El colapso de la Unión Soviética y el ascenso de Putin

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Por Niklas Albin Svensson 


Este mes marca el 30 aniversario del colapso de la Unión Soviética. Mientras el Estado obrero deformado más poderoso estaba colapsando en el caos los supuestos dirigentes comunistas saqueaban el Estado y sus activos, animados por los imperialistas de Occidente. El capitalismo asomó su fea cabeza y los trabajadores de la Unión Soviética tuvieron que pagar el precio.

La naturaleza de la Unión Soviética

La Revolución Rusa de 1917 fue el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. Por primera vez en la historia, los oprimidos no solo se levantaron, sino que tomaron el poder y se sostuvieron en él. Incluso las fuerzas combinadas de todas las naciones imperialistas del mundo no lograron desalojar al nuevo Estado obrero.

La Revolución Rusa debería haber sido el comienzo de la revolución mundial, pero por razones que no podemos explicar aquí, esto no sucedió.

La victoria en la guerra civil de 1918-1920 tuvo un alto costo. Rusia nunca fue una nación rica, pero después de una guerra mundial y de una guerra civil, tanto la industria como la agricultura estaban en ruinas.

El aislamiento de la revolución en este estado de atraso económico sentó las bases para el surgimiento de la burocracia. A finales de la década de 1920, el Estado obrero había degenerado en lo que Trotsky denominó un Estado obrero deformado. Dentro del partido y de la maquinaria estatal, la nueva burocracia, compuesta en gran parte por enemigos de la revolución de 1917, expropió el poder político a la clase obrera y al campesinado.

«Dos tendencias opuestas se desarrollan en el seno del régimen. Al desarrollar las fuerzas productivas —al contrario del capitalismo estancado—, ha creado los fundamentos económicos del socialismo. Al llevar hasta el extremo —con su complacencia para los dirigentes— las normas burguesas del reparto, prepara una restauración capitalista. La contradicción entre las formas de la propiedad y las normas de reparto no puede crecer indefinidamente. De manera que las normas burguesas tendrán que extenderse a los medios de producción o las normas de distribución tendrán que corresponderse con el sistema de propiedad socialista. (Trotsky, La revolución traicionada, Capítulo 9)

Esta nueva casta burocrática vivía a expensas de los trabajadores de una manera que se parecía mucho a los capitalistas de Occidente. Tenían villas, coches de lujo, abrigos de visón, joyas, relojes caros. Pero, por supuesto, adquirieron su riqueza no a través de la propiedad privada, sino a través del saqueo de las arcas del Estado.

Por eso también tuvieron que sofocar todo tipo de discusiones democráticas. Porque en el momento en que se levantara la tapa, los privilegios de la burocracia se convertirían en blanco de críticas. Los capitalistas, al menos históricamente, jugaron un papel progresista en el ahorro y la inversión, y recibían sus ganancias a cambio. La burocracia, por su parte, no jugó ese papel. Fue completamente parasitaria.

Los pequeños burócratas de todos los niveles de la administración no tenían ningún interés en desarrollar la economía. Solo estaban interesados en su propia posición. Entonces, si sus superiores exigían una tonelada de clavos, entregaban una tonelada de clavos, si estos clavos eran de alguna utilidad para un carpintero era una consideración completamente secundaria. Cuantas más exigencias hacía la burocracia centralizada, más trampas hacían.

Una economía moderna es un organismo delicado que requiere una asignación equilibrada de recursos entre diferentes sectores. La burocracia siempre trató de mantener este equilibrio, pero cuanto más se alejaba la revolución en la memoria y mayor era la complejidad de la economía, peor se volvía la situación.

En lugar de conducir al mundo hacia el socialismo, la nueva burocracia bloqueó un mayor desarrollo e incluso actuó como un freno para los desarrollos revolucionarios en otros lugares. La burocracia estatal reaccionaria se alimentaba de la desmoralización de cada revolución derrotada, lo que fortalecía su adherencia al poder. Así como el burócrata sindical en Occidente teme a los trabajadores más que a los patrones, el burócrata estatal en la Unión Soviética temía al trabajador ruso más que a los imperialistas occidentales.

La burocracia pasó de ser un freno relativo al desarrollo de la economía a uno absoluto. Es decir, bajo el control de los trabajadores, la economía podría haberse desarrollado más rápido y de manera más sostenible en todo el período. Pero incluso bajo la burocracia desde la década de 1930 hasta la de 1960 hubo cierto desarrollo, a veces incluso rápido. Pero a fines de la década de 1970, la economía estaba estancada y el colapso estaba a la vuelta de la esquina.

Los intentos de reforma de Gorbachov

Mijaíl Gorbachov se convirtió en el líder del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en 1985. Reflejaba una capa de la burocracia que intentaba reformarse para salir del estancamiento económico. Gorbachov habló sobre el control de los trabajadores y la democracia, pero nada de eso podría llevarse a cabo mientras la burocracia tuviera un dominio absoluto sobre la sociedad.

De hecho, para la burocracia la elección entre el control obrero y el retorno al capitalismo no fue difícil. Preferían el capitalismo. Pero al principio esta no fue una elección consciente. Todavía se estaban reformando para intentar preservar el sistema existente. Gorbachov intentaba apoyarse en la clase trabajadora para restringir los peores excesos de la casta burocrática, no para derrocarla, sino para preservar el régimen en su conjunto. Como explicó Ted Grant:

“Este era el talón de Aquiles de Gorbachov. Potenciar una mayor iniciativa (y por lo tanto una mayor productividad) por parte de los obreros, defendiendo simultáneamente los privilegios y prebendas de la burocracia era como tratar de cuadrar el círculo”. (Rusia, de la revolución a la contrarrevolución).

Gorbachov enfatizó que los privilegios ‘legítimos’ debían mantenerse:

«Estamos restaurando plenamente el principio del socialismo: de cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo».

Si te preguntas de dónde viene este ‘principio’, es una tergiversación del principio de: “de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Esto no es un accidente. Era la justificación ideológica del dominio de la burocracia.

Unos 200.000 funcionarios de entre los más corruptos fueron despedidos, pero esto solo estaba raspando la superficie de los 19 millones de burócratas existentes. Para los trabajadores, la presión aumentó. El programa de reforma significó un empeoramiento de los niveles de vida y de las condiciones laborales. El alcoholismo se convirtió en un problema grave, lo que provocó que los trabajadores se ausentaran debido a la bebida. Los intentos de restringir el suministro de alcohol crearon un mercado negro masivo de alcohol destilado ilegalmente y tuvieron que ser abandonados. Al mismo tiempo, la burocracia se enriqueció aún más.

El monopolio estatal del comercio exterior se relajó en la segunda mitad de los años ochenta. Esto brindó tremendas oportunidades para más saqueos de activos estatales. Ahora se permitió a las empresas quedarse con parte de los ingresos del comercio exterior. En la práctica, esto significó que los gerentes de las industrias de exportación o los intermediarios se embolsaran una parte sustancial de las ganancias, que luego se depositaban en cuentas bancarias en Occidente. La desregulación simultánea de la banca contribuyó a que este proceso avanzara.

Jodorkovsky era un asesor de Yeltsin con conexiones occidentales. Su carrera ilustra a muchos de la nueva clase de oligarcas. Trabajó como funcionario para el Komsomol (el ala juvenil del Partido Comunista) en 1986, luego en 1987 abrió un ‘Centro para la Creatividad Científica y Técnica de la Juventud’, vinculado al Komsomol que comerciaba con Occidente. En poco más de un año, esto lo llevó a fundar un banco, Menatep, con la ayuda de banqueros occidentales. Este banco se convirtió rápidamente en uno de los bancos privados rusos más grandes y a través del cual Jodorkovsky obtuvo el control de Yukos, la compañía de petróleo y gas. A finales de la década de 1990, Jodorkovsky tenía una participación de control en 30 empresas y, para 2004, era el decimosexto hombre más rico del mundo, con un patrimonio de 16.000 millones de dólares.

La economía logró una racha temporal de crecimiento, pero luego las cosas empeoraron rápidamente. La comida se pudría en el campo, los robos y la malversación se agravaban. El mercado negro se convirtió en la principal fuente de bienes para fábricas, tiendas y consumidores. Los estantes estaban vacíos, y en 1990, 70 millones de personas vivían en la miseria. Una ola de huelgas se apoderó de la Unión Soviética y culminó con una huelga de 300.000 mineros. Hay informes de trabajadores que tomaron el control de los pueblos mineros durante estas huelgas:

“El comité de huelga, en esencia, se convirtió en la autoridad en los pueblos. Estaban ocupados en cuestiones del comercio, el transporte y el mantenimiento del orden. Desde la mañana hasta la noche acudían a los comités personas que durante mucho tiempo no habían podido obtener ayuda o apoyo de ninguna otra organización. Y sus miembros investigaron cada problema, consultaron a especialistas y ayudaron donde pudieron con tratamiento médico, reparaciones, inserción laboral…” (Trud, 3 de agosto de 1989)

Estas acciones de los trabajadores llevaban las semillas de la revolución política. Sin embargo, la clase trabajadora no tenía una organización que pudiera unir sus luchas y permitirles imponer sus demandas de clase en la situación. En cambio, su lucha fue desviada y se convirtió en un pretexto para una mayor privatización.

En 1990, The Soviet Weekly publicó una encuesta que afirmaba que solo entre el 15 y el 20% de los jóvenes creían en el socialismo. La palabra ahora apestaba, manchada por la burocracia. Los disturbios se hicieron comunes y las masas estaban perdiendo el miedo al aparato represivo del Estado, incluso atacando a la policía y haciéndola retroceder.

El escepticismo y la desilusión generalizados entre la gente se reflejó en bromas políticas como «¿Ya hemos alcanzado el comunismo real o hay algo peor por venir?» Sin embargo, en 1990, más del 40% estaba a favor de un retorno a una gestión económica más centralizada y sólo el 25% deseaba un sistema orientado al mercado. Entonces, el paso al capitalismo no fue popular.

Pero la burocracia ahora comenzó a moverse seriamente hacia el capitalismo. Habían perdido toda confianza en el «socialismo», es decir, en sí mismos, y miraban con asombro y admiración a Occidente. Trotsky señaló que los miembros de la burocracia intentarían asegurar su posición y la de sus hijos transformándose en capitalistas. Esto es lo que sucedió. Los burócratas de todos los niveles intentaron apoderarse de todo el botín que pudieron. La corrupción era desenfrenada. Se inició un programa de austeridad que incluía la privatización (inicialmente de las pequeñas empresas) y la desregulación de precios y salarios.

Yeltsin entra en escena

En 1990, el Comité de Planificación del Estado (Gosplan) advirtió sobre un colapso total de la economía. Yeltsin, un ex miembro del Politburó que había sido echado por denunciar la burocracia y la corrupción, emergió como el dirigente del ala procapitalista. Él y su facción estaban presionando por «reformas» más rápidas para resolver la situación.

La desintegración de la Unión Soviética comenzó en serio y Yeltsin usó su posición como Presidente del Soviet Supremo de la República Federativa de Rusia para aumentar sus propios poderes (frente al gobierno de la Unión Soviética), creando una posición de poder rival a la de Gorbachov.

Gorbachov y sus ministros no habían decidido pasarse al capitalismo. Se detuvieron, intentando equilibrarse entre el ala procapitalista y la línea dura de la burocracia. En 1990, Gorbachov retiró una serie de reformas favorables al mercado que había prometido realizar. En un discurso, atacó a la burocracia pero insistió en que no se estaban moviendo hacia una economía de mercado. Después de esto, Yeltsin dimitió del PCUS. Gorbachov siguió intentando equilibrarse entre las dos facciones, pero la situación se estaba saliendo de su control. Ahora había dos partidos legales declarados abiertamente en la Unión Soviética: el antiguo partido de la burocracia, PCUS, y una alianza de partidos pro-«reforma» con Yeltsin a la cabeza.

Las reformas del mercado no lograron detener el colapso de la economía. La producción económica en los primeros seis meses de 1991 se redujo en un 10% en comparación con el año anterior. Hubo más huelgas en las minas de carbón.

Yeltsin ganó la Presidencia de la Federación de Rusia en junio de 1991. Este fue un giro decisivo. Al mismo tiempo, las repúblicas soviéticas más pequeñas exigían la independencia. Gorbachov se vio obligado a redactar un nuevo tratado de la Unión, ante la indignación de los de la línea dura. Gorbachov estaba ahora maniobrando con Yeltsin contra la facción de línea dura para aprobar el tratado, que otorgaría mayor autonomía a las repúblicas constituyentes, incluida, por supuesto, la Federación de Rusia. Efectivamente, habría sido el fin de la Unión Soviética.

Los de línea dura lanzaron un intento de golpe de Estado para detener la ratificación del tratado. Teniendo en cuenta la participación de funcionarios de alto nivel, así como de la KGB, estaban notablemente mal organizados. Los golpistas parecían haber contado con que Gorbachov se uniera al golpe o renunciara a favor de su suplente, pero él se negó. Los golpistas emitieron una orden de arresto contra Yeltsin, pero en realidad no fueron capaces de ejecutarla. El evadió su alcance.

En cambio, Yeltsin aprovechó la situación. Se atrincheró en el edificio del parlamento (llamado la Casa Blanca) e hizo un llamamiento para que la gente se uniera a él, lo que hicieron unas 10.000 personas. Los golpistas intentaron asaltar la Casa Blanca, pero después de que las escaramuzas causaron la muerte de algunos manifestantes, se retiraron. Entonces todo se deshizo y los conspiradores fueron arrestados.

Gorbachov salió debilitado. Los de la línea dura habían sido derrotados, por lo que Gorbachov ya no podía apoyarse en ellos contra Yeltsin. Ya no pudo resistir el ataque. A finales de año, se olvidó el Tratado de la Unión, se disolvió la Unión Soviética y, con ella, la presidencia de Gorbachov.

Yeltsin y su facción no sufrieron la misma carencia de determinación que los golpistas. El PCUS fue suspendido el 29 de agosto, una semana después del colapso del golpe. Yeltsin luego comenzó a desmantelar el partido, empezando por la nacionalización de todos sus activos. Finalmente, el partido fue prohibido el 6 de noviembre.

Con la desaparición de la Unión Soviética, Yeltsin se había vuelto indiscutible en su papel de presidente de Rusia y procedió rápidamente a «liberalizar» la economía. El Congreso de los Diputados le otorgó poderes de emergencia para llevar a cabo reformas económicas, incluida la desregulación.

El factor determinante en este proceso fue la ausencia de un movimiento independiente de la clase trabajadora. Los trabajadores no pudieron desempeñar un papel independiente y, como resultado, toda la batalla se libró entre dos alas de la burocracia: una que luchó con la confianza y el respaldo del imperialismo occidental, y la otra completamente desmoralizada y sin un plan. Los de la línea dura eran los defensores de un status quo que había fracasado y en el que nadie creía.

Los trabajadores no veían perspectivas en ninguna de las alas. Hubo huelgas y manifestaciones, pero hubo una enorme confusión y falta de alternativas genuinas. Una convocatoria de huelga general de Yeltsin obtuvo el respaldo de la ex primera ministra conservadora británica Margaret Thatcher, de todo el pueblo sólo muy pocos trabajadores se adhirieron a la huelga. La gente que se unió al campo de Yeltsin eran estudiantes, ingenieros y especuladores que veían una ventaja material en el retorno al capitalismo. La pasividad de la clase trabajadora es lo que permitió a Yeltsin y su ala tomar el control.

El golpe de Estado de Yeltsin

Aunque parecía que los de la línea dura habían sido derrotados, no pasó mucho tiempo antes de que surgiera la oposición. Lejos de ayudar a la situación de la clase trabajadora, las nuevas medidas la empeoraban rápidamente. La eliminación de los controles de precios en una situación de escasez significó que la inflación se disparara por las nubes. Los precios subieron un 300% en un mes y, a fines de 1992, la inflación se situó en 2.400%.

Rusia había terminado con el peor de los mundos: las desventajas de la mala gestión burocrática combinadas con el capitalismo de compinches. Se estaban produciendo los mismos productos de mala calidad, pero ahora a precios enormemente inflados. Al mismo tiempo, no se pagaban los salarios. Las industrias estaban paralizadas por falta de materiales. La situación se estaba volviendo desesperada. Esto provocó protestas masivas frente a la Casa Blanca, lo que obligó al gobierno a doblar el salario mínimo y aumentar las pensiones.

En su autobiografía, Yeltsin comenta que su objetivo era hacer que la «reforma» fuera irreversible. Es decir, quería que la vuelta al capitalismo fuera irreversible, pero se enfrentaba a una oposición. Quedó claro que el Congreso era un obstáculo serio para seguir avanzando con las «reformas» de Yeltsin. En la primavera de 1992, Yeltsin tuvo que batirse en retirada parcial de su terapia de choque y despedir a su ministro de Finanzas, Gaidar. Esta fue una advertencia para Yeltsin. Si iba a continuar, tenía que prescindir del Parlamento y asumir poderes dictatoriales.

Durante la mayor parte de 1992, Yeltsin estuvo discutiendo con el Parlamento sobre una nueva constitución, pero no logró llegar a un acuerdo. En diciembre, el Congreso acordó celebrar un referéndum en abril sobre una nueva constitución a cambio de la renuncia del primer ministro Gaidar, que había regresado en junio. Pero este acuerdo no duró. En marzo de 1993, Yeltsin se había cambiado a gobernar por decreto, una medida que el tribunal constitucional bloqueó y la declaró inconstitucional. En cambio, Yeltsin quedó sujeto a un proceso de juicio político, del que escapó por poco.

Yeltsin ahora puso todos sus esfuerzos en el referéndum. Las potencias imperialistas apoyaban abiertamente a Yeltsin y en abril, justo antes del referéndum, se acordó una ayuda de 42.000 millones de dólares. Esto permitió a Yeltsin prometer otro aumento en el salario mínimo y las pensiones: un claro soborno. Yeltsin ganó por estrecho margen el referéndum, aunque la tasa de abstención fue alta y Yeltsin probablemente manipuló la votación. Aun así, Yeltsin usó el resultado como pretexto para actuar contra sus enemigos.

En septiembre, Yeltsin suspendió el Congreso y prometió nuevas elecciones bajo una nueva constitución escrita por él mismo. Inmediatamente, el Congreso votó para impugnar al presidente y destituirlo de su cargo. Yeltsin volvió a nombrar a Gaidar e intentó obtener apoyo para la nueva constitución. No tuvo mucho éxito. 148 de los 176 dirigentes regionales se opusieron a sus maniobras, incluido el ayuntamiento de San Petersburgo. El imperialismo occidental, por supuesto, apoyó a Yeltsin. No estaban tan preocupados por las sutilezas legales o democráticas, sino sobre todo por la destrucción de la economía planificada y las oportunidades de saquear las empresas estatales.

Yeltsin asedió la Casa Blanca, donde los dirigentes del Congreso se habían atrincherado. Los oponentes de Yeltsin hicieron un llamamiento flojo a las masas. No estaban dispuestos a lanzar un movimiento de masas adecuado contra el golpe de Yeltsin. En cambio, intentaron confiar en el ejército y en el servicio secreto. Lanzaron lo que equivalía a un contragolpe. Pero ahora no había más voluntad de defender el antiguo orden que el año anterior.

Los trabajadores de Moscú comenzaron a movilizarse contra el golpe. El 3 y 4 de octubre, decenas de miles de manifestantes rompieron las líneas policiales y llegaron a la Casa Blanca. Pero esto no fue suficiente para romper el impasse.

En cambio, Yeltsin asaltó la Casa Blanca, después de sobornar a varios diputados para que abandonaran sus puestos. Intentó ordenar al ejército que lo hiciera. De un ejército de dos millones y medio “no se pudo encontrar ni un solo regimiento”, se quejaba Yeltsin en su autobiografía. Finalmente, se armó una fuerza a partir de una mezcla de oficiales del ejército, la KGB y el Ministerio del Interior.

La toma del Parlamento dio un fuerte impulso al avance hacia el capitalismo, pero la resistencia continuó. Yeltsin prohibió los partidos de oposición y los periódicos, suspendió los ayuntamientos y destituyó a los concejales y gobernadores. Incluso el tribunal constitucional fue suspendido. Todo en nombre de la «democracia». Se suponía que la elección al Parlamento renombrado (se restauró el nombre zarista de Duma) proporcionaría una cobertura legal para las maniobras, pero el campo de Yeltsin se dividió en varios partidos diferentes y el régimen no logró ninguna estabilidad.

Durante los siguientes años, la situación económica empeoró. Durante toda una década, la economía siguió contrayéndose. En 1989, la producción total de la economía valía 1,46 billones de dólares; a fines de 1998, a apenas 800 mil millones, una caída del 44%. La productividad del trabajador ruso medio era el 30% del nivel de Estados Unidos en 1992, pero sólo el 19% en 1999. La restauración del capitalismo fue un desastre absoluto. La única destrucción comparable de una economía fueron las potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial. Los salarios reales cayeron más de la mitad. Para el año 2000, el 29% de la población vivía en la pobreza.

Las continuas dificultades económicas provocaron nuevos movimientos de la clase trabajadora, pero fueron traicionados. Muchos fijarían la fecha de la restauración del capitalismo en Rusia en 1991, pero lo cierto es que el nuevo régimen aún no se había estabilizado. Estaba lleno de contradicciones y crisis y los trabajadores seguían resistiendo.

Un régimen en crisis

Occidente estaba impulsando más «reformas»: «más choque, más terapia», «no hay vuelta atrás para Rusia», era el mensaje. Yeltsin y su camarilla estuvieron felices de complacerlo, asegurándose, por supuesto, de que se llenaran los bolsillos en el proceso. Algunos de los tratos sucios se han revelado en los tribunales del Reino Unido, ya que los oligarcas se disputan aquí la propiedad de varias empresas. The Guardian en su reportaje describe cómo Yeltsin “prácticamente regaló activos estatales a un pequeño grupo de empresarios bien conectados” a cambio de ayuda para manipular las elecciones presidenciales de 1996. Yukos, el gigante petrolero con un valor de $ 3 mil millones, fue a Jodorkovsky por $ 100 millones, por ejemplo.

Esta era la naturaleza de la nueva clase dominante en Rusia. La desigualdad de riqueza es actualmente la más alta de entre las principales economías del mundo. El 1% más rico en 2000 poseía el 54% de los activos en Rusia. En Estados Unidos, este grupo poseía apenas el 33%. Hoy, los oligarcas rusos han aumentado ligeramente su parte del pastel y poseen el 58%.

Esto no pasó desapercibido para los trabajadores, que tenían que pagar el precio del desastre económico. El desempleo no aumentó tan rápido, pero eso se debió en parte a que las empresas mantuvieron a los trabajadores en las nóminas. Simplemente no les pagaban. Meses y meses de salarios atrasados quedaron sin pagar y fueron reducidos por la hiperinflación. Esto preparó el camino para una nueva ola de lucha.

Las elecciones de 1995 fueron una gran derrota para los partidos pro-capitalistas, que perdieron alrededor de la mitad de sus escaños. El PCFR (Partido Comunista de la Federación Rusa) avanzó enormemente, y la izquierda consiguió casi la mitad de los escaños en la Duma. Esta fue una señal de que el estado de ánimo estaba cambiando en la sociedad. Las siguientes elecciones presidenciales de 1996 probablemente fueron amañadas y, si no, Occidente intervino fuertemente en nombre de Yeltsin, incluso proporcionándole fondos en un momento crucial de la campaña electoral. Pero esto no logró la tan buscada estabilidad política.

En el otoño de 1996 siguió una ola de huelgas masiva, que incluyó la creación de «comités de salvación», que eran soviets en todo menos en el nombre. Las fábricas fueron ocupadas y comenzaron a funcionar bajo el control de los trabajadores. El movimiento volvió de nuevo en 1998. Las encuestas mostraron una gran oposición a las reformas de mercado. En enero de 1997, una encuesta mostró que el 48% consideraba que el socialismo era preferible al capitalismo para Rusia, y el 27% pensaba lo contrario. Si hubiera habido un Partido Comunista presente que mereciera ese nombre, este movimiento podría haberse generalizado en toda Rusia y los trabajadores podrían haber tomado el poder, pero la dirección del PCFR tenía otras ideas.

El PCFR era masivo y contaba con un apoyo generalizado, pero su dirección estaba formado por restos de la vieja burocracia y, como los de la línea dura de 1991-1993, en realidad no tenían una alternativa al capitalismo. Estos dirigentes no tenían experiencia en el trabajo de masas, estaban acostumbrados a intrigar a escondidas en los pasillos del gobierno. Lo último que quería su dirección era que los trabajadores tomasen el control. Por tanto, no podían ofrecer ninguna alternativa a los trabajadores que buscaban una salida.

En 1991, la restauración estaba lejos de estar asegurada y podría haberse revertido. Con el fracaso del Partido Comunista, la falta de un factor subjetivo que pudiera haber llevado a los trabajadores al poder, el régimen logró encontrar esa estabilidad en un nuevo líder, Putin.

El peculiar ascenso de Putin

En 1998, Yeltsin era una fuerza gastada. Para colmo del desastre de la situación económica y la forma en que se vendieron los activos estatales por cacahuetes, la familia de Yeltsin se vio envuelta en un escándalo de corrupción. No pudo mantener unido a su propio gobierno y su apoyo en las encuestas de opinión se situó en alrededor del 3%.

Los sucesores de Yeltsin se disputaban el poder entre ellos y, una vez más, existía un riesgo real de que el líder del Partido Comunista, Ziuganov, pudiera ganar las siguientes elecciones presidenciales. Aunque Ziuganov se presentó como un par de manos seguras, oponiéndose a la propiedad estatal, la oligarquía no confiaba en que pudiera contener a los trabajadores.

Putin emergió en esta situación. Era un funcionario menor de la KGB que se había retirado del servicio activo en 1991 y comenzó una carrera supuestamente civil con el alcalde de San Petersburgo, ocupándose de las relaciones exteriores de la ciudad. Se ha estimado que el 80% de todas las empresas de participación conjunta con otras occidentales incluía a oficiales de la KGB. En San Petersburgo, estuvo involucrado en un escándalo de corrupción que alcanzó a 100 millones dólares en materias primas que habían sido exportadas a través de la ciudad, supuestamente a cambio de alimentos, que nunca se recibieron. La sospecha fue, por supuesto, que a Putin y otros funcionarios se les había pagado personalmente en vez de que se les entregara la comida.

Yeltsin nombró a Putin para su personal presidencial en 1997, y luego, un año después, jefe del FSB, el sucesor del KGB. Y luego, un año después, fue Primer Ministro. Esto debería causar alguna sospecha. Por supuesto, toda la sociedad rusa estaba en crisis, lo que abrió nuevas vías de avance para personas como Putin y otras que tenían una particular falta de escrúpulos morales. También revela la falta de personas confiables en la cúspide del régimen.

Aun así, Putin estaba claramente bien conectado, y probablemente nunca abandonó el servicio de la KGB o más tarde del FSB. Exactamente qué tan cerca estaba del servicio secreto se revelaría poco después de que fuera elevado al cargo de Primer Ministro en 1999.

El conflicto checheno había proporcionado combustible útil al sentimiento patriótico. Una serie de misteriosas explosiones de bombas sacudieron Rusia en septiembre de 1999, apenas un mes después de que Putin asumiera el poder. Además de las explosiones, se descubrió y desarmó una bomba, pero el FSB afirmó que era parte de un ejercicio de entrenamiento. El presidente de la Duma anunció uno de los atentados tres días antes de que tuviera lugar. Algún agente tonto había confundido las fechas de los atentados de Moscú y Volgodonsk.

Se bloquearon los pedidos de una investigación independiente y todos los supuestos autores fueron asesinados o condenados en tribunales secretos. Una comisión informal establecida por un miembro de la Duma, Kovalev, fue detenida en seco cuando dos de sus miembros fueron asesinados y uno arrestado. Litvinienko, agente desertor del FSB, asesinado en Londres en 2008, fue uno de los testigos de la comisión.

Las explosiones fueron atribuidas a los islamistas y coincidieron con una invasión de Daguestán (la república vecina). Putin ordenó inmediatamente el bombardeo de Grozny como represalia. Todo fue un asunto de propaganda masiva para Putin, quien recibió grandes elogios de la prensa rusa, que, por supuesto, estaba controlada por los oligarcas.

En las siguientes semanas, la popularidad de Putin se disparó. Yeltsin renunció en diciembre, lo que convirtió a Putin en presidente interino, y desencadenó las elecciones en marzo, en lugar de junio, cuando debían celebrarse. Putin ganó la mayoría en la primera ronda. Sin embargo, no tenía mayoría en la Duma y el PCFR le proporcionó escandalosamente los votos necesarios.

El régimen de Putin

Lo que Putin representó fue la consolidación del régimen capitalista en Rusia. Sin duda, algunos liberales soñaban con una democracia al estilo occidental, pero ¿cuál sería la base de tal régimen?

Hubo muchos intentos de embellecer el régimen de Yeltsin, pero no era tan diferente de Putin mismo. Como hemos visto, Yeltsin no dudó en pisotear toda la constitución y las asambleas electas cuando le convenía. Basó su gobierno en una pequeña camarilla de oligarcas extremadamente corruptos, a quienes entregó grandes cantidades de propiedades estatales. Estaba decidido a restaurar el capitalismo en Rusia y recibió el ansioso respaldo de Occidente para ese propósito. Pero el régimen de Yeltsin fue un régimen de crisis. No tenía futuro a largo plazo.

Cuando Putin llegó al poder, comenzó a limpiar lo peor de los excesos de los años de Yeltsin. Encarceló a algunos de los oligarcas y rompió parte de su control sobre los medios de comunicación. Por supuesto, no para entregárselo a los trabajadores, sino a sus propios compinches o bajo su propio control. Pero tales movimientos para castigar a los oligarcas fueron muy populares en ese momento.

Las potencias occidentales asumieron, bastante erróneamente, que Rusia volvería al capitalismo como una colonia de Occidente: un regreso a la Rusia de antes de 1917. Eso es esencialmente lo que lograron en gran parte de Europa del Este. Pero la nueva oligarquía rusa tenía sus propios intereses y estaba empezando a encontrar su confianza en ella misma. Rusia resurgió en la escena de la política mundial, no como una nación débil y empobrecida, sino como una potencia imperialista, hambrienta de recuperar sus esferas de influencia que se habían perdido con el colapso de la Unión Soviética.

Esta tampoco fue una misión personal de Putin. Yeltsin estuvo muy de acuerdo con la subyugación de Chechenia y también sugirió que las antiguas repúblicas soviéticas podrían volver a trazar sus fronteras (a favor de Rusia). La nueva oligarquía rusa estaba empezando a recuperar la confianza en sí misma y, con el repunte económico de los años siguientes, esta confianza creció.

El régimen se estaba remodelando. No estaba cambiando nada fundamental, pero había que hacer algo para eliminar la imagen espantosa de los años de Yeltsin. Dejó de hacer un seguimiento servil de los dictados del FMI y de Washington. Putin, por supuesto, no estaba dispuesto a abolir el capitalismo, pero estaba muy interesado en rehabilitar el estatus de Rusia como gran potencia. Después de una década de humillación nacional, esto fue popular.

El himno nacional soviético volvió a ser adoptado en 2000, con nueva letra, a pesar de la oposición de personas como Yeltsin, que argumentó que no debería seguirse ciegamente los caprichos de las masas (un reconocimiento tácito de que el himno era popular). Putin también sigue hablando de la Unión Soviética, incluidos Lenin y Stalin, con palabras positivas. Pero, por supuesto, también menciona a algunos zares en términos similares.

Sin embargo, las ideas de alguna manera tienen que corresponder con la realidad. Putin afirmó representar un cambio respecto a Yeltsin, y los cambios superficiales que hizo habrían sido bastante insuficientes, si no se hubieran combinado también con un auge en la economía. Putin no solo hablaba por hablar, sino que cuando habló de revivir a Rusia, también se notó en la situación económica. Por supuesto, eso no tuvo mucho que ver con él, sino con el cambio en la suerte de la subida de los precios del petróleo. Alrededor del 60% de las exportaciones de Rusia son productos de petróleo y gas.

Esta combinación del desastre de los años de Yeltsin y la posterior recuperación económica de principios de la década de 2000 le dio al nuevo régimen una apariencia de estabilidad. La clase trabajadora había quedado desmoralizada y atomizada, primero por los años del estalinismo bajo la Unión Soviética, luego por el desastroso papel del PCFR en el movimiento de 1996-1998. Este fue otro elemento importante tanto de la recuperación económica como del régimen de Putin.

Como ocurre con muchos regímenes bonapartistas, Putin también depende en gran medida de enfatizar la amenaza del enemigo externo. Necesita guerras exitosas para seguir adelante. La guerra en Chechenia fue un ejemplo de ello, donde aplastó brutalmente a los chechenos. Luego aplastó al ejército georgiano en 2008, seguido de la guerra en Ucrania en 2014, luego de la guerra en Siria en 2015-16.

Sin embargo, estos intentos de ganar popularidad avivando el nacionalismo están teniendo cada vez menos efecto. Y es muy costoso. El gasto militar ruso es ahora más alto que el de EE. UU. como porcentaje del PIB, con un 3,9%, que es más del doble que el del Reino Unido.

El régimen de Putin está viviendo de un tiempo prestado. Putin solía tener una tasa de popularidad de un 60-70% y ahora ha bajado a un 40%. Nunca hubo elecciones libres en Rusia, pero las últimas elecciones parlamentarias fueron más fraudulentas que la mayoría. La persecución se ha intensificado, al igual que la manipulación de votos. Quizás la mitad de los 28 millones de votos del partido Rusia Unida de Putin fueron falsos. En 2007, en el apogeo de la popularidad de Putin, Rusia Unida consiguió 315 escaños, con el 49% de los votos. Este año, las encuestas de opinión dieron a Rusia Unida el 35%. Sin embargo, consiguió el 50% en las elecciones, suficiente para asegurarse 324 escaños, lo que resulta ser solo 4 escaños más que la mayoría de dos tercios requerida para los cambios constitucionales. Claramente, el régimen se aseguró de obtener los votos suficientes para conseguir este número.

En una democracia burguesa normal, las elecciones y las protestas son como una especie de válvula de escape, donde los diversos partidos suben y bajan en popularidad a medida que cambia el estado de ánimo, particularmente entre la clase trabajadora. Los resultados de las elecciones y las cifras de huelgas son como un barómetro mediante el cual se puede juzgar el estado de ánimo de la clase. Cuando se trata de un régimen como el de Rusia, eso es mucho más difícil. Se ve agravado por la inutilidad de la oposición parlamentaria. La represión y el fraude sumergen el descontento debajo de la superficie, pero solo significa que emergerá aún más explosivo cuando llegue.

Dada la crisis que se está produciendo a escala mundial y el desastre en el que se encuentra Rusia, el momento de tal ajuste de cuentas no está lejos. Sin embargo, la solución no puede ser más de la misma miseria, pero con una máscara democrática. El completo fracaso de la oposición liberal muestra precisamente esto. A nadie le interesan los lacayos del imperialismo estadounidense ni el regreso a los años de Yeltsin. Tampoco es posible o deseable retroceder 30 años y reintroducir una economía mal administrada burocráticamente. Los trabajadores buscan una auténtica alternativa. Esto debe significar inevitablemente una vuelta a las ideas de la Revolución de Octubre. Este sigue siendo el único camino a seguir.

 

Imagen de portada: Exterior de la Casa Blanca durante el intento de golpe de Estado de agosto de 1991 (Foto: David Broad. Wikimedia Commons)

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