendido y se le expulsa de las zonas insurrectas, se va a Michoacán, Zalacosta pasa a la clandestinidad. 

En 1979 se da otro levantamiento campesino (al menos se lanza un plan), que retomará las demandas de tierra de tiempos de la lucha de independencia y las insurrecciones de los estados de Guanajuato y Querétaro de 1849, el Plan Socialista de la Sierra Gorda encabezado por Diego Hernández y Luis Luna. Señala García Cantú que: “El plan de referencia contiene varias innovaciones respecto de los promulgados hasta entonces: desconoce la propiedad de las tierras obtenidas por derecho de conquista, lo cual revela la continuidad de los principios de la revolución de Independencia; establece la propiedad de la tierra como condición fundamental de las libertades civiles; ninguno de los gobiernos, hasta entonces –se afirma- había mejorado, en realidad, al pueblo; proclama el derecho de la nación a la propiedad de la tierra, lo mismo que haría -ya no como traslado del derecho real- el constituyente de 1917; admite, con los mismos derechos de los mexicanos, a los extranjeros nacionalizados y, si eran pobres, recibirían gratuitamente tierras; reduce la propiedad de los hacendados a sus casas, ganado, y tierras que pudieran cultivar; abolía las deudas contraídas con los hacendados; agrupaba a la población dispersa en pueblos, con tierras propias; constituía la República, a partir del municipio; verdadera raíz democrática y representativa y, por último, proponía una reforma electoral para que el pueblo participara en la designación de sus autoridades” [El socialismo en México, siglo XIX. p. 67].

El Gran Círculo de Obreros de México

La onda expansiva de la creación de la Primera Internacional alcanzó tierras mexicanas. Quizá a través de los contacto de Rhodakanaty en Europa el acontecimiento entusiasmó a los trabajadores más avanzados agrupados en las sociedades mutualistas bajo la influencia de Zalacosta y Villanueva: “Fue tan grande el entusiasmo que despertó La Internacional, que desde luego se hizo una invitación a todas las sociedades con el fin de constituir un círculo general de los trabajadores organizados” [Valadés, Op. cit. p. 66]. Así, el 20 de marzo de 1871 se funda El Gran Círculo de Obreros de México, primera organización proletaria del país que se propone enarbolar los intereses de la clase trabajadora. También se funda La Social –después se refundará de nuevo- en ese mismo año, que pretende aglutinar a los trabajadores socialistas, aunque permanecen los fines altruistas confusos propios del primer socialismo. El impacto de la Comuna de París también inflamó de entusiasmo a los sectores más militantes del movimiento, con el objetivo de difundir el Socialismo y la Comuna se fundan periódicos como La Tribuna y, destacadamente, el 9 de julio de 1871, El Socialista; en el cintillo de este periódico se leía “periódico semanario destinado a defender los derechos e intereses de la clase trabajadora.”  

La labor de periódicos como El Socialista, El Hijo del Trabajo, La Internacional y Revolución Social  fue la de exponer la confusa voz del proletariado que tomaba “consciencia para sí”. En sus páginas se desarrolló por primera vez el periodismo social, se dieron a conocer las ideas de los utópicos, las noticias sobre La Comuna de París, las resoluciones de los congresos de la Primera Internacional, el desarrollo de las huelgas. Cantú afirma que en la pluma de escritores como Ángel Pola se desarrolló el periodismo moderno, sus artículos eran reseñas vívidas y concretas de las condiciones sociales de los peones. Aunque, como es obvio, las páginas de El Socialista solían expresar un socialismo moral, cristiano, ecléctico; un día un artículo anarquista, el otro uno favorable al gobierno liberal; también dieron a conocer por primera vez en México El Manifiesto Comunista de Marx.  Taibo II señala que “Marx no se conoció en los ámbitos partidarios hasta 1925 (El Manifiesto se edita seis años después de haber nacido el PC)” [Taibo II, “Bolcheviques”, p. 13]; probablemente se refiere sólo a lo que respecta al PC porque en realidad El Manifiesto se publicó en México en 1884, aunque lo publicó un periódico que ya había moderado mucho su línea política y había caído bajo la influencia del gobierno. 

Las posturas de clase de El Gran Círculo nunca estuvieron totalmente definidas, las posiciones eran confusas y ambiguas, se acepta el ingreso de los patrones como miembros honorarios de la organización, se apoyan huelgas o se adopta la táctica de intentar convencer a los patrones sobre la justeza de las demandas obreras desdeñando el deseo de las bases por llevar adelante el movimiento. Esta ambigüedad será muy costosa para la organización cuando el ascenso del régimen de Díaz termine por cooptar a los dirigentes de la organización. La muerte de Villanueva en 1872 facilitó el ascenso de los elementos oportunistas. El costo de ello será que el movimiento tendrá que reemprender la marcha y muchos de los caminos andados. Los Flores Magón llegarán a conclusiones a las que, a su manera, Zalacosta y Villanueva ya habían llegado varios decenios atrás. 

Los debates del Primer Congreso Obrero (1876), lucha de clases u oportunismo

 Las posiciones ambivalentes se expresaron en el Primer Congreso Obrero de 1976 donde se reúnen 135 delegados representando a varias organizaciones mutualistas. Sin embargo, es este Congreso el primero en tratar de aglutinar a todas las organizaciones obreras del país y tiene la virtud de haber dado cabida a un intenso debate político, de ahí su contribución. La mejor relatoría sobre las discusiones del Congreso se la debemos a Valadés. 

Bajo la espesa maleza de la discusión sobre los estatutos que deben dirigir a la organización y sobre las demandas que deben enarbolar –temas centrales del congreso- se dibujan dos tendencias: la de Mata Rivera –director de El Socialista y quien participó en la elaboración del borrador de estatutos-, que sostiene que se deben dejar de lado las cuestiones teóricas, mantiene la tesis de la armonización de los intereses del capital y el trabajo, sostiene la idea de que los trabajadores deben abstenerse de hacer política pero, al mismo tiempo, es acusado de recibir dinero del gobierno y de Lerdo de Tejada.  Expone: “Yo digo que debemos de mantener la armonía entre el capital y el trabajo mientras pasan las revoluciones. Yo soy de los primeros socialistas mutualistas habidos en México y seguiré laborando porque se acaben: explotados y explotadores, opresores y oprimidos” [Valadés, op. cit. p. 140]. Pero ¿cómo acabar con la explotación si se mantiene la armonía del capital y el trabajo? La primera proposición se contradice con la segunda. Otros se oponían a todo tipo de dirección en la organización obrera, como los activistas de la actualidad que se oponen a todo tipo de centralización:

“[…] debemos decir: a la libertad se le opone siempre el poder” [ibid. p. 141]. Los más atrasados rechazan hablar de temas internacionales y de cualquier tipo de doctrina socialista: “mucho se habla de comunismo, de socialismo y de otros ismos de importación, que el señor Rhodakanaty, nos ha hecho conocer con piel de oveja” [Ibid. p. 143]. Otros más atinados como Serralde sostienen: “Ese proyecto de constitución obrera, demuestra el temor de sus redactores por un movimiento enérgico y revolucionario. Demuestra que al reconocerse una autoridad sobre los acuerdos del congreso, aunque se diga que no se tienen ligas con ningún gobernante, tendrán que ser aceptados sus mandatos, ésa es una salida de leguleyos; es la misma actitud que ha mantenido El Socialista, una veces hablando en contra de las huelgas, otras veces apoyándolas; después sosteniendo la necesidad de una revolución social y a renglón seguido haciendo gala de filantropía barata […] ¿Y cómo es posible que se nos proponga la armonía entre el capital y el trabajo?” [Valadés, p. 138]. Serralde vinculado con el viejo grupo de Zalacosta y Rhodakanaty  –al parecer los elementos más avanzados del Congreso- respondió a los prejuicios de los representantes antisocialistas del Congreso:

“Díaz González es, en efecto, un ignorante de la lucha obrera mundial, no conoce más allá que ir de México a Toluca y viceversa. Pero todos debemos saber que La Internacional se encuentra profundamente dividida y aunque no soy partidario en el sentido estricto de la palabra, del hermano Zalacosta, me siento más inclinado al pequeño grupo que se encuentra en Suiza y que publica el Boletín, que a los poderosos magnates que radican en Londres. Si no hemos aceptado la influencia de Carlos Marx, mucho menos vamos a aceptar la tiranía de El Gran Círculo. ¿Cómo es posible que sigamos siendo el rebaño que se pretende dirigir desde las columnas de El Socialista? ¿Cómo es posible que tengamos confianza en quienes han apelado a los gobernadores de los estados y al presidente Lerdo de Tejada? Don Sebastián es una buena persona, pero los obreros jamás podrán estar ligados a los gobernantes. La sociedad, desde su origen primitivo ha sido enemiga de la acción política […] no dejemos que rompa la sagrada unidad obrera” [Ibid. pp. 144-145].   

Se ha querido ver en estos debates la expresión del enfrentamiento entre marxistas y bakuninistas, pero sería forzar la realidad, los trabajadores aún no habían adquirido el nivel de consciencia para entender la trascendencia de este debate. Más bien se trataba de una polémica confusa pero de primera importancia entre lucha de clases versus la conciliación de clases. Los oportunistas tendían a la identificación con el capital y el gobierno, y los partidarios de la lucha de clases lo hacían bajo el ropaje de ideas anarquistas, el contexto del país explica que –al igual que los trabajadores de países como España, Italia y Rusia- los trabajadores más radicales tendieran al anarquismo; curiosamente, a pesar de las diferencias, todos coinciden –al menos en el discurso- en mantenerse alejados de la lucha política. Aunque en los oportunistas se trata de una doble moral.

Si bien es cierto que la conciencia de construir un Partido de clase para la toma del poder y la destrucción del Estado burgués es una conclusión marxista fundamental, en un contexto en donde los trabajadores habían sido carne de cañón de conservadores y habían sido engañados por los liberales, el rechazo a la participación política era la expresión de un instinto por mantener una independencia de clase. Incluso en los años 20s del siguiente siglo Lenin –en su entrevista de 1921 con el delegado mexicano del PCM, Manuel Díaz Ramírez- sostuvo que el prejuicio antipolítico de los trabajadores mexicanos quizá no era tan nocivo como lo sería en países como Alemania, y que la tarea inmediata era la lucha dentro de los sindicatos y ganar al campesinado mientras se educaba a la clase obrera sobre la necesidad de establecer la dictadura del proletariado y utilizar la táctica parlamentaria [Cf. Taibo II, “Bolcheviques”, p. 225]. Creemos que estos comentarios de Lenin debieron ser más ciertos en la época de El Gran Círculo.

Para tratar de salvar las diferencias el Primer Congreso Obrero redacta una especie de resolución o pliego petitorio que evade los temas que dividían a los grupos:

“1.La instrucción de los obreros adultos y la educación obligatoria de los hijos de estos.

2. El establecimiento de talleres para ir emancipando a los trabajadores del yugo capitalista.

3. Garantías políticas y sociales para los obreros y que el servicio militar no recaiga exclusivamente sobre ellos.

4. Aseguramiento de la más completa libertad de conciencia y de culto.

5. Nombramiento de procuradores generales de los obreros, encargados de promover lo que fuere provechoso para los trabajadores ante las autoridades.

6. La fijación del tipo de salario en toda la República (según requieran localidad y ramo) o sea la valorización del trabajo por los mismos trabajadores, con el propio derecho con que los capitalistas ponen precio a los objetos que forman su capital.

7. La creación de exposiciones industriales, promovidas por los artesanos.

8. La variación del tipo de jornal, cuando las necesidades del obrero lo exijan.

9. Atención directa al importante asunto de las huelgas.

10. Mejoramiento de las condiciones de la mujer” [Valadés. P. 147].

Tras el congreso, el grupo de Zalacosta decide escindirse de El Gran Círculo y formar su propia publicación más radical llamada “El hijo del Trabajo”, si bien enviaron una delegación a los consecuentes trabajos del Congreso, terminaron por romper toda relación con El Gran Círculo, en general sólo se presentaban para deslindarse. Es imposible afirmarlo con exactitud, pero probablemente la decisión del grupo radical favoreció el proceso de cooptación de El Gran Círculo, el que Díaz impusiera en la dirección en 1879 a sus agentes Carlos Olaguibel, Francisco González y Carmen Huerta, y que, por otra parte, el otro grupo, apoyara al no menos reaccionario gobernador de Zacatecas Trinidad García de la Cadena. Olaguibel será parte de la primera camada de charros del movimiento obrero, su recompensa será un empleo en la Secretaría de Fomento, con el dictador, y para otros trásfugas candidaturas a regidores.  Díaz logra dividir al movimiento. Una segunda convocatoria al Congreso Obrero (1880) mostrará a un movimiento dividido que se expresó en las atropelladas sesiones del congreso, con recriminaciones mutuas para que al final se formara una fantasmal Gran Confederación de los Trabajadores Mexicanos; era tarde, la mayoría de los dirigentes ya habían sido cooptados por el gobierno. 

Incluso “El Hijo del Trabajo” apoya al gobierno de Díaz pero los irreductibles Rhodakanaty y Zalacosta deciden refundar La Social (1877), se desecha la filantropía a favor de la revolución social; aún en un lenguaje que habla en nombre del género humano se declaran internacionalistas y promueven una confusa interpretación de Proudhon: “En una palabra, el pensamiento general de la revolución social, debe tenderse incesantemente en último resultado a procurar el aumento de la riqueza general por el aumento de todo salario y según la formula proudhoniana: A hacer trabajar a todo el mundo por nada. A fin de que cada uno goce de todo por nada” [Valadés, p. 154].   A pesar de la confusión, La Social establece como principios la independencia de clase, la oposición de los intereses de obreros y patrones, la necesidad de la revolución social, se proclaman “socialistas revolucionarios” para diferenciarse de los oportunistas. Fundan un nuevo periódico llamado “La Internacional”. Sin duda, con todo y sus limitaciones, se trata de conclusiones importantes. 

Un héroe liberal se convierte en socialista

En 1877, Zalacosta viaja por el Estado de México, Tlaxcala, Puebla e Hidalgo para organizar al campesinado, organizan la primera asamblea de trabajadores del campo en nuestro país, que conforma El Gran Comité Central Comunero el 15 de agoto de 1877. Entre el comité electo estaba Alberto Santa Fe. De acuerdo a la información dada por Cantú, Santa Fe era un militante que, aunque apenas tenía 38 años, tenía un largo “pedigrí” en la lucha liberal de nuestro país, con menos de 20 años de edad llegó a alférez bajo la órdenes del general Zauzua con el que combate contra el conservador Miramón, bajo las órdenes de Escobedo comanda una cuadrilla de rifleros, realiza heroicas tareas para llevar recursos a las tropas liberales. En Bejar, Texas, conoce a Considerant –el alumno de Fourier-, como coronel combate a los franceses al mando de una columna en Tamaulipas, como Mayor de una columna de caballería combate a los invasores bajo las órdenes de Porfirio Díaz. Luego combate a su antiguo jefe cuando éste se alza con el Plan de Tuxtepec, desparecen sus condecoraciones y grados.

 Santa Fe se radicaliza, el suyo será el mejor ejemplo de un viejo luchador liberal que se pasa a la causa socialista –un socialismo que pretendía representar a todo el pueblo, Santa Fe se proclama socialista pero no comunista. El 4 de julio de 1878, ya distanciado del grupo de Rhodakanati, funda en la ciudad de Puebla el primer Partido Obrero de la historia de México: El Partido Socialista, Santa Fe es el Presidente y como Primer Secretario aparece Manuel Serdán, el padre de Aquiles Serdán, futuro mártir de la revolución de 1910. El programa del Partido Socialista representaba un paso atrás con respecto a las conclusiones de La Social, se plantea la vía legal e incluso la esperanza de que el gobierno adoptará su programa, pero tiene la virtud de romper por primera vez el prejuicio anarquista con respecto a la necesidad de un Partido de los trabajadores que se proponga la toma del poder político. Se avanza en algunos puntos y se retrocede en otros: “los socialistas mexicanos, al constituirse en Partido, resuelven: luchar por organizar a todos los simpatizantes, con el fin de, a la mayor brevedad posible, conquistar por la vía legal, el poder político de la República e implantar la Ley del Pueblo, bien por los miembros del Partido o bien porque el gobierno federal la adopte por necesidad” [García Cantú, “Utopías mexicanas”, p. 17.]. Aunque se trataba de un programa que dejaba mucho que desear, las acciones de Santa Fe estaban muy por encima de su pobre declaración de principios: funda, con Manuel Serdán, el periódico “Revolución Social” y encabeza –o al menos participa-  en una insurrección campesina, con el programa de la Ley del Pueblo en San Martin Texmelucan en febrero de 1879. 

La Ley del pueblo era un programa agrario radical que pretendía cambiar la situación económica del pueblo por medio de reparto de tierras, un proyecto para la industrialización y el armamento del pueblo. Cuando, desde la cárcel, Santa Fe explica sus motivos, realiza un sobrio análisis de la situación del país, que –dentro de los marcos del radicalismo pequeñoburgués- demuestra que el pensamiento de Santa Fe calaba hondo, ya que su diagnóstico parece haber sido escrito ayer, además, el abandono de la retórica ampulosa y mesiánica del socialismo religioso fue una bocanada de aire fresco: 

“Primero. La independencia es una cosa buena: sin embargo, desde que México es independiente, hemos vivido en constante guerra civil, hemos perdido la mitad de su territorio y nos hemos arruinado, ¿por qué?

Segundo. Hemos, sin embargo, ensayado todos los sistemas de gobierno, el imperio y la república, la república central y la federativa, el sistema liberal y el sistema conservador, no hemos conseguido establecer la paz, ¿por qué?

Tercero. Somos una nación que posee una inmensa riqueza natural, sin embargo, la miseria es espantosa entre nosotros, ¿por qué?

Cuarto. Tenemos de vecina a una nación poderosa y ambiciosa, los Estado Unidos: en 1846 y 1848, se tomaron la mitad de nuestro territorio, y es evidente que se tomarán la otra mitad en más o menos tiempo, si seguimos entregados a la anarquía: ¿cómo evitarlo? ¿Cómo construirnos?

Y me puse a buscar y encontré, con la historia en la mano, con el estudio de la sociedad y con el sentido común, que la causa de nuestras revueltas no es política sino social, que nuestro pueblo tiene hambre y se agita por eso, y que salvado de la miseria, en vez de agitarse se establecerá y terminará la guerra civil y vendrían la fuerza y la abundancia a ocupar el lugar donde hoy imperan la debilidad y el hambre. Y encontré, señor redactor, que la miseria tiene los siguientes orígenes:

Primero. En el campo, la falta de propiedad, porque el terreno está monopolizado por unas pocas personas, desde la época de la conquista.

Segundo. En las ciudades la falta de industria nacional, porque todo nos viene del extranjero, pudiendo hacerlo nosotros.

Y saqué por consecuencia: que dando propiedad a toda la familia que se dedique a la agricultura, y protegiendo la industria nacional por medio del sistema proteccionista, el modo de ser de nuestra sociedad cambiaría radicalmente, y nos habríamos salvado […] las ideas no mueren y hay demasiada gente interesada en la revolución social para que mi concurso haga gran falta” [García Cantú, El Socialismo en México, siglo XIX, pp. 228-229].  

El diagnóstico es exacto y actual, los remedios que propone en parte certeros pero dentro de marcos de la pequeña burguesía radical; sin embargo, el pensamiento es lúcido.  En los mismos días de la insurrección en Puebla se presenta otro levantamiento en el Estado de México que llama también a la instauración de un gobierno socialista, está dirigido por un Directorio Socialista; no se sabe si éste fue inspirado o influenciado de alguna forma por el Partido Socialista o el grupo de La Social, lo cierto es que llama a la formación de un gobierno revolucionario, lo que va en contra de los principios anarquistas de La Social. En el plan se desconoce al gobierno, se llama a la formación de un ejército popular, se plantea la instauración de autoridades mediante asamblea conforme la revolución vaya tomando municipios, llama a la integración de mineros, labradores, obreros para integrar la “falange del pueblo”. El programa parece una expresión radicalizada de la Ley del Pueblo. Se sabe que el Partido Socialista se desarrolló especialmente en Puebla y Veracruz y tuvo “17 centros políticos-socialistas en la república” [Valadés, Op.cit. p. 176] pero su huella se pierde en la historia. Seguramente su destino fue similar al de otros grupos radicales: o fueron reprimidos o fueron cooptados.  

Zalacosta participó en insurrecciones agrarias en Hidalgo y Guanajuato entre 1879 y 1880, pero fue detenido en 1881, “juzgado sumariamente en Querétaro es mantenido en prisión, y algunas fuentes consultadas reportan su ajusticiamiento a manos de ejército. Con su muerte el movimiento libertario perdió a su militante más consciente y radical, el hombre que había dedicado 15 años de su vida a la organización de los trabajadores urbanos y a la promoción del levantamiento agrario. Pocas voces quedaron en pie para advertir al movimiento de los peligros de su sumisión al Estado. Rhodakanaty, tras el fallido intento de organización de La Social, ahogado en los mares del porfirismo y habiendo perdido a su más fiel compañero, se refugió en el estudio de la filosofía; en 1885 apareció editada su obra “Médula panteísta del sistema filosófico de Spinoza”. Poco después abandonó México para regresar a Europa. Desconocemos los detalles de su vida posteriores a la estancia en nuestras tierras por más de 20 años” [Valadés, Op cit. pp. 199-200]. Entre 1881 y 1884 colapsa el movimiento obrero, cooptado por el Estado y entablando luchas aisladas, decae. Los huelguistas de la más importante huelga de la década de los 80s en las fábricas textiles de Tlalpan y Tizapán son enviados a la cárcel de Belén y San Juan de Ulúa. El Socialista desaparece en 1886, su editor, Mata Rivera murió en la miseria en la Ciudad de México en 1893. La estafeta de la lucha socialista y radical tendrá que esperar casi dos décadas para que sea retomada por Ricardo Flores Magón.  

La triste historia de la Comuna de  Topolobampo en Sinaloa o de cómo el “socialismo” autonomista de hoy fracasó hace más de cien años

Cuando a principios de la octava década del siglo XIX el movimiento obrero entró en reflujo –después de la cooptación de El Gran Círculo de Obreros de México por el régimen de Díaz-, cuando las ideas socialistas se replegaron temporalmente de las mentes de los obreros; otros actores entraron en escena tratando de resolver los problemas del capitalismo sin derrocarlo, sin lucha de clases y haciendo negocios comerciales en el proceso. ¡Qué más se le puede pedir a la vida! ¡Era el sueño de un socialismo que no importuna a nadie! Fue la negación de todas las conclusiones que el grupo de Rhodakanaty había obtenido en más de veinte años de lucha.   

Un empresario norteamericano ingenuo, ambicioso y emprendedor llamado Albert Kimsey Owen llega a las costas de Sinaloa en 1871. Se le ocurre la construcción de una línea de ferrocarril que llegue a estas tierras desde Texas y de ahí se embarquen mercancías hasta oriente, tiene contactos con el Presidente norteamericano Ulises S. Grant y con el gobierno mexicano, además ha oído algo acerca de las ideas de Fourier y otro poco sobre el cooperativismo. A partir de estas nociones imaginará la fundación de una sociedad ideal, una nueva colonia en Topolobampo Sinaloa. Su utopía será una mezcla reaccionaria entre Fourier y los impulsos imperialistas yanquis. Pretendía fundar una colonia con inmigrantes norteamericanos en donde todos fueran igualmente propietarios, se aboliera la desigualdad y se repartiera de manera equitativa las ganancias del comercio internacional. El régimen de Porfirio Díaz vio con buenos ojos la construcción de una línea de ferrocarril y el presidente Grant apoya sus sueños en vistas del control comercial, del aprovechamiento de las materias primas de México; por lo que la llamó una “conquista pacífica” [García Cantú, Op. cit. p. 249]. 

En 1886 el gobierno mexicano firma el contrato con Owen para la fundación de la colonia, se le dan todo tipo de concesiones para poblarla siempre y cuando el soñador consiga el financiamiento que ha prometido. ¡Es justo que cada quién pague el precio de sus sueños! Alrededor de 1886 la colonia contaba con unos 410 inmigrantes norteamericanos que estando enojados con su gobierno, buscaban el paraíso perdido, qué mejor que hacerlo cerca de la playa. Owen busca financieros para capitalizar la construcción del ferrocarril y las obras de infraestructura de la colonia, pero encuentra una fría recepción y palmaditas en la espalda. Los empresarios son gente práctica y sabían que podían perder mucho en el negocio sobre todo cuando todos en la colonia se infectan de difteria.

El intento de escapar de la sociedad capitalista –usando los medios de esta misma sociedad capitalista- terminó en un rotundo fracaso: en 35 millas alrededor de la colonia no había ninguna tierra fértil, el terreno se anegaba de agua de mar cada que subía la marea, los colonos –ante la ausencia de los jugosos recursos comerciales prometidos- se dispersaron en pequeñas grupos de agricultores alejándose de la costa y de Topolobampo; poco después había solo 183 colonos que si no regresaban a su país era porque no contaban con el dinero para hacerlo, fueron infectados por viruela negra y difteria ante las insalubres condiciones; parece que se intentó construir un canal para el aprovisionamiento de agua potable o de riego pero la obra fue abandonada porque no tenía sentido. El sueño imperial de Owen terminaría en pesadilla y el dinero recolectado entre los colonos se perdió. Todos regresaron a su país con amargura y con “la cola entre las patas”, más pobres aún que como habían llegado. 

Así terminó la historia de aquéllos que intentaron escapar de la sociedad capitalista sin combatirla, de aquéllos que intentaron escapar de una realidad que domina el globo y que no se puede resolver dentro de los marcos de un poblado. Más de cien años después de este fracasado experimento algunos todavía sueñan con fundar un socialismo de rancho para evitarse la penosa tarea de organizarse y derrocar al capitalismo, de esforzarse para instaurar el único socialismo que es posible en nuestros días: la expropiación revolucionaria de la burguesía y la instauración de un plan socialista a nivel global. 

Conclusiones

El movimiento socialista en el siglo XIX expresaba a una clase obrera en formación, a artesanos y obreros manufactureros que continuaban ligados de una u otra forma al campesinado; a liberales radicales, algunos de los cuales lograron conectarse con el pueblo. Se trataba de un país fundamentalmente agrario en donde el proletariado luchaba por mostrarse como fuerza independiente frente a los liberales. Estos pioneros ayudaron a dar expresión a las primeras luchas netamente obreras en nuestro país, a las primeras huelgas, insurrecciones socialistas y organizaciones con funciones sindicales; intentaron unificar a toda la clase obrera del país; formaron periódicos que sirvieron como medios de difusión de un socialismo primitivo que fue en aquél momento el laboratorio de ideas del movimiento obrero mexicano. Lo construido por esta primera oleada de pioneros colapsó a inicios de la octava década del siglo XIX producto de la represión de sus mejores cuadros, pero sobre todo por el proceso de cooptación porfirista que logró retrasar la consciencia de la clase obrera a un mutualismo que ya estaba siendo superado. 

Además de la represión, las principales razones de dicha cooptación son ideológicas: por una parte la nula preparación teórica de la mayor parte de los dirigentes del Gran Círculo y de los representantes del Primer Congreso Obrero preparó el terreno para que no pudieran resistir las presiones y las tentaciones de su fusión con el Estado, lo que parecía el camino de menor resistencia; por otra parte aquéllos que lograron extraer conclusiones políticas relevantes –a partir de un tosco socialismo- como la necesidad de la independencia de clase, la irreconciliable oposición de los intereses de obreros y empresarios, el internacionalismo, cayeron producto de la represión y el desánimo pero también de cierto sectarismo que les permitió a los elementos oportunistas hacerse de la dirección de las principales organizaciones obreras del país. El anarquismo fue, en lo fundamental, la ideología de estos grupos radicales; las limitaciones: su sectarismo con respecto a organizaciones mayoritarias que no compartieran sus puntos de vista, así como su rechazo a conformar una organización política de los trabajadores que luchara por el poder político; en ese momento de la lucha estos prejuicios eran comprensible e incluso inevitables. Por otra parte el grupo de Alberto Santa Fe, que alcanzó la comprensión de la necesidad de un Partido del pueblo, retrocedió en puntos relevantes –como un programa político muy moderado- que podrían explicar el que desapareciera de la historia sin dejar rastro –no sabemos si el intento colapsó presa de la represión o de la cooptación. Como ha sucedido muchas veces en la historia del movimiento obrero, caminos ya andados y despejados se vuelven a perder en la maleza sólo para que futuras generaciones vuelvan a emprender el camino y limpiar la senda;  cuando se reemprende el camino se descubre que éste ya ha sido andado, que se camina sobre las conclusiones de aquéllos pioneros que dieron su vida para abrir las primeras brechas. El movimiento revolucionario nunca ha sido ni será una línea recta.  

En la actualidad la mayor parte de la población vive en las ciudades y no en el campo y aquéllos que tienen que vender su fuerza de trabajo para poder vivir forman el 40% de la PEA –son muchos más si incluimos al sector informal o a los pequeños comerciantes (dueños de tienditas, vendedores) que de una u otra forma son asalariados no reconocidos de los grandes monopolios; la realidad económica y social del país se ha transformado de forma importante; sin embargo, las condiciones de vida de clase obrera mexicana se parecen cada vez más a las del porfiriato: las organizaciones básicas del proletariado –los sindicatos- no existen para la mayoría de la clase obrera (para el 90%), las condiciones de explotación son muy parecidas a aquéllas contra las que lucharon estos pioneros y posteriormente el Partido Liberal Mexicano de Ricardo Flores Magón; las condiciones de dependencia y sometimiento al imperialismo se han recrudecido. La mayor parte de los sindicatos son burocráticos y están relacionados con la patronal o con el Estado.

Se diría que los años han pasado para repetir la misma historia, pero las cosas –al mismo tiempo- ya no son iguales. La lucha por el socialismo es más necesaria que nunca, pero los métodos y las armas ideológicas no pueden ser las mismas. La lucha requiere la comprensión de la dinámica capitalista, una estrategia y táctica que nos permita conectar con el movimiento real de los trabajadores tal y como este se nos presenta, necesitamos construir la unidad del movimiento que esté en condiciones de vencer y derrocar al capitalismo; para eso los trabajadores deben luchar por la independencia política de sus organizaciones, deben crear nuevas donde no las haya  –junto con todo el pueblo explotado-, deben ponerse a la cabeza de la nación, destruir el Estado burgués y construir un Estado propio para lograr sus fines; se requiere, además, una visión internacionalista de la lucha de clases. Todo lo anterior es imposible sin una visión marxista, dialéctica, flexible, con la que los socialistas puedan intervenir en el movimiento y absorber las duras lecciones del pasado. La lucha por el socialismo es lo que retomamos de los fundadores del movimiento en nuestro país, su arrojo y determinación; su valentía y honestidad, su sana determinación por mantener su independencia de clase frente al Estado burgués y sus representantes políticos. Ése es su legado, un legado de lecciones para aprender, un legado de lucha.       

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